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Libro: Aventuras del rey David

 

CAPÍTULO 1: COMIENZO DE LA CASA DE DAVID


Mientras el rey Saúl vivía lujosamente en su palacio, David, oculto y silencioso, a pleno sol cuidaba las ovejas. Desde muy niño David fue mandado por su padre a esta labor de pastoreo. Allí permaneció David, sin protestar, hasta cerca de los veinte años, cuando Dios lo sacó de los potreros para hacerlo rey.


En aquella pobre región de Belén, no había escuelas para niños, y los niños no sabíamos leer.


Los niños aprendíamos las lecciones de la vida, de boca de nuestros padres, que nos relataban de memoria la historia de los famosos personajes del pueblo de Israel, y aprendíamos de los muchachos más grandes, el modelo de virtudes.


David fue mi modelo y el maestro de mi niñez y juventud.
Mi abuelo, decía con la Escritura, para apoyar mi amistad con David:
“Un amigo es un tesoro y donde está tu tesoro, está tu corazón”
Isaí, padre de David, tenía varios hijos militares, soldados del ejército del rey Saúl. Estos miraban a los niños campesinos por encima del hombro
Además tenía Isaí, un hijo pastor que cuidaba las ovejas, que era David.


También tenía David dos hermanas mayores, ya casadas, estas tenían hijos mucho mayores que yo; eran muchachos muy violentos y agresivos: ¡yo les tenía mucho miedo! Estos terminaron mal, ya lo verás.
David, no era arrogante como sus hermanos, ni violento como sus sobrinos. David amaba a los niños.


Mientras los hermanos de David, trataban de librar grandes batallas contra los enemigos filisteos, David, sin que nadie lo viera, sólo Dios, arrancaba sus ovejas de las garras de un león o un oso.


No creas que es tarea fácil el cuidar de las ovejas; es tarea de pastores muy valientes, me explicaba Jari, que tenía aspecto de siervo de la casa de David; pero en realidad era un ángel.


Agregaba Jari, refiriéndose a David: El pastor tiene que estar dispuesto a dar la vida por las ovejas. Parece que David no viese en las ovejas animales, sino hombres, a los cuales deberá más tarde de cuidar, por encargo de Yahvé.


Jesús, mil años más tarde tomó varios ejemplos del trabajo de David: “Yo soy el buen pastor que conoce las ovejas y ellas me conocen a mí” (Jn 10,14).


David, nos contó, a Jari y a mí, que: “cuando venía un león o un oso y se llevaba una oveja del rebaño: yo le perseguía, le golpeaba y le arrancaba de la boca la oveja; y si se volvía contra mí, le agarraba de la quijada, le hería y le mataba” I Sam 17,35.


Yo he creído todo lo que David me ha narrado, y ahora te lo cuento a ti. Nunca se me ocurrió pensar que David exageraba.


David inspiraba en primer lugar, mucha confianza, porque David estaba lleno de confianza en Dios.


Yo sabía que con David, podría ir seguro en todas sus peligrosas aventuras, auténticas locuras, en las cuales me metí, por ir tras él.


David todo lo veía bajo la lupa de Yahvé, con gran visión sobrenatural.
Los niños amamos el peligro y la aventura. David nunca tuvo miedo a nada. Su sagacidad y su osadía, lo llevaron a desafiar la muerte muchas veces. Jari, me decía: la vida sólo tiene valor si es para Dios: ¡no le temas a la muerte, chico!


Con David experimenté, en muchas ocasiones, el vértigo de muerte, con el cual nos divertimos los guerreros y los niños, viviendo la vida de valerosos combatientes.


David tenía las virtudes de los guerreros: Sabiduría para consultar y saberse asesorar, y prudencia para tener en cuenta, antes de actuar, todos los efectos de su acción.

© 2009, Corporación Terranova. Febrero 18, 2009