(Se comenzó a escribir el 11-X-03, día de la Virgen del Pilar; ¡Virgen del Pilar, antes morir que pecar!. Virgen del Pilar ayúdame a que aquí queden plasmados los puntos más fundamentales de la espiritualidad que tu Hijo quiere de su Civitas y ayúdanos a ser fieles a estos).
ÍNDICE
INTRODUCCIÓN
1.ASESORÍA FRATERNA
Qué es la asesoría
Cómo debe ser
Quién lleva la asesoría
Gracia de estado
Objeto de la asesoría
Temas que deben ser tratados
Visión sobrenatural
Defectos que se deben evitar
Visión sobrenatural
Defectos que se deben evitar
2.CORRECCIÓN FRATERNA
Qué es
Cómo se hace
Cómo se recibe
Puntos más frecuentes de corrección
Cuesta más hacerla que recibirla
Corrección a los Directores
3.DÍA DE RONDA
4.DEVOCIONES PARTICULARES
5.DEVOCIONES PROPIAS DE CIVITAS
Ofrecimiento ordinario
Visita al Santísimo Sacramento
Realidades Divinas
Más realidades divinas
Santa Misa
Acción de gracias
Santo rosario
Lectura espiritual y Santo Evangelio
La lectura espiritual es recetada
Rosario del Padre
Oración al Santo Rostro
Miradas al Santo Rostro
Examen de conciencia
Oraciones antes de dormirnos
Jaculatorias
El Espíritu de Dios habla en el niño
Retiros Espirituales
Convivencias
6.NO NOS DAMOS REGALOS
Relaciones meramente espirituales
7 FORMACIÓN
8.POBREZA
Pobreza en el Culto de Dios
9.NUESTRO FUNDADOR
10.HISTORIA DE CIVITAS
11.EL DON DE ESCUCHAR A DIOS
12.COMIENZO DE CIVITAS
13.UNIDAD Y FRATERNIDAD
14.CONFESIÓN Y SACRAMENTOS
15.NO ABRIMOS EL CORAZÓN A NADIE
16.OBEDIENCIA
¿Obediencia a quién?
Cómo es la obediencia
17.DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
18.PATRONOS PRINCIPALES DE CIVITAS
Jesús, María y José
San Jerónimo romano
Santo Tomás de Aquino
Santo Tomás Moro
San Josemaría
19.APOSTOLADO DIRIGIDO
Personas que debemos buscar
Qué es clericalismo
20 QUÉ ES CIVITAS
21.CLASES DE MIEMBROS DE CIVITAS
Turistas
Cooperadores
Residentes
Ciudadanos
Libertad de entrega
Somos asociación
Sencillez de nuestro carisma
Las virtudes
Trabajo específico
22.DIRECCIÓN DE CIVITAS
23.RENOVACIÓN DE LA ENTREGA
24.LA SANTIDAD QUE DIOS NOS PIDE
Qué es santidad
25.FIDELIDAD
Promesa para quien es fiel
¿Fieles a qué?
26.DETALLES PEQUEÑOS
27.FILIACIÓN DIVINA
El enfoque de la filiación divina:
1.Arrepentimiento
2.Entrega
3.Confianza en la providencia
4.Lo primero que debemos buscar
5.Seguridad en la oración
6.Someternos al dolor
7.Saber perdonar
8.Culto al Padre Dios
28.ESPÍRITU DE SERVICIO
29.ALEGRÍA
30.MENTALIDAD LAICAL
Secularidad en el templo
31.APOSTOLADO DE PEDIR
¿Cómo se sostiene Civitas?
32.IMPORTANCIA DE LAS VIRTUDES
Definición de virtud
Importancia de las virtudes
¿Cómo se adquieren las virtudes humanas?
Importancia de las virtudes en n. Espiritualidad
33.DIVISIÓN DE LAS VIRTUDES
Virtudes humanas
Virtudes sobrenaturales
División de las virtudes sobrenaturales
34.VIRTUDES INFUSAS
Cómo crecen las virtudes infusas
Virtudes teologales
Virtud de la Fe
La fe se puede perder
La fe es la primera virtud teologal
Virtud de la Esperanza
Virtud de la Caridad
35 VIRTUDES MORALES
Virtudes cardinales
Prudencia
Justicia
Fortaleza
Templanza
36 ORDEN
Orden en las ideas
Orden en el ser
37 TRABAJAR LAS INSTRUCCIONES
38 AMOR A LA IGLESIA Y AL PAPA
39.PROVIDENCIA DE DIOS
40.MORTIFICACIÓN Y PENITENCIA
41.MADUREZ
42 APOSTOLADO Y PROSELITISMO
Diferencias entre apostolado y proselitismo
Cómo se hace el apostolado
Qué es proselitismo
43.ENTREGA
44.LIBERTAD
Vicios de la libertad
45.DISCRECIÓN
Discreción en la entrega
Discreción en la oración
Discreción en la mortificación
46.SACERDOTES COMO CRISTO
Sacerdocio ministerial y sacerdocio real
Alma sacerdotal y mentalidad laical
Los Poderes de Cristo
47.ESTUDIO
Formas de conocer
Intuición
Infusión
Por medio de los sentidos
Patronos intelectuales
48.VISIÓN SOBRENATURAL
49.RELACIONES CON LAS AUTORIDADES ECLESIÁSTICAS
50 SACERDOTES
51 IDENTIDAD JURÍDICA DE CIVITAS
52. DIRECTOR O DIRECTORAS DE CIVITAS
INTRODUCCIÓN
Este es el Plan de Formación para las nuevas vocaciones, el cual será dictado y explicado, individualmente, por quienes tienen el encargo de llevar la asesoría fraterna.
Cada semana debe tocarse un punto de estos durante 30 minutos aproximadamente. Una vez que se haya terminado el Plan de Formación, conviene recordar en cada asesoría algún punto de los Fundamentos, aunque sea por unos cortos minutos, para tenerlos siempre muy presentes en nuestra lucha por adquirir la santidad y no olvidarlos nunca.
En los Fundamentos están resumidas las notas más características de nuestra vocación y del carisma específico y peculiar que Dios nos ha regalado.
Debe insistirse en la obligación de asimilar los Fundamentos, amarlos y transmitirlos, sin añadir ni quitar nada, para poderlos entregar a los que vienen detrás sin deformación alguna.
De que tú y yo cojamos el carisma de nuestra vocación depende el que lo podamos transmitir a las generaciones venideras y que este se conserve sin deformaciones hasta que haya hombres sobre la tierra.
Perder el carisma es perder la ruta del camino y no llegar a la santidad que Dios quiere de nosotros.
En la historia de la Iglesia han aparecido instituciones que se han acabado porque perdieron el carisma original que les transmitió su fundador. Perdieron el “fervor de su primera caridad” como reprocha el Señor en el Apocalipsis a los de la comunidad de Laodicea, y entonces estos se volvieron tibios, y por eso “voy a vomitarte de mi boca” (Ap 3, 15-16).
En Civitas no nos volveremos tibios, porque no dejaremos perder el fervor de nuestro carisma original, el que Dios le entregó a nuestro Director, porque Dios cuenta con la responsabilidad y entrega nuestra.
Pon atención a lo que aquí se dice, y que no haya necesidad de repetir dos veces lo que ya has oído. ¡Ten presente que todo esto viene de Dios!, y que tendrás que rendir cuenta de cómo lo has vivido y transmitido.
¡Que nada de lo de Dios se deforme por tu culpa! Que la gente al conocerte diga: ya sé lo que es Civitas porque conozco a alguien de allí.
1. ASESORÍA FRATERNA
QUÉ ES LA ASESORÍA:
Es una charla sobrenatural en la cual damos cuenta del estado de nuestra alma, del grado de encendimiento respecto de la vocación divina que hemos recibido.
Damos cuenta de cómo es nuestra lucha para cada vez cumplir mejor los deberes de nuestra vocación a una entrega total, tal como nos lo pide el Señor.
CÓMO DEBE SER:
Clara, concisa, concreta, breve.
QUIÉN LLEVA LA ASESORÍA:
Civitas, el Director de Civitas, los demás llevan la asesoría en nombre del Director. Cualquiera que lleve la asesoría es el mismo Director quien la lleva.
Nadie lleva la asesoría en nombre propio sino a nombre del Director.
Quien aconseja, aconseje siempre pensando: ¿qué diría el Director?, ¿qué diría el fundador?
GRACIA DE ESTADO:
La persona encargada de llevar la asesoría, en ese momento de la asesoría tiene gracia de estado, que es una gracia especial de Dios para darnos el consejo oportuno que necesita nuestra alma, para corregirnos y alentarnos en el camino de santidad que hemos emprendido.
Confiar en la gracia de estado, que es un don de consejo, de conocimiento y corrección que Dios da a quienes tiene el encargo del Director de llevar la asesoría.
Como Moisés, por orden de Dios, le pasó a Josué los dones de su valor y fortaleza para continuar la guerra del pueblo de Dios contra las ciudades enemigas (cfr. Dt 3,28), quien tiene en encargo del Director de llevar la asesoría de nuestra alma, Dios en ese momento le transmite los dones necesarios para alentarnos a continuar en la batalla por la lucha de la santidad.
OBJETO DE LA ASESORÍA:
Identificarnos con el espíritu de Civitas.
Permitir que Dios construya la Ciudad de la Oración en nuestras almas, para que Él pueda habitar dentro de nosotros.
Quitar todos los obstáculos que se oponen a la construcción de la Ciudad dentro de nosotros.
Dar cuenta cada semana del avance de la obra construida, o del retroceso si lo hay.
Darnos a conocer tal como en realidad somos, permitir que nos conozcan y nos digan cómo somos: quitar defectos y potenciar virtudes.
Vivir la virtud de la prudencia, que entre otras, nos permite la asesoría ir a la fija en cada acto de nuestra vida. Así evitaremos cometer más errores en nuestra vida, y en adelante, que nuestra existencia sea un canto triunfal de mejora cada día, para la gloria de Dios y el provecho de nuestra alma.
Y por último, lo más importante del objeto de la asesoría fraterna: a la asesoría vamos a conocer la Voluntad de Dios en nuestra vida para identificarnos con ella y tratar de cumplirla a perfección.
TEMAS QUE DEBEN SER TRATADOS:
Estado de ánimo, alegrías y tristezas si tristezas hay. Luces de la oración.
Tiempo dedicado a meditar las Instrucciones.
Cómo estamos viviendo nuestra llamada a ser almas contemplativas.
Dar cuenta de la lucha por mejorar en las virtudes.
Cómo empleamos todo nuestro tiempo, porque nuestro tiempo se lo entregamos a Dios, por medio de Civitas y lo administran los Directores. En Civitas nadie puede decir al Director: no tengo tiempo, porque el tiempo se lo hemos entregado a Dios por medio de los Directores.
Dar cuenta del apostolado y recibir indicaciones concretas acerca de cómo debemos hacer el apostolado y la forma de conducir a las personas.
Siempre damos cuenta de las indicaciones que nos dijeron en la asesoría anterior, y copiamos atentamente las nuevas indicaciones.
VISIÓN SOBRENATURAL
En la asesoría fraterna no vemos a la persona que nos lleva la asesoría sino al Espíritu Santo, al espíritu de Civitas, que nos habla por medio de alguien. No importa que quien nos lleve la asesoría fraterna sea joven o viejo, experimentado o no, que lleve muchos años o pocos años en Civitas.
No apegarnos a quien nos lleva la asesoría; los Directores son quienes nombran la persona indicada para conducir nuestra alma. Hoy es una persona, mañana puede ser otra, la que Dios disponga.
La asesoría fraterna es un regalo que nos dio el Espíritu Santo a nuestra Civitas, y debemos valorarla, agradecerla.
La asesoría fraterna es el medio más eficaz para madurar, para formarnos, para identificarnos con la Voluntad de Dios en nuestra vida, para conocernos tal como en realidad somos, y para ir a la fija en todo lo que hagamos.
Los consejos recibidos en la asesoría son materia de obediencia, y Dios nos pedirá cuenta de la forma como procuramos vivirlos.
La asesoría es la mejor ayuda que podemos recibir para adquirir las virtudes que nos faltan, quitar los defectos y madurar así nuestra personalidad, e identificarnos con Cristo que es el ejemplo de Hombre perfecto.
Con la asesoría fraterna ejercitamos la virtud de la prudencia, porque nos lleva a pedir consejo antes de actuar: “Cuatro ojos ven más que dos”, dice la Escritura Santa, y agrega: ¡Pobre del solo, de quien se cae y no tiene quien lo pare”, “Un amigo es un tesoro” y ese tesoro es el amigo, el hermano que en nombre de Civitas nos lleva la asesoría fraterna.
Además vivimos este principio: “Ante la duda abstente”. Nunca actuamos en caso de duda porque tenemos la oportunidad de consultar y salir de dudas.
En Civitas no excusamos irresponsablemente los errores diciendo: “creí que”, “pensé que”, “me imaginé qué”, cuando tenemos oportunidad de consultar para no equivocarnos.
DEFECTOS QUE SE DEBEN EVITAR
Locuacidad, que consiste en dar vueltas alrededor de un mismo tema: hablar mucho y no decir nada.
No hablar claro, es otro defecto que es falta de sinceridad salvaje. ¡Una verdad a medias es una completa mentira!
Evitar dar la sensación de autosuficiencia: el mostrarnos que ya nos las sabemos todas, o el suponer que ya sabemos lo que nos van a decir.
Tener pena o temor a la persona que nos lleva la asesoría, es una tentación diabólica.
Perder en la asesoría la visión sobrenatural y hacer un enfoque humano de esta.
Falta de confianza en los Directores, que nos llevaría a tener espíritu crítico y a no obedecer.
A la asesoría fraterna vamos con una actitud de gran respeto y humildad, y a la vez llenos de confianza, delicadeza y cariño con la persona que nos lleva la asesoría.
La asesoría no se retrasa, mejor se adelanta en caso de algún inconveniente.
Llevar a la oración y repasar con frecuencia los consejos que hemos recibido de Dios por medio de la asesoría fraterna.
Las grandes crisis de la gente de Dios, en otros lugares, es debido en su mayor parte a que no tienen a quien pedir consejo; van de un lado para otro consultando a varias personas a la vez, y cada una les dice una cosa distinta porque no las conocen bien, y porque el ocasional consejero no tiene tiempo suficiente para detenerse a examinar el asunto con cabeza fría y oración. Entre nosotros no pasa nada de esto porque abrimos el corazón solamente al hermano nuestro que nos lleva la asesoría o al Director de Civitas, y a nadie más.
El Director puede llamarnos en cualquier momento para saber cómo vamos, y con él sí podemos tranquilamente abrir el corazón, sin necesidad de pedir permiso a la persona que nos lleva la asesoría.
También podemos acudir al Director en cualquier momento para hablar con él, cuando nos dé la gana, sin pedir permiso a nadie.
En la asesoría se cuidará especialmente la unidad con el Director, la unidad con los otros hermanos y el cariño fraterno.
A la asesoría no vamos a hablar de los defectos de nuestros hermanos, para eso hacemos corrección fraterna, rezamos por ellos y no hacemos comentarios de ninguna clase acerca de nuestros hermanos que pudieran convertirse en murmuración, falta de caridad y de unidad.
A la asesoría vamos a hablar de nosotros mismos y no de los demás, ni mucho menos de los defectos que veamos en nuestros hermanos. Los defectos de los demás los corregimos acudiendo a la corrección fraterna, que se consulta siempre al Director, o a la persona que nos lleva la asesoría, y esa persona se encarga de darle el trámite correspondiente a la corrección.
Quienes tienen el encargo del Director de recibir asesorías fraternas, nunca hablan en su propia asesoría acerca de los problemas de las personas que asesoran, esto lo hablan exclusivamente con el Director que les asignó el encargo de asesorar a ese hermano suyo, y con nadie más. Quien asesora a un hermano suyo no trata en su asesoría los problemas del hermano que asesora.
Por supuesto que acerca del apostolado personal que cada uno hace con personas de la calle, sí se habla claramente en la asesoría fraterna, para pedir indicaciones y para dar cuenta del estado de esas almas.
Hay diferencia entre asesoría fraterna y apostolado personal dirigido.
La asesoría fraterna es el encargo de dirección y de consejo que se lleva a un hermano nuestro por encargo expreso del Director.
Apostolado personal es el que cada uno hace con personas de la calle y pide consejo en la asesoría personal sobre cómo llevar hacia Dios estas personas, hasta conducirlas a una entrega total a Jesucristo en su Ciudad, su Civitas.
No hace falta que a las personas les contemos que las dirigimos por medio del Director, ni que le participamos al Director de sus asuntos, porque las podríamos bloquear y hacerles un grave mal para su alma.
En la asesoría fraterna lo mismo que en el apostolado, nunca el que los dirige hace preguntas por curiosidad: se pregunta lo necesario para entender el problema, pero nunca se hacen preguntas por curiosidad.
Preguntas curiosas son las que no aportan luz acerca del problema concreto del alma de la persona. Por ejemplo, la persona menciona de pasada a su hermano. Curiosidad sería comenzar a preguntar acerca de su hermano:
¿Y tu hermano es bien parecido? ¿Cuántos años tiene? ¿Tiene novia? ¿Tiene carro?¿Tu hermano es juicioso?.
Curiosidad es hacer preguntas que satisfacen nuestro morbo investigativo inoficioso, querer saber lo que en realidad no tenemos derecho a saber; pasaríamos por metidos, y la persona puede sentirse molesta por sentir que le estamos extrayendo una información que no es necesaria para ilustrar su problema.
La curiosidad es un vicio opuesto a la virtud del conocimiento, porque el conocimiento va a la esencia, a la raíz, y no a perder tiempo en las ramas.
2. CORRECCIÓN FRATERNA.
QUÉ ES LA CORRECCIÓN FRATERNA:
La corrección fraterna es una amonestación, llena de amor, que hacemos a un hermano nuestro, con el objeto de que corrija un defecto o adquiera una virtud necesaria para su santidad, para la convivencia con los demás y para su eficacia apostólica.
En Civitas vivimos la corrección fraterna, nos decimos las cosas de frente, a la cara; con caridad y sin herir, para que la persona corrija un defecto o adquiera una virtud.
Por medio de la corrección fraterna hacemos el papel de buenos pastores de nuestros hermanos.
CÓMO SE HACE:
Se consulta al Señor en la oración lo que hemos de corregir.
Se consulta al Director siempre primero antes de hacerla. Nunca se hace una corrección sin consultar al Director.
Cuando el director ha aprobado la corrección, se llama a solas a la persona y se le dice lo que hay que decirle, sin dar explicaciones.
Se termina diciendo: “El Señor esté contigo” y se responde: “Y con tu espíritu.” Luego damos cuenta al Director o la persona encargada, de haber hecho la corrección.
CÓMO SE RECIBE:
Se recibe siempre con una sonrisa en los labios y con una actitud agradecida hacia el hermano que se toma la molestia de corregirnos por amor.
Se escucha con humildad y en silencio; nunca, nunca, se dan explicaciones ni comentarios acerca de lo que nos están corrigiendo.
Al final damos las gracias. Debe notarse en nosotros una actitud sinceramente agradecida.
Luego comentamos en la asesoría la corrección que nos han hecho para dar cuenta de cómo hemos luchado en ese punto.
Debemos hacer corrección fraterna con frecuencia, es signo de buen espíritu.
PUNTOS FRECUENTES DE CORRECCIÓN:
Puntos más frecuentes de corrección fraterna: los puntos de corrección que debemos hacerles a nuestros hermanos de Civitas, son los mismos que una buena mamá le diría a sus hijos: comportamientos en la mesa, en sociedad, cómo habla, cómo ríe, cómo viste. Si alguien ha dicho un error o cometido una falta también se le corrige.
La corrección fraterna nos da libertad para comportarnos con plena confianza, porque estamos seguros que si cometemos un error, nos lo dirán.
La corrección fraterna evita el juicio crítico y la murmuración interior, y es signo de fraternidad, de caridad y unidad.
Tenemos que estar muy atentos a cuidar la unidad, y que a nadie se le escape ni siquiera un suspiro que revele falta de unidad con el Director y falta de fraternidad. Atentos para corregir de inmediato el menor chispazo de falta de unidad y fraternidad, porque esto incendia y destruye la Ciudad construida sobre las bases del amor y la obediencia.
La corrección fraterna evita las ironías e indirectas; nosotros decimos las cosas directamente sin rodeos, con caridad y amor, y no con bromitas.
CUESTA MÁS HACERLA QUE RECIBIRLA:
Por eso debemos agradecer el esfuerzo, el vencimiento, que el hermano nuestro hace por tratar de ayudarnos.
Agradecer la corrección fraterna y rezar por el hermano que nos la ha hecho; como igual rezamos por aquel a quien le hemos hecho corrección fraterna. “El sabio ama la corrección, y el necio la rechaza” dice la Escritura
CORRECCIÓN A LOS DIRECTORES:
Especial obligación tenemos de cuidar a los Directores con la corrección fraterna. Si no corregimos a un Director entonces él será imitado en ese error y puede hacer mucho daño a Civitas: no podemos permitir que nadie destruya nuestra espiritualidad y la sencillez de nuestro carisma.
3. DÍA DE RONDA
Los soldados en el ejército tienen asignado un día para vigilar el regimiento. Ese día la seguridad de todos depende del centinela de turno.“Centinela, alerta” dice la Escritura.
Por el descuido del centinela de turno, que dejó una pequeña puerta de la ciudad sin cerrar bien cayó Constantinopla, y todos sus habitantes fueron pasados a cuchillo por las manos enemigas de los turcos.
Constantinopla era la última fortaleza del Imperio Romano, y al caer esta ciudad se derrumbó todo un Imperio que había dominado a la humanidad por más de 1.700 años (comenzando 200 antes de Cristo).
El Día de Ronda es el día de la responsabilidad grave de cuidar la Ciudad de los ataques enemigos.
En nuestra Ciudad también tenemos asignado un día de ronda para cuidar a cada uno de los habitantes de la Civitas, de la Ciudad de Dios.
Ese día nos encargamos de rezar más por la unidad de la Ciudad, que seamos “un solo corazón y una sola alma”
Ese día ofrecemos pequeñas mortificaciones por nuestros hermanos, rezamos por la fidelidad de cada uno de ellos, con nombres propios y los llevamos a la oración para ayudarles con nuestra corrección fraterna.
En la charla fraterna hablamos de la forma como vivimos nuestro Día de Ronda, aunque en ronda debemos vivir todos los demás días para cuidar la fidelidad de nuestros hermanos.
4. DEVOCIONES PARTICULARES
La santidad no consiste en acumular devociones sino en vivir las virtudes.
Devociones sin virtudes es beatería, sería como construir un edificio comenzando por el techo y edificado sobre arena, y entonces cuando vengan las lluvias se irá a tierra, como advierte el Señor en el Evangelio sobre el que construye su casa, su espiritualidad sin buenos fundamentos.
El ejercicio de la santidad no consiste en vivir una larga lista de devociones particulares, sino en cumplir a cada instante la Santa Voluntad de Dios en nuestras vidas.
Para nosotros está primero la obligación que la devoción, y nuestra obligación es cumplir devotamente los compromisos adquiridos con nuestra vocación específica que Dios quiere de nosotros.
En Civitas tenemos nuestras devociones propias, y esas procuramos vivirlas con mucha fidelidad.
No debemos tener devociones privadas distintas de las que ya tenemos, porque nos distraen de nuestro objetivo principal: la lucha por adquirir virtudes, el estudio, el apostolado y los encargos del Director para sacar adelante la construcción de la Ciudad de Dios, la Civitas.
El Director dispensa de los compromisos con votos o promesas anteriores que alguno tuviese antes de venir a la Ciudad.
Si alguien no está dispuesto a dejar sus devociones privadas, aunque sea el mismo Jesús directamente o la Santísima Virgen quien se las hubiese pedido antes de venir a Civitas, debe entonces abandonar la Ciudad y seguir con su propia espiritualidad.
Las devociones privadas anteriores han sido preparación para venir a la Ciudad, a Civitas, pero ya estando en la Ciudad es necesario obedecer las normas de la Ciudad y no otras normas o devociones privadas, que nos pueden alejar del carisma que Dios quiere de nosotros.
Acumular devociones privadas distintas de las que ya el Señor nos puso en Civitas nos llevaría a centrar la lucha en puntos donde no debemos centrarla, y a descuidar los compromisos de nuestra vocación: hablar con Dios siguiendo las Santas Instrucciones para hablar con Dios, estudio, apostolado, el encargo o los encargos que el Director nos ponga, más nuestros deberes de estado a los cuales debemos hacerles frente si queremos ser santos.
Primero son los compromisos de nuestra vocación que los compromisos con nuestra devoción. Aquí vale decir: primero es el deber que la devoción particular.
Que nadie venga a Civitas a vivir sus novenas particulares, cuando nuestra novena diaria es la entrega total a la obediencia a Dios por medio de nuestros Directores; el que no esté dispuesto a vivir esto que se vaya -dice nuestro Director-.
En Civitas tenemos pocas devociones propias de nuestro espíritu, pero tan potentes, que siendo fieles a ellas y viviéndolas con amor son suficientes para adquirir una verdadera vida de piedad.
Las devociones son el régimen de alimentación espiritual, como la comida lo es para el cuerpo. Cuando uno se somete a un tratamiento médico tiene que obedecer al médico o dietista el régimen alimenticio que le mande para no tirarse el tratamiento.
Aunque toda comida engorda el cuerpo y toda devoción engorda al alma, es necesario que también el alma se someta a un régimen alimenticio balanceado para que se desarrolle proporcionadamente sin deformidades.
Quien se consagra a practicar un deporte físico sabe que la comida es el alimento, pero la comida no es lo esencial; lo esencial es el ejercicio corporal, el empeño, constancia y disciplina que ponga para triunfar en ese deporte.
Quien se dedica a practicar el deporte espiritual de la santidad, con disciplina y seriedad, sabe que las devociones son el alimento, pero esto no es lo esencial; lo esencial es el ejercicio de las virtudes hasta el grado heroico.
¿Qué pasaría con un deportista que simplemente se limitara a comer y no hiciera ejercicio físico? Se volvería un gordote repugnante que para nada sirve. Esto pasaría exactamente con quien se dedicara a buscar la santidad y se limitara a acumular devociones despreciando las virtudes: se volvería en beato santurrón intolerable, caricatura de santo, que nunca alcanzaría la perfección. De esto debemos estar muy atentos para que no nos pase nunca.
5.DEVOCIONES PROPIAS DE CIVITAS
Hacen parte de nuestro espíritu estas devociones:
OFRECIMIENTO ORDINARIO:
Ofrecerle a Dios cuando nos levantamos todo lo que hagamos en día. Esto podemos hacerlo con una pequeña oración vocal, o simplemente con nuestro corazón.
Nos puede servir de ofrecimiento del día, el rezar despacio la Consagración a la Santísima Virgen que rezamos en las clases, que ha sido inspirada por la Santísima Virgen a nuestro Director, y aprovechar para renovar en nuestro interior, de todo corazón. nuestra entrega a Dios
Esta devoción de Renovar nuestra entrega cada día a Dios es muy acepta a Él, y se la toma muy en serio.
Que la muerte nos coja renovando nuestra entrega a Dios, y entonces, Nuestra Madre Celestial, a pesar de nuestras flaquezas y miserias, nos llevará de la mano ante la presencia de su Hijo para gozar de Él eternamente en el Reino de los Cielos -dice nuestro Director-.
También nos puede servir de ofrecimiento ordinario la Oración para pedir la gracia de Dios, que nos la enseñó el ángel de Civitas:
“Señor, no apartes de nuestros ojos la gracia con la que hallaste a María.
No apartes de nuestros oídos la gracia con la que Ella te escuchó;
No apartes de nuestro corazón la gracia con la que Ella te amó”.
v. Señor, dadnos la gracia
r. Y hemos de obtener la salvación.
Otra oración que nos enseñó el ángel de Civitas y que puede servir de ofrecimiento del día, es:
“Borra, Señor, mi pasado,
cuida mi hoy,
prepara mi mañana”.
REZO DEL ÁNGELUS:
A las doce del día rezamos el Ángelus. Después del Ángelus podemos rezar una Oración al Santo Rostro.
VISITA AL SANTÍSIMO SACRAMENTO
Antes de comenzar la Santa Misa procuramos estar un buen rato con Jesús Sacramentado y prepararnos para vivir bien la Santa Misa. Este rato con Jesús Sacramentado se llama Visita al Santísimo Sacramento, la cual viene a constituir otra costumbre propia de nuestro espíritu.
Aunque no estemos gozando de la presencia real en un sitio donde esté Jesús en el Sagrario, porque Dios quiere que nos santifiquemos en nuestra propia casa o trabajo, y no en el templo propiamente, hacemos el ejercicio que nos ha enseñado nuestro Director, el ejercicio que él llama “Realidades Divinas”, consiste en poner a funcionar la imaginación.
La imaginación, para las cosas malas es la loca de la casa; pero la imaginación para las cosas buenas tiene un poder creativo, y la imaginación para las cosas de Dios tiene un poder de hacer realidad lo que pensamos.
Nuestro Director nos ha contado en las clases, este ejercicio de Realidad Divina que él hace, y que nos puede servir de ejemplo para nosotros hacer otros ejercicios como este:
Con la imaginación se sube por las noche al techo de un templo. Se mete como un ladrón por una pequeña ventanita abierta -el Señor nos perdona esta audacia, dice él-. Se descuelga por los lazos de las campanas y penetra al templo.
Nos cuenta nuestro Director que encuentra el templo solo y oscuro; en el fondo brilla una pequeña lucecita que indica que allí está Jesús Sacramentado todo entero para él, para nosotros, esperando con amor esta visita.
Luego, con el alma llena de emoción, se postra de rodillas ante Jesús Sacramentado para decirle palabras llenas de amor.
Y entonces, la imaginación vuela más lejos: se abre la puerta del Sagrario, Jesús asoma la cabeza y dice: ¡ven!. “y allí paso la noche durmiendo con el mismo Cielo” -dice nuestro Director-.
Nosotros también podemos pasar el día entero en la casa de Nazaret, y pasar la noche en la casa de José, escuchando las enseñanzas de Jesús y recibiendo las atenciones de María. Eso es el Sagrario: la casa de Nazaret, la Ciudad de la Oración, la Ciudad de Dios sobre la tierra.
Nosotros procuramos estar ante la Presencia de Jesús todo el día y toda la noche, porque lo nuestro es convertir nuestra casa en un templo de oración y en un lugar para adorar a Dios.
El Señor nos ha dicho, antes de tenerlo en su Pan Eucarístico en la sede de Civitas, “aquí estoy realmente con ustedes, aquí paso largas horas. Cuando me azotan en la calle vengo aquí a consolarme. Cuando lloro, hago lo que hace un niño pequeño que se acuesta en su cuna para que lo mezan. Nosotros tenemos que hacer de nuestra casa una verdadera Civitas donde Jesús se sienta a gusto.
MÁS REALIDADES DIVINAS
Otro ejercicio de poner la imaginación a trabajar realmente para Dios que nos ha enseñado nuestro Director, es este:
Por la noche antes de acostarse, y a veces a altas horas de la noche, invita a la Santísima Virgen a ir a nuestras casas para que sea ella la que nos bañe con la Sangre de su Hijo.
Yo me limito a acompañar a la Madre de Dios y a presenciar lo que ella hace.
La Virgen entra en el cuarto de cado uno o de cada una, derrama todo el Cáliz consagrado, que contiene toda la Sangre de Cristo sobre la cabeza de cada uno, y ella nos va haciendo este exorcismo, diciendo estas palabras: “En nombre de Mi amadísimo Hijo, Señor nuestro Jesucristo, espíritus malignos, ¡salgan de esta alma! Y váyanse a la Cruz de Cristo” (para que no queden sueltos por los aires).
Luego nuestro Directo observa cómo la Santísima Virgen nos pone las manos en la cabeza y dice a su Hijo: “Jesús, sánalo, Jesús sálvalo, Jesús libéralo. Jesús, si tú lo sanas, lo salvas y liberas, este quedará sano, salvo y libre”.
Luego escucha nuestro Director que la Santísima Virgen nos dice a cada uno de nosotros unas pequeñas palabras al oído -las que necesita su alma para ese momento-.
Tan eficaz es este ejercicio, tan real se convierte esta Realidad divina, nuestro Director ha recibido llamadas de personas, incluso de otras ciudades, que han recibido los mensajes en sueños.
LA SANTA MISA:
La Santa Misa es la mayor de las devociones, y no existe ni podrá existir jamás una devoción superior a ella. No hay en el Cielo un mayor sacrificio reparador que el Sacrificio de Jesús en la Cruz.
¿Qué es la Misa? Es la renovación incruenta del sacrificio cruento de la Cruz. -enseña la Iglesia-.
En el Sacrificio de la Cruz, Jesús derramó toda su Sangre por la salvación de todos los hombres de todos los tiempos. En la Santa Misa, Jesús derrama nuevamente toda su Sangre por la humanidad entera; pero en la Santa Misa la Sangre de Jesús cae, de forma especial, sobre aquellos que devotamente asisten a este Sacrificio.
¡Qué valor tan grande tiene una Santa Misa! Si una sola gota de la Sangre de Cristo puede limpiar de todos los crímenes al mundo entero -como enseña Santo Tomás de Aquino- ¿Qué diremos entonces de la Santa Misa, donde se derrama toda la Sangre de Cristo sobre cada uno de los asistentes?
Antes de la Santa Misa le pedimos a nuestro Padre Dios durante el día y la noche anterior, que nos haga dignos de participar del Santo Sacrificio de su Hijo.
Le decimos al Padre que le ofrecemos el Sacrificio de su Hijo, para:
-Adorarle: La Santa Misa le rinde mayor adoración al Padre Eterno que la adoración que le tributan todos los ángeles y los santos del Cielo, incluida la adoración de la misma Madre de Dios.
-Alabarle: No hay una mayor alabanza a nuestro Padre Dios, que la alabanza que le rinde su Hijo en la Santa Misa.
-Darle gracias: No hay una mayor acción de gratitud a nuestro Padre Dios, que la que le rinde su Hijo en el Santo Sacrificio de la Misa.
-Y pedirle perdón: La Santa misa es el único Sacrificio que aplaca la ira de Dios y obtiene la redención del género humano.
Al Padre sólo le place plenamente el Sacrificio y las Peticiones de su Hijo. Por eso lo más grande que nosotros podemos hacer, la devoción más grande, es unirnos al Santo Sacrificio del altar para hacernos uno con el mismo Cristo.
Le pedimos a nuestro Padre Dios, lo que le pide nuestro Director, por:
La Iglesia, el Papa, los sacerdotes, religiosos y todas las almas consagradas.
Por tu Civitas y por cada uno de tus hijos de tu Civitas, para que seamos fieles a la llamada recibida.
Por los seres queridos de tus hijos de tu Civitas. (Especialmente los que pasan por alguna necesidad, cumplen años de vida, o aniversario de muerte).
Por los cooperadores de tu Civitas para que los bendigas y les multipliques lo que han dado.
Para que envíes almas de oración para tu Ciudad de la Oración, y por las almas de oración del mundo entero para que perseveren en su excelsa misión.
Por la conversión de los pecadores, por los agonizantes del día de hoy para ninguno se condene, por la unidad de los cristianos y por las benditas almas del purgatorio.
También podemos agregar peticiones particulares en la Santa Misa, aunque nuestra intención particular más grande es unirnos a las intenciones de nuestro Director, que son básicamente: el que el Señor nos haga fieles a nuestra vocación y al carisma de su Civitas.
Después de la Santa Misa rezamos la oración a San Miguel Arcángel, tal como lo hacía antes la Iglesia después de terminar el Santo Sacrificio.
Unirnos a las Misas que se celebran en el mundo
Según los cálculos, se estima que hay más de cuatrocientos mil sacerdotes católicos en el mundo. Si cada uno de ellos cumple con su sagrado deber de celebrar cada día el Santo Sacrificio del altar, podrían celebrarse en la tierra cuatrocientas mil Santas Misas cada día, que dividido por veinticuatro horas, equivaldría a dieciséis mil seiscientas Santas Misas cada hora, a doscientas setenta y siete Santas Misas por minuto, y a más de cuatro Santas Misas por segundo.
Aún suponiendo que solamente una cuarta parte de los sacerdotes celebrasen cada día la Santa Misa, sería entonces una Misa por segundo, y no cuatro, con lo cual de todas formas es mucho. ¡Es mucha fuerza divina para aplacar la ira de nuestro Padre Dios por los pecados de los hombres y moverlo a la compasión!.
Se cumple pues lo que ya había profetizado el Padre Dios en el Antiguo testamento: “Desde donde sale el sol hasta el ocaso, se ofrece en Mi Nombre un sacrificio humeante”
Volviendo a las Realidades Divinas, que nos ha enseñado nuestro Director, podemos unirnos con la imaginación a todas las Santas Misas que se celebran en el mundo, más de cuatro por segundo, para hacer de nuestra vida, unida al Sacrificio de Cristo, una hostia agradable a Dios.
¡Que el último momento de nuestra vida nos sorprenda unidos a Cristo en el Sacrificio de la Santa Misa!. La santidad, el ser perfectos como el Padre Dios, para nosotros es muy fácil, porque no solamente contamos con nuestro esfuerzo personal, sino además con el poder de Dios que nos quiere hacer perfectos unidos a su Santo Sacrificio.
ACCIÓN DE GRACIAS:
Acción de gracias después de la Santa Misa: Después de Comulgar, la Sagrada hostia consagrada con el Cuerpo de Cristo, permanece en nuestro cuerpo de diez a quince minutos, durante este tiempo aprovechamos para quedarnos dando gracias al Señor y hablando con Él.
Se reza la Oración al Santo Rostro de Cristo que el Señor le dictó a nuestro Director y que la Iglesia hizo suya de inmediato dándole su aprobación oficial, mediante el Nihil obstat; y el Adorote devote compuesto por Santo Tomás de Aquino.
El momento de la Comunión, esos diez o quince minutos donde está dentro de nosotros el mismo Pan del Cielo, Jesús, es el momento de mayor intimidad con Jesús Sacramentado. Es el momento para decirle que lo amamos con todo el corazón, con toda el alma; pero más que hablar nosotros, es el momento para escucharle con mayor intensidad.
El Santo Josemaría dividía el día en dos: antes de la Santa Misa para prepararse para ella, y después de la Santa Misa para dar gracias a Dios por haberle recibido. Hagamos nosotros lo mismo, así nuestro día será una Santa Misa, un ofrecimiento constante de nosotros a nuestro Padre Dios.
Cuentan que el Santo cura de Ars, al ver una señora que después de comulgar salió inmediatamente del templo, le mandó a dos acólitos con dos velas encendidas para que la acompañasen por la calle.
La señora preguntó: ¿qué es esto?
Los muchachos le respondieron: ¿no se da cuenta que usted lleva por la calle a Jesús Sacramentado?
Pues que no nos pase esto a nosotros. Que nos demos cuenta que en el momento de la Comunión tenemos al mismo Cielo en nuestro pecho, a Jesús.
Muchos santos que valoraban tanto el momento de la Comunión, el Señor les dio la gracia de que permaneciese la hostia sin consumirse dentro de ellos. Se volvieron un sagrario permanente. Pidámosle esa gracia: “¡Quédate con nosotros porque sin Ti se hace tarde!” -como le dijeron los discípulos de Meaux-.
SANTO ROSARIO:
Ordinariamente rezamos el Rosario del día. Podemos rezar las otras tres partes si lo deseamos, y siempre y cuando cumplamos primero con las obligaciones de nuestra vocación (trabajar las Instrucciones -estudio de la doctrina- apostolado- encargos apostólicos que nos hace el Director y cumplir con nuestros deberes de estado).
Procuramos en el Santo Rosario unirnos a las intenciones de nuestro Director, y ofrecer cada decena por intenciones concretas. Estas son las intenciones del Director, las mismas que pedimos en la Santa Misa:
Primera decena: La ofrecemos por la Iglesia entera, y muy especialmente por el Papa, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos entregados al servicio de Dios, y por todos los laicos en general. Basta decir: Por el Papa y por la paz.
Segunda decena: La ofrecemos por Civitas y por la fidelidad de cada uno de los integrantes de la Ciudad de la Oración. Basta decir: Por Civitas, por nuestro Director y sus intenciones y por la Junta de Gobierno.
Tercera decena: La ofrecemos por los seres queridos de los miembros de Civitas. Basta decirle a la Virgen María: Por los seres queridos de tus hijos de tu Civitas.
Cuarta decena: Por los cooperadores de Civitas para que Dios los bendiga y multiplique, por almas de oración para la Ciudad de la Oración y por las almas de oración del mundo entero, y por Terranova (para que Dios nos mande los medios económicos y humanos para hacer las cosas bien).
Quinta decena: Por la conversión de los pecadores, por los agonizantes de este día para que ninguno se condene, por la unidad de los Cristianos, por las benditas almas del purgatorio.
Cuando rezamos el Santo Rosario entre nosotros, debemos hacerlo con esas peticiones. Cuando rezamos cada uno por nuestra cuenta, podemos agregar otras intenciones particulares.
LECTURA ESPIRITUAL Y SANTO EVANGELIO:
Entre los dos leemos quince minutos; puede ser un minuto a cinco minutos de Evangelio y el resto de Lectura Espiritual.
Conviene leer y conocer a fondo el Santo Evangelio donde está la vida de Jesús, nuestro modelo. Al Evangelio vamos a filmar escenas de una película para grabar en nuestra mente y tener muy viva la vida de Jesús.
El Evangelio comienza con Mateo y termina con el Apocalipsis de San Juan. Cuando lo termines lo volveremos a comenzar. Hacen parte también del Evangelio, los Hechos de los apóstoles, todas las cartas de Pablo, Pedro, Santiago y Juan.
El Antiguo Testamento es un anuncio de la venida de Jesús, y solamente lo entenderemos bien cuando conozcamos profundamente el Nuevo Testamento o comúnmente llamado Evangelio, que significa Buena Nueva, Buena Noticia, la noticia de que Dios se ha hecho de carne y hueso como todos los hombres de la tierra.
EL LIBRO DE LECTURA ESPIRITUAL ES RECETADO:
El libro de Lectura espiritual es recetado por el Director, según un plan de formación doctrinal y ascético que necesita nuestra alma. Ascético significa ascenso, lucha por adquirir una virtud concreta o erradicar un defecto. Los Directores que conocen nuestra alma, y tienen gracia de estado para conducirnos, nos van recomendando el Libro de Lectura espiritual, necesario para esa lucha por alcanzar la santidad que nos hemos propuesto.
Nadie debe leer por su cuenta sin consultar, ningún libro espiritual. Este punto es muy importante y se repite: nadie debe leer por cuenta propia ningún libro, ni mensajes de la Virgen u otro tipo de mensajes; siempre se debe consultar todo lo que se lea, aún libros que no sean espirituales, porque el Demonio se ha metido en los libros. Quien no obedezca en las lecturas debe irse de Civitas, porque no está obedeciendo al régimen de alimento espiritual que se requiere entre nosotros.
La espiritualidad que nosotros debemos cultivar es la de los primeros Cristianos, comprometidos a ser santos en medio del mundo.
Los libros escritos por religiosos llevan la impronta de su espiritualidad propia: el apartarse del mundo, la mentalidad de víctimas y no de guerreros, el hacer énfasis en una serie de prácticas espirituales para vivir aislados en un convento, que en muchas ocasiones no son las apropiadas para los laicos que permanecemos en el mundo, y que nos toca conquistar ese mundo para Dios a punta de guerra enfrentándonos directamente contra las potestades infernales con sagacidad y sencillez: “Os envío en medio de lobos; sed sencillos como palomas y sagaces como serpientes” -dice el Señor en el Evangelio-. Nosotros no huimos de los lobos y nos toca enfrentarlos y defendernos de ellos siendo prudentes y precavidos, que en eso consiste la sagacidad.
Especial atención hay que tener con las biografías de los santos, que las han deformado, haciendo énfasis en las cosas extraordinarias y no en las cosas sencillas, y nos pintan un ejemplo de santidad basado en las devociones y no en las virtudes, que no es lo que Dios quiere de nosotros: nuestra santidad está basada en las virtudes. Todo esto nos puede confundir. Por eso obedecemos al consultar lo que leemos para no desviarnos del camino secular y laical que Dios quiere para nosotros.
ROSARIO DEL PADRE:
El Rosario del Padre es una devoción que el Señor le inspiró a nuestro Director, para meditar la Oración que el mismo Cristo nos enseñó: El Padrenuestro, la oración más importante porque la compuso el mismo Cristo.
Se rezan tres decenas de Padrenuestros, una decena en honor al Padre, otra al Hijo y otra al Espíritu Santo. Al final de cada decena se reza el gloria y se dice:
A Ti la alabanza, a Ti la gloria, a Ti hemos de dar gracias por los siglos de los siglos, ¡Oh! Trinidad Beatísima.
Se contesta:
Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos, llenos están los cielos y la tierra de tu gloria. Hosanna en las alturas.
Se dice:
Santo Dios, Santo fuerte, Santo Inmortal.
Se contesta:
Ten misericordia de nosotros y del mundo entero.
El Señor le hizo ver a nuestro Director que esta oración es muy potente para alabar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, y que debíamos tener gran devoción para rezar la oración que el mismo Cristo nos enseñó: el Padrenuestro
ORACIÓN AL SANTO ROSTRO
Una devoción permanente que Dios nos regaló, para tener presencia de Dios a cada instante, es la Oración al Santo Rostro, la cual se la dictó el Señor a nuestro Director. Conviene rezarla muchas veces durante el día, y difundir esta oración. El rezarla muchas veces al día es signo de buen espíritu, oportunidad de unirnos para pedir lo que pide el Director y apoyarlo en sus intenciones.
Miradas al Santo Rostro de Cristo, el Santo Rostro, con las señales de su Pasión, es otro regalo que el Señor nos quiso hacer a nuestra Civitas, por medio de nuestro Director.
La forma extraordinaria como el Señor le regaló al Director las lágrimas y su Sangre, fue de una forma ordinaria, como es todo lo nuestro. Dios hace para nosotros cosas extraordinarias de forma ordinaria.
El Director tenía un Rostro corriente de la Sábana Santa, que colocó sobre un cuadro de rosas pintadas al óleo. Le echó por detrás agua a la imagen del Rostro, pidiéndole al Señor con mucha fe que él deseaba que se confundiera su Rostro con las rosas del cuadro, mientras acariciaba tiernamente la imagen de su Rostro.
Pero El Señor le concedió al Director algo mayor: que el agua no borrara su Rostro que estaba impreso en tinta de computador, una letras que había abajo si las borró; y el agua al secarse dejó impresas las huellas de su Sangre y de su lágrimas.
Además la expresión del Rostro cambió completamente, es una expresión donde se nota el gesto de dolor del Señor por sus heridas, y unos ojos vivos que nos miran.
Algunos han notado que el Rostro cambia de expresión según la casa de la persona que lo tiene.
Conviene tener enmarcado el Rostro en un lugar donde lo podamos mirar con mucha frecuencia durante el día, rezarle la Oración y pedirle muchas gracias para su Iglesia y su Civitas.
EXAMEN DE CONCIENCIA
Antes de acostarnos hacemos un breve examen de conciencia de un minuto, donde revisamos como hemos vivido los compromisos de nuestra vocación durante el día.
Revisamos cómo hemos trabajado las Instrucciones, cómo hemos cumplido nuestras costumbres, en especial la Santa Misa y la Sagrada Comunión, revisamos que medios estamos poniendo para hacer apostolado y traer gente a la Ciudad de Dios, a su Civitas.
Oraciones antes de dormirnos. Ya en la cama, antes de dormirnos, rezamos la Oración al Santo Rostro, y hacemos la Consagración a la Santísima Virgen.
JACULATORIAS:
rezamos durante el día con frecuencia estas jaculatorias, que nos las ha regalado el Señor para Civitas:
Jesús María y José, mantened mi casa en pie. Esta jaculatoria se la inspiró el Señor a nuestro Director el Día de la Sagrada Familia, el 29 de Diciembre de 1997, fecha de la fundación de Civitas. Jesús María y José son los patronos principales de Civitas, que Dios nos ha puesto como modelos de vocación contemplativa a imitar, y los guardianes de nuestra casa, nuestra vocación, para que ellos la mantengan siempre en pie, como supieron mantener en pie la casa de Nazaret.
Jesús María y José, mantendrán en pie nuestra vocación hasta el final de nuestra vida, y mantendrán en pie a Civitas hasta el final del mundo -dice nuestro Director-.
Nos cuenta María, la esposa del Director, que cuando ella le cuenta a su esposo que es necesario dinero para algún asunto, él inmediatamente dice, dirigiéndose a la Sagrada Familia: “Ya escuchaste Madre; ya escuchaste Señor.” Y que el dinero aparece de inmediato.
También acudimos a la Sagrada Familia, nuestros patronos, con esa jaculatoria, para pedirle por nuestras necesidades económicas, tanto las de Civitas como las de cada uno, para que ellos provean los medios que nos hacen falta para cumplir con nuestra misión de almas entregadas al Señor en nuestra vocación contemplativa.
Al comenzar y terminar nuestras reuniones, y nuestras devociones, rezamos las Jaculatoria a la Sagrada Familia de Nazaret, y la invocación a la Madre de Dios como: “Mater Civitatis” Madre de la Ciudad de Dios, la Ciudad de la Oración.
Regina Civitatis, Reina de la Ciudad. Con esta jaculatoria reconocemos a la Madre de Dios, como la Comandante de la Ciudad de la Oración y como Reina de todo el universo. Ella es la Reina de la Ciudad de Dios: ¡el Cielo!.
Otra jaculatoria. Invocar a cada instante el Santo Nombre de Jesús, para pedirle protección de todo mal. Nuestro Director dice:
“Cuando el demonio me tentare -me tienta a cada instante, dice-, le diré que no tiene parte conmigo, porque muchas veces en el día digo: JESÚS, JESÚS, JESÚS…, y así podemos rezar varias decenas de Jesúses en el día.
Invocar El Nombre de Jesús especialmente en los momentos de peligro y en las tentaciones.
EL ESPÍRITU DE DIOS HABLA EN EL NIÑO:
Cada año, al comienzo de la Pascua de Resurrección, meditaremos despacio en las clases y de forma individual El Espíritu de Dios habla en el niño, basado en el Decenario del Espíritu Santo de Francisca Javiera del Valle, y ampliado por nuestro Director.
El Espíritu de Dios habla en el niño es como un manual para almas de oración, donde llevados de la mano del Espíritu Santo, El Maestro, nos enseña las armas para guerrear en la pelea espiritual, nos enseña las trampas del maligno enemigo y las formas de vencerlo con la ayuda de Dios.
CURSO DE RETIRO Y CONVIVENCIAS
Cada año haremos un Curso de retiros y mínimo una convivencia.
Los retiros los podemos hacer meditando uno de nuestros documentos propios: Instrucciones, bien un tema concreto, o una variedad de ellos. También sirven para la meditación todos los escritos que nos ha dejado nuestro Director: Enseñanzas Evangélicas, La historia del rey David, El sacrificio de Abraham, etc.
CONVIVENCIAS
En las convivencias se pueden tocar temas más variados: temas como por ejemplo: un documento oficial de la Iglesia, profundizar en un libro de lectura espiritual, los documentos de los Antiguos Cristianos, una Encíclica Papal, etc.
6. NO NOS DAMOS REGALOS
Entre nosotros no nos damos regalos. Le damos regalos a la Ciudad, a Civitas; pero no damos regalos a las personas.
Cuando queremos compartir algo con un hermano nuestro, por ejemplo una camisa, porque nos damos cuenta que ese hermano nuestro necesita esa camisa, no se la entregamos a él directamente sino al Director. El Director se la entrega al que la necesite sin contarle quien la envió. Así ese hermano nuestro no queda endeudado con quien se la dio, ni se siente en la obligación de hacerle una atención de gratitud.
Esto es fina caridad: dar sin que el que reciba sepa de dónde viene.
No nos hacemos regalos ni siquiera insignificantes; todas las cosas que recibimos de parte de los amigos y de las personas con las cuales hacemos apostolado, las ponemos en manos de los Directores y ellos distribuyen a los demás según sus necesidades.
Tampoco entre nosotros nos pedimos favores personales, ni siquiera insignificantes, sin consultar al Director. Esto es un detalle de fina caridad para respetar el tiempo y las cosas de nuestros hermanos, y para no abusar de su gentileza y generosidad. Además no venimos a Civitas a ser servidos sino a servir.
Si un hermano nuestro nos solicita un favor que esté al alcance de nuestras manos y no interrumpa nuestro tiempo de oración, estamos dispuestos a hacerlo con gusto; si podemos consultar al Director antes de hacerlo, consultamos primero, si no da tiempo de consultar hacemos el favor y luego comentamos en la charla por si da lugar a una corrección fraterna.
Lo nuestro es no valernos de la gente de Civitas para nada material, por eso acudimos a nuestros familiares y conocidos en las cosas materiales. En la asesoría fraterna sí podemos comentar, si es del caso, el asunto material que nos hace falta.
RELACIONES MERAMENTE ESPIRITUALES:
Nuestra fraternidad no tiene repercusiones sociales
-prácticamente en la calle no nos conocemos-. No invitamos a nuestra casa a ninguno de nuestros hermanos, salvo una cosa extra y con permiso especial del Director. No invitamos a nuestros hermanos a fiestas ni acontecimientos familiares. En la casa y en la calle cada uno hace su propia vida con sus familiares y amigos.
Lo nuestro es, como dice San Josemaría: “Abrirnos en abanico a las demás personas para atraerlas a Dios” y no formar un grupito social cerrado entre nosotros. No formamos grupo social. Somos una asociación de almas de oración que nos une el amor de unos por otros pero no conformamos un grupo cerrado y exclusivo.
Si alguien celebra una fiesta en su casa no tiene obligación, ni debe, invitar a ninguno de la Ciudad. Si considera conveniente invitar a unos, por motivos apostólicos, lo debe consultar.
No nos valemos de nuestros hermanos, ni de nadie que asiste a los medios de formación de Civitas para establecer relaciones comerciales, para hacer sociedades de negocio o para solicitar trabajo profesional, ni para que nos den recomendaciones de trabajo.
No utilizamos a nuestros hermanos, ni a nadie que viene por Civitas para que nos sirvan de fiadores, ni les ofrecemos ventas de nada, ni de carros, ni de casas ni de ningún tipo de boletas y rifas, ni tortas y pasteles, ni seguros de vida. El que es vendedor, que ofrezca sus productos en la calle. Nuestra relación fraternal es eminentemente espiritual.
7. FORMACIÓN
La pirámide de nuestra formación está compuesta de un edificio de tres pisos; sus bases profundas son la humildad y la obediencia.
El primer piso de esa pirámide lo componen las virtudes, el segundo la doctrina y el tercero la piedad.
Tratar de construir una vida de piedad, sin doctrina y sin virtudes es construir una casa sobre arena. Las virtudes sostendrán la casa en los momentos difíciles de vientos y terremotos.
Practicamos todas las virtudes. Algunas virtudes claves para nuestra vocación y nuestra entrega, son: generosidad, docilidad, humildad, obediencia, sinceridad, autenticidad (virilidad en los hombres, feminidad en las mujeres), naturalidad, elegancia , buen gusto y sencillez, simpatía, delicadeza en el trato, finura, alegría, sinceridad de niños que dicen lo que sienten sin importar el qué dirán.
Entre nosotros no hay títulos ni doctores: nos tratamos de tú, con confianza respeto y naturalidad. Los Directores son nuestros hermanos mayores y los tratamos con la confianza como se trata a un hermano mayor: con respeto, naturalidad y sencillez.
Nosotros pertenecemos a la aristocracia de la inteligencia y venimos a Civitas a cultivar la inteligencia para obtener sabiduría, y cultivar la voluntad para obtener virtudes; todo esto en medio de una gran sencillez y naturalidad.
Cómo somos no servimos, y tenemos que convertirnos en masa blanda para dejarnos moldear según el aire de familia de Civitas. Tenemos que ser con los Directores: “Como el vaso de barro en manos del alfarero” -como dice la Escritura-.
Venimos a Civitas precisamente a adquirir la personalidad que no tenemos, a ser lo que no somos, a cambiar, a enderezar el chasis torcido –como dice nuestro director-.
“El único distintivo la Ciudad de la Oración será la paz profunda en el corazón de cada uno” (Dice una de nuestras Instrucciones). No llevamos insignias ni distintivos de ningún tipo. Pero la gente, al vernos o al oírnos hablar dirá: esta persona tiene a Dios en su corazón.
Dios construirá, por medio de los Directores, la Ciudad de la Oración en nuestras almas, al ritmo de nuestra docilidad y humildad. Importancia de la docilidad para dejarnos dirigir.
No ser motivo de preocupación para nuestros Directores por la terquedad y falta de docilidad en nuestra entrega.
8. POBREZA
Nuestra pobreza es elegante. Nuestra pobreza no es ostentosa: nuestra pobreza la llevamos en el alma, al estar desprendidos de todo lo que tenemos y no estar apegados a nada. Pero no nos presentamos como pobres, como igual no nos presentamos como muy mortificados, ni muy penitentes.
Nuestra pobreza la vivimos cara a Dios y no cara a los hombres. Nuestra pobreza es el buen gusto. Nuestra pobreza nos lleva a poner al servicio de las cosas de Dios en la Cuidad de la Oración, lo mejor. A Dios le ofrecemos lo mejor, y queremos que las cosas de Dios estén bien puestas.
Nuestra pobreza nos lleva a comportarnos como un padre de familia numerosa y pobre a la hora de hacer un gasto.
POBREZA EN EL CULTO DE DIOS:
Para Dios no queremos ser pobres. Dios se merece lo mejor de lo mejor. Dice Camino: “En las cosas de Dios se gasta lo que se deba aunque se deba lo que se gaste.” Queremos que Dios esté a gusto en nuestros oratorios. Recogemos joyas para hacer vasos sagrados y custodias al Señor.
No podemos tener la mentalidad de los fariseos ni de Judas, que se escandalizaron de que se derramara un perfume fino al Señor.
La santa pobreza que nosotros vivimos es un ejercicio de desprendimiento, de confianza en Dios, de humildad, de vencimiento y sobriedad.
La pobreza se controla con los ojos, matamos la concupiscencia de los ojos, no mirar para no desear y no desear para no crear necesidad.
La virtud de la pobreza nos libera de poner a depender la felicidad de las cosas. Vaciarnos de las cosas para podernos llenar de Dios: una de dos o nos llenamos de Dios o de las cosas, de las cosas que no tienen la capacidad de llenarnos.
Nuestra pobreza nos hace ricos porque al sabernos hijos de Dios nos damos cuenta que el mundo es nuestro, y porque al buscar llenarnos de Dios ya llenamos ese vacío que supuestamente nos llenarían las cosas.
Nuestra pobreza permite que llenemos de riqueza a otros, de la riqueza interior de nuestro corazón, lleno de felicidad, de gozo y alegría.
Nuestra pobreza nos llena de complejo de superioridad: al sabernos superiores porque somos hijos de Dios, no necesitamos cosas para llenar el complejo de inferioridad que tienen los ricos del mundo.
Nuestra pobreza nos libera del peso de los apegos de las cosas y nos hace desprendidos, para volar libres por el mundo hasta el corazón de Dios.
Nuestra pobreza nos llena de confianza en Dios que siempre nos mandará los medios necesario para vivir con dignidad y poder vivir los compromisos de entrega a nuestra vocación.
Nuestra pobreza nos hace generosos: “No temas vaciar tus despensas”
-dice un punto de las Instrucciones-. Sabemos que al dar a los demás por Dios, Él nos restituirá con abundancia.
9. NUESTRO FUNDADOR
Es normal que las nuevas vocaciones deseen saber algo de la vida del fundador de Civitas, y en ese caso se pueden contar algunas cosas. La idea es presentar una idea real de nuestro director y no una imagen deformada.
Todas las cosas de su vida han sido normales, nada raras; no hay nada extraordinario. Todo lo normal y lo corriente tiene que ver con nuestro carisma.
Todo proyecto es producto de la imaginación de alguien, y toda institución es en el fondo la prolongación de una vida real.
Civitas no es producto de la imaginación del Director sino una vida, un camino por el cual Dios ha ido llevando primeramente a nuestro fundador, para que él al experimentarlo y conocerlo nos lo pueda transmitir.
En este caso Civitas, la ciudad donde Dios nos ha puesto, tiene que ver mucho con las vivencias de nuestro Director.
Nuestro fundador es el instrumento del cual Dios se valió para traer a la tierra la Ciudad de la Oración. Nuestro fundador dice de él mismo que es “una bolsa de basura” y que por eso Dios lo escogió para esta gran misión: “porque a Dios le gusta depositar sus tesoros en bolsas de basura” -y esto dice él, lo afirma con toda verdad-.
Nuestro fundador dice de él que de santo no tiene ni un pelo; pero reconoce tener experiencia y formación para dirigir las almas. Reconoce tener: gran amor a la Santísima Virgen y una gran confianza en Dios, lo cual hace parte esencial de nuestro carisma.
El conocer algunos aspectos de su vida nos servirá para entender nuestro carisma y nuestra llamada.“Dios se vale de toda circunstancia para templar sus instrumentos” -dice nuestro fundador-.
Nació en un hogar cristiano, sencillo y de clase media.
Desde los doce a los veintidós años, perteneció a los Scouts. Allí aprendió el amor por la naturaleza y el gusto por la vida dura. Allí aprendió a aconsejar a los demás compañeros de su misma edad.
Dios le permitió desde su más tierna infancia, dice él, conocer el corazón humano y aprender a preocuparse por la suerte de los demás, esto hace parte de nuestro carisma.
En el contacto con la naturaleza desarrolló un gran sentido de observación, optimismo, espíritu de lucha y sentido deportivo de la vida. Todo esto dice él le será útil más tarde para llegar a la vocación contemplativa a la cual hemos sido llamados nosotros.
La experiencia de la vida dura sí que se necesita para vivir esta guerra de amor por implantar el Reino de Dios sobre la tierra.
Quería ser abogado pero su madre se lo impidió diciéndole que su abuelo materno había perdido su fortuna por la picardía de abogados deshonestos.
Para no contrariar a su mamá, cursó entonces cualquier carrera, con el simple objeto de estudiar algo. Escogió la carrera de Economía, pensando que tenía que ver con el Derecho, pero al poco tiempo se dio cuenta que ni era su carrera ni tenía que ver con el Derecho.
Por no causarle un dolor a su padre, que era pobre, decidió terminarla “a los trancazos, en medio de una gran decepción y depresión, porque no tenía a Dios.”
Cursando Economía, cuando tenía veintidós años, conoció el Opus Dei y se entregó a él el día 24 de Septiembre de 1966, Día de la Virgen de la Merced, “la que recata de la esclavitud, y a mí me recató de las cadenas del pecado.” -dice él-.
En el Opus Dei le plantearon cursar estudios de Filosofía y de Teología, los cuales se los tomó con gran entusiasmo y dijo para sí: “Como he sido tan maqueta en mis estudios, ahora sí voy a tomarme la filosofía y la teología seriamente, con una gran pasión.”
Terminó el ciclo de estudios filosóficos y teológicos exigidos para la formación sacerdotal, de un sacerdote del Opus Dei; pero no para ordenarse sacerdote sino para ser un buen laico con doctrina. Estos estudios sí se los tomó en serio, con todo su corazón y con toda su alma.
10. HISTORIA DE CIVITAS
Nuestro fundador nunca pensó fundar nada. Estando en el Opus Dei comenzó a escuchar la Voz de Dios en su corazón que le decía:
“Tírate del edificio alto, sin paracaídas, que Yo te aparo.” Entendió él que debería salirse del Opus Dei para obedecer la Voz de Dios.
“Lo que estás haciendo aquí, asesorar espiritualmente a varones, quiero que lo sigas haciendo en otro lugar, y que también Me formes mujeres con carácter varonil.”
Él en el Opus Dei solamente podía asesorar varones.
Pero al principio no quiso obedecer esa Voz; antes por el contrario se llenó de sentimientos de indignidad, y se dijo: “Sí he de salirme del Opus Dei, solamente lo haré por ser indigno de esta maravillosa Institución”.
Fue una lucha de cuatro o cinco años, en los cuales dice él que casi se vuelve loco. Pero al final triunfó la Voz de Dios. Es que quien no escucha la Voz de Dios, que le habla al corazón, se vuelve loco.
Dejó el Opus Dei el 2 de Octubre de 1996, día de los Ángeles Custodios, después de 30 años, lleno de un profundo sentimiento de indignidad.
Le dijo a los ángeles: “ahora quedo suelto, en el aire, el Día de los ángeles, y ustedes tendrán que brindarme una mayor protección.”
“ Nunca me ha faltado la protección de mi ángel de la guarda a quien le tengo mucha devoción y le debo muchos favores en mi vida.” -dice él-.
Dios quiso que nuestro Director permaneciera en el Opus Dei por treinta años, para que conociera bien el carisma de esa Obra de Dios fundada por San Josemaría Escrivá, este camino de santidad en medio del mundo, que tantos bienes le ha traído a la Iglesia por su ortodoxia de doctrina, obediencia al Papa y a los pastores, espíritu proselitista, y entrega total a Dios.
El carisma del Opus Dei es la esencia del carisma de nuestra Civitas. Nuestro Director dice que él no se ha inventado nada, que simplemente se ha limitado a transmitir el carisma que aprendió en el Opus Dei, que eso es lo que Dios quiere de Civitas.
¿Cuál es entonces la diferencia de Civitas con el Opus Dei? En el Opus Dei se dedican a santificarse en medio del trabajo profesional que ya tienen: el abogado debe santificarse ejerciendo bien los deberes de su profesión, el médico como médico, el ama de casa como ama de casa, el obrero como obrero, etc., y cada uno debe permanecer en el mismo trabajo que tenía antes de entregarse a Dios.
En el Opus Dei convierten el trabajo en oración. En Civitas convertimos la oración -que es el oficio concreto que Dios quiere de nosotros-, en trabajo profesional, y hacemos este trabajo de la oración con la seriedad y responsabilidad de un buen profesional de otros oficios.
En Civitas nuestro trabajo profesional es la oración; nosotros hacemos de la oración nuestro trabajo principal, convertimos la oración en trabajo profesional, juntamente con el estudio de la Doctrina de la Iglesia, el apostolado, los encargos apostólicos y las obligaciones familiares de cada uno.
Civitas es un Opus Dei con un trabajo profesional ya muy bien definido por el Señor para nosotros: la oración, y en este trabajo profesional de la oración debemos santificarnos.
La oración en sí misma no santifica; lo que santifica es poner por obra lo que Dios nos dice en la oración. Aunque sabemos que la forma más directa como Dios nos habla no es al corazón, sino al oído: ¡por medio de la asesoría fraterna!.
11. EL DON DE ESCUCHAR A DIOS
Un Don que el Señor le regaló a nuestro Director, durante los primeros años de su entrega a Dios, y que es la esencia de Civitas, es el Don de escuchar a Dios en el corazón, este es el Don de profecía. El profeta Amós dice: “Cualquiera que escuche a Dios puede ser profeta.” San Pablo dice: “Entre todos los Dones aspirad a al Don de profecía.” (I Cor 14,1; 14,39).
Civitas es una escuela de profetas que nos dedicamos a quitar todos los obstáculos que nos impiden escuchar con nitidez la Voz de Dios; cuando tengamos nuestro corazón dispuesto, el Señor nos regalará este Don. Escuelas de profetas hubo en la antigüedad, a Isaías se le llama: “hijo de Amós” -hijo y discípulo de Amós-.
Esa Voz de Dios le ha anunciado a nuestro Director muchas cosas que luego se han cumplido tal como las ha escuchado, y esa Voz de Dios le sigue hablando cada vez con mayor nitidez, al no tener otros elementos ocupacionales que son distractores, porque la Voz de Dios exige total concentración.
Nuestro director después de salirse del Opus Dei, volvió a escuchar la misma Voz, la Voz de Dios en el fondo de su corazón, que le decía: “¡cásate!.” Respondió él: no conozco ninguna mujer, preséntamela tú. La voz que escuchó, dice él, que fue la voz de la Santísima Virgen, que le dijo que se dirigiera a un determinado lugar donde se celebraría una convocatoria de oración, que allí conocería a una mujer llamada María, y que esa era la mujer que Dios había escogido para él; le dio la Santísima Virgen muchas señales concretas para reconocer la que había de ser su esposa.
Dios quería que el Director se casara, para con su esposa dedicarse totalmente a la vida de oración y a la dirección de las almas; con su esposa podría cumplir el deseo del Señor de dirigir también mujeres.
El 29 de diciembre de 1997, Día en el cual la Iglesia celebraba la Fiesta de la Sagrada Familia de Nazaret, escuchó claramente que Dios le pedía fundar La Ciudad de la Oración, “Mi Ciudad será conocida en el mundo entero como: Civitas Orationis”, este nombre lo escogió el Señor.
Escuchó que los Patronos de Civitas serían Jesús María y José, y de ahí salió la Jaculatoria: Jesús María y José, mantened mi casa en pie.
Escuchó que la Comandante de la Ciudad era la Madre de Dios, de ahí la jaculatoria: Mater civitatis, Regina civitatis, que significa Madre de la ciudad, Reina de la ciudad, y se responde en latín: ora pro nobis, que significa ora por nosotros.
Ese día, el día que Dios trajo al mundo la Ciudad de la Oración, su Civitas, su Ciudad amada, escuchó en su corazón la Voz de la Santísima Virgen que le dijo:
“Has oído que de Medellín saldrá la luz para todas las naciones de la tierra, la luz es esta: Medellín enseñará a escuchar la Voz de Dios a todos los hombres de la tierra: esa es la misión que Dios te pone”.
Por eso lo sacó Dios del Opus Dei, para enseñar a otros a escuchar la Voz de Dios. Esta es la misión principal de Civitas: escuchar la Voz de Dios en el corazón y enseñar a otros a escucharle; pero escuchamos para estar completamente disponibles para ejecutar lo que Dios nos pide a cada instante.
En eso consiste vivir el Reino de Dios sobre la tierra: en escuchar la Voz de Dios y dejarnos dirigir de Él para hacer su Santa Voluntad. Así fue al principio en el paraíso terrenal, y la tierra volverá a ser paraíso cuando cada uno escuche la Voz de Dios y haga la Santa Voluntad de nuestro Padre Celestial.
Desde ese momento nuestro fundador dejó sus negocios de bienes raíces, que los venía haciendo desde el Opus Dei, y se entregó por completo a escuchar la Voz de Dios por medio de la Escritura, y a escribir lo que esa Voz le decía: de ahí salieron las Instrucciones para escuchar la Voz de Dios.
“Las Instrucciones son azúcar refinada extraída de la caña dulce de las Sagradas Escrituras.”
“Las Instrucciones expresan con Palabras de hoy las ideas de siempre, las de la Escritura.”
12. COMIENZO DE CIVITAS
“Y comencé a tocar hombros, a hacer apostolado. Al principio me escuchaban con gusto, pero luego salían espantados cuando se daban cuenta que en Civitas se trataba de una entrega total a Dios sin medias tintas.” -dice nuestro fundador-.
“Estuve solo los primeros años prácticamente, del año 97 hasta el 2.000, completamente solo, viviendo la misma soledad que vivió Jesús en el desierto preparando su misión.
Esos primeros años de Civitas fueron tiempos de mucha privación, silencio, oración y soledad.
“Pero nunca me faltó la fe ni la confianza en Dios para esperar que la pequeña semillita echara algún día raíces de nuevas vocaciones.” -dice el Director- “Y los frutos no tardaron en venir” -agrega él-.
“Durante este tiempo de carencia absoluta, abandono y soledad nunca me vi pobre ni me sentí abandonado y solo, porque sabía que mi Padre Dios, la Santísima Virgen y los ángeles y los santos del Cielo me hacían compañía.”
Hoy Civitas es una realidad que va echando sus raíces, y que ha de llegar al mundo entero. ¿Cómo será esto? ¡Con el paso de Dios que es lento pero aplastante!.Todo esto depende de la fidelidad tuya y de la mía, dice nuestro fundador.
En Civitas nos forman uno a uno, como el pintor pinta con paciencia un cuadro al óleo, y no como el comerciante que saca en serie fotocopias abundantes.
Nosotros tenemos que dejarnos pintar como se elabora un cuadro al óleo, que no se termina nunca: Dios quiere hacer de nosotros una obra de arte, que se pule cada día por medio de nuestros Directores, y esto exige de ellos ir despacio porque absorbe demasiado tiempo.
Confiamos en la promesas que Dios le hizo a nuestro Director:
“Resonará hasta en las estrellas la Voz de Dios que escuchas en tu corazón”. El Señor se encargará de extender su levadura para que fermente toda la masa de los hombres: “No se enciende en vano una luz para ponerla debajo de la cama, sino que se pone en un alto monte para que alumbre a toda la ciudad” y el mundo sea una Civitas Dei, la Ciudad de Dios sobre los hombres, la Ciudad en la cual cada hombre deja Reinar a Dios en su propio corazón y hace su Santa Voluntad.
13. UNIDAD Y FRATERNIDAD
Una virtud que amamos es la virtud de la unidad. “Todo reino dividido contra sí mismo será desolado” -dice la Escritura-.
Unidad en primer lugar con el Director, con el instrumento del cual Dios se valió para traer a la tierra la Ciudad de la Oración, su Civitas.
Rezar en primer lugar por el Director porque de su fidelidad depende la fidelidad de todos.
El Director vive en función de nosotros; el motivo de su oración somos nosotros, el motivo de su preocupación permanente somos nosotros. Se alegra con nuestras alegrías y las toma como suyas; se preocupa con nuestras preocupaciones y las toma como suyas. Él nos ha dicho, que puede decir lo mismo que Pablo: “¿¡ Quién enferme qué no enferme yo¡?.
Signo de predilección divina es el amor, la unidad y la identidad con el Director y con los otros Directores. Quien rechaza al médico, no puede creer en sus medicamentos y no se curará. Quien rechaza al Director no puede seguir el camino Dios que le indica el Director y no podrá servir en Civitas.
Tenemos que ser motivo de alegría para nuestro Director, y el primer motivo de alegría para él es vernos felices en nuestra llamada, fieles, encendidos, entregados, apostólicos y cumplidores con los deberes propios de nuestra vocación.
Cuando hay ataques del enemigo, el primero en ser atacado es el Director, porque el maligno sabe que si hiere al pastor se dispersan las ovejas, como lo advirtió el Señor en el Evangelio.
Unidad también entre nosotros. Tenemos que pedirle al Señor, que seamos “un solo corazón y una sola alma”, y que puedan decir de nosotros los extraños: “mirad cómo se aman”, como decían de los primeros cristianos.
Una persona que no tuviese unidad con los Directores y con los demás hermanos de la Ciudad, tiene mal espíritu, el espíritu de soberbia y desunión. Esta persona con su mala actitud destruye a Civitas. A esta persona hay que sacarla de inmediato de la Ciudad sin ninguna consideración, por más iluminada y santa que ella se considere, porque se vuelve un instrumento de Satanás para destruir la Ciudad.
Especial obligación tenemos todos de estar muy vigilantes con personas, que con sus actitudes demuestren tener falta de unidad; desenmascararlas y denunciarlas como se denuncia un sacrílego blasfemo.
Unidad es identificación total con el carisma que Dios le ha dado a Civitas, es el aire de familia que Dios le ha infundido a la Ciudad; quien no tenga el aire de familia no tiene el “buen olor de Cristo” que Dios quiere para Civitas.
La unidad se nota en el trato cariñoso, en la amabilidad, ternura, espíritu de servicio; en la disponibilidad total de entrega del tiempo para los más mínimos asuntos de la Ciudad. La unidad se nota en esa manifestación del eco que produce en el alma las cosas que aquí se dicen. ¡La unidad se nota en la mirada!.
El que esté aquí a contrapelo, a regañadientes, ¡que se vaya! -dice nuestro Director-. Por supuesto que a veces hay momentos en que las cosas de Dios cuestan más, y esto no es estar a regañadientes, ni es falta de unidad sino por el contrario es fidelidad a la llamada recibida.
La unidad se manifiesta en la alegría y gratitud con Dios y con los Directores de haber sido llamados para este camino de santidad.
Tenemos la costumbre de rezar mínimo al día una Oración al Santo Rostro pidiendo por el Pastor y las intenciones del Pastor.
¿Cuáles son las intenciones del Pastor a las cuales debemos siempre unirnos? El Papa y la Iglesia, Civitas y la fidelidad de cada uno de nosotros, los seres queridos de los hijos de Civitas. Los cooperadores de Civitas, almas de oración para Civitas y las almas de oración del mundo entero. La conversión de los pecadores y las almas del purgatorio.
Cuando estemos en otra ciudad o país, debemos escribirle cada mes una carta al Pastor, una carta sencilla, familiar, en la cual le contamos nuestras alegrías; las cosas negativas las llevamos a la asesoría. Normalmente el Pastor no contestará las cartas, porque sería para él quitarle tiempo, pero siempre las leerá delante del Señor y rezará por nosotros.
La unidad con el Pastor es signo de buen espíritu y seguridad de ser fieles a nuestra vocación. Rechazar el espíritu crítico y la murmuración contra el Pastor y cuidar la unidad con él es obligación grave. Quien tenga espíritu de desunión y espíritu crítico, hay que aislarlo de la Ciudad y quemarlo fuera, como se queman las basuras, porque destruiría nuestra Ciudad.
Pedirle al Señor, que entre nosotros seamos uno, como el Padre y el Hijo son uno.
Unidad en el amor; pero la unidad no es uniformidad: en materias opinables cada quien opina como quiera; cada cual conserva las características propias de su personalidad y temperamento, que pueden ser bien distintas de la nuestras.
Saber mortificarnos en nuestros gustos para darle gusto a los demás.
Vivimos el espíritu de servicio y no esperamos que los demás nos sirvan.
Con nuestros hermanos nos comportamos como una madre que pasa inadvertida procurando que sus hijos pasen bien.
14. CONFESIÓN Y SACRAMENTOS
Los miembros de Civitas asistimos a recibir los sacramentos en nuestra parroquia, como los demás fieles corrientes, que eso somos.
A la confesión vamos a acusarnos de nuestras faltas y pecados; pero no a excusarnos, ni a dar explicaciones, ni mucho menos a pedir consejos al confesor, cuando tenemos para ello el regalo de nos dio el Señor: la asesoría fraterna.
Es deslealtad con Civitas, con el Señor, acudir al consejo de un pastor diferente al que Él mismo nos ha puesto: el Director de Civitas, y poner así en peligro nuestra vocación, porque la otra persona, por más santa que sea, no tiene porqué conocer nuestro carisma.
Conviene acudir con frecuencia al Santo Sacramento de la Confesión, para recibir la gracia santificante, normalmente lo hacemos cada semana.
Somos almas de oración y penitencia y amamos el Santo Sacramento de la penitencia.
No es necesario tener pecados mortales para acudir a la confesión; es suficiente materia los pecados veniales y el dolor por las ofensas del pasado.
Conviene no acudir al mismo confesor de la parroquia y mejor variar de confesor, para no darle pie al sacerdote de que nos “manosee” y se meta en nuestra vida, y termine dando opiniones acerca de un carisma que él desconoce, y que por lo tanto no tiene nada qué opinar.
15. NO ABRIMOS EL CORAZÓN A NADIE
Los planes de Dios no se cuentan. Los planes de Dios no se consultan. No debemos abrirle el corazón a nadie, solamente a nuestros Directores y a la persona que el Director ha puesto para llevarnos nuestra asesoría fraterna.
Llevamos en nuestro corazón el tesoro de Dios y no podemos abrir las puertas de nuestro corazón, porque nos roban el tesoro.
A la persona que le confiamos un secreto o le participamos de nuestro estado de ánimo, le estamos dando autorización para que opine y se meta con nosotros, le estamos dando el encargo, indebidamente, de nuestra dirección espiritual. Ya Dios ha puesto a los Directores para que dirijan nuestra alma, y acudir a otros pastores es una rebelión sacrílega.
Tampoco abrimos nuestra alma a nuestros hermanos de Civitas; solamente a los Directores y a la persona que nos lleva la asesoría fraterna.
Qué es abrir el alma? Participar a otros de inquietudes, dudas, túneles, crisis, temores, momentos difíciles de nuestra vida espiritual. Si acudimos a los Directores, que son los buenos pastores para nosotros, saldremos adelante; pero si acudimos a otros pastores, que no son buenos pastores para nosotros, por más santos que sean, estamos siendo desleales, y ponemos en peligro nuestra vocación y con ello nuestra salvación eterna.
“El que después de poner los pies en el arado, da pie atrás, no es apto para entrar en el reino de los cielos” dijo el Señor en el Evangelio, y además: “Si la sal se torna insípida, ¿con qué se le volverá el sabor? Para nada vale ya sino par que la pisen.”
16. OBEDIENCIA
La virtud que debemos vivir es la obediencia, porque por la desobediencia Luzbel fue arrojado al infierno, y por la desobediencia de nuestros primeros padres, Adán y Eva, fuimos arrojados del paraíso.
Sólo con la obediencia conquistaremos el reino de los cielos y lograremos volver al paraíso.
¿Obediencia a quién? A la Santa Voluntad de Dios para nuestra vida.
¿Cómo se sabe lo que Dios quiere de cada uno de nosotros? Por medio de la obediencia al Director. “Dios se vale de los hombres para guiar a los hombres” -dice una de las Instrucciones-.
El que obedece nunca se equivoca. Obedecemos en todo lo que no sea pecado. En Civitas se nos puede mandar todo. A Civitas venimos a obedecer la Santa Voluntad de Dios que se transmite por medio de los Directores.
Civitas es un ejército de oración en orden de batalla, para arrojar al maligno de la faz de la tierra, y en un ejército hay que obedecer.
Venimos a una guerra, a pelear contra un enemigo más poderoso que nosotros y muy astuto: Sólo podremos vencerlo con la virtud de la obediencia.
Obedecer es hacer cosas absurdas a la mente humana; pero cuando hemos obedecido, y hemos hecho lo que nos han mandado, entendemos las maravillas del actuar de Dios. La obediencia solamente se puede entender plenamente después de haber obedecido.
Tenemos derecho a preguntar el “¿cómo ha de ser esto?” -como lo hizo María-.
CÓMO ES LA OBEDIENCIA:
-Sobrenatural: porque sabemos que viene de Dios y no de los hombres.
-Inteligente: preguntamos el cómo ha se hacerse, y hacerlo tal cual como nos lo han dicho y no de otra forma. No es suficiente obedecer; es necesario hacer las cosas tal cual como nos las han indicado. En la guerra no se puede cometer errores.
-Alegre: porque sabemos que lo que nos mandan viene de Dios.
-Pronta: inmediata.
-Libre: no obedecemos porque nos lo han dicho, sino porque nosotros queremos obedecer. Libertad es escoger entre lo bueno y lo óptimo, y en la obediencia Dios escoge de una vez para nosotros lo óptimo: luego la obediencia nos hace más libres porque Dios ha escogido para nosotros lo mejor.
Después de obedecer damos cuenta de haber cumplido lo que nos han indicado.
La unidad de un ejército solamente es posible conservarla si hay obediencia. ¿Qué sería de un soldado que se dedicara por su cuenta a combatir la guerrilla?
En las Instrucciones de Voluntad de Dios se profundizara en la obediencia.
17. DEVOCIÓN A LA SANTÍSIMA VIRGEN
Ella, La Madre de Dios, es Regina Civitatis, la Reina de la Ciudad de la Oración. La Santísima Virgen se dedicó a servirle a Dios en esta tierra y a escuchar la Voz de Dios, la de su Hijo, en su propia casa. A eso nos dedicamos nosotros, procurando imitarla: escuchar la Voz de Dios y hacer lo que Él nos diga.
La Santísima Virgen es la Comandante de la Ciudad de la Oración. Muchas de nuestras Instrucciones las ha recibido el Director de la Santísima Virgen. Trabajar las Instrucciones sobre La Madre de Dios.
Rezar el Santo Rosario con mucha devoción, y en cada decena ponemos intenciones santamente audaces.
Vale más un Avemaría bien rezado que miles de Rosarios rezados sin devoción.
Podemos rezar las cuatro partes del Santo Rosario; cuando rezamos solamente el Rosario del día, podemos entonces considerar en la oración cada uno los misterios restantes.
Tener una imagen de la Santísima Virgen en nuestro cuarto y en nuestro lugar de trabajo -de trabajo de las Instrucciones-, y mirarla con frecuencia para decirle con el corazón que la queremos.
La Santísima Virgen maneja las chequeras de su Hijo, y todos los favores espirituales y materiales que necesitamos para nuestro trabajo de almas contemplativas, se los pedimos a Jesús por medio de su Madre.
Cuando a nuestro Director le dicen que hace falta algo o que hay que pagar alguna cuenta, dice: “Madre, ya escuchaste.” La Santísima Virgen siempre escucha y soluciona el problema. Ella es la encargada de solucionar los problemas económicos de Civitas y de cada uno de sus hijos, para poder cumplir con nuestra vocación.
18. PATRONOS PRINCIPALES DE CIVITAS
Jesús, María y José:
Los Patronos principales de Civitas son Jesús, María y José. Civitas fue fundada el Día de la Sagrada Familia de Nazaret, el 29 de Diciembre de 1.997.
La Sagrada Familia de Nazaret es el modelo de almas contemplativas.
Ellos nos señalaron el camino de santidad que Dios quiere de nosotros: el hogar, hacer del hogar un templo para adorar a Dios y un sitio para escuchar su Voz.
Meditar y profundizar en la vida sencilla del hogar de Nazaret nos lleva a sacar muchas luces para nuestra vida de entrega en nuestra propia casa.
Rezamos la Jaculatoria:
Jesús, María y José: ¡Mantened nuestra casa en pie¡.
Con esta jaculatoria pedimos a Dios, por medio de la Sagrada Familia de Nazaret que sostenga la unidad de Civitas, la unidad de nuestras familias, y también la casa interior de nuestro propio corazón para que no se derrumbe ante los obstáculos que encontramos en la guerra de cada día.
Hay muchos santos que se dedicaron a escuchar la Voz de Dios en su propia casa. Todos ellos son nuestros hermanos mayores, que ahora escuchan la Voz de Dios en el Cielo, cara a cara, y son nuestros grandes aliados e intercesores de nosotros ante Dios.
Todos los santos que dedicaron su inteligencia a conocer a Dios son intercesores nuestros, entre ellos:
San Jerónimo Romano, se dedicó a meditar las Escrituras y tradujo la Biblia del griego al lenguaje del pueblo, del vulgo romano, la Vulgata. La mayoría de las Instrucciones para escuchar la Voz de Dios, son sacadas de la Escritura, y son como una enseñanza de lo que dicen las Santas Escrituras
Las Instrucciones son una traducción de las ideas de siempre al leguaje de hoy.
Santo Tomás de Aquino: “Santo Tomás con sus escritos llevó a la inteligencia humana, casi a la cumbre de sus posibilidades” -dice el Papa S. Pío Décimo-. Nosotros nos dedicamos a cultivar la sabiduría y al estudio de la doctrina para conocer a Dios. Nadie ama lo que no conoce, y en la medida que conocemos a Dios se ensancha nuestro corazón de amor por Él.
Santo Tomás Moro: Laico, casado y con hijos, abogado, consejero del rey Enrique VIII de Inglaterra, dio la vida por defender ante el rey la doctrina de la Iglesia, y como Juan Bautista dijo al rey: no te es lícito repudiar a tu esposa y casarte con otra. Por eso le cortaron la cabeza.
San Josemaría: lo llamamos cariñosamente nuestro abuelo, porque nuestro Director recibió de él sus enseñanzas. Podemos acudir a la oración para la devoción de San Josemaría para pedir favores. Este Santo abrió el camino de santidad en medio del mundo, y nosotros somos contemplativos en medio del hogar, sin salirnos de nuestro sitio.
19. APOSTOLADO DIRIGIDO
No somos ruedas sueltas ni hacemos las cosas por nuestra cuenta. Pertenecemos a un ejército en orden de batalla.
Nuestro apostolado es proselitista y va orientado esencialmente a hacer prosélitos, seguidores de nuestro mismo espíritu y llamada.
Nuestro tiempo es de Dios y no lo podemos arrojar a los cerdos, como dice el Señor en el Evangelio: “Las perlas no se les echan a los cerdos”. Nuestro tiempo es escaso y el pan de nuestro tiempo no se lo podemos dar a los perros sino a los hijos, nos lo enseñó el Señor en el Evangelio. Esto quiere decir que tenemos que ir sin pérdida de tiempo, a las personas que han recibido de parte de Dios las condiciones para que en ellas eche raíces la llamada a nuestro carisma específico de almas contemplativas.
Dar doctrina, decir una frase oportuna, con cariño y firmeza, esto sí debemos hacer a toda hora: “oportuna e inoportunamente” -como dice Pablo-, y esto no es necesario consultarlo.
Tocarle el hombro a una persona que vemos en el templo o en cualquier parte y que nos parece que puede servir para Civitas, tampoco tenemos que consultarlo, porque mientras lo consultamos ya se ha ido. Conocer esa persona a la que nos hemos acercado, podemos hacerla, y lo contamos en la asesoría. Ya seguir esa persona y dedicarle tiempo depende de lo que nos digan en la asesoría, si en realidad se le ve que puede servir para nuestra vocación específica o no.
Personas que debemos buscar:
Hay que buscar gente con mentalidad joven, deportiva; personas dóciles, humildes y generosas. Gente con deseo de aprender doctrina y las enseñanzas de la Iglesia y que tenga tiempo disponible para ello (el tener tiempo disponible es don de Dios).
Buscar gente con virtudes humanas porque ya tienen mucho ganado. Las virtudes humanas son la base de la santidad.
No sirven beatos ni beatas, gente que pone su atención en oraciones, rezos y reuniones y que desprecian las virtudes.
No sirve gente con mentalidad clerical, porque nuestro espíritu es laical y secular. Mentalidad clerical es pensar que el Cristianismo se limita a ir detrás de los sacerdotes y religiosos e imitarlos en su espiritualidad. El clerical busca a la persona del sacerdote y religioso, pero no busca la santidad.
No sirve gente que centre su cristianismo en girar alrededor de las actividades de la parroquia, porque nuestro espíritu es laical y secular. No sirve gente que estuvo en seminario o convento, porque no tienen el espíritu laical y secular, y quitarles su clericalismo es muy difícil.
¿Qué es clericalismo? Es pensar que la santidad es exclusiva de sacerdotes y religiosos y tratar de imitar su espiritualidad. Es pensar que la santidad de los laicos se limita a ser una larga mano del sacerdote y religioso, cuando en verdad los laicos tenemos nuestra espiritualidad muy propia y peculiar, distinta de la espiritualidad de los sacerdotes y religiosos.
Sirve gente de la calle que tenga el corazón abierto a las cosas de Dios. Sirven grandes pecadores que deseen cambiar de vida y entregarse con generosidad y humildad. Entre nosotros no caben los tercos ni los egoístas.
En la asesoría fraterna recibimos indicaciones acerca de cómo debemos ir llevando a las personas que nos parecen interesantes.
Por supuesto que no tenemos que decirle a la persona que nosotros comunicamos lo de él a los Directores, esto sería infantilismo.
Nosotros actuamos como el médico joven que le consulta al director del hospital la clase de medicamentos que le debe recetar a su paciente, precisamente para no irlo a matar con un tratamiento inadecuado.
En nuestro apostolado no hablamos de “Civitas”, sino de un grupo de formación en virtudes al cual pertenecemos, o de un grupo de estudio de doctrina. Si nos preguntan cómo se llama, respondemos: La Ciudad de la Oración. Civitas es nuestro nombre especial reservado para nosotros, que nos ha dado el Señor, y tenemos que cuidarlo de los extraños.
Nosotros no hablamos del termino: “comunidad”,porque esta es una denominación propia de los religiosos. Nosotros hablamos de “grupo”, “asociación”, que es más propio del lenguaje secular y laical.
No hablamos de expresiones propias de los religiosos, tales como: “tengo un apostolado”, nosotros decimos: “voy a charlar con alguien”.
En nuestro apostolado no hace falta decir cuántos somos, ni quienes son, porque este es un dato que debe llevarse con discreción. Ahora que somos pocos, no hace falta decir que somos pocos, y cuando seamos muchos no hace falta decir que somos muchos, porque toda la gloria es para el Señor. Debemos ser muy prudentes con la información a los curiosos y no irles respondiendo ingenuamente sus indiscretas preguntas: ¡usar la cabeza a la hora de responder!
En la asesoría nos dirán cuando podemos traer la persona a participar de nuestras clases doctrinales; esto es cuando la persona esté muy motivada y después de haberla conocido ampliamente.
Apostolado personal: nuestro apostolado es personal, “persona a persona”, cara a cara, individualmente. Podemos hacer grupos de estudio de la doctrina con personas que estén dispuestas a aceptar la doctrina de la Iglesia; pero no hablamos de Dios ni tratamos de hacer apostolado entre personas desconocidas; aquí toca ser pillos; chequear quienes pueden servir y luego conversar a solas con estos, no en grupo, porque la gente en grupo es muy cobarde.
El apostolado y el proselitismo lo llevamos en el alma y queremos pegar a otros el fuego que nos quema las entrañas: Que Reine Dios en cada corazón.
20. QUÉ ES CIVITAS
Es una asociación laical y secular de almas contemplativas y penitentes, que en su casa se dedican a escuchar a Dios en el fondo de su corazón siguiendo las Instrucciones para escuchar la Voz Dios. Nos dedicamos también al estudio de la Doctrina de la Iglesia y al apostolado.
Somos laicos corrientes, entregados a cumplir la Santa Voluntad de Dios en nuestras vidas, como lo fueron los primeros cristianos.
Nosotros no pertenecemos a la familia de los religiosos. La vocación religiosa se caracteriza por el “contentus mundi” “apartamiento del mundo, desprecio del mundo). Nosotros los laicos “somos del mundo pero no mundanos” -como dice el Apóstol Pablo-.
Nosotros pertenecemos a la familia de los primeros cristianos, que permaneciendo en el mundo, sin uniformes e insignias, sin cambiar de sitio o vivienda, se dedicaban a ser santos en medio de ese mundo hostil que los rodeaba, siguiendo las enseñanzas Evangélicas: “No te pido que los apartes del mundo, sino que los preserves del mal”.
Sabían bien los primeros Cristianos que buscaban la santidad en medio del mundo, que habían sido enviados por Jesús en medio de lobos, y por eso fueron sencillos y sagaces.
Nuestro espíritu es el mismo del Opus Dei, aprobado por la Iglesia y recomendado para todos los fieles católicos por la Constitución lumen Gentium, del Concilio Vaticano II.
Nuestra vocación no nos aparta del mundo; somos contemplativos en medio del mundo. Hacemos de nuestra casa un sitio para escuchar a Dios, como fue la casa de Nazaret, y un sitio más para adorar a Dios como lo fue la casa de Nazaret.
Nuestro modelo es la casa de Nazaret. María y José fueron las primeras almas contemplativas que escucharon a Jesús en su propio hogar, pasando desapercibidos por su entrega a Dios, sin uniformes ni distintivos de ninguna clase.
Por pertenecer a Civitas no hacemos nada especial que no debieran hacer los demás bautizados: apenas somos siervos inútiles que tratamos de hacer lo que todo bautizado debería hacer: santidad y apostolado. Nos dedicamos a cumplir los deberes del bautismo. Todos los bautizados están llamados a la santidad: “Sed perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto” -dice el Señor en el Evangelio-.
Es cierto que ningún bautizado por su propia cuenta es capaz de llegar a la santidad, porque se necesita un pastor, un guía, que conozca y dirija nuestras almas hacia la perfección que Dios nos llama. Y porque nadie es capaz de ir más allá de sus propias posibilidades, y la meta de santidad está muy por encima de nosotros mismos, permaneciendo solos. Nadie es capaz de aprender a tocar violín sin un maestro, ni piano, pues igual la santidad: necesitamos un guía que nos señale el camino que conduce al Cielo.
Con el Opus Dei, Dios vino a decir a la tierra que se puede ser santo en medio del trabajo profesional. Con Civitas, el Espíritu Santo nos fijó el tipo de trabajo profesional especializado al cual debemos dedicarnos: oración contemplativa-estudio de la doctrina-apostolado-responsabilidades propias y sacar adelante la Ciudad: ese es nuestro trabajo concreto y definido.
21.CLASES DE MIEMBROS DE CIVITAS
En Civitas hay:
Turistas. Personas que participan de nuestra formación, sin compromiso.(Aquí conocemos a fondo las personas y después de estudiarlas detenidamente vemos si tienen posibilidades de entregarse más a las cosas de Dios).
Cooperadores: son personas que cooperan con oración, cosas, trabajo y dinero, según sus posibilidades. No pertenecen a Civitas, pero rezamos por ellos cada día y son como los vecinos queridos, que sin ser de la familia se les tiene como de la familia.
Residentes: son personas que ya se entregan a Civitas y tienen visa de residencia concedida por los Directores.
Los residentes son miembros de Civitas y tienen un compromiso formal de obediencia al Pastor y el compromiso de meditar las Instrucciones cada día.
La visa de residencia la conceden los Directores después de que el candidato demuestra con hechos su deseo de entrega a Dios.
Los residentes pueden tener un trabajo profesional del mundo, según sus circunstancias familiares, y se pueden quedar como residentes de por vida sin necesidad de pasar a Ciudadanos. Los residentes que sienten la llamada de Dios y tienen capacidad de tiempo para dedicarse totalmente a la oración, estudio de la doctrina, apostolado, responsabilidades propias y encargos apostólicos, pueden pasar a Ciudadanos.
Ciudadanos: a los dos años mínimo de tener visa de residentes, los Directores pueden conceder la Carta de ciudadanía de Civitas. Asumen el el compromiso formal de vivir ciertas virtudes: pobreza, castidad (cada uno según su propio estado como soltero o casado), y la virtud de la obediencia.
Los Ciudadanos de Civitas están disponibles de tiempo completo para dedicarse a la construcción de la Ciudad, de la Ciudad de la Oración, la Ciudad de Dios, en el propio corazón y en el corazón de otros. De los Ciudadanos salen los Directores.
LIBERTAD DE ENTREGA:
si una persona después de haber hecho los compromisos, los vive, el mérito ante Dios es doble; si no los vive, el pecado es doble: falta a la virtud concreta que pecó y al compromiso que adquirió. Si una persona no desea continuar con sus compromisos, le comunica la Pastor y el Pastor le dispensa de sus compromisos, por supuesto que no sin antes poner los medios para tratar de disuadirle que no se tire al precipicio, y pierda su vocación y con ella poner en peligro la salvación de su alma: “el que después de poner los pies en el arado da pie atrás, no es apto para entrar en el reino de los cielos” Dice Jesús en el Evangelio.
SOMOS ASOCIACIÓN:
El Concilio Vaticano II ha reconocido el derecho natural de asociación de todos los fieles católicos. Ningún bautizado para crear una asociación de estudiosos de las hormigas, aunque en ello tenga que invertir toda su fortuna, necesita pedir permisos eclesiásticos; ningún bautizado necesita pedir permiso para estudiar el Catecismo de la Iglesia y hacer oración y apostolado, que es lo que en realidad hacemos, y en ello invertimos toda nuestra vida y fortuna, con el fin de formarnos para llevar la luz de Cristo a los demás.
Como Asociación Civitas no necesitamos licencias.
Las licencias eclesiásticas se necesitan para poder tener el Santísimo en la cede de Civitas. Para tener el Santísimo se necesita reunir una serie de requisitos, que cuando los tengamos solicitaremos las debidas licencias eclesiásticas.
No hay que pedirle permiso a la Iglesia para engendrar una criatura; pero una vez nacida se le presenta a la Iglesia para que le dé la bendición bautismal.
Civitas, para la Iglesia, es una criatura que está en gestación en el silencioso vientre de la madre. Ya llegará el momento de darla a luz pública, y de ponerla “en lo alto del monte para que alumbre a toda la ciudad.”
Importancia de captar muy bien el carisma, de agradecer a Dios la vocación recibida, de identificarnos con su espíritu y de transmitirlo a los demás sin deformaciones.
Somos los primeros depositarios de un carisma nuevo, dado por el Espíritu Santo a su Iglesia en el silencio del hogar, y no lo podemos dejar perder. Civitas deberá existir hasta que haya hombres sobre la tierra, si sabemos captar y transmitir el carisma recibido.
Institución que no permanece fiel al carisma de Dios recibido por el fundador, se vuelve ruinas.
Sencillez de nuestro carisma:
Nuestro carisma es la sencillez, la naturalidad. Podemos hacer todo lo que los demás del mundo hacen, siempre cuando no sea pecado. No hacemos cosas raras. No buscamos la santidad en las cosas extraordinarias sino en el ejercicio de las virtudes, en el cumplimiento de nuestras obligaciones.
La virtudes:
La base de nuestra santidad es la práctica de todas las virtudes, entendiéndose por virtud: “hábito operativo bueno.”
Especial énfasis hacemos en la virtud de la sencillez (no hacer cosas raras ni buscar cosas extraordinarias), humildad, obediencia, naturalidad, alegría, generosidad, docilidad, sinceridad salvaje, flexibilidad, sociabilidad, espíritu de lucha y sacrificio, espíritu de servicio: “No venimos a ser servidos sino a servir”; lealtad, fidelidad, disciplina, pobreza, desprendimiento, entrega.
Trabajo específico:
Nuestro trabajo profesional, para los que Dios llama a ser Ciudadanos, ya está asignado por el mismo Dios:
Trabajo de escuchar a Dios siguiendo las Instrucciones y otros libros que nos indiquen los Directores.
Estudio de la doctrina de la iglesia.
Apostolado
Responsabilidades propias.
Otras tareas que nos pongan los Directores, como por ejemplo la tarea de llevar la asesoría fraterna a otros hermanos y formarlos en nuestro espíritu, y otras tareas más. Los Ciudadanos nos entregamos con total disponibilidad, en manos de los Directores, para la construcción, o mejor: la reconstrucción de la Ciudad, la Ciudad de Dios que antes del pecado original existió sobre la tierra y que Cristo nos la devolvió.
Somos una asociación laical y secular. Lo nuestro, nuestra asociación y nuestro grupo, es una actividad eclesial y no eclesiástica.
Eclesial significa que somos Iglesia, porque Iglesia es el conjunto de los bautizados y nos sometemos a las autoridades eclesiásticas de la Iglesia, como igual lo hacen los demás fieles corrientes, los demás bautizados.
Nuestra asociación no proviene, no nació, de las autoridades eclesiásticas oficiales de la Iglesia, sino del común sentir de los laicos, de unos bautizados que pertenecen a la Iglesia como los demás fieles corrientes. Por esto nuestra asociación es eclesial, hace parte de la Iglesia pero no de su jerarquía.
Eclesiástico significa que hace parte oficial de la jerarquía de la Iglesia. Instituciones eclesiásticas son las que han sido promovidas por obispos, sacerdotes y religiosos, y por lo tanto se someten a la disciplina y autoridad oficial de la Iglesia. Nosotros no hacemos parte de la jerarquía oficial de la Iglesia. Para nosotros no rigen las normas eclesiásticas sino las eclesiales, las que son dictadas para todos los fieles corrientes.
Nosotros por dedicarnos a cumplir fielmente los deberes de cualquier bautizado no entramos a depender más del obispo. Dependemos del obispo como cualquier bautizado.
No dependemos del obispo como dependen de él los sacerdotes y religiosos, sino como dependen de él los otros bautizados, ni más ni menos. Nosotros somos simples bautizados que nos proponemos hacer lo que deberían hacer los demás bautizados, pero esto no da derecho a las autoridades de la Iglesia para someternos a su autoridad eclesiástica.
22. DIRECCIÓN DE CIVITAS
Civitas se dirigirá en un futuro próximo, y de hecho lo está haciendo ya, por medio de una Junta Directiva.
Las decisiones se estudian, se meditan a la luz del sentido común y del sentido sobrenatural, se llevan a la oración y luego se toma la decisión por mayoría. El Director tiene derecho a veto de una decisión, solamente en el caso que él considere que va contra el carisma; si la decisión no va contra el carisma sino contra su propio parecer, no tiene derecho a veto.
De manera que el Director se somete por obediencia a la decisión de la mayoría. El Director es el primero en obedecer a una Junta Directiva.
El Director no podrá tomar decisiones por su cuenta, ni pequeñas ni grandes, sin contar con la Junta Directiva.
Muerto el fundador, la heredera de la autoridad y de la luz de Dios, para la conservación del carisma, no será una persona individual sino una Junta Directiva.
El fundador dejará establecida la Junta Directiva. La Junta Directiva es vitalicia; ésta nombrará al Director que será vitalicio.
En caso de muerte de un miembro de la Junta, o de imposibilidad de gobernar por enfermedad, La Junta nombrará el reemplazo entre uno de los Ciudadanos que destaque por su entrega, identificación con el carisma, inteligencia, energía para el trabajo y santidad; también es importante que tenga cierta antigüedad, la antigüedad es la prueba de la fidelidad a la llamada recibida. Aunque digo “cierta antigüedad” y no necesariamente entre los más antiguos, si estos ya están de edad muy avanzada.
El Director lo nombra la Junta Directiva.
No es conveniente poner en la Junta Directiva un Ciudadano demasiado joven y que lleve poco tiempo en nuestra Ciudad, porque puede caer en la vanidad que da el poder de gobernar, cuando no se tiene suficiente madurez para ser humilde y saber que en Civitas no se viene a ser servido sino a servir.
Especial obligación tienen los demás Ciudadanos de acatar a la Junta Directiva, de rezar por ellos y de hacerles corrección fraterna, sin necesidad de venias ni formalismos.
Los directores son simples hermanos mayores cuya función es servir, y no tendrán tratos especiales. Cuando estén entre los demás son uno más entre los demás. Pero siempre hará cabeza el Director de la Junta Directiva.
La función de los Directores no es mandar sino servir, y tomar las sabias decisiones de acuerdo con el carisma recibido y transmitirlo a los demás.
La función más importante de la Junta Directiva es velar por la permanencia y pulcritud del carisma recibido, y cuidar la fidelidad y encendimiento apostólico de todos.
El patrimonio más grande de Civitas es su carisma, su aire específico que Dios le imprimió a través de su fundador, su estilo propio, y esto es lo que no se puede dejar perder por ningún motivo.
Los Directores no tienen autoridad para cambiar el carisma sino para conservarlo. No podrán introducir nuevas prácticas piadosas ni costumbres. Las costumbres ya están dadas para siempre. No podrán cambiar el método de hacer apostolado: el apostolado nuestro es personal.
La labor de los Directores es conservar el fermento y no introducir fermentos nuevos. Nunca se usarán uniformes ni distintivos en Civitas, nuestro único distintivo es la paz del corazón de cada uno.
Si se pierde el carisma se desploma la Ciudad y quedará un grupo de ancianos quejumbrosos que no sabrán en dónde están ni para dónde van.
El carisma auténtico, entregado por Dios al fundador, será la perenne garantía de la juventud de Civitas: la unidad en el amor: “Mirad cómo se aman”, y la entrega total a la obediencia.
Rezar siempre para que este carisma se conserve fresco, sin mezclas de ningún tipo, independientemente del paso de los tiempos.
Las cosas de Dios resisten el paso del tiempo; no será el carisma el que se ajuste a la época, sino que la época se ajustará a nuestro carisma, porque nuestro carisma está diseñado por Dios para todas las épocas.
Nunca podrá pasar de moda, como camino de santidad, la oración contemplativa, el estudio de la verdadera doctrina de la Iglesia y el apostolado personal para acercar gente a Dios.
Los componentes de la Junta Directiva serán como “la madre de las uvas” para conservar la madurez del vino, para fermentar con su entrega y con el conocimiento del carisma a todos los demás.
Los miembros de la Junta Directiva son los Directores de Civitas, aunque se le llama “Director” solamente al que preside la Junta. Todos deben rezar por los Directores de la Junta Directiva para que conserven siempre el buen espíritu, espíritu de servicio, de amor y sencillez.
Especial obligación tienen los demás Ciudadanos de Civitas de hacerles corrección fraterna a los Directores de la Junta Directiva. Las correcciones de los miembros de la Junta se consultan al Director de la Junta, que es el Director de Civitas. Y las correcciones para el Director de la Junta se consultan a cualquiera de la Junta, y este se encargará de hacerla o de darle el trámite correspondiente con otro de la Junta que esté encargado de llevar la asesoría fraterna al Director.
El Director hace la asesoría fraterna con alguien que la Junta designe, puede ser un miembro de la Junta o un Ciudadano antiguo, que no pertenezca a la Junta, pero que tenga el signo de la fidelidad a nuestro carisma, la humildad y la oración.
Es deber de Los Directores explicar bien el carisma recibido; pero nunca cambiarlo.
23.RENOVACIÓN DE LA ENTREGA
Aunque nuestra entrega es de por vida, y en Civitas nos entregamos al Señor con toda el alma, con el propósito de ser fieles hasta la muerte, “Sé fiel y recibirás la corona de la vida”-dice el Señor en el Apocalipsis-, cada año renovaremos esa entrega, el Domingo de la Resurrección del Señor.
Renovamos nuestra entrega cada año para hacer de nuestra entrega algo nuevo, para amar más al Señor con nuevo amor.
Renovamos nuestra entrega para hacer de ella una cosa nueva: “He aquí que Yo renuevo todas las cosas” (Ap 21,5).
Renovamos nuestra entrega cada año, para comenzar a vivir un año nuevo en la vivencia y responsabilidad de nuestro carisma y nuestra entrega.
La fecha que el Señor nos ha señalado para la renovación de nuestros compromisos contraídos con Él en su Ciudad de la Oración, es el Domingo de Resurrección, Día en que Él precisamente vuelve a tomar vida para nunca más morir.
El Día de la Resurrección del Señor, cuando el Señor vuelve a vivir entre los hombres de buena voluntad, ese día renovamos nuestra entrega, para entregarnos a Él de una forma nueva: con más amor, con más gratitud por la llamada recibida, con más deseos de obedecer a los Directores de la tierra que Él nos ha asignado, con más deseos de unirnos a nuestros hermanos en la oración, en el cariño y en la corrección fraterna, y con más deseos de pegar fuego a otros en el apostolado.
El día de la renovación de nuestra entrega procuramos llevar a la oración nuestros compromisos contraídos para mejorar aún más en ellos: Unidad con los Directores, corrección fraterna, meditar las Instrucciones, estudio de la Doctrina, encargos apostólicos y responsabilidades de nuestro propio estado.
La renovación de nuestra entrega se hace en cualquier momento del día, y en cualquier lugar -el día empieza con la Misa de gallo la noche de las Vísperas de Resurrección-.
No hay ninguna fórmula para renovar, es suficiente decirle al Señor en el fondo de nuestro corazón, donde Él nos oye, nuestro deseo de continuar con nuestros compromisos.
Debe avisarse al Director, por medio de la persona que nos lleva la asesoría fraterna, que ya hemos renovado.
Quien no desee renovar su entrega en ese día señalado por el Señor, queda fuera de la Ciudad de la Oración.
Quien por olvido -el olvido siempre es falta de amor-, no renueva su entrega ese día, queda fuera de la Ciudad de la Oración.
Si la persona queriendo renovar, no renovó ese día por olvido especial, los Directores podrán tener en cuenta el caso especial, y en ese caso permitir que se renueve en otra fecha posterior.
Pero si la persona fue conciente de renovar y no lo hizo voluntariamente, pero luego se arrepiente, no se le permitirá renovar, porque con Dios no se juega, y queda fuera de la Ciudad de la Oración.
La renovación de la entrega es una devoción muy agradable a Dios, que podemos hacer por nuestra cuenta con frecuencia, como con frecuencia deben decirse los esposos que se aman.
La fecha de aniversario en la cual adquirimos nuestros compromisos, es otra buena fecha para renovar voluntariamente nuestra entrega por devoción y gratitud con Dios por la llamada. Cada año se recordará a cada uno la renovación con suficiente antelación, durante la Cuaresma.
24. LA SANTIDAD QUE DIOS NOS PIDE
Venimos a la Ciudad de Dios, a la Ciudad de la Oración, a la nueva Jerusalén aquí en la tierra, a la Civitas del Señor, a ser santos.
“Sed perfectos como perfecto es vuestro Padre Celestial” -dice el Señor en el Evangelio-. Para nosotros es imposible alcanzar la santidad por nuestros propios medios, pero para Dios nada es imposible. Si ponemos nuestro esfuerzo por ser santos, el Señor nos dará su santidad.
Tenemos que decirle al Señor, como le dijeron los hijos de Zebedeo: “¡podemos!.” Nosotros contando con la ayuda de Dios, responderemos al Señor que podemos beber el cáliz que Él bebió, el cáliz de cumplir a cada instante la Santa Voluntad de nuestro Padre Celestial y permitirle así que Reine en nuestras vidas.
¿Qué es santidad?:
Santidad es luchar por alcanzar virtudes, apoyados en la doctrina de la Iglesia y en la vida de piedad.
Nuestra vida de piedad se basa fundamentalmente en la oración trabajando las Instrucciones y en la frecuencia de los sacramentos, en especial la Santa Misa y la Eucaristía.
Nuestra santidad no se limita a unas cuantas prácticas de piedad en el templo. Nuestra santidad es para vivir a cada instante las veinticuatro horas del día. Esto lo logramos mediante una permanente presencia de Dios en todo lo que hacemos, como dice San Pablo: “Bien sea que comáis, bien sea que bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios.”
Los Primeros Cristianos, los que tuvieron fresco el mensaje de Jesús, vivieron la santidad en su casa, en su trabajo, sin salirse de su sitio. Nosotros imitamos la espiritualidad de los Primeros, nuestros hermanos mayores, que fueron “testigos”, “mártires” de Cristo (mártir significa testigo).
Las órdenes religiosas comenzaron a florecer cerca de doscientos cincuenta años después de Cristo.
Las órdenes religiosas se caracterizan por buscar la santidad “apartados del mundo.”
Nosotros no pertenecemos a la familia de las órdenes religiosas, sino a los Primeros Cristianos, que en medio de la calle y las ocupaciones corrientes y normales de la vida supieron encontrar a Dios, y fueron santos.
Santidad no es hacer cosas extraordinarias, sino hacer con amor las cosas ordinarias y corrientes, cumplir con amor el deber de cada instante.
El Concilio Vaticano II ha recordado que la santidad no es para unos pocos privilegiados, sino que existe una llamada universal a la santidad. Todos los bautizados en Cristo están llamados a ser santos con la misma santidad de Dios: “Sed perfectos como perfecto es mi Padre Celestial”-dice el Señor-.
Venimos a entregarnos incondicionalmente al servicio de Dios por medio de su Civitas, sometidos a la obediencia de los Directores.
25. FIDELIDAD
Hemos comenzado un camino de santidad que terminará solamente con la muerte. “Al vencedor le daré del maná escondido” (Ap 2,17). El vencedor es el que persevera con fidelidad hasta el fin de sus días en la tierra.
Fidelidad es permanencia en el camino emprendido, guardar hasta el fin las obras del Señor: “Al que venza, al que guarde hasta el fin mis obras le daré potestad sobre las naciones de la tierra”(Ap 2, 26).
Fidelidad es luchar hasta la muerte para alcanzar el paraíso de Dios, confiando en la promesa del Señor:“Al que venza le daré a comer del árbol de la vida que está en el Paraíso de Dios” (Ap 2,7).
Que la muerte nos coja luchando por ser santos y alcanzaremos la corona de la vida: “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap 2,10).
El que es fiel no tendrá daño alguno en el momento de la muerte: “quien venza no será dañado por la segunda muerte” (Ap 2,11), esa segunda muerte es la condenación eterna; pero el que es fiel no sufrirá condenación eterna.
PROMESAS PARA QUIEN ES FIEL:
Muchas promesas ha hecho el Señor al que permanece fiel a la vocación recibida:
“Será revestido con blancas vestiduras”
“No borraré su nombre del libro de la vida”
“Proclamaré su nombre delante de mi Padre y delante de los ángeles” (Ap 3,5).
“Le haré columna en el templo de mi Dios y no saldrá fuera nunca más”
“Escribiré sobre él el nombre de mi Dios, el nombre de la Ciudad de Dios, la nueva Jerusalén bajada del cielo”
“Escribiré sobre él un nombre nuevo” (Ap 3, 12).
Fidelidad es conservar el buen camino que hemos emprendido y no dejar que el maligno arrebate el tesoro de nuestra vocación: “Conserva lo que tienes para que nadie arrebate tu corona” (Ap 3, 11).
El gran peligro de nuestra vocación es la tibieza, el dejar de luchar pensando que ya hemos dado mucho, el perder la vibración apostólica, por eso nos lo advierte el Señor lo que le dirá a los tibios: “Conozco tus obras, que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Y porque no eres frío ni caliente sino tibio, voy a vomitarte de mi boca.” (Ap 3, 15).
Estamos llamados a ser fieles testigos de Jesús, como Jesús fue fiel testigo de las obras de su Padre Dios, por eso Jesús es llamado: “el testigo fiel y veraz.” (Ap 3,14).
¿FIELES A QUÉ?:
A la práctica de las virtudes (virtud es poner por obra lo que oímos).
A la vida de oración (la oración es el combustible que mantiene encendido el motor de nuestra vocación contemplativa).
Fieles al estudio de la doctrina, y fieles a la vivencia de la doctrina segura.
Fieles a la vida de piedad.
Fieles al apostolado: que la muerte nos sorprenda pensando en acercar gente a Dios para pegar en ellos el fuego que llevamos en el alma.
Fieles a las responsabilidades que tenemos.
Fieles a la fe. Que al final de nuestros días podamos decir como San Pablo: “He combatido una buena pelea, ¡he conservado la fe!; ahora sólo me queda esperar la corona de la vida”.
Fieles en la pelea, como lo fue Jesús, para esperar sentarnos con Él en el trono de Dios: “Al que venza le concederé sentarse conmigo en mi trono, igual que yo he vencido y me he sentado con mi Padre en el trono”(Ap 3,21).
Acordémonos que hemos puesto ya los pies en el arado del Señor, y que no podemos abandonarlo porque nos jugamos la vida eterna: “El que después de poner los pies en el arado da pie atrás no es digno de entrar en el reino de los cielos” -dice el Señor-.
La mujer de Lot miró atrás y quedó convertida en una estatua de sal. ¡No miremos atrás!.
Somos sal y luz; pero “si la sal se vuelve insípida, ¿con qué se le devolverá el sabor? Para nada sirve ya sino para ser arrojada y pisada por la gente”
-dice el Señor-.
El rico del Evangelio fue el que prefirió ocuparse de sus cosas y rechazó la llamada del Señor: “Más fácil entra un camello por el hueco de una aguja que un rico al cielo”-dice el Señor-.
Fidelidad al Señor en nuestros deberes pequeños: “¡bien, siervo bueno y fiel! Ya que has sido fiel en lo poco, entra en el reino de tu Señor” -dice el Señor-.
Rezar cada día por la fidelidad nuestra y por la fidelidad de nuestros hermanos de Civitas, es un deber de caridad y de justicia.
Para ser fieles a nuestra vocación, no lo olvides, es necesario ser salvajemente sinceros. Pedirle a la Santísima Virgen la virtud de la fidelidad.
Recordemos siempre las promesas que nos ha hecho el Señor, y que nos las ha transmitido por medio de nuestro Director: “Sé fiel a tu promesa, hijo, y después de Mi Ciudad terrena te llevaré a Mi Ciudad Eterna.”
Fidelidad es luchar con alegría para alcanzar la eternidad hacia la cual nos dirigimos, en la cual ya vivimos y de la cual no podemos escapar, porque esta alma que está dentro de este cuerpo mortal no dejará nunca de existir.
No olvidemos las Palabras del Señor: “El que persevere hasta el fin, ése se salvará” (Mt 24, 13) (frase nueva, escrita en letra Arial).
26. DETALLES PEQUEÑOS
Lo nuestro no es hacer cosas grandes, soñar con realizar cosas extraordinarias, sino cuidar con amor las cosas pequeñas de cada día.
El mar parece lleno de agua, pero en realidad está lleno de pequeñas gotas que forman un océano.
No despreciemos las pequeñas gotas de dolor y entrega que son ellas las que llegan a formar el mar de nuestra santidad.
Todo lo grande ha comenzado siendo pequeño. Todo lo grande es la suma de pequeñas partículas
El Señor en el Evangelio ya nos informó el punto clave del examen final de nuestra vida: fidelidad en lo pequeño, esto dice el Señor concretamente: “¡Bien siervo bueno y fiel! Ya que has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu Señor”.
Santidad es ser fiel en lo poco de cada día, sin importarnos el ayer que ya pasó y que Dios por su infinita misericordia ha borrado de su mente y sin importarnos el futuro, porque lo único que en realidad tenemos en nuestras manos es el pequeño instante de hoy.
Vivir la santidad en cada instante de nuestra vida, porque los largos años son la suma de pequeños instantes. Dios, que vive en el eterno instante, tiene puestos sus ojos en el presente instante.
Los grandes edificios que suben hasta el cielo son la suma de pequeños granos de arena. Las grandes fortunas de dinero que se han acumulado en la tierra son la suma de pequeños centavos cuidados con esmero.
Como el rico cuida sus riquezas, nosotros cuidamos el tesoro que tenemos, la fortuna verdadera que no destruye la polilla ni carcome el óxido ni roban los ladrones: nuestra vocación a la santidad, la llamada a ser perfectos y a realizar con perfección todo lo que hacemos, decimos, deseamos y pedimos.
Parece que la pequeña gota de agua no tiene capacidad de actuar sobre la piedra, y sin embargo la gota labra la roca. Nosotros cuidando las pequeñas cosas de cada día, lograremos que el poder de Dios pula nuestro corazón de piedra y labre nuestro ser según la imagen de Jesús.
A Dios no le importa la cantidad sino la totalidad; no tenemos qué más darle al Señor que la totalidad de todo lo pequeño que somos y tenemos, como lo hizo la viuda que entregó todas sus monedas.
El cuidado atento y permanente de las cosas pequeñas en nuestra vida evitará caer en la tibieza, en el cáncer de la santidad que mata todo. El derrumbe de las grandes montañas comienza con el derrumbe de pequeñas piedras.
Estemos atentos a cuidar la vocación de nuestros hermanos, corrigiéndolos en pequeños detalles, porque tenemos que “cuidar los pequeños insectos que devoran la viña”- dice el Cantar de los cantares-.
El Señor no acepta la entrega grande cuando en ella falta lo pequeño, como no aceptó el gran banquete que le hizo Simón el fariseo a y Él y a todos sus discípulos, porque Simón no vivió con Jesús los detalles pequeños que muestran la calidad del amor y la rectitud de intención del corazón.
Jesús le echó en cara a Simón el descuido de lo pequeño: el no haberle ofrecido agua para lavar sus pies, ni haberle saludado con un beso de paz.
La vanidad cuida lo grande; el amor cuida también lo pequeño.
La perfección de la obra de arte está caracterizada por el esmerado cuidado en lo pequeño. Hagamos de cada día una obra de arte para ofrecerla a Dios.
Sólo el amor es capaz de descubrir el pequeño detalle que hace falta. Ninguno de los convidados a la Boda había notado lo que María vio que: ¡no tienen vino!. María es la Santa que supo cuidar siempre lo pequeño.
No es suficiente hacer las cosas, hay que hacer las cosas bien, cuidando con esmero de artista, de madre, los detalles pequeños.
El obrero es capaz de hacer a medias grandes cosas, pero sólo el maestro es capaz de cuidar con esmero lo pequeño.
Cuentan que el artista Miguel Ángel mientras pintaba una pequeña cara de un ángel en el alto techo de una catedral, le gritó alguien desde el suelo: ¡no pulas tanto, que eso desde el piso no se ve!. El pintor le contestó: ¡lo veo yo!. Nosotros podemos decir que lo ve Dios. Nosotros trabajamos cara a Dios, y Dios ve lo pequeño.
Todo lo que sale de las manos de Dios es una obra de arte. “Si Dios hizo con tanto primor las flores que han de durar un día,¿cómo serán las flores en el Cielo, que han de durar por toda una eternidad?” –dice una de las Instrucciones-. Pues a hacer las cosas bien, cuidando lo pequeño, para que nuestras obras sean gratas al Señor, y Dios mismo pueda mostrarlas con orgullo a los ángeles del Cielo.
27. FILIACIÓN DIVINA
Vivíamos en el mundo sin padre ni madre, sin genealogía, hasta que Jesús vino a decirnos que nosotros somos hijos del mismo Dios del universo entero.
Esta es la buena nueva que llena nuestra alma de gozo: ¡Que no somos hijos de cualquiera¡ ¡Qué somos hijos de Dios!.
Vivíamos en el mundo sin saber de donde habíamos venido ni para a dónde íbamos. Ahora sabemos de dónde hemos salido y hacia donde nos dirigimos: ¡De nuestro Padre Dios venimos y hacia nuestro Padre Dios nos dirigimos¡
La vida, lo que en realidad da sentido total a nuestra vida, es saber que somos hijos de Dios.
Por Jesús, por la obediencia de Jesús, el esclavo se hizo hijo del Padre Dios.
El ser hijo de Dios no es un título honorífico, sino un título real, que nos da el derecho real de poseer la herencia de nuestro Padre Dios: la herencia del Cielo con todos sus tesoros, la herencia del Amor de nuestro Padre Dios con toda su plenitud.
Pensábamos que éramos hijos del pobre Adán y la desgraciada Eva, y ahora descubrimos que somos hijos de nuestro Padre Dios, que nos quiere llevar de nuevo al paraíso, al paraíso que por la desobediencia perdieron nuestros padres de la tierra.
Dios nos ama, no por nuestros méritos, sino simplemente porque somos sus hijos, y nosotros tratamos de corresponder al comportarnos con la dignidad de hijos.
¿Podrá tener temor el hijo débil que sabe que su padre es poderoso?
¿Podrá tener preocupación alguna el hijo pobre que sabe que su padre es rico?. ¿Podrá tener complejos el hijo torpe que sabe que su padre es rey? ¡Nosotros no tengamos temores, ni preocupaciones ni complejos, porque somos hijos de nuestro Padre Dios!.
EL ENFOQUE DE LA FILIACIÓN DIVINA:
La esencia de nuestra vocación, y el sentido de nuestra entrega total, es corresponder a un nuevo título que teníamos desconocido: que somos hijos de nuestro Padre Dios. Esto hace que nos empeñemos totalmente a comportarnos como hijos de semejante Rey. Este enfoque nos lleva a vivir:
1. Arrepentimiento:
Por ser hijos de Dios volvemos con confianza a la casa paterna, como el hijo pródigo que estaba en la región perdida, en la región de la tristeza, la carencia y el pecado, se dijo: “Volveré a la casa de mi padre” Y ya sabemos la acogida, el recibimiento lleno de amor que el padre le hizo al hijo pecador. Cada día debemos comenzar de nuevo, cada día debemos decirnos: Volveré a la casa de mi Padre Dios porque sé que Él me ama.
2. Entrega:
Porque somos hijos de Dios debemos ocuparnos del negocio de nuestro Padre Dios, de los asuntos que corresponden a su servicio y a su gloria. El negocio de nuestro Padre Dios es que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” -dice S. Pablo-.
Jesús nos lo enseñó: “Yo debo ocuparme en las cosas de mi Padre -como respondió Jesús a María y a José-, dedicarnos a buscar gente para que conozca al Padre Dios, como lo hizo Jesús ante los doctores de la Ley en el templo de Jerusalén.
Nuestro alimento, el ideal que llena totalmente nuestro corazón y nuestra alma debe ser el mismo de Jesús: “Mi alimento es hacer la Voluntad de Mi Padre celestial”-como respondió Jesús a sus discípulos-.
3. Confianza en la providencia de nuestro Padre Dios:
Nos dijo Jesús que si nuestro Padre Dios alimenta a la aves del cielo, cuánto más a nosotros que valemos más que ellas porque nosotros somos hijos.(cfr. Mt 6,30).
Nos dijo Jesús que no nos preocupemos por la comida, ni la bebida, ni el vestido, porque “Bien sabe vuestro Padre Dios que de todo esto estáis necesitados” (Mt 6,32). Y Jesús agregó, para que tuviésemos confianza en nuestro Padre Dios y no admitiésemos preocupación alguna: “Por tanto, no os preocupéis por el mañana, porque a cada día le basta su propio afán” (Mt 6,34).
4. Lo primero que debemos buscar:
Lo primero que debemos buscar es vivir en el Reino de nuestro Padre Dios, cumpliendo a cada instante su Santa Voluntad, la vivencia de su Ley sometiéndonos a su justicia, “Y todas las cosas nos las dará por añadidura” (Mt 6, 33).
Como somos hijos de nuestro Padre Dios nos dedicamos a hacer su Santa Voluntad, para poder entrar así en el Reino de los Cielos: “Solamente el que hace la voluntad de mi Padre Celestial entrará en el reino de los cielos”(cfr. Mt 7,21).
5. Seguridad en la oración
Como somos hijos de nuestro Padre Dios, pedimos al Padre con la seguridad de recibir, buscamos con la seguridad de encontrar de Él, y llamamos al Padre con la seguridad de ser escuchados de inmediato.
(cfr. Mt 7,7). Además Jesús nos dijo:“Vuestro Padre Dios dará cosas buenas a los que se lo pidan” (Mt 7,11).
6. Someternos al dolor:
Como somos hijos de Dios, nos sometemos con amor a todas las pruebas de dolor que Él nos mande, como lo hizo Jesús: “Padre, si es el caso, aparte de mí el cáliz del dolor; pero no se haga mi voluntad sino la tuya.” –dijo Jesús en la oración del Huerto de los Olivos-.
7. Saber perdonar
Como somos hijos de nuestro Padre Dios, estamos dispuestos a perdonar a todos los hombres de la tierra, porque ellos son hijos del mismo Padre Dios. Jesús nos dio ejemplo de perdón en la Cruz: “Padre, perdónales por que no saben lo que hacen.” Jesús nos enseñó a decir: “Perdona nuestras ofensas de la misma forma que nosotros perdonamos.”
8. Culto al Padre Dios
Trata al Padre Dios con la confianza que un hijo de un rey trata a su padre; pero no te olvides que debes cuidar el respeto y la reverencia que merece un Rey.
28. ESPÍRITU DE SERVICIO
“El que quiera ser el mayor que sea vuestro servidor” -dijo Jesús-. Nosotros queremos ser mayores en servir, en amar, en entregarnos.
Nuestro ejemplo es Jesús, nuestro modelo es Jesús, y Él nos dijo a que había venido a la tierra: “a servir y no a ser servido.”
El que no vive para servir no sirve para vivir. ¿Qué objeto tiene una existencia que no se ocupa en servir a los demás?.
El que no sirve estorba, y todo estorbo hay que quemarlo.
El que no está en función de servir es una persona molesta que incomoda, obstaculiza y entorpece.
No esperemos que los demás nos sirvan, sino que nosotros debemos adelantamos a servir. “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir” –dice el Señor-.
La esencia del amor es el servir, el suministrar un favor que nuestro hermano necesite, el adelantarnos a prestar una ayuda material o espiritual que sea útil al otro.
¿Qué es basura? Lo que no sirve. Basura es la vida de los hombres en la tierra que no se ocupan en servir. ¿Qué se hace con la basura? ¡Se quema afuera!. Así será quemada fuera la existencia de aquellos que no se ocuparon en servir.
El espíritu de servicio nos saca del egoísmo de pensar en nosotros mismos. El egoísta es triste porque produce tristeza el no servir.
Tenemos que ser como una cirio que se gasta y muere dando luz a otros. Tenemos que morir para poder dar fruto:”Si el grano de trigo no muere queda infecundo” -dice el Señor-.
La invitación que Dios nos hace al llamarnos a su Ciudad, es emplear el resto de nuestras vidas en servir a los demás.
29. ALEGRÍA
Alegría es la resultante de poner todas las cosas en su orden.
Alegría es la paz que se respira después de poner todas las cosas sobre bases firmes.
Alegría es la seguridad que viene después de quitarnos la careta de mentira que recubre la existencia.
Alegría es la plenitud de la inteligencia que se encuentra con la verdad, y la plenitud de la voluntad que se encuentra con el bien. La alegría es producto de la verdad y el bien. Dios es la Verdad y el Sumo Bien. Alegría es el encuentro con Dios en nuestra alma en gracia.
Alegría es el gozo que siente el caminante cuando se encuentra con el guía que le indica el camino verdadero: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”
-dijo Jesús-.
Solamente puede decir que en realidad vive aquel que es feliz. Para eso vino Jesús al mundo, para darnos vida para hacernos felices: “Yo he venido para que tengáis vida y vida en abundancia”-dijo Jesús-.
Es feliz el caminante que va por el camino verdadero y aunque no haya llegado, tiene la esperanza que el camino lo llevará a la meta que persigue. Goza quien llega a la meta, pero también camina feliz el que va por la senda verdadera que conduce a la meta.
Las dificultades del camino no deben quitarnos la alegría, porque sabemos que hacen parte de la ruta, que son gajes del oficio. Lo único que en realidad puede producir tristeza es perder el camino definitivamente, o dejar de caminar.
El que rechaza la verdad, camina por un camino que no es y al final se le dirá: “Corres bien pero fuera de camino” -dice S. Agustín-.
Alegría es producto del cuidado permanente de que todas las cosas estén en su lugar: que la verdad alumbre nuestra inteligencia, que la noción de bien sea el único motor que nos lleve a actuar , y así Dios sea él huésped permanente de nuestra alma. ¿Quieres más? Todo esto, pero con plenitud total se te dará en el Cielo.
Ninguna adversidad tiene capacidad de robarnos la alegría, porque por la fe y confianza en Dios nos damos cuenta que no existe nada adverso, al contrario, sabemos, como dice Pablo, que “todo es para bien”. Entonces, si todo es para bien, ¿por qué ponernos tristes ante la adversidad que es para bien?.
Sabemos que “Dios saca cosas buenas de las malas”, cuando te ocurran cosas malas, piensa en todas las cosas buenas que Dios sacará de ellas, y así podrás mantener la alegría en medio de la peor tragedia.
30. MENTALIDAD LAICAL
Nosotros somos laicos, es decir gente corriente de la calle. Nuestra entrega a Dios no nos saca de la calle ni nos hace distintos a los demás.
Nosotros nacimos en el mundo, en el mundo estamos, en el mundo guerreamos y en el mundo hemos de morir.
Para tomarnos la santidad en serio no necesitamos irnos, sino quedarnos: “No te pido que los saques del mundo sino que los preserves del mal” -le pidió Jesús al Padre Dios-.
La mentalidad laical, la secularidad, nos lleva a ser personas muy normales y muy corrientes, como lo fueron María y José. Se extrañaban que Jesús dijese que era el Hijo de Dios, si su madre era una mujer corriente y su padre un hombre silencioso, que incluso ignoraban que su nombre era José.
Mentalidad laical y secular es comportarnos igual que los demás, porque nosotros somos los demás: nacemos entre los demás, crecemos entre los demás, vivimos entre los demás, hablamos como los demás, vestimos como los demás, comemos como los demás, estamos dónde los demás, ¡luego somos los demás!.
Somos levadura que pasa inadvertida entre la masa, pero tenemos capacidad de fermentar toda la masa. Somos sal que pasa inadvertida entre la sopa, pero tenemos capacidad de dar sabor a todo: “Somos del mundo, pero no mundanos” -dice San Pablo-.
La secularidad y la mentalidad laical se caracterizan por hacer valer nuestros derechos y ejercer todas nuestras obligaciones civiles, como buenos ciudadanos.
La secularidad nos lleva a no tener mentalidad de víctimas sino de guerreros. La forma como nosotros ponemos la otra mejilla para permanecer en la lucha, es defendiendo la verdad, sin temor a que nos hieran en el otro lado de la cara. Nosotros no tenemos miedo a los que matan el cuerpo sino el alma, como lo enseñó Jesús.
La mentalidad laical nos lleva a no distinguirnos ante los demás por nuestra entrega a Dios, nuestra entrega la llevamos en el alma; pero aparte de nuestra conducta recta, no nos distinguimos de los demás en nada: bailamos al ritmo de los demás porque somos nosotros los que marcamos el ritmo, reímos cuando hay que reír porque somos nosotros los que llevamos en el alma el verdadero motivo de alegría.
Nuestra mentalidad laical no permite que los demás hagan chistecitos de nuestros principios y valores, ni mucho menos de nuestra fe y confianza en Dios. Somos mansos y apacibles; pero no permitimos que los demás nos tengan por tontos ni bobos.
Cuando tenemos que hacernos respetar y hacer valer nuestros derechos, también los hacemos valer con la energía que haga falta.
Nosotros somos como los primeros Cristianos, Cristianos auténticos, hombres de pelo en pecho a los cuales los demás tenían miedo, porque ante ellos sabían que se encontraban con un hombre de verdad que infundía amor y gran respeto.
La secularidad y la mentalidad laical nos llevan a no convertirnos en predicadores, sino en personas que dan siempre su criterio recto: “oportuna e inoportunamente”-como dice Pablo-, y tratamos de pegar el fuego del amor de Dios a otras almas, de forma privada e individualmente, de uno en uno.
Secularidad en el templo:
“En el templo no os pongáis juntitos como las monjas, ni recéis como lo hacen las beatas viejecitas, asumiendo posturas extrañas de falsos arrobamientos que llaman la atención.” -dice alguien-.
La mentalidad laical debe llevarnos a comportarnos en el templo con naturalidad y sencillez: ni tan arrobados que nos tengan por santos, ni tan desatentos que nos tengan por paganos.
Hasta en las expresiones de piedad debemos ser sencillos y respetuosos con las cosas del Señor.
La mentalidad laical y secular nos lleva a hacer a cada uno por su cuenta la vida de piedad; por supuesto que nunca salimos juntos a procesiones ni a actos de piedad, ni nos esperamos todos juntos a la salida del templo.
La mentalidad laical y secular nos lleva a no ser “católicos oficiales” que trabajan en el templo y su espiritualidad la centran en el templo. No leemos las lecturas en la Misa, ni giramos alrededor de actividades clericales. Rezamos por la santidad de los sacerdotes, acudimos a los santos sacramentos, pero nada más.
La mentalidad laical y secular nos lleva a no organizar grupos de doctrina en los salones parroquiales, ni girar alrededor de actividades parroquiales, porque lo nuestro es la casa: hacer de nuestra casa un lugar para dar doctrina y escuchar a Dios.
La mentalidad laical y secular nos lleva a buscar en nuestro apostolado gente corriente, de la calle, sin mentalidad clerical. Las personas con mentalidad clerical no entienden nuestra espíritu laical y secular basada en las virtudes, en el cumplimiento de los deberes de estado; por el contrario la mentalidad religiosa y clerical, mal enfocada, llevan a la persona a poner énfasis en devociones, rezos y actividades clericales al margen de sus obligaciones y deberes.
La mentalidad laical y secular nos lleva a expresarnos como se expresa la gente de la calle, y nunca a utilizar en nuestro lenguaje expresiones clericales, propias de monjas o sacerdotes.
Nuestra mentalidad laical y secular nos lleva a vivir una vida de piedad aterrizada, teniendo el control total de nuestra vida, respondiendo por nuestras obligaciones y deberes sin sacarles el quite, haciéndole frente a los problemas con los medios ordinarios que están a nuestro alcance y a no esperar soluciones extraordinarias caídas del cielo. Problema que tiene solución, ponemos solución; problema que no tiene solución, ya está resuelto y aceptamos la Santa Voluntad de Dios en nuestras vidas.
Nuestra mentalidad laical y secular nos lleva a estar “bien puestos”, a vestir con el decoro y dignidad de una madre o un padre de familia numerosa y pobre, que en su carencia saben vestir con dignidad y elegancia.
Nosotros no somos religiosos que viven la pobreza franciscana, sino laicos corrientes, hombres de la calle. Somos pobres vergonzantes que no tenemos voz para decirle a los demás que somos pobres y tratamos de conservar la dignidad de un rico venido a menos, pero que lleva en silencio su pobreza tratando que los demás no se den cuenta. La pobreza la llevamos en el alma.
31. APOSTOLADO DE PEDIR
Nadie es tan pobre que no tenga algo que dar, ni nadie es tan rico que no necesite algo.
Nosotros siendo pobres tenemos capacidad de hacer ricos a muchos, entre otras formas, dándoles la oportunidad de vivir la virtud de la generosidad y de la entrega y moviéndolos a que salgan de la tristeza en la cual los ha sumergido la mezquindad de su egoísmo.
Nuestra pobreza nos lleva a pedir para poder tener la forma de construir y sostener nuestra Civitas, y sostenernos nosotros mismos que nos hemos entregado totalmente a Dios.
Todos los obsequios y regalos que recibimos en nuestro apostolado los entregamos a Civitas, porque es para Dios que hemos pedido, y es para Dios que tratamos que ellos den.
Nosotros ya no pedimos nada para nosotros mismos por capricho, sino sólo para servir a Dios. Si de lo que los demás han dado necesitamos realmente algo lo decimos con sencillez y confianza a los Directores.
¿Cómo se sostiene Civitas?
A Civitas la sostenemos cada uno de nosotros con nuestros aportes personales y pidiendo a los demás. No es Civitas la que nos sostiene a nosotros sino nosotros los que sostenemos a Civitas.
Importancia de tener muchos cooperadores que aporten a nuestra Ciudad para poder realizar las metas que Dios nos pone. Para comenzar nos ha puesto como meta repartir un millón de imágenes del Rostro de Cristo con la Oración, construirle un sagrario con el lujo que merece, hacerle vasos sagrados de oro y joyas preciosas, conseguir una casa de retiros, tener una gran biblioteca, publicar las Instrucciones para escuchar la Voz de Dios, sostener los altos costos fijos de una sede y otras cosas más. Todo esto requiere dinero.
Solicitar dinero a las personas que han recibido un favor mediante la Oración al Santo Rostro, y a quienes han acogido con cariño el Rostro y la Oración. La Oración con la figura del Santo Rostro la repartimos gratuitamente, pero necesitamos dinero para compra de papel, y tintas de la impresora. Necesitamos una impresora más potente. Todo esto es Dios el que nos pone la tarea de pedir.
Solicitar ayudas y dinero a las personas que se están beneficiando de nuestros apostolados. Hacerles ver que deben retribuir al sitio donde se están beneficiando.
San Josemaría dice que el que pide consigue: humillaciones, vocaciones y dinero.
Tenemos que sembrar en los demás la necesidad de aportar a las cosas de Dios a través de nuestra Civitas. Pedir dinero, ropa buena y cosas que sirvan para ponerlas al servicio de Dios en Civitas, a la familia, conocidos, vecinos, y en especial a las personas con las cuales estamos haciendo apostolado.
Junto con el apostolado de pedir, nosotros vivimos el “apostolado de no dar”. En las cosas de Dios, lo que se da no se aprecia. No regalamos un libro: hacemos que la gente lo compre y así sí lo lee, mínimo lo prestamos por un breve tiempo, pero no permitimos que la gente se quede con él. No regalamos casetes ni películas, llevamos a la gente a que haga el esfuerzo de adquirirlos. A la gente en el apostolado se le debe cobrar las cosas que recibe para que en realidad las aprecie.
La gente en realidad se toma en serio las cosas que le decimos en nuestro apostolado, cuando aprende a arrimar el hombro a las cosas de Dios con su generosidad y con su entrega.
Cuando las personas no aportan algo, ni dan de su parte, son egoístas que piensan que ya nos están haciendo un favor muy especial al brindarnos su magnífica presencia y que deberíamos ser nosotros los que les paguemos a ellos.
Hay que dejarles claro a las personas que no nos hacen ningún favor por enderezar su vida y acercarse a Dios, al Dios que es la fuente de todo bien. Antes, por el contrario, somos nosotros los que al dedicarles tiempo y darles nuestras luces y consejos, les estamos haciendo un gran favor. Tampoco nos hacen ningún favor por que las personas aporten a las cosas de Dios; somos nosotros los que les hacemos el favor de darles la oportunidad de retribuir con algo a Dios.
32. IMPORTANCIA DE LAS VIRTUDES
Definición de virtud: hábito operativo bueno. Se dice que la virtud es un hábito, un vestido, porque no hace parte de nuestro ser, pero debemos ponérnoslo permanentemente para poder actuar de una forma distinta a la naturaleza de nuestro propio ser.
Importancia de las virtudes:
Como el buzo para poder sumergirse en las profundidades del mar tiene que ponerse la escafandra y el astronauta tiene que ponerse un vestido especial, así nosotros para poder sumergirnos en las profundidades de la vida o elevar nuestro espíritu a los cielos, tenemos que ponernos el vestido permanente de las virtudes.
El alma para entrar al Cielo y poder resistir la luz de Dios sin desintegrarse, también tiene que recibir de Dios un vestido especial llamado: Lumen Gloriae, la luz de la gloria. Nadie sin el vestido adecuado puede entrar al Banquete de las Bodas, como nos lo enseñó Jesús en el Evangelio. En Civitas acudimos a la gracia de Dios y a nuestra lucha personal por adquirir virtudes, para alcanzar los hábitos permanentes y adecuados que nos lleven a merecer el Lumen Gloriae.
Cuando la virtud es estable llega a convertirse como en un componente permanente de nuestro ser. Pero siempre se requiere esfuerzo para ponernos un vestido. Se requiere esfuerzo, a veces heroico, para revestirnos de los hábitos buenos que constituyen las virtudes.
Lo natural de nuestro ser, de nuestra naturaleza caída por el pecado original, es la torpeza, la ignorancia, la rebeldía, la pereza, la soberbia, el desorden, la debilidad, el miedo, y todos los vicios y defectos. Por eso es necesario que nos vistamos de virtudes para poder suplir estas deficiencias y carencias. Lo natural de un monte sin cultivar es el rastrojo y lo natural de una personalidad sin cultivar son los defectos.
Quemar el rastrojo, sembrar buena semilla, cuidar diariamente lo sembrado y producir frutos abundantes para la vida eterna: ¡esa es nuestra tarea!. ¡Que no nos pase lo de la higuera estéril!.
Las virtudes llevan a la perfección de la naturaleza humana caída por el pecado original.
Inicialmente el primer hombre poseía todas las virtudes porque Dios lo hizo bueno; pero el hombre por el pecado original, perdió la gracia santificante y las virtudes; el hombre perdió la fuerza para hacer el bien.
Jesús dijo en el Evangelio: “Sed perfectos como vuestro Padre Celestial es perfecto.” Esa perfección se logra con la ayuda de Dios por medio de la gracia santificante que nos viene por los sacramentos, y por la lucha por adquirir virtudes, estos son los dos grandes pilares de nuestra santidad, de la espiritualidad propia de Civitas.
¿Cómo se adquieren las virtudes humanas?
Con esfuerzo, con lucha constante y permanente, haciéndonos violencia a nosotros mismos a cada instante, para poder levantar la naturaleza caída y para poder domar la rebeldía con la cual nacemos, y acudiendo a la gracia de Dios. Por eso dijo Jesús: “El reino de los cielos es de los que se hacen violencia a sí mismos” -dice el Evangelio-. Luego el Reino de los Cielos es de los que supieron adquirir virtudes.
“Al vencedor se le dará la corona de la vida” -dice el Apocalipsis-, ¿a cuál vencedor? Al que ha vencido sobre sí mismo, adquiriendo las virtudes que no tenía.
Dice un poeta:
“Ten presente en la victoria, que nadie sin ardor ni ardua fatiga supo jamás escalar los peldaños de la gloria.” Luego se necesita: ardor-fatiga-lucha- esfuerzo, para ganarnos el Reino de los Cielos.
Importancia de las virtudes en nuestra espiritualidad:
En nuestra espiritualidad reviste importancia capital, la lucha por adquirir virtudes, porque las virtudes son la base de nuestra santidad.
La santidad se podría resumir en una sola palabra:¡lucha!. ¡Lucha por adquirir virtudes!, ¡lucha por dejarnos amar de Dios!, ¡lucha por quitar todos los obstáculos que nos impiden escuchar con nitidez la Voz de Dios!.
La espiritualidad laical, que es la nuestra, se basa en el desarrollo de las virtudes y no en el ejercicio de acumular devociones, ni rezos.
Nosotros cultivamos simultáneamente todas las virtudes, más el estudio de la doctrina y el ejercicio de la vida de piedad. Pero virtudes sin doctrina y sin piedad hacen al hombre un soberbio; doctrina sin virtudes hacen al hombre un teórico vacío; piedad sin virtudes es la beatería, que es la caricatura del santo.
El lema de la fuerza aérea canadiense es “Per aspera ad astra”, por el camino difícil se llega hasta las estrellas. Por el camino difícil, áspero, se llega a la virtud. Los obstáculos de la vida son peldaños para escalar en la virtud hasta llegar al cielo.
33. DIVISIÓN DE LAS VIRTUDES
División de las virtudes: las virtudes se dividen en virtudes humanas y virtudes sobrenaturales. Las virtudes sobrenaturales se dividen en virtudes infusas y virtudes morales.
VIRTUDES HUMANAS:
Las virtudes humanas son aquellas que se adquieren mediante el esfuerzo personal, a punto de lucha y de constancia.
Nadie nace con virtudes humanas, la gente ha sido educada en las virtudes según la familia, y el medio social en el cual ha vivido. “El hombre no nace sino que se hace” -dice la sabiduría popular-, nosotros podemos decir: el santo no nace sino que se hace, con la gracia de Dios que a todos llama a ser perfectos, y el esfuerzo personal.
Los hijos de los reyes que nacen en un ambiente cortesano, adquieren las virtudes de la cortesía y la finura en el trato, fruto del medio social en el cual han crecido. Si ese hijo del rey fuese educado por campesinos, adquiere la forma tosca y ruda del ambiente y desarrollaría allí otras virtudes: la templanza, la sobriedad, la fortaleza, la paciencia, etc., pero no las virtudes cortesanas.
Cada cual es y se comporta según se lo propone, y nosotros debemos adquirir, a base de lucha, todas las virtudes humanas que nos faltan, porque Dios quiere esto de nosotros y contamos con su gracia. La lucha nos lleva a ser lo que no somos.
VIRTUDES SOBRENATURALES:
Las virtudes sobrenaturales son aquellas que están por encima de nuestras posibilidades humanas naturales, por eso son “sobre-naturales”, por encima de lo natural, se necesita la gracia de Dios para adquirirlas. Dios mismo está dispuesto a otorgarlas con generosidad a quien las pide.
DIVISIÓN DE LAS VIRTUDES SOBRENATURALES:
-Virtudes infusas: son las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y los Dones del Espíritu Santo.
-Virtudes morales: son aquellas que se requiere la gracia de Dios para adquirirlas.
Las virtudes morales se dividen a la vez en:
-Cardinales (Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza).
-Y todas las demás virtudes humanas alimentadas con la gracia santificante, se vuelven virtudes morales.
34. VIRTUDES INFUSAS
Las virtudes infusas, como su nombre lo indica son aquellas que se nos han infundido, que hemos recibido gratuitamente en el bautismo. Pero en el bautismo hemos recibido solamente su germen, su semilla, y nos toca a nosotros acudir a Dios para que nos la haga crecer.
Las virtudes infusas, recibidas en el bautismo son las Virtudes Teologales y los Dones del Espíritu Santo.
¿Cómo crecen las virtudes infusas?
Ese germen de virtudes infusas recibido en el bautismo, se hace crecer con la gracia santificante que se recibe en los sacramentos, con la oración, buenas obras, sacrificio y obediencia.
Venimos a Civitas para pedirle al Señor que nos regale estas virtudes sobrenaturales, que están por encima de nuestras propias fuerzas.
Virtudes teologales: son aquellas cuyo objeto directo es Dios. Estas virtudes están por encima de nuestra naturaleza humana, por encima de nuestras posibilidades. Se requiere que Dios nos regale estas virtudes para saber de su existencia y poderlas vivir.
Las virtudes teologales son: Fe-Esperanza y Caridad.
Fe es creer en Dios. Esperanza es tener la certeza de ir por el camino que nos lleva a Dios (y el que camina sabe que llega). Caridad es amar a Dios y al prójimo por Él.
VIRTUD DE LA FE
Fe es creer en Dios y creerle a Dios. En Dios también creen los demonios y para nada les sirve. Fe es creerle a Dios y hacer lo que Él nos dice. “Haced lo que él os diga”-fue el consejo de María a los sirvientes en las bodas de Caná-.
La fe todo lo puede crear, menos a Dios, porque fue Él el que nos creó de la nada. Por eso fe no sólo es creer sino crear.
La fe es la primera virtud teologal porque sólo creyendo en Dios podemos esperar en Él y amarlo
Pedirle al Señor que nos aumente la fe, como nos lo enseñó Pedro: ¡Señor, auméntame la fe!, “¡Señor, creo, pero quita mi incredulidad”.
La fe se incrementa con el estudio de la doctrina, con la oración, la frecuencia de los sacramentos, con la obediencia y con las buenas obras.
Al ser dóciles para obedecer, veremos el fruto de la abundante pesca, contemplaremos la borrasca de nuestra vida convertida en apacible lago, tomaremos del agua convertida en vino, observaremos cómo Dios con siete panes es capaz de alimentar la muchedumbre entera y presenciaremos milagros y prodigios.
Asumir una docilidad de niños en manos de los Directores, porque al saber por la fe que lo que ellos nos dicen viene de Dios, correremos felices a echar las redes mar adentro.
“Si tuvierais fe como un grano de mostaza moveríais montañas”-dijo el Señor-, y a nosotros el Señor nos dice, como le dijo a Natanael, que si tenemos fe: “Verás cosas mayores.”
LA FE SE PUEDE PERDER:
La fe se puede perder si no la cuidamos. La fe en nuestra vocación la podemos perder si acudiésemos a un pastor que no es el Director que Dios nos puso en Civitas, porque nos sacaría de nuestra vocación y de nuestro carisma específico.
La fe también se puede perder por las malas lecturas. La pérdida de fe y el despiste doctrinal de tanta gente de la Iglesia, se debe a la desobediencia para acatar las normas sobre las buenas lecturas y a leer libros con errores doctrinales. En Civitas consultamos todo lo que hemos de leer, y si alguien no está dispuesto a obedecer en las lecturas queda fuera de Civitas automáticamente.
La fe es la primera Virtud Teologal:
En esta tierra la primera Virtud Teologal es la fe, porque por la fe creemos, esperamos y amamos
La fe tiene capacidad de crear cosas buenas y por lo tanto verdaderas; pero la fe no tiene capacidad de destruir la verdad: que nadie diga que porque no cree en el infierno entonces éste dejará de existir para él, o porque no cree en Dios entonces dejará Dios de existir, o porque alguien cree que algo malo no es pecado entonces no recibirá el castigo de su maldad.
VIRTUD DE LA ESPERANZA:
La esperanza es la segunda Virtud Teologal, que tiene por objeto directo obtener a Dios. Por la esperanza estamos seguros que hemos de alcanzar de Dios aquello que creemos.
Esperanza es estar seguros de tener parte en la gloria de Nuestro Señor Jesucristo. (frase nueva).
Quien por la fe sabe que el bus ha de pasar, entonces por la esperanza permanece firme pendiente de la llegada. Esperanza es perseverar en el camino que nos lleva al Cielo.
Esperar en Dios es confiar absolutamente que si ponemos los medios para obtener nuestra salvación -el mejor medio es ser fieles a nuestra vocación-, entonces alcanzaremos a Dios y lo poseeremos plenamente.
Por la esperanza comenzamos a gozar desde ya del Reino de los Cielos, que en esta vida habita en nuestro corazón y en el Cielo seremos nosotros los que habitaremos en el corazón de Dios.
Por la esperanza comenzamos a gozar del viaje desde el momento mismo de disponernos a empacar las maletas y gozamos del viaje al montarnos al avión aunque la nave esté aún en tierra.
Esperanza es el gozo anticipado, aunque imperfecto, de lo que ha de venir. Todavía estamos en la tierra, pero ya hemos comenzado a gozar de las delicias del Reino de los Cielos: ¡esa es la esperanza!
Por la esperanza de llegar al final de la meta prometida, no ponemos atención a las dificultades naturales del camino. ¿¡Qué importa sufrir aquí veinte años, cincuenta, cien, si luego es el cielo para siempre, para siempre!?.
-Dice CAMINO-.
No es cierto que la esperanza es lo último que se pierde; la esperanza es lo primero que se pierde después de perder la fe.
“Maldito el hombre que pone la esperanza en otro hombre” -dice la Escritura-, y bendito el hombre que pone su esperanza en Dios, podemos decir nosotros, porque Dios no cambia de parecer y el hombre sí.
VIRTUD DE LA CARIDAD:
La caridad es la virtud teologal que tiene por objeto directo el amor a Dios. Porque amamos a Dios estamos en capacidad de dar amor a los demás, que son sus hijos.
Caridad es amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra inteligencia, con toda el alma y con todo nuestro ser. Pero no de boca, sino con palabras y con obras: “obras son amores y no buenas razones” -dice la sabiduría popular-. “No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino de los Cielos, sino el que hace la Voluntad de Dios.” -Dice el Señor-. Luego amar a Dios es obedecerle.
Caridad es entrega total en obediencia, a la vocación de servicio a Dios que hemos recibido.
“Al final de la tarde seremos juzgados en el amor” -dice San Juan de la Cruz-, es decir que seremos juzgados por el grado de entrega a Dios en el cumplimiento de su Santa Voluntad. Sabemos que la Voluntad de Dios la conocemos por medio de los Directores, luego al final seremos juzgados por el grado de obediencia.
¡Sólo ama el que obedece! Y el que hace su propio parecer se ama a sí mismo.
La caridad, el amor a Dios, no es un sentimiento del corazón sino, un sometimiento de la propia voluntad a su Santa Voluntad por medio de la obediencia. La caridad comienza en la mente, baja al corazón y se desborda sobre la vida. Desbordar es salir del límite y medida. El amor no tiene límite ni medida.
La fe termina con la muerte, lo mismo que la esperanza; la única virtud que permanece es el amor a Dios. Por eso dice una de nuestras Instrucciones, las que hablan del Cielo: “Termínase la fe, agotase la esperanza, no hacen falta: ¡hemos llegado, se abre campo el amor!”.
Pedirle al Señor todos los días que nos aumente la fe, la esperanza y el amor.
Una persona que pierde la vocación, pierde la fe, y con ella pierde la esperanza y el amor a Dios. ¡Fieles a nuestra vocación para poder conservar incólumes las virtudes teologales!
San Pablo, al final de sus días en la tierra, resumía el secreto de su éxito: “¡He combatido una buena batalla, he conservado la fe”, al conservar la fe había conservado la esperanza y la caridad.
35. VIRTUDES MORALES
Virtudes morales son aquellas que nos llevan a hacer el bien y evitar el mal; para hacer el bien necesariamente se requiere la gracia de Dios, porque sin la gracia de Dios solamente se hace el mal.
No es posible hacer el bien delante de Dios si no se tiene la gracia de Dios. Una persona que no tiene a Dios puede hacer cosas buenas, pero las puede hacer no por darle gloria a Dios, sino por satisfacer su propia vanidad, entonces estos actos moralmente delante de Dios serían perversos, y por lo tanto no tendrían ningún valor.
Una persona que está en pecado puede llegar incluso a dar la vida por salvar a otros, pero si su móvil interior no fue el amor sino el deseo de gloria y de aparecer como un héroe ante los demás, su sacrificio no tendría ningún mérito moral, porque no le ha dado gloria a Dios, su sacrificio fue estéril. “Todo lo perdono menos la lucha estéril” -dijo alguien-.
Virtudes morales son aquellos hábitos operativos buenos que se hacen para obtener un fin bueno en sí mismo, entonces indirectamente le dan gloria a Dios.
Las virtudes teologales tienen por objeto directo a Dios; las virtudes morales no tienen a Dios por objeto directo sino indirecto: se busca algo bueno directamente (salvar unas vidas humanas), e indirectamente darle gloria a Dios con este acto, o la virtud moral del orden: directamente se busca mantener las cosas en su sitio, y con este acto se le da indirectamente gloria a Dios.
Las Virtudes Morales son las mismas virtudes humanas, pero elevadas al plano sobrenatural, para con rectitud de intención tratar de darle gloria a Dios.
Una virtud es moral si lleva a Dios; es virtud humana si se queda en el hombre mismo. Un médico puede salvar muchas vidas por amor a la medicina, por amor a la ciencia y por amor a su fama; pero si no tiene al hombre ni el amor a la vida como fin primario de su acción, tampoco tendrá a Dios como el último fin de su obrar. Su actuación no sube al Cielo, no es moral y su sacrificio para Dios resulta estéril, porque se buscó a sí mismo. Por medio de la soberbia.
VIRTUDES CARDINALES
Las virtudes cardinales son las virtudes básicas, las esenciales, las que en ellas se apoyan y de ellas dependen todas las demás virtudes morales. Cardinal significa base, piso, cimiento, sobre el cual se apoyan todas las demás cosas, en este caso todas las demás virtudes morales.
Las Virtudes Cardinales son: Prudencia-Justicia-Fortaleza y Templanza.
Todas las virtudes morales son derivación de éstas, son como granos de maíz de la mazorca principal, por ejemplo las virtudes morales de la religión y la gratitud hacen parte de la Virtud Cardinal de la Justicia, que nos lleva a pagar a cada uno lo que debemos. El carácter hace parte de la Virtud Cardinal de la Fortaleza; la sobriedad y la pobreza hacen parte de Virtud Cardinal de la Templanza. La obediencia hace parte de la Virtud Cardinal de la Prudencia; la Prudencia nos lleva a pedir consejo a una persona prudente (en nuestro caso al Director) y a seguirlo.
PRUDENCIA
Es la primera de las Virtudes Cardinales. Se le llama “auriga virtutum” la que arrastra todas las demás virtudes, la que dirige la Justicia, la Fortaleza y la Templanza, y éstas a la vez dirigen las demás.
Prudencia es la locomotora que arrastra todas las demás virtudes.
Prudencia es la virtud que indica la estrategia a seguir y la forma de utilizar las demás virtudes. La prudencia es como el cuadro de control que indica que tecla hay que tocar, que virtud hay que poner en acción, según el fin bueno que se desee obtener.
La Prudencia es el arte de la guerra, de la lucha en esta vida. La Prudencia es el arte de gobernar las demás virtudes, es la virtud más necesaria del gobernante, del que hace cabeza en algo. La Prudencia, por ejemplo, nos indica si es el momento de atacar y en ese caso pone a funcionar la virtud de la valentía, o si es el momento de resistir y en ese caso pone a funcionar las virtudes de la paciencia y de la resistencia.
El imprudente ataca cuando debería esperar y resiste cuando debería atacar. El imprudente todo lo hace mal. La Prudencia indica cuando hay que hablar y cuando hay que callar, cuando debemos ponernos en primer lugar y cuando en el último.
La Prudencia es la virtud de saber utilizar la cabeza adecuadamente para todo lo que hacemos. El imprudente, el que utiliza la cabeza mal, actúa sin pensar o piensa mal, “a la topa tolondra”, por ejemplo, se pone en el último lugar cuando debería ponerse en el primero; habla cuando debería hacer silencio, se esconde cuando debería atacar y por eso cuando ataca lo hace, imprudentemente, inoportunamente: antes o después de tiempo, cuando debería utilizar la virtud de la paciencia.
El imprudente es el que la Escritura llama “necio”, porque no usa la cabeza, y al prudente llama “sabio”. Es que la sabiduría nos lleva a saber cómo hay que actuar adecuadamente, en cada acto de nuestra vida, esto lo conseguimos con la oración y la obediencia. El que no hace oración y no obedece es un irreflexivo, un imprudente.
Se trata de dirigir con sabiduría, con prudencia, todos los actos de nuestra vida. Decía el rey David, el gobernante más prudente que tuvo la antigüedad, y que llevó a la mayor gloria de Dios al pueblo de Israel: “Sobre los ancianos fui más prudente porque conocí tus mandatos” (Sal 119)
La prudencia es la virtud del gobernante. Nosotros debemos gobernar nuestra vida con la cabeza y no dejarnos arrebatar por impulsos pasionales, por miedos, por malas tendencias (nacimos con la tendencia al mal), por gustos y caprichos.
Parte esencial de la prudencia: es la virtud de consultar antes de actuar, y la virtud de la oportunidad (actuar en el momento que se debe actuar).
En Civitas tenemos una fórmula sencilla para ser prudentes: Consultar en la Asesoría fraterna antes de actuar, y luego obedecer de inmediato después de tener la luz, y así aprovecharemos siempre las grandes oportunidades que nos regala Dios.
La Prudencia nos lleva a vivir una máxima latina, fruto de la sabiduría del pueblo romano: “¡En la duda, abstente!.” Nunca debemos actuar con duda, consultemos siempre.
La gran mayoría de los problemas personales que nos afligen, se pueden resolver utilizando con cabeza fría, el cuadro de control de mando de la Virtud Cardinal de la Prudencia, que pone en acción las virtudes adecuadas para resolver la situación que nos acosa, y lo que falte lo pondrá Dios, porque también contamos con su gran apoyo. Con la Prudencia aplicamos el dicho popular que pone en boca de Dios estas palabras: “Ayúdate que Yo te ayudaré”.
La gran mayoría de los problemas que padecemos se debe a la imprudencia, a no haber sabido utilizar la virtud que era necesaria poner en acción. Es decir, los problemas que padecemos se deben por hacer las cosas mal.
La Prudencia es la virtud que sirve para tomar decisiones adecuadas en el momento oportuno y nos indica la forma correcta cómo debemos operar las teclas de las otras virtudes. El imprudente no decide y su vida se queda en un inseguro y permanente interrogante, mientras su casa se llena de grietas y goteras.
La Prudencia es pues la virtud de: decidir, de la oportunidad, de la forma y del cómo; aparte del saber pedir asesoría para actuar en la vida.
Los laicos, que estamos llamados a santificarnos en la guerra del mundo, debemos vivir la Virtud de la Prudencia, poniendo por obra este consejo de Jesús: “Sed prudentes como las palomas y sagaces como las serpientes”.
VIRTUD DE LA JUSTICIA
Justicia es pagar a cada uno lo suyo. Todo el que recibe debe. Quien continúa recibiendo continua en duda. Se paga lo que se debe y se debe lo que aún no se ha pagado. .Quien ha pagado se ha ajustado a la justicia y ya no es deudor.
¡Siempre estaremos en deuda permanente! En el Cielo la forma de pagar el gran gozo, es con acciones de gracias y alabanzas. En el purgatorio las almas van a acabar de pagar lo que no pagaron en la tierra para poder subir al Cielo. En el infierno las almas pagarán eternamente con dolor y con desprecio una deuda por siempre insatisfecha.
El que debe no tiene paz porque su corazón lo acusa de ladrón. “He aquí que yo he venido a cumplir toda justicia” -dijo el Señor-. El injusto no tiene paz. La paz se asienta en la justicia -dice la Escritura-.
Nacimos endeudados con Dios y con los hombres, luego nacimos con problemas con la justicia, la justicia de Dios y la justicia de los hombres: “Dad a Dios lo que es de Dios y al césar lo que es del césar” -dijo Jesús-.
Nacimos endeudados con Dios porque de Él hemos recibido el don de la existencia y luego nos enriqueció con otros dones.
A Civitas venimos a pagar, a tratar de pagar, lo que le debemos al Señor: los pecados de nuestros padres, los pecados personales, y todo bien que hemos dejado de hacer.
La Virtud Cardinal de la Justicia es uno de los fundamentos de nuestra espiritualidad: venimos a pagar; “amor con amor se paga”-dice el dicho popular-. Venimos a pagar el amor que nos ha dado Dios. Pero por más que amemos nunca alcanzaremos a pagar el amor que de Dios hemos recibido. “¡Somos siervos inútiles que tratamos de hacer lo que debemos hacer!”-como dice el Señor-. Por entregarnos a servir a Dios en su Civitas, no estamos haciendo nada raro, nada fuera de lo común que los demás también deben hacer.
Hombre justo, llama la Escritura, al que se dedica a pagar a Dios la deuda, y la vida lo sorprende en actitud de pago.
La ciencia que estudia la forma de pagar la deuda a Dios, se llama la Virtud de la Religión, por eso la Religión hace parte de la Virtud de la Justicia.
El estudio de la Doctrina nos hace ver la deuda acumulada. Cuando nos entregamos a pagar la deuda a Dios, con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma, no hacemos más que tratar de cumplir con el fin para el cual fuimos creados: Conocer-Amar y Servir a Dios.
El justo cumple con sus obligaciones de su propio estado. Nuestra vocación laical y secular, nos lleva a cumplir primero con nuestras obligaciones de nuestro propio estado. Y a no descuidar las obligaciones por dedicarnos a las devociones: “primero está el deber que la devoción”-dice el dicho popular-.
“No dar por caridad lo que se debe por justicia” Esto significa que primero pagamos lo que debemos, y luego, después de pagar, ahora sí nos podemos dedicar a dar. Pero no podemos dar a unos a base de quitarle a otros, porque esto es injusticia. Primero están las cosas de Dios que las cosas de la familia, este es el deber de justicia. A Dios lo amamos por justicia, porque estamos en deuda de gratitud con Él.
Cuando nosotros somos generosos con Dios, no hacemos una obra de caridad sino de Justicia, porque apenas alcanzamos a devolver parte de lo que hemos recibido. San Pablo dice:¿Qué tenéis que no hubierais recibido.
VIRTUD DE LA FORTALEZA
Fortaleza es la Virtud Cardinal que nos lleva a atacar o resistir hasta la muerte, si es del caso, por la causa de Dios. La máxima expresión de la Virtud de la Fortaleza es el martirio.
Los mártires, testigos de Cristo, vivieron la Fortaleza en grado heroico, hasta la muerte, sin quejarse; felices de morir por ser testigos de Dios. San Ignacio de Antioquia, cuando había sido preso, sus discípulos se ofrecieron a interceder por él ante el césar y el santo respondió: “¡no me vayan a privar del honor de morir mártir por Cristo!.”
La Fortaleza es Virtud y es a la vez un Don del Espíritu Santo, que nos lleva a resistir con constancia los obstáculos por la causa de Dios. Por la Fortaleza viviremos las virtudes de la fidelidad, paciencia, constancia, permanencia y lealtad con nuestra vocación. “Soporta con paciencia todas las pruebas como fiel soldado de Cristo”-le decía Pablo a uno de sus discípulos-.
Si la Prudencia es la virtud del gobernante, la Fortaleza es la virtud del guerrero. Nosotros somos guerreros gobernantes que tratamos de gobernar nuestras pasiones y luchar contra ellas.
El Señor nos lo advirtió: “Con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas”. Es decir, con nuestra Fortaleza seremos fieles a nuestra vocación y llegaremos a la meta esperada: ¡la vida eterna!. “La paciencia todo lo alcanza”-dice Santa Teresa-.
Nuestra Fortaleza es prestada: “Vuestra fortaleza es prestada”-dice Pablo-. Contamos siempre con el poder de que está dispuesto a darnos su Fortaleza. Pidámosle al Señor que nos haga fuertes en la fe, como decía Pablo: Fortes in fidei.
VIRTUD CARDINAL DE LA TEMPLANZA:
La templanza es la virtud del dominio, la virtud de tener a rienda nuestros instintos y pasiones. Somos potros salvajes que necesitamos tener riendas templadas.
La Virtud Cardinal de la Templanza nos lleva a usar con moderación los bienes de la tierra. Templanza es moderación, dominio, calculo, medida, control.
Por el pecado original nacemos con tres concupiscencias, con tres deseos inmoderados de bienes y de goces: concupiscencia de los ojos, concupiscencia de la carne y soberbia de la vida, según las enumera San Juan.
La Virtud Cardinal de la Templanza es la que lleva a moderar, a poner en orden, los deseos inmoderados con los cuales nacemos. Los ojos quieren poseer todo lo que ven en cosas y comidas. Pero la concupiscencia de los ojos se refiere a inmoderación en todos los sentidos externos: la vista, el tacto, el gusto, el olfato y el oído, se refiere también a los sentidos internos: imaginación, inteligencia y voluntad.
“La imaginación es la loca de la casa”-dice Santa Teresa-, es necesario la Virtud de la templanza para controlar la imaginación y llevarla a pensar en cosas buenas.
La concupiscencia de la inteligencia nos lleva al vicio de la curiosidad: a tratar de saber y averiguar lo que no debemos saber, lo que no nos importa; no olvidemos: “gallo peletas; donde no te llamen no te metas”.
La Virtud de la Templanza nos lleva a vivir la moderación en las cosas, que es la virtud de la pobreza, la moderación en las comidas, que es la mortificación y sobriedad, la moderación en el actuar, que es la diligencia contra la pereza. La moderación en el tiempo, que es la puntualidad, la adecuación de las cosas en su sitio, que es el orden.
Con la mortificación de los sentidos, con las virtudes de la modestia, pureza y castidad, llevamos con moderación nuestro cuerpo y matamos la concupiscencia de la carne.
Con la obediencia y humildad llevamos con moderación nuestros instintos de rebeldía y de grandeza, la soberbia de la vida, y sabemos doblegar nuestra inteligencia y voluntad para someternos a la Santa Voluntad de Dios por medio de personas de carne y hueso -los Directores- que nos llevan a Dios.
Por la Virtud Cardinal de la Templanza dominamos el ímpetu de nuestras pasiones: “El impetuoso es como un río fuera de cauce”-dice la Escritura-, y mantenemos en control todo nuestro ser.
Por la Virtud Cardinal de la Templanza dominados nuestras emociones, histerias y bloqueos; el temor lo cambiamos por la valentía, la timidez y pena la reservamos sólo para pecar y no para decir la verdad. La Templanza, al controlarnos, nos lleva a vivir la sagacidad de las serpientes, virtud recomendada por el mismo Cristo para poder movernos con soltura entre los lobos.
La vida es un juego de Póquer donde la gente refleja en los ojos las cartas que tapa con las manos. Por la virtud de la templanza se logra controlar las emociones. Por la Virtud de la Templanza sabremos sonreír en medio de las dificultades y sufrir con paciencia los defectos propios y los defectos de los demás.
LA VIRTUD DEL ORDEN
Dios es el ordenador supremo y el supremo orden. Todas las cosas se someten a su orden y a su ley. Las cosas caen hacia abajo porque Dios puso el centro de atracción en el fondo de la tierra, lo habría podido poner en el sol y las cosas tenderían hacia arriba.
El orden es producto de la adecuación de las cosas en su sitio, armonía en el lugar. Cuando los huesos están en el lugar que el Creador los puso, el cuerpo se mueve con agilidad; pero cuando los huesos están fuera de lugar el cuerpo duele.
Dios, el ordenador supremo, le puso límites al mar y le marcó al sol la hora de salir cada mañana y de ocultarse por la tarde; el astro sol se ajusta a este orden; pero no es el sol el que se mueve sino la tierra, igual da.
El cielo y la tierra se someten inexorablemente al orden impuesto por el Creador del universo; sólo el hombre es libre de someterse al orden de Dios. La Escritura dice:“Ante el hombre está el bien y el mal, lo que escogiere eso se le dará”.
El pobre hombre es el único ser libre, dentro de la creación, de someterse al orden impuesto por Dios; ni los ángeles del Cielo son libres para someterse al orden de Dios, porque su mente ya está determinada “ad unum”, hacia una sola cosa y nada más: Dios. Los hombres en la tierra tenemos muchos distractores para escoger y así salirnos del orden que nos marcó el Creador.
La esencia del pecado es el desorden. El pecado introdujo el desorden en la creación entera. Luzbel introdujo el desorden en el Cielo y Eva introdujo el desorden en la tierra. Jesús vino a la tierra para poner las cosas en orden: en el orden inicial que le marcó con amor el Creador. La vida duele cuando no tenemos las cosas en el orden que les puso el Creador. Este es el gran dolor de la vida: el desorden, la confusión que produce el que las cosas no estén en su lugar.
El orden inicial es que Luzbel gozara de Dios por su obediencia y Adán y Eva nos hubieran dejado de feliz herencia el paraíso. Pero fue el desorden lo que confundió todo.
La falta de orden produce confusión. La gran confusión de Luzbel es no estar en el lugar que le asignó el Creador, y estar por su desorden fuera: esto es la esencia del infierno, el dolor del desajuste, añoranza eterna del lugar perdido.
El desorden produjo caos en los mismos Cielos y fabricó el infierno. La falta de orden produce caos: el caos del infierno.
Un edificio que se levanta armonioso hasta el cielo es una ordenación adecuada de elementos dispares. Cuando el edificio se derrumba, se desordena, se salen de su sitio, los elementos que lo componen y el resultado es escombros, basuras, ruinas, caos. La puerta principal que antes lucía en la entrada del edificio, ahora se ve abajo, en los lugares inferiores y sobre ella una carga de escombros: para la puerta es el infierno el no estar en su orden inicial que le asignó el arquitecto constructor del edificio.
Dios crea y construye las cosa en orden, en su orden mental según su sabiduría divina. Cuando el hombre construye adecuándose al orden de Dios, la casa interior del corazón queda firme: “Si Dios no construye la casa en vano trabajan los operarios”-dice la Escritura-.
Cuando las cosas no están en su lugar por falta de orden, para nada sirven, se tornan escombros y basura. El orden hace útil lo inútil. El orden pone armonía en el caos, luz en las tinieblas, felicidad en la tristeza.
El orden produce un edificio que se eleva al cielo y el desorden produce caos que abaja hasta el infierno.
Orden es poner las cosas en su sitio, en el sitio que le impuso el Creador; luego el orden es obediencia al Creador, someterse a las Leyes del Ordenador Supremo.
Orden en las ideas:
La mente ha sido hecha por Dios para que en ella se ajuste la verdad: la verdad cuadra en la mente. La mente, la inteligencia, es como el lugar y la verdad es el elemento que se ajusta con plenitud a la inteligencia, a la potencia que el alma necesita para mover la voluntad a actuar adecuadamente. La perla ha sido hecha para ajustarse con plenitud a la ostra; la perla es la verdad.
Cuando hay error, desorden de ideas, la mente se vuelve loca, porque el error es poner elementos falsos en la mente.
Cuando hay ignorancia la vida duele porque la ignorancia es carencia de elementos que la mente necesita para pensar adecuadamente, y poder actuar bien. La ignorancia es vacío, carencia que lleva al desorden de los otros elementos. La ignorancia es carencia de repuestos y el error consiste en poner repuestos falsos, de una u otra forma el motor de la vida no funciona.
¿Cómo se llega al orden de la mente? Por medio de la instrucción en la verdad. Solamente es necesario saber muy pocas cosas, pero con orden y con verdad. “Al final el que se salva sabe y el que no, no sabe nada!”-dice Teresa de Jesús-. Debemos conocer la Doctrina que es el conjunto de verdades reveladas por Dios para obtener la salvación eterna, este conocimiento nos comienza a imprimir orden de ideas.
Tiene orden mental el que en su cabeza sabe para dónde va, el que tiene claros ideales en su mente, claros principios y valores. La barbarie es el estado del hombre sin ideal, sin principios ni valores; por eso va de un lado para otro sin saber a dónde va. El que no tiene orden de ideas es un bárbaro. El hombre, hipnotizado por la técnica, está sumergido en la peor barbarie. Esa es nuestra labor, decirle al hombre que no es una bestia que juega con aparatos electrónicos.
Orden en el ser:
Cada cual es según actúa. El adagio latino dice así: “Agitur séquitur esse”
-el actuar sigue al ser-, primero se es y luego se actúa. Por la actuación se conoce el ser. Jesús dijo: “Por las obras los conoceréis” y también dijo: “Un árbol bueno produce frutos buenos y un árbol malo no produce frutos buenos”. Hay que poner orden al ser para poner orden en el actuar. El orden en el ser se logra por medio de las virtudes. La persona virtuosa tiene armonía en el ser, es apacible y serena, tiene orden interior. Jesús se puso de ejemplo de la persona que vive la armonía en el ser: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y tendréis paz en vuestras almas”
-dice el Evangelio-.
Los vicios y defectos son desorden del ser que no producen paz al alma. La virtud lleva a tener orden en el ser, a tener calidad de ser, calidad de vida. Jesús dijo: “Yo he venido para que tengáis vida y vida en abundancia”, y nos dio con su Palabra y con su ejemplo la clave para tener vida en abundancia. A eso venimos a Civitas, a poner las cosas de nuestra vida en orden para darle gloria a Dios y tener paz.
Dios no construye sobre el desorden. Por eso cundo nos acercamos a Dios lo primero que ocurre en nuestras vidas es un gran cambio, un terremoto, un desajuste; no debemos asustarnos: es Dios que tumba el rancho de paja para construir con orden un edificio verdadero que se eleve al Cielo.
“Ten tus cosas siempre en orden para que el relámpago de la muerte te sorprenda en paz con Dios” (cfr Mt 24,27), dice Enseñanzas evangélicas, escritas por Leomar.
35. TRABAJAR LAS INSTRUCCIONES
Las Instrucciones para escuchar la Voz de Dios son en su mayor parte conclusiones sacadas de las Sagradas Escrituras por parte de Leomar, nuestro Director.
La Voz de Dios que nuestro Director escuchó en su corazón fue: “Quiero expresar mis ideas de siempre con palabras de hoy”. Entendió que debería dedicar su vida a traducir, por decirlo así, la Escritura al lenguaje de hoy.
Pero las Instrucciones no son una traducción exhaustiva de las Escrituras, no son una traducción de capítulos por capítulos, sino una traducción de las enseñanzas, de las conclusiones que pueden interesar más al hombre de hoy y que Dios concretamente quiere de nosotros.
En las Escrituras hay cantidad de relatos que en este momento pueden pasar inadvertidos a mucha gente, como por ejemplo cuando el Génesis narra, como una cosa aparentemente intrascendente que: “Jacob, sintió sed, hizo un hueco en el desierto y encontró agua”. Lo que Dios le hizo ver a Leomar y las Instrucciones traducen para hoy, para nosotros es: “Aunque el justo cave en el árido desierto encontrará un manantial” esto nos lleva a nosotros a quedarnos con la confianza en Dios, que es lo que en realidad importa de lo que le sucedió a Jacob.
Las Instrucciones para escuchar la Voz de Dios son como: “Azúcar refinada extraída de la caña dulce de las Sagradas Escrituras”. Las Instrucciones están escritas de dos formas, primero las enseñanzas de las Escritura escritas en forma continua, segundo, Leomar organizó por temas concretos esas enseñanzas. Él clasificó más de veinte temas que son las actuales Instrucciones.
Las enseñanzas del Santo Evangelio también están ya escritas bajo el nombre: “Enseñanzas evangélicas” y “Hechos del Espíritu Santo”.
¿Para qué pueden servir las Instrucciones? Para nosotros quedarnos con el sumo, con la esencia del mensaje que Dios quiere de nosotros y así no teorizar ni divagar al leer las Escrituras. También nos sirven las Instrucciones para aprender en realidad a escuchar la Voz de Dios.
El aprender a escuchar la Voz de Dios nos lleva a ser almas de acción contemplativas, porque ponemos por obra lo que Dios quiere de nosotros. Las Instrucciones son un manual para aprender a escuchar la Voz de Dios y una guía para conocer el actuar de Dios y el actuar nuestro.
Las Instrucciones son lecciones del Espíritu Santo que nos enseñan a escuchar su dulce Voz.
¿Cómo se trabajan las Instrucciones? Se lee un tema. Frase que nos impacte -es Dios que habla con impactos al corazón-, se copia textualmente esa frase que nos ha impactado. Luego le pedimos luces al Espíritu Santo sobre esa frase; las cosas buenas que se nos vienen a la mente en ese momento, es Dios que habla moviendo la mente y corazón al bien, también las escribimos poniendo en boca de Dios las cosas buenas que Dios quiere de nosotros.
¿Cómo sabemos que lo escrito es de Dios o de nosotros? Por medio de la asesoría fraterna, allí leemos las cosas que pensamos que vienen de Dios y nos dirán si en realidad eso es de Dios. Así vamos aprendiendo a distinguir la Voz de Dios.
¿Qué hay que hacer cuando nos han dicho que hemos escuchado a Dios? ¡Obedecer! Poner de inmediato en acción la Voz de Dios.
¿Qué pasa si no se obedece a Dios? No vuelve a hablar; la Voz de Dios que escuchamos en el corazón se calla y no volveremos a escucharla hasta no haber puesto por obra lo que hemos escuchado. Por eso un alma de oración es un alma de obediencia a la Santa Voluntad de Dios.
Alma de oración es alma de obediencia: Escuchamos un mandato o un deseo de Dios y lo tratamos de vivir o poner en práctica inmediatamente. “Dios no habla por hablar; Dios habla para decir cosas concretas” –dicen precisamente las Instrucciones acerca de la Oración-.
No escuchamos la Voz de Dios como quien escucha una música que arroba, y nada más; ciertamente trabajar las Instrucciones para escuchar la Voz de Dios es un trabajo que deleita y arroba, pero se trata de poner en práctica lo que en el corazón hemos escuchado.
Cuando meditamos las Instrucciones que el Señor le inspiró en el corazón a Leomar, nuestro Director, nos damos cuenta que son luces que en realidad vienen de Dios. Son tan profundas que nos revuelve el alma. Es que son luces de la Luz de Dios sacadas de la Palabra de Dios.
Trabajo concreto: Debemos trabajar las Instrucciones cada día, son el fundamento de nuestra espiritualidad y uno de los compromisos concretos de nuestra vocación. Cuando las hubiésemos terminado, las volveremos a comenzar porque el Señor nos dará luces nuevas sobre ellas.
38. AMOR A LA IGLESIA Y AL PAPA
¿Qué es la Iglesia?:
La Iglesia es el conjunto de los bautizados. La Iglesia es el conjunto de los bañados con la Sangre de Cristo por medio de sus sacramentos. Por el Sacramento del Bautismo entramos a la Iglesia y al Cuerpo Místico de Cristo. Por el Sacramento de la Reconciliación volvemos a la casa paterna que habíamos abandonado por ir tras el pecado. Por el Sacramento de la Eucaristía nos alimentamos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
¿Cómo se divide la Iglesia?:
La Iglesia se divide en: Iglesia Docente, la que enseña, y la Iglesia Dicente, los que somos enseñados, los demás fieles corrientes, los hombres de la calle.
La Iglesia Docente está compuesta por la jerarquía eclesiástica: El Papa, que es la cabeza suprema, los obispos, sacerdotes y diáconos.
El ámbito eclesiástico es el campo que compete a las interrelaciones de la Iglesia Docente, y a este ámbito eclesiástico pertenecen también las Instituciones religiosas, y las enseñazas y disposiciones oficiales de la Iglesia Docente para todo el conjunto de los bautizados.
El ámbito eclesial es el campo general de los demás bautizados que no pertenecen a la Iglesia jerárquica. Nosotros, como laicos corrientes, como gente de la calle no pertenecemos a la Iglesia jerárquica, ni al ámbito eclesiástico.
El amor se demuestra con hechos concretos. La forma como nosotros amamos a la Iglesia, es obedeciendo sus mandatos, los mandatos generales para todos los demás bautizados. Rezamos por la jerarquía de la Iglesia, en especial por el Papa, y rezamos por todos los que la componen: los que pertenecen a la Iglesia Docente y la Dicente.
Civitas es un movimiento renovador dentro de la Iglesia Dicente -Iglesia enseñada-, y dentro del ámbito eclesial.
Nosotros somos una asociación de personas bautizadas que nos dedicamos a aprender y practicar lo que la Iglesia enseña. No tenemos que pedir permiso a las autoridades eclesiásticas para dedicarnos a aprender el Catecismo que la Iglesia enseña ni para tratar de ajustar nuestra vida a esas enseñanzas. No tenemos que pedir permiso a nadie para dedicarnos a la vida de oración en nuestra casa y para hacer que los hombres se acerquen a Dios.
Nosotros amamos a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, la única poseedora de los siete Sacramentos, de los cuales nos alimentamos llenos de fe y amor. ¿Acaso no es amor hacer vida lo que la Iglesia enseña y transmitir lo mismo a otros?
El amor a la Iglesia nos llevará a defender la naturaleza de nuestra vocación: gente corriente de la calle, laicos que no somos religiosos, bautizados normales como los demás bautizados, que nos tomamos en serio los compromisos contraídos en el Sacramento del Bautismo.
Nos preocupa la Iglesia y rezamos por la Iglesia porque nosotros somos Iglesia. La primera intención de nuestra oración es por la Iglesia.
Nosotros defendemos a la Iglesia porque ella es nuestra madre y no permitimos que nadie la ataque ni maldiga. “Nadie puede tener a Dios como Padre sino tiene a la Iglesia como madre” -dice un padre de la Iglesia-.
Por amor a la Iglesia somos anticlericales, como enseña San Josemaría. El anticlericalismo bueno se caracteriza por no convertir a los laicos en una “longa manus”, “larga mano” de los sacerdotes. Los sacerdotes a la administración de los sacramentos y al cuidado del culto; nosotros al cuidado de nuestra casa y a la conquista del mundo. Acudimos a los sacerdotes para la administración de los sacramentos, pero no para que nos traten de dirigir ni dar consejos.
Por amor a la Iglesia, nuestra madre, cuidaremos siempre la pureza de nuestro carisma, eminentemente laical y secular. No permitiremos que los sacerdotes ni religiosos nos impongan su forma de pensar, ni nos enrolen en su ámbito eclesiástico. Obedecemos y acatamos con amor todas las disposiciones eclesiásticas que atañen a todos los demás bautizados, porque nosotros somos los demás.
39. PROVIDENCIA DE DIOS
Providencia:
Es el gobierno y cuidado que Dios tiene de toda la creación salida de sus manos amorosas. En el Cielo Dios ejerce su providencia, su cuidado, con especial amor: “No habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque la tierra vieja ya habrá pasado, y porque el mismo Dios enjugará nuestras lágrimas” (Ap 21, 4).
En el Cielo todo será nuevo: “Estas palabras son fidedignas y veraces: ¡Mira, hago nuevas todas las cosas!” (Ap 21, 5).
La Providencia de Dios en la tierra:
“Dios tiene contadas, desde toda una eternidad, hasta el número de gotas de agua que caen en cada lluvia”-dicen Las Instrucciones referentes a la Confianza en Dios-, “No se cae una hoja de un árbol sin la Voluntad de Dios” –dice el Evangelio-.
La Providencia de Dios con los hombres:
Es tan grande el cuidado que Dios tiene de los hombres, que el salmista dice a Dios:
“Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado - entonces se pregunta-: ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él; el ser humano para que Tú lo cuides?
Lo has hecho poco menor que los ángeles, le has coronado de gloria y honor.
Le diste el gobierno sobre las obras de tus manos, todo lo has puesto debajo de sus pies” (Sal 8,4-7).
Jesús nos llevó a tener confianza en la providencia, en el cuidado permanente de Dios para los hombres: “Bien sabe vuestro Padre Celestial de todas las cosas que estáis necesitados” (Mt 6, 32).
Cuando Jesús nos enseñó a decirle a nuestro Padre Dios: “Dadnos hoy el pan de cada día”, quiso ponernos de presente que debemos tener confianza en el cuidado y providencia de nuestro Padre Dios, porque es Él el que está pendiente de darnos cada día todas las cosas de que estamos necesitados.
Al Padre Dios, como igual a un buen padre de la tierra, le gusta que los hijos acudamos a Él para pedirle las cosas que necesitamos. Un papá se siente más papá cuando sus hijos acuden necesitados a él para pedirle.
Dios para ejercer su providencia con los hombres se vale de los ángeles y de los hombres. “Me valgo de los hombres para dirigir a los hombres” -dice una de las Instrucciones-. Dios en Civitas nos ha puesto a los Directores que están pendientes de nosotros para que siempre estemos bien, y contamos además con la fuerza de la oración de todos nuestros hermanos.
Dios también para este cuidado y providencia, ha puesto a los ángeles para que vayan delante de nosotros y nos guíen por el buen camino. Debemos tener mucha devoción a nuestro “ángel de la guarda”.
El Ángel de Civitas nos dijo, que es tan grande el amor que nuestro Padre Dios nos tiene a cada uno de nosotros, sus hijos escogidos, que de nuestro cuidado y protección se ocupa Él directamente, y que para esto ni siquiera confía en los ángeles. Como el papá de la tierra que el cuidado del bebé recién nacido, no lo confía ni siquiera a sus hijos mayores y lo hace él directamente.
Confiar en el cuidado y protección de Dios. No tener miedo, porque “Sí Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? -dice Pablo-.
Confiar en la amorosa providencia de Dios, nos llevará a decir y a creer lo que decimos en la Oración del Padrenuestro:
Que nuestro Padre Dios nos dará lo que necesitamos cada día,
Nos perdonará nuestros pecados,
No nos dejará caer en las tentaciones del maligno,
Y nos librará siempre de todo mal.
La confianza en la providencia de Dios nos llevará a estar felices ante las cosas aparentemente adversas que nos sucedan, porque sabemos que: “Todo es para bien de los que aman al Señor” - dice Pablo-, y que “El Señor sabe sacar cosas buenas de las cosas malas”.
“Vivir de la providencia de Dios” no es un término reservado para aquellos que están en la miseria. El rey David, el hombre que mayor fortuna dejó sobre la tierra, sabía que su riqueza se la debía a la providencia de Dios, y con humildad y fe le pedía a su Señor:
“Que marche con holgura porque he buscado tus preceptos” (Sal 119, 45).
“De todo corazón te imploro que me seas propicio según tu oráculo” (Sal 119, 58).
“Susténtame para que sea salvo, y me deleitaré siempre en tus mandatos” (Sal 119, 117).
“Vuélvete a mí séme propicio, como haces con los que aman tu nombre” (Sal 119, 132).
Nosotros que somos almas de oración contemplativa, nosotros que lo hemos dejado todo por seguir el llamamiento del Señor, sí que tenemos derecho a confiar en la providencia amorosa de nuestro Padre Dios a cada instante. Nuestro Director suele decir: “Nosotros vivimos de la superabundante providencia de Dios y no nos falta nada”.
Vivir de la providencia de Dios no es estar esperando que nos llegue, sino estar agradecidos con lo que ya nos ha llegado y estar siempre seguros que nada nos faltará.
Para profundizar en este tema de la providencia de Dios nos puede ser muy útil trabajar las Instrucciones sobre “Confianza en Dios” escritas por Leomar.
La confianza en la providencia de Dios es uno de los pilares fundamentales de nuestra espiritualidad.
Le decimos al Señor la Oración que nos enseñó el ángel de Civitas:
“Borra, Señor, mi pasado,
cuida mi hoy,
prepara mi mañana”.
A nuestro director le gusta decir: “Yavé-yiré” (Yahvé ve), Dios proveerá, que fue lo que Abraham le respondió a su hijo cuando Isaac cuando le preguntó que dónde estaba la res para el holocausto -Gn 21,7-, y Abraham le respondió: “Dios proveerá” -Gn 21,8-, “Yahvé-yiré”.
Conservemos siempre la confianza en la amorosa providencia de Dios, porque como dicen las Instrucciones sobre confianza en Dios: “El que te ha mantenido hasta hoy te mantendrá hasta el fin”.
40. MORTIFICACIÓN Y PENITENCIA
DIFERENCIA ENTRE MORTIFICACIÓN Y PENITENCIA:
Mortificación viene del latín: “mors- mortis”, que significa morir. Morir a nuestros gustos y caprichos; morir a nuestro criterio propio, a nuestros planes y deseos, morir a la voluntad propia, en síntesis: morir a nosotros mismos para que Cristo viva en nosotros, hasta poder decir como Pablo: “Ya no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mi”.
La mortificación lleva al dominio propio, hace parte de la Virtud Cardinal de la Templanza. La penitencia lleva a pagar una pena, una deuda, un castigo, hace parte de la Virtud Cardinal de la Justicia. La penitencia lleva a tratar de aplacar el castigo merecido por nuestros pecados.
Penitencia viene del latín: “paenitentia”, que significa pagar una pena por una culpa. Nosotros nacimos con la culpa de nuestros primeros padres y luego a lo largo de nuestra vida hemos ido amontonando culpas por nuestros pecados de: pensamiento-palabra-obra y omisión.
En el sacramento de la confesión se nos perdona el pecado pero no la culpa; la culpa se paga con penitencia, u obteniendo el perdón total de la culpa. La penitencia que no se alcanzó a pagar aquí se pagará en el purgatorio.
Cuando la mortificación se ofrece por reparar nuestros pecados y los del mundo entero, se vuelve penitencia. La diferencia entre mortificación y penitencia no es la proporción del dolor, sino la intención que se ponga.
MORTIFICACIÓN:
La mortificación tiene un sentido positivo, San Juan de la Cruz dice:
“Baja si quieres subir
Sufre si quieres gozar,
Pierde si quieres ganar,
Muere si quieres vivir y dar vida a otros”.
Nuestra naturaleza caída por el pecado original busca siempre ser exaltada; nuestra mortificación nos lleva a buscar ocasiones de bajar, de pasar inadvertidos por nuestros méritos y virtudes: “ocultarnos como un diamante en el fondo de la tierra para brillar sólo ante Dios” -como dicen las Instrucciones sobre humildad y otras virtudes-.
Nuestra naturaleza caída por el pecado original busca gozar; nuestra mortificación nos lleva a buscar voluntariamente el dolor: sufrir voluntariamente en pequeños detalles que no matan el cuerpo ni tampoco el alma.
Para gozar nacimos, pero no aquí sino allá. La mortificación nos lleva a unirnos a la Cruz de Cristo, que murió por nuestros pecados. La única oportunidad que tenemos de sufrir es en esta corta vida, porque luego es la felicidad eterna, para siempre, para siempre, y nunca tendrá fin.
Nuestra naturaleza caída por el pecado original quiere ganar. La única oportunidad que tenemos de perder todo por Cristo es en esta vida, porque luego será todo ganancia.
Nuestra naturaleza caída por el pecado original quiere vivir plácidamente en esta vida; esta vida no es la “Vida”. Hay que morir a la vida para ganar la “Vida”. Morir aquí para vivir allá.
¿Cómo debe ser la mortificación?
La mortificación debe ser:
Continua:“Continua como el latir del corazón. Tanto tienes de santidad como tienes de mortificación” -dice Francisca Javiera del Valle-.
Discreta: que pase inadvertida ante los demás.
Alegre:“A veces la mejor mortificación es sonreír” –dice CAMINO-.
Obediente: nuestras mortificaciones continuas las consultamos en la Asesoría fraterna.
Útil: mortificarnos para servir a los demás y para que otros pasen bien. “Hacernos alfombra para que los demás pisen blando” –dice un santo-.
Que no atenten contra la salud, porque procuramos estar sanos para rendir mejor a Dios y tener larga vida para dejar muchas semillas de almas entregadas al Señor.
Las mejores mortificaciones son aquellas que no teníamos previstas, que nos cogen de sorpresa, que nos hacen variar un plan programado con mucha antelación, o nos hacen renunciar a un gusto o a un deseo. Mortificación es renuncia permanente.
PENITENCIA:
La mejor penitencia es la Santa Misa; tiene ella un carácter totalmente reparador, expiatorio, de nuestros pecados y los del mundo entero. La santa Misa es el mayor sacrificio penitencial acepto al Padre Dios, porque es el Hijo el que paga con su Sangre por nosotros “¡Una sola gota de la Sangre de Cristo es capaz de borrar todos los pecados del mundo entero!”- dice Sto. Tomás de Aquino-.
Penitencia es acudir frecuentemente y con el corazón arrepentido al Sacramento de la Penitencia, para que el sacerdote en Nombre de Cristo nos perdone los pecados.
La Oración tiene un carácter penitencial: pagamos las ofensas nuestras y las del mundo entero pidiendo perdón al Padre Dios: “Perdónanos nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” –como Jesús nos enseñó a decir-. El Señor le ha dicho a nuestro Director en la oración: “Por cada segundo de oración de un alma de oración voy a convertir un pecador, y por cada minuto de oración voy a traer un alma de oración”.
Las buenas obras tienen también carácter penitencial, carácter reparador. Entre las buenas obras están el apostolado y el cumplimiento fiel de nuestros deberes de estado.
Acerca del estudio de la doctrina y el apostolado dice el Profeta Daniel: “Los sabios brillarán con el esplendor del firmamento y los que enseñaron la doctrina a otros resplandecerán por siempre, eternamente, como las estrellas”
-Dan 12,3-. Un santo dice:“El que convierte un alma tiene la suya predestinada al cielo”.
Otro acto de penitencia es ganarnos las indulgencias que la Iglesia concede para el perdón de la pena temporal debida por nuestros pecados.
También nosotros hacemos penitencia cuando lo manda la Santa madre Iglesia: Miércoles de ceniza y Viernes Santo, con ayuno y abstinencia. Todos los viernes del año son días de penitencia para unirnos a la Muerte de Cristo; los viernes de Cuaresma obliga la abstinencia de carne.
El mejor espíritu de penitencia, es el sentirnos permanentemente deudores, contritos, arrepentidos, indignos de haber sido llamados por Dios para servirle. El rey David en el Salmo Miserere, Salmo 50, dice: “Ante mí tengo presente mi pecado”.
Pedro, después de negar al Señor tres veces, nos enseñó la forma de hacer “Actos de desagravio”: “Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”, y los ciegos de Jericó le imploraban a Jesús en alta voz: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de nosotros!”-Mt 20,30-.
Penitencia es sentirnos deudores. El espíritu de arrepentimiento por el dolor de sus pecados, de penitencia, de deseo de reparar, llevó a Zaqueo a decirle a Jesús: “Señor, si a alguien he defraudado le devolveré el cuádruplo”.
El espíritu de penitencia nos lleva a pagar con obediencia la desobediencia del pecado: “Dios no quiere sacrificios sino obediencia. Mejor es escuchar y obedecer que ofrecer sacrificios” -I Sam 15, 22-. Una persona dócil a la obediencia es una persona penitente.
La mortificación y penitencia constituyen otros pilares básicos de nuestros Fundamentos. Nosotros somos almas de oración y penitencia, almas de reparación y desagravio al Padre Dios por nuestras ofensas y las del mundo entero.
Venimos a Civitas a reparar, a sacar almas del purgatorio y a pagar el purgatorio nuestro aquí en esta tierra para que una vez purificados, el Señor por su misericordia infinita nos conceda la gracia de gozar de su presencia eternamente en el Reino de los Cielos.
Con nuestra oración y penitencia, con nuestra aceptación total y rendida a la Santa Voluntad de Dios, con el fiel cumplimiento de los deberes de cada día, le decimos al Señor con hechos que estamos arrepentidos.
41. MADUREZ
El Concilio Vaticano II, hablando de la formación de los seminaristas, dice que es necesario formar a las nuevas vocaciones en la virtud de la madurez, que entre otras cosas se caracteriza por “Estabilidad de ánimo y capacidad de tomar decisiones ponderadas”.
Madurez es una palabra que se utiliza para calificar el vino bueno. Se dice que el vino ha adquirido suficiente madurez cuando alcanza la estabilidad de perfección en su sabor.
Se dice de una persona que es madura cuado alcanza la plenitud de su normal desarrollo. Por ejemplo, se dice que la mujer alcanza la madurez como mujer a la edad de los treinta y cinco años y, que de ahí en adelante comienza a envejecer. Luego “madurez” se utiliza también como sinónimo de cima, de plenitud.
Se trata de alcanzar la madurez de nuestra personalidad estable y responsablemente y, mantenernos ahí sin decaer.
ESTABILIDAD DE ÁNIMO:
Acerca de la estabilidad de ánimo, característica de la madurez, ya el Apóstol Pablo advertía a las primeras comunidades de cristianos, que no podían ser como niños fluctuantes a todas las opiniones que escuchaban, ni a todas las teorías doctrinales.
La estabilidad de ánimo la proporciona, en primer lugar, la firmeza de la verdad que proviene de la recta doctrina. Quien no está convencido de la verdad que posee, entra en duda, hoy piensa una cosa y mañana otra. “El que tiene duda no sabe amar” -dice la Escritura-.
A la firmeza de la verdad sigue la firmeza de la voluntad para poner en acción sus resoluciones y propósitos.
La estabilidad de ánimo lleva a la lealtad, fidelidad, constancia, permanencia en la lucha. Es maduro quien es constante en sus principios y valores; es terco el que es consuetudinario en sus errores.
La estabilidad de ánimo lleva a la fortaleza, que se caracteriza por la paciencia para resistir ante las dificultades y la capacidad de atacar decididamente el mal aún a costa de la propia vida. El cobarde abandona el combate porque considera estéril la lucha, porque le falta convicción de la causa que persigue, porque considera más valiosa su vida que el ideal que persigue.
El inestable de ánimo es como barca a la deriva de cualquier viento de opinión. El inestable de ánimo se mueve por impulsos emotivos, que lo llevan a decir: “hoy sí; mañana no”.
Santa Teresa, invitando a la estabilidad de ánimo, decía: “Nada te turbe, nada te espante”.
Jesús, conocedor profundo del corazón humano, nos describió perfectamente a los inestables de ánimo en la parábola del sembrador:
En primer lugar está el que pudiéramos llamar: “atolondrado”; escucha la verdad pero no hace nada por tratar de asimilarla y entenderla, entonces fácilmente otros lo convencen de lo contrario, los secuaces del Maligno (cfr. Mt 13,19).
El segundo lugar lo ocupa el “débil de carácter”, escucha la verdad y la recibe con alegría, se da cuenta que “la cosa es por ahí”; pero es inconstante en sus propósitos porque le falta fortaleza para enfrentarse con las dificultades que conlleva el hacerle frente a la verdad (cfr Mt 13,20).
En tercer lugar está el grupo de los “lentejos”; escuchan la verdad, pero las preocupaciones del mundo y la seducción por otras cosas ahogan la verdad y queda estéril (Mt 13, 22).
A este tercer lugar, el lugar de los lentejos, pertenecen quienes cambian la llamada de Dios y su primogenitura por un plato de lentejas, como le ocurrió a Esaú: su preocupación era saciar su hambre y se dejó seducir fácilmente por una comida. El joven rico recibió la llamada de Dios con alegría, pero la preocupación por las riquezas y la seducción por las cosas del mundo ahogaron el amor y la llamada de Dios se quedó estéril. La esposa de Lot recibió la llamada del Señor con alegría y la siguió; pero por la preocupación de saber la suerte de los otros, se dejó seducir de la curiosidad malsana y miró atrás; quedó convertida en sal estéril.
Al grupo de los “lentejos” pertenecen todos aquellos que después de recibir la llamada del Señor dan pie atrás. Los lentejos se convierten en sal que ha perdido su sabor y para nada quedan sirviendo sino para ser objeto de burla de la gente.
EL RESTO FIEL:
El que tiene estabilidad de ánimo, es aquel que el terreno de su corazón es como buena tierra, que escucha la verdad, la entiende, y fructifica y produce frutos abundantes (cfr. Mt 13, 23).
“El rico es rico porque es fuerte”-dice la Escritura-, porque tiene estabilidad de ánimo en aquello que persigue. El fuerte al ser fiel, al resistir la prueba con paciencia obtendrá la victoria: “Con vuestra paciencia salvaréis vuestras almas” -dijo Jesús-.
La persona madura, estable de ánimo, es constante en la carrera larga que ha emprendido; el inmaduro sólo resiste la carrera corta.
CAPACIDAD DE TOMAR DECISIONES PONDERADAS
La virtud de la madurez se caracteriza por la capacidad de tomar decisiones ponderadas, es decir decisiones reflexivas, prudentes, acertadas, responsables y firmes; decisiones que comprometen todo el ser el resto de la vida.
Solamente está en capacidad de tomar decisiones firmes el que posee estabilidad de ánimo, el así llamado “de ánimo resuelto”, el que sabe para dónde va, el que tiene firme convicción de los ideales que persigue, el que se toma en serio los compromisos cuando empeña su palabra.
La crisis de las personas entregadas a Dios, la preocupación de la Iglesia por la fidelidad de las vocaciones sacerdotales, se debe a la falta de formación de los seminarios en la virtud de la madurez, a la falta de formación en las virtudes.
Consultar nuestras decisiones antes de actuar nos ayudará a tomar decisiones ponderadas. ¿Consultar con quién? Con Dios y con nuestros Directores. La luz que hemos visto en la oración la consultamos en la asesoría para confirmar que es de Dios.
Para tomar decisiones ponderadas, firmes y prudentes, debemos abstenernos de tomarlas precipitadamente cuando estamos cansados, tristes, alterados . Las decisiones las tomas con cabeza fría y con visión sobrenatural.
Debemos preguntarnos antes de tomar una decisión: ¿esto lo quieres Tú, Señor, de mí?.
Por último, cuando vemos la luz, pasada por la oración y la asesoría, ahora sí actuar decidida y oportunamente.
Pidámosle al Señor, que nuestro sí, cuando ya le hemos dicho “sí”, se para toda la vida.
42. APOSTOLADO Y PROSELITISMO
DIFERENCIA ENTRE APOSTOLADO Y PROSELITISMO:
1. El apostolado alumbra; el proselitismo enciende.
2. El apostolado es una labor general con las personas; el proselitismo es un trabajo particular especializado con cada individuo.
3. El apostolado tira las semillas al aire; el proselitismo cuida con esmero cada mata.
4. El apostolado busca; el proselitismo encuentra.
5. El apostolado tira la red; el proselitismo separa, selecciona, escoge los peces que dan la talla y la medida.
6. El apostolado anuncia el producto; el proselitismo hace la venta.
7. En el apostolado se pesca con anzuelo lo que caiga; en el proselitismo se pesca con arpón.
8. El apostolado toca hombros; el proselitismo toca corazones dispuestos a la entrega.
9. En el apostolado se dispara con escopeta; en el proselitismo se dispara con fusil.
10. En el apostolado se transmiten conceptos; en el proselitismo se transmite vida.
11. En el apostolado se va a la multitud; en el proselitismo se va al individuo.
12. En el apostolado se da a la multitud los panes y los peces; en el proselitismo se invita a los elegidos a “la cena de los doce”.
13. El apostolado sale a los caminos a buscar gente para invitarlos a la Boda; el proselitismo atiende a los que han acudido a la Boda.
14. El apostolado invita; el proselitismo escoge: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos”-dijo Jesús-.
15. El apostolado coge tierra con la esperanza de hallar en ella polvo de oro; el proselitismo lava la tierra y se queda con las pepitas de oro.
16. El apostolado obtiene la conversión en un instante; el proselitismo emplea toda una vida en lograr la santidad.
17. El apostolado conmueve; el proselitismo convence.
18. El apostolado selecciona el terreno, el proselitismo construye el edificio.
19. El apostolado identifica la enfermedad; el proselitismo se encarga del tratamiento.
20. El apostolado lleva a la entrega; el proselitismo se queda con los entregados. El apostolado invita a la generosidad; el proselitismo recibe a los generosos.
21. El apostolado motiva; el proselitismo trabaja con los motivados.
22. El apostolado llama a todos a las filas; el proselitismo recluta para la guerra.
23. El apostolado abre las puertas; el proselitismo abre el corazón.
24. El apostolado pesca en la orilla; el proselitismo pesca mar adentro.
25. El apostolado lleva a Jesús los mancos, ciegos, sordo y mudos para que Él los sane; pero el proselitismo lleva a Jesús a los que en ellos “no hay doblez ni engaño” -como a Natanael-, para que el mismo Cristo los elija como a uno de los doce.
QUÉ ES APOSTOLADO:
Apostolado es tratar de acercar gente a Dios, a la verdad, a la doctrina; motivar a otros para que vivan las virtudes y le den sentido a su apagada vida.
Apostolado es enseñar a los que tenemos a nuestro lado a hacer las cosas bien aunque no hablemos de Dios. Apostolado es exigir calidad a las personas que están a nuestro lado y el cuidado de los detalles pequeños aunque no les hablemos inicialmente de motivos sobrenaturales; corregir el error, dar un buen consejo, levantar el ánimo al que a nuestro lado está triste, todo esto es apostolado.
Apostolado es rezar por aquellas personas que Dios pone en nuestro camino para preparar su corazón, pero no nos quedamos simplemente en la sola oración, sino que inmediatamente, sin pérdida de tiempo pasamos a la acción.
Apostolado es transmisión de vida, de la vida que llevamos dentro: “Yo he venido para que tengáis vida y vida en abundancia”, “Yo soy el pan de vida” -dijo Jesús-.
Tratamos de infundir a otros los principios y valores que llevamos en el alma, eso es apostolado.
Apostolado es alabar cualquier acción buena que hagan los demás y censurar un acto malo, aunque sea con un gesto de disgusto o con nuestro silencio, si no podemos hacerlo con palabras y doctrina.
Apostolado es suministrar luz a quienes se hallan en tinieblas.
CÓMO SE HACE EL APOSTOLADO:
No somos predicadores oficiales que se dedican a dar testimonio público de la Palabra de Dios, como los sacerdotes y los religiosos. Somos laicos corrientes y gente de la calle que hablamos en privado e individualmente con la gente que nos rodea acerca de las verdades doctrinales. Lo nuestro es coger a las personas de una en una; no en grupos. La gente en grupo es cobarde e insincera y se refugia bromas; la gente sola se abre más.
No podemos permitir en nuestro apostolado un ambiente de risitas ni de bromas, porque nos tomarán por tontos.
Por supuesto que cuando nos toca dar testimonio público acerca de nuestra fe y creencias, también lo hacemos públicamente con elegancia, valentía, con energía y sin enojos, lo mismo que cuando nos toca corregir un error: si alguien ha dicho un error en público, en público corregimos el error.
No hay que consultar para acercarnos a una persona y tratar de conocerla; pero informamos de inmediato en la asesoría acerca de las personas conocidas y ahí nos irán diciendo el tratamiento a seguir.
Tenemos que hacer apostolado “oportuna e inoportunamente” -como dice Pablo-, y el Apóstol agrega: “¡Ay de mí si no evangelizare!”.
Nuestro apostolado es eminentemente proselitista: buscamos gente que realmente sirva como soldados al ejército de Dios. Buscamos gente que llevan en el alma el deseo de su entrega a Dios, el deseo de servir, el deseo de salir de su cómoda tibieza, si encontramos gente así, la seguimos, pero si encontramos personas que simplemente se contentan con ser buenos y no quieren entregarse, las dejamos.
El mejor síntoma de la capacidad de entrega es la virtud de la generosidad: la persona generosa valora el ideal que se le ofrece y colabora, aporta dinero y cosas y, se da ella misma. La persona egoísta la detectamos de inmediato para que no nos haga perder tiempo. La mejor forma de conocer a la gente es pidiéndoles. ¡El que no está dispuesto a dar, no está dispuesto a recibir!.
A las empresas de apostolado las personas se acerca a recibir formación y doctrina y a dar de lo que ellas tienen: se acercan a recibir y a dar. Quien solamente está dispuesto a recibir pero no da de lo suyo es un ladrón egoísta que hay que descartarlo de inmediato.
Sabemos que nuestro apostolado es dirigido y que debemos contar y consultar en la asesoría fraterna los pasos que damos con cada persona. No recetamos por cuenta propia nada sin antes consultar al Director o a la persona que nos lleva la asesoría fraterna.
QUÉ ES PROSELITISMO:
Proselitismo es traer obreros para que trabajen en el arado del Señor: La mies es mucha pero los obreros pocos; rogad pues al Señor de la mies que envíe obreros a su mies” -Dijo Jesús-.
Proselitismo es echar en la barca del Señor los peces grandes, cogidos por la obediencia en el mar adentro.
Proselitismo es traer albañiles calificados para que ayuden a construir en esta tierra la Ciudad de Dios, la Ciudad de la Oración.
Proselitismo es reclutar soldados para incrementar las filas del este “Ejército de paz en orden de batalla”-como dice el Cantar de los Cantares-.
Proselitismo es traer a los hijos escogidos a la casa paterna, a la casa del Padre Dios.
Proselitismo es traer los convidados al Banquete de las Bodas del Cordero.
Proselitismo es traer a los escogidos del Señor, desde toda una eternidad, para vengan a la Ciudad de la Oración. No somos nosotros los que damos la vocación sino el Señor: nosotros la descubrimos.
Normalmente cuando Dios llama, como nos ha llamado a cada uno de nosotros, Él mismo se encarga de que se topen con nosotros sus almas elegidas. Nos toca a nosotros estar muy atentos, con el arpón listo a disparar. Pero quien está distraído en sus propios asuntos, no ve la presa a la que debe disparar.
Recemos muchas veces en el día la jaculatoria: “¡Señor, almas de oración para tu Ciudad de la Oración!”.
43. ENTREGA
Venimos a Civitas a darnos, a entregarnos, a rendir la voluntad nuestra para someternos amorosamente a la Santa Voluntad de Dios por medio de los Directores.
Se entrega quien se rinde y capitula. Nos rendimos ante la fuerza de los hechos movidos por la mano amorosa de Dios. Fue el Señor el que nos trajo a su Ciudad y es Él el que nos pide: “Dame, hijo mío, tu corazón y pon tu manos en mi camino” –dice el Señor en la Escritura-.
Se entrega el que se da de todo corazón, el que se aplica a una causa: a la causa de Dios.
Se entrega quien cambia de camino al camino verdadero. Íbamos errantes por el mundo sin saber a dónde ir, hasta que escuchamos una voz que con amor nos dijo: “¡Ven y sígueme!”, la misma voz que escucharon los Primeros Doce.
Entrega es consagración. Como se consagra el estudiante al estudio de su medicina, como el rico se consagra al cuidado de sus riquezas, el militar a la defensa de la patria y el guerrillero se consagra a la guerrilla, así nosotros nos consagramos al servicio del Señor. La consagración a Dios no es cuestión de recitar una oración sino de vivir una vida.
Se entrega quien confía. Nosotros nos hemos dedicado al seguimiento del Señor porque en Él hemos confiado. Nosotros, como Pedro, podemos preguntar: “¿Qué será de nosotros, Señor, que por seguirte a ti lo hemos dejado todo?” Y obtendremos, como Pedro la respuesta: “Recibiréis el ciento por uno y la vida eterna”-como narra el Evangelio-.
Comenzamos a seguir al Señor sin importarnos cuál sería la paga y sin preguntar por ella. Seguimos al Señor porque Él con su mirada nos atrajo y sedujo. Luego nos fuimos dando cuenta que la paga era muy grande: la felicidad de nuestras vidas y la felicidad eterna.
Nosotros al entregarnos, hemos confiado tanto en el Señor, que lo hemos seguido sin saber hacia dónde nos llevaba; lo único que en realidad nos interesa es que seguimos al Señor.
Se entrega quien se pone en manos de alguien que confía. Nosotros nos hemos puesto en las manos del Señor por medio de los Directores, como se pone en manos de quien lo cargue el niño recién nacido.
Se entrega quien se deja dirigir. Se entrega el barco en manos del timón del capitán, el corcel se entrega en manos del jinete, el paciente se entrega en manos del médico de turno, el empresario entrega la construcción del edificio en manos del arquitecto y nosotros nos entregamos a dejarnos dirigir de Dios por manos de nuestros Directores, para que ellos reconstruyan nuestra pobre vida.
Se entrega quien se abandona, como se abandona el dinero en manos del banquero, seguros que él lo sabrá cuidar mejor. Nosotros abandonamos nuestra vida en Dios, con la seguridad de saber que Él la cuidará mejor.
Se entrega quien en realidad se somete totalmente. Nosotros sometemos nuestra inteligencia a la sabiduría de Dios y nuestra voluntad ya no querrá hacer sino lo que Dios quiere de nosotros.
Nosotros le pedimos al Señor que nuestra entrega a Él cada vez sea mayor. Nosotros le pedimos al Señor que no permita que lo que un día le dimos se lo vamos a quitar.
44. LIBERTAD
El señor nos llamó, pero nos deja cada día en libertad de seguirle. El Señor nos pregunta al ver la infidelidad de otros: “¿Vosotros también queréis marcharos?” y nosotros, como Pedro, respondemos: “¿A dónde iremos, Señor, si tú tienes palabras de vida eterna?” -como narra el Evangelio-.
¿Qué es libertad? Libertad es capacidad de escoger entre lo bueno y lo óptimo. Es libre quien escoge lo bueno, pero es más libre quien escoge la mejor parte.
Nosotros al elegir el seguimiento del Señor, hemos “escogido la mejor parte que nadie nos podrá quitar”-como le respondió el Señor a Marta, hablando de María-.
La libertad tiene su riesgo: el riesgo de elegir lo peor después de haber elegido inicialmente lo mejor. En esto consistió la gran tragedia de Adán y Eva: nacieron en posesión de lo mejor y cambiaron la felicidad del paraíso por la tragedia del pecado.
“Ante el hombre está el bien y el mal, lo que escogiere eso se le dará”-dice la Escritura-. Dios al crear al hombre no le impuso el bien, lo dejó libre para que pudiera escoger lo que desee.
Quien en esta vida está en posesión de lo mejor, Dios, no lo está definitivamente, le toca cada día optar por Dios, elegir libremente si continúa en su seguimiento, o si por el contrario escoge libremente rechazarlo. Por eso la fidelidad y permanencia en la escogencia del Bien Supremo es un sí sostenido que debe prolongarse hasta la muerte. Después de la muerte ya no hay libertad, no hay capacidad de elección: lo que se escoge aquí así se queda eternamente allá.
Los ángeles ya pasaron la prueba de fuego de la libertad: unos escogieron a Dios y fueron confirmados eternamente por Dios; otros escogieron el rechazo a Dios y fueron confirmados eternamente en su rechazo.
Con lo único que en realidad contamos es con el instante de hoy, lo que escogiésemos en este instante se puede volver eterno, como eterna se volvió la elección de los ángeles.
La libertad puede crecer. Es más libre quien mejor conoce. El ignorante es como el ciego que no ve lo que escoge. Cuando incrementa el conocimiento incrementa la valoración del Bien Supremo que hemos elegido libremente, y nos aferramos mucho más a la escogencia.
VICIOS DE LA LIBERTAD:
La libertad tiene sus vicios, sus extremos opuestos. Los vicios de la libertad son el libertinaje, la indecisión y la coacción.
Libertinaje es utilizar mal la capacidad de elección que Dios nos dio, y en este caso escoger el mal y rechazarlo a Él que es el Bien Supremo. El pecador peca porque libremente escoge el mal. El que se condena, se condena libremente, porque libremente rechazó la voz interior de su corazón que lo llamaba a elegir el bien y a rechazar el mal.
El otro vicio de la libertad es la indecisión, el no utilizar la libertad para escoger, para elegir. El peligro de la indecisión consiste en que el que no elige por su propia cuenta el bien, el Maligno enemigo elige para él el mal. El que no elige la libertad termina esclavo de otros, el que no elige la verdad termina sin darse cuenta en la mentira y el error. El que no elige hacer el bien ya está cayendo en el grave pecado de omisión.
El otro vicio de la libertad es la coacción. Coacción es un obstáculo que impide la libre elección. Quien elige bajo la coacción de su libertad, en realidad no ha hecho un acto libre.
¿Para qué hizo Dios al hombre libre? Para darle la facultad de optar sin coacción por Él. Dios hizo al hombre libre, para que sin coacción le entregue su libertad a Él. La libertad es un don que Dios nos dio para elegir amarlo a Él.
Sino hubiese libertad no habría mérito y sin mérito no habría premio.
La creación entera presencia el destino final que cada hombre, en esta tierra, le da a su libertad: “La creación entera gime como con dolores de parto, esperando la libertad de los hijos de Dios”-dice San Pablo-.
Es preferible ser esclavo, esclavo enamorado de Dios, que ser libre como el viento y dejarlo de amar. Los desdichados del infierno maldicen la mala escogencia que un día hicieron, el mal uso de la libertad que hicieron.
45. DISCRECIÓN
La discreción de la cual nos habla el Señor en el Evangelio se refiere fundamentalmente a no hacer las cosas para ser vistos por la gente -como hacen los fariseos-, sino solamente para darle gloria a Dios.
Discreción es pasar ocultos, desapercibidos, silenciosos, ignorados, desconocidos, hacer las cosas sin que los demás lo adviertan, como fue la vida de María y de José. Discreción es tratar de no llamar la atención por nuestra entrega a Dios ni por nuestra vida de piedad.
Discreción es poner en no ser notados por nuestra entrega a Dios, el mismo esfuerzo que los demás ponen en brillar.
Discreción es no reclamar por nuestros méritos ningún reconocimiento delante de los hombres.
Discreción es no llevar distintivos ni señales por nuestra entrega a Dios.
La virtud de la discreción para una espiritualidad laical y secular como la nuestra resulta esencial, porque nosotros procuramos comportarnos como lo que somos: gente de la calle, gente corriente que no hacemos ostentación de nuestra entrega a Dios. Nosotros somos sal que no se ve pero que sala, nosotros somos luz, pero no de alumbrado público sino luz blanca que se confunde con la luz del día. Nosotros no somos salsa de tomate que se da a notar por su color.
Cuando hay que actuar delante de la gente se actúa -no vamos a dejar de hacer el bien por el hecho de que nos vean-, pero nuestro objetivo no es ser vistos ni admirados por los hombres, sino sólo por darle gloria a Dios.
Cuando la luz necesariamente tiene que brillar la hacemos brillar, cuando tenemos que gritar también alzamos nuestra voz en alto, cuando necesariamente nos corresponde el primer lugar también lo ocupamos; pero no buscamos ser alabados por los hombres sino darle gloria a Dios.
La virtud de la discreción hace parte de la rectitud de intención en el obrar, que nos lleva a buscar sólo la gloria de Dios y no nuestra propia gloria ni gusto.
La virtud de la discreción está relacionada con las virtudes de la naturalidad, sencillez y sagacidad. Naturalidad es mostrarnos como realmente somos en cada acto de nuestra vida. Sencillo es algo que carece de adornos, de mascaras y disfraces que distorsionan el verdadero ser. Las palomas son ejemplo de naturalidad y sencillez y nos las puso Jesús como modelo; las serpientes son modelo de sagacidad: pasando ocultas logran el objetivo de cazar la presa.
Jesús hablando de discreción, se refirió concretamente a cuatro actos, para hacerlos distintos de los hipócritas y fariseos, que hacen las cosas con el fin de ser alabados por los hombres: cumplir con los deberes, hacer obras de caridad, orar y ayunar.
DISCRECIÓN EN EL CUMPLIMIENTO DE LOS DEBERES:
“Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los hombres con el fin de que os vean, porque así no tendréis recompensa en el reino de los cielos”
(Mt 6,1). Hay quienes se proponen hacer grandes cosas y se echan al hombro muchas obligaciones y deberes, pero no lo hacen por darle gloria a Dios sino por ser vistos por los hombres.
El beato, que es la caricatura del santo, vive de mostrarse ante los hombres como perfecto y santo. Valiente ideal el del fariseo, con sus obras podía ganarse el cielo y se contenta con ser aplaudido por los hombres.
Nos advirtió Jesús en el evangelio, que tenemos que cuidarnos mucho de la vanidad, del deseo de hacer cosas para ser admirados por los hombres. Esto constituiría poner nuestra confianza en los hombres y no en Dios, se aplicaría nuevamente las Palabras de repudio de la Escritura: “maldito el hombre que pone su confianza en el hombre”.
Actuar bien con el objetivo de ser admirados por los demás constituye una idolatría: darle gloria a los hombres y no a Dios. Atenta esta malvada actitud contra el Primer Mandamiento de la Ley.
DISCRECIÓN EN LAS OBRAS DE CARIDAD
“Cuando des limosna no vayas pregonando, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, con el fin de que los alaben los hombres. En verdad os digo que ya recibieron su recompensa” (Mt 6, 2).
Jesús nos enseñó la forma de ejercer las obras de caridad: “en lo oculto” y nos explicó cuál es la importancia de esto: “Por qué así, tu Padre, que ve en lo oculto, te recompensará” (Mt 6, 4).
DISCRECIÓN EN LA VIDA DE PIEDAD
También en el templo y delante de los demás debemos vivir la naturalidad y discreción en las expresiones de piedad. Ni siquiera en el templo debemos exagerar nuestros gestos externos para que los demás nos vean con demasiada piedad, como hacen los beatos, los hipócritas y fariseos: “Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que son amigos de orar puestos de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, para exhibirse delante de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa.
Jesús nos enseñó el lugar discreto para orar y lograr así ser escuchados por nuestro Padre Dios: “En tu aposento y, con la puerta cerrada”(Mt 6,6). En tiempos de Jesús se levantaba airoso el templo de Jerusalén, el templo que inicialmente construyó Salomón por mandato del Padre Dios, aunque muchas veces fue destruido y otra vez restaurado. En ese templo estaba el Tabernáculo y el Arca de la Alianza. Pero Jesús no recomendó orar en el templo sino en la casa, en una alcoba con la puerta cerrada “y tu Padre que ve en lo ocultote escuchará” (Mt 6, 6).
También nos enseñó Jesús la discreción sobre la forma de orar, para no dejarnos llevar de la locuacidad y emplear muchas palabras, porque la oración es un acto de confianza silencioso en la cual nos ponemos en manos de nuestro Padre Dios con la seguridad que ya Él lo sabe todo “antes de que se lo pidáis” (Mt 6,8).
DISCRECIÓN EN EL SACRIFICIO
“Cuando ayunéis no os finjáis tristes como los hipócritas” (Mt 6, 16). Y cuando tengamos un dolor o estemos pasando por un motivo de preocupación, no transmitamos nuestras preocupaciones y dolores a los otros para que nos compadezcan, esforcémonos en sonreír y redoblemos la confianza en Dios que nos dará el ánimo, “y tu Padre que ve en lo oculto, te recompensará” (Mt 6, 18).
La discreción en el sacrifico nos lleva a rechazar el que los demás nos compadezcan y nos tengan por víctimas: ¡La única víctima es Jesús, Él soportó todas las pruebas sin quejarse!. Jesús es el modelo de discreción en el dolor: “Padre, no se haga mi voluntad sino la tuya”-dijo Jesús ante la inminencia de la prueba de dolor-.
También nos acordamos del consejo de David cuando pasaba por grandes dificultades y dolores: “¡Ánimo, sé fuerte, confía en el Señor!”(Sal 27, 14).
DISCRECIÓN EN LA POBREZA
Somos pobres porque le hemos entregado todo a Dios y no nos hemos quedado con nada, pero no nos gusta que los demás nos tengan como tales. Llevamos nuestra pobreza con dignidad y discreción. No hacemos ostentación pública de nuestra pobreza personal; pero cuando tenemos que pedir ayuda, con discreción y sencillez lo hacemos.
Nosotros somos pobres que perfumamos la cabeza y nos lavamos la cara para que no adviertan los hombres que somos pobres, sino solamente nuestro Padre que está en lo oculto, y Él nos recompensará.
46. SACERDOTES COMO CRISTO
Sacerdote, viene del latín: sacerdos, sacerdotis (ministro). Ministro a la vez viene del latín minister (siervo). Ministro es el que ejecuta los proyectos de otro. A Jesús se le ha llamado: “El siervo de Yahvé”. Jesús cumplió el plan salvífico de su Padre Celestial.
La función del siervo es obedecer las órdenes de su señor. Jesús, Hijo de Dios, se presenta ante los hombres como siervo que obedece las órdenes de su Padre: “He venido a cumplir la voluntad de mi Padre celestial -nos dice en el Evangelio- y lo reiteró: “No se haga mi voluntad sino la tuya”. Jesús es pues el Sumo Sacerdote, el Ministro Perfecto, el Siervo de su Padre Dios.
Sacerdote es el que hace la voluntad de otro, en el caso de Jesús, la Voluntad de Dios.
El sacerdote satisface, satis-facere (suficientemente-hacer); Jesús hizo suficientemente, más que suficiente, la Voluntad de Dios: “Satisfizo plenamente”, en reparación por nuestros pecados, la ofensa cometida por nuestros primeros padre a nuestro Padre Dios.
Jesús en el Sacramento del Bautismo, nos participó de sus “Munera Cristi”de sus poderes: Sacerdote-Profeta-Rey. Nos hizo “sacerdotes reales”.
Nosotros por el Bautismo, somos sacerdotes reales, siervos que estamos llamados a hacer la Voluntad de Dios. Quien hace la Voluntad de Dios ese es sacerdote de Cristo por el Bautismo.
La función, el papel, la tarea primordial, del sacerdote, es ofrecer sacrificios. Jesús es el Sumo y Eterno Sacerdote porque ofreció al Padre Dios el Sacrificio de su propia Vida. Los sacerdotes ministeriales del Antiguo Testamento, ofrecían a Dios el sacrificio de una carne ajena, corderos; Jesús es el Cordero de Dios porque ofreció su propio Cuerpo en reemplazo de un cordero.
SACERDOCIO MINISTERIAL Y SACERDOCIO REAL
Los sacerdotes ministeriales de la Nueva Alianza, los que tienen la Consagración al Sacerdocio, por el Sacramento del Orden Sacerdotal, son ministros de Cristo: ofrecen al Padre Dios, en nombre de Cristo, el Cuerpo y la Sangre de Jesús; pero no ofrecen su propio cuerpo ni su propia sangre. Por eso son ministros, porque hacen un oficio en nombre de otro, en este caso de Cristo. El sacerdote dice en la consagración: “Este es Mi Cuerpo”, “Esta es Mi Sangre”-no la del sacerdote, sino la de Cristo-.
El la Última Cena, cuando Jesús convirtió el pan y el vino en su Cuerpo y en su Sangre, les dio el poder a sus apóstoles de hacer lo mismo en memoria suya. Constituyó a los apóstoles sacerdotes ministeriales y les confirió un poder eclesiástico, de administrar los sacramentos por Él instituidos, en especial la Eucaristía.
Los sacerdotes reales, somos los que hemos recibido el sacerdocio de Cristo en el Bautismo, estamos llamados a “ser otros Cristos”, a identificarnos con Cristo y a ofrecer nuestro propio cuerpo y sangre al Padre Dios, en el cumplimiento de la Voluntad divina. El sacerdocio real no es un ministerio eclesiástico, sino una labor eclesial, propia de la Iglesia, pero no oficial.
ALMA SACERDOTAL Y MENTALIDAD LAICAL:
San Josemaría les decía a los laicos que deberían tener: “Alma sacerdotal y mentalidad laical”. Nosotros somos gente corriente, gente de la calle; somos “el resto del montón”, pero llevamos en el alma el sello indeleble del Santo Bautismo, que nos hace sacerdotes, no según el orden eclesiástico, sino según el orden general y real de los demás bautizados.
El alma sacerdotal y la mentalidad laical, nos hacen “anticlericales”, que nos lleva a no convertirnos en una “longa manus” (en una prolongación) de los sacerdotes ministeriales, sino a desempeñar por cuenta propia nuestra labor apostólica laical y secular que nos ha encomendado el Señor.
Amamos y veneramos a todos los sacerdotes ministeriales, los apoyamos con nuestro cariño y oración. Nos valemos de su valiosa función ministerial para que nos administren los Santos Sacramentos y nos prediquen en el templo la verdadera Palabra de Dios; pero nosotros nos apechamos seria y responsablemente de las obligaciones que como laicos y sacerdotes reales, nos corresponden por encargo directo del Señor.
Los laicos y los sacerdotes ministeriales estamos llamados a trabajar “juntos pero no revueltos”, respetando mutuamente el campo de acción de cada uno; pero sin atropellar indebidamente el terreno particular que el mismo Cristo nos ha asignado: los sacerdotes en el templo y los laicos en el campo de batalla de la calle. Los sacerdotes en el templo; los laicos en los asuntos temporales y en el hogar: este es el campo de unos y otros, tirando al unísono para el mismo fin: la salvación de las almas en su destino eterno.
LOS PODERES DE CRISTO:
Si Cristo nos transmitió ya sus poderes en el Santo Sacramento del Bautismo, se trata de utilizarlos “el poder es para poder”. “Cum ipso, per ipso et in ipso” (Con Cristo, por Él y en Él) -como la Iglesia dice en las oraciones de la Santa Misa-, podremos lograr el ideal de Jesús: El Reino de Dios sobre la tierra.
Con Cristo, podemos decir como dijeron los hijos de Zebedeo: “¡Pósumus!” (Podemos).
Somos los bautizados:
Sacerdotes reales, que ofrecemos el sacrificio de nuestra vida a Dios, aceptando a cada instante su Santa Voluntad. Ciertamente no tenemos, como los Sacerdotes ministeriales, el poder de transformar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pero sí podemos convertir nuestro ser en “Otros Cristos”, hasta poder decir como el Apóstol Pablo: “No soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí”.
Profetas, que anunciamos la Palabra de Dios y las verdaderas enseñanzas de la Iglesia a otras gentes de la calle, hasta los últimos rincones mundanales porque en el mundo estamos.
Reyes, porque, Cristo Rey, nos hizo hermanos suyos e hijos de nuestro Padre Rey. Hablamos de Dios a la gente con la autoridad de sabernos hijos del mismo Padre de Jesús. Aunque Jesús es Hijo de Dios por naturaleza y nosotros somos hijos por adopción, esta realidad no nos quita la fuerza de sentirnos hijos legítimos de semejante Padre Celestial y la responsabilidad que esto conlleva.
47. ESTUDIO
Nos enseña la Iglesia que “el hombre fue hecho para conocer y amar a Dios”, luego si el hombre ha sido hecho para conocer a Dios, la única forma que tenemos los hombres de conocer es por medio del estudio.
Estudiar para conocer, conocer para mejor amar; nadie ama lo que no conoce y, sería una tristeza, una tragedia, conocer el bien cuando ya lo hemos perdido.
FORMAS DE CONOCER:
1. Por intuición, como los ángeles que captan el ser sin razonar porque ellos son pura inteligencia, son puros espíritus, que no tiene componente de materia. Los ángeles no necesitan el esfuerzo de estudiar ni razonar como los hombres de la tierra.
El Señor en la oración nos regala la intuición, es como un olfato inmediato para captar ciertas situaciones o personas. Los niños y las almas en gracia de Dios desarrollan cierta intuición, cierto conocimiento instantáneo de las personas o peligros. Ese sexto sentido que suelen tener las mujeres, que las lleva a decir: “hay algo aquí que no me gusta”, “algo no me cuadra de todo esto”, es conocimiento intuitivo.
2. Infusión: Dios a ciertas personas les ha regalado un conocimiento infuso acerca de algunas realidades en concreto, pero no de todas. Si esas personas desean adquirir sabiduría tienen que analizar y profundizar en el estudio y oración.
San Josemaría dice, que Dios no tiene porque conceder ciencia infusa cuando nos ha dado la inteligencia y el estudio para captar la verdad.
3. La otra forma de conocer es por medio de los sentidos, es el caso de los hombres dotados de espíritu y materia. El adagio latino dice: “Nada hay en la inteligencia que no haya pasado primero por los sentidos”, lo que equivale a decir, que no hay nada en la inteligencia que no exija esfuerzo por captar la realidad, estudio, razonamiento, memorización, interiorización, incorporación vital: hacer de los conocimientos vida.
Uno de los verbos más usados en la Escritura es: “escuchar”.“¡Escucha Israel!”. Quien escucha aprende, quien estudia escucha lo que otros han enseñado. Escuchar y estudiar viene a ser lo mismo.
Hablando del estudio, decía alguien, que el hombre debería pasar la mayor parte de su vida escuchando a los muertos, es decir, estudiando lo que otros han dicho por medio de sus escritos. El estudio en nuestro caso, no se reduce simplemente a escuchar a los muertos, sino a los vivos, porque la Palabra de Dios es viva y eternamente vivirá. “Los sabios brillarán con el esplendor del firmamento”-dice el profeta Daniel, cap 12,3-.
No se conoce en la tierra otro método para aprender sino el estudio. Para conocer hay que estudiar. “¡El estudio es lo único que vale y lo único que queda!”-dice la sabiduría popular-. Pero no estudiamos para quedarnos en el simple conocimiento, sería teorizar; estudiamos para hacer una incorporación vital de aquello que hemos aprendido; ¡estudiamos para poder amar!.
El ser humano se puede clasificar de muchas formas y maneras, en el caso del uso de las facultades intelectuales, podemos dividir a los hombre en los que conocen y en los que ignoran. “El que no sabe es como el que no ve”, “El que tiene la información tiene el poder” -dice la sabiduría popular-. No solamente el que tiene in-formación tiene el poder, sino el que también tiene formación.
El Papa San Pío X, decía que “el mal predominante en el mundo es la ignorancia”. Por ignorancia pecó Eva y por ignorancia el Pueblo de Dios mató a Jesús: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”-dijo Jesús en la Cruz-. La ignorancia cuando es culpable, no excusa del cumplimiento de la ley; la ignorancia del castigo no excusa de la ley.
Combatir la ignorancia es combatir el mal. De ahí la importancia de nosotros estudiar y conocer a fondo la Doctrina y las enseñanzas de la Iglesia, primero para vivirlas y segundo para enseñarlas en nuestra labor personal de apostolado.
Nosotros estamos llamados a ser con nuestra inteligencia luz, pero la primera obligación que tiene la lámpara de aceite para poder iluminar a otros es estar llena de combustible. El combustible nuestro es el estudio y la oración.
El estudio de las virtudes nos llevan a combatir su extremo opuesto: los vicios. El estudio de la doctrina nos lleva a conocer a Dios y amarlo por encima de todo. El estudio de la vida piedad nos lleva a no tener la fe del carbonero, sino a tener una fe viva y fuerte que resista los ataques del Maligno enemigo.
PATRONOS INTELECTUALES:
El estudio ha hecho muchos sabios y, también podemos decir que el estudio ha hecho muchos santos. El Señor nos ha puesto en Civitas Santos patronos intelectuales para que imitemos su ejemplo.
San Jerónimo romano, patrono de Civitas, cuenta que él era muy asiduo a leer a Cicerón y que una vez tuvo un sueño:
¿Tú qué eres? -le preguntó un ángel-.
Soy Cristiano -respondió. Jerónimo-.
¡Mientes!. Tú eres ciceroniano, porque donde está tu tesoro está tu corazón -le dijo el ángel y comenzó a azotarlo-.
Tan fuerte lo azotó el ángel, comenta San Jerónimo, que al otro día encontró su espalda llena de sangre. Comprendió entonces que no debería perder más tiempo en lecturas profanas y que debería dedicarse a estudiar y traducir las Escrituras. San Jerónimo es el traductor de la Vulgata latina con la cual el pueblo romano conoció la Palabra de Dios.
Santo Tomás de Aquino, patrono de Civitas, fue otro santo que dedicó su inteligencia a conocer a Dios. Sus compañeros lo llamaban el “buey mudo”, porque se la pasaba estudiando y poco hablaba: Su profesor, San Alberto Magno, se enteró del apodo y dijo proféticamente de su alumno: “algún día los mugidos de ese buey retumbarán por el mundo entero”. De Él dice San Pío X: “Tomás, con sus escritos llevó la inteligencia humana, casi a la cumbre de sus posibilidades”. Sus obras más famosas son: Suma contra gentiles, la Suma Teológica, Comentarios al Padrenuestro.
Santo Tomás Moro, patrono de Civitas, laico, gran jurista y un gran literato. Tanta fama intelectual tenía, que fue amigo personal del humanista más famoso de la época: Erasmo de Rótterdam. Tomás Moro no estuvo de acuerdo en muchas cosas con Erasmo; Tomás le escribió: “Aunque no estoy de acuerdo con tus ideas, daría la vida por hacer respetar el derecho que tienes a expresarlas”.
Tomás Moro dio la vida por hacer respetar la recta doctrina de la Iglesia. Enrique VIII, a quien Tomás aconsejaba, le hizo cortar la cabeza. Tomás Moro escribió varios libros, entre ellos: Oración en la torre, acerca de la Pasión del Señor, La Utopía.
El otro patrón de Civitas, que dedicó gran parte de su vida a dejar por escrito el fruto de sus estudios y oración, fue San Josemaría, nuestro abuelo, porque es el padre de espiritualidad laical y secular, fue el padre espiritual de nuestro Director.
Varias obras dejó el Santo, que son modelo de espiritualidad laical y secular: CAMINO, Es Cristo que pasa, Hablar con Dios, FORJA, SURCO y un libro acerca de una entrevista que le hicieron: Conversaciones con monseñor Escrivá, Santo Rosario, Vía crucis. Todos estos libros podemos leerlos como Lectura Espiritual.
Es tan importante el estudio en nuestra espiritualidad laical y secular, que dice San Josemaría en su libro CAMINO: “Para un apóstol moderno, una hora de estudio es una hora de oración”, “Entre nosotros el estudio es obligación grave”.
El estudio entre nosotros es uno de los pilares fundamentales de nuestra espiritualidad laical y secular; estamos en el mundo y para estar firmes ahí es necesario tener conocimientos sólidos de las verdades de la fe. Venimos a Civitas a estudiar las enseñanzas de la Iglesia. Quien no le guste el estudio no puede estar entre nosotros, porque nosotros nos dedicamos a estudiar.
Pocos caminos de espiritualidad tienen unas bases tan firmes del estudio de la doctrina como el nuestro. Dios en su Civitas nos ha inundado de conocimientos útiles para el apostolado y de recta doctrina, para que cada uno sea un motor que arrastre a otros.
A Civitas tenemos que traer gente que le guste el estudio y la formación intelectual. Los hombres se mueven por ideas. Los intelectuales, para bien o para mal, son los que siempre han dominado el mundo. Necesitamos intelectuales que conozcan la buena doctrina de la Iglesia y amen la verdad. El que escucha la verdad escucha a Cristo.
Para cambiar el mundo, que es lo que pretendemos, comencemos por cambiar al hombre. Un solo hombre, como Pablo, intelectual, conocedor profundo de la Ley Antigua y de la Doctrina de Cristo, le imprimió al Cristianismo un avance apostólico de grandes dimensiones. ¡necesitamos ahora muchos Pablos!.
No necesitamos del concurso de las masas para cambiar al mundo, sino de pocos hombres con la idea fija en la Verdad de Cristo. Para fermentar toda la masa de los hombres de la tierra, que es lo que pretendemos, necesitamos preparar muy bien los granos de levadura: “un poco de levadura fermenta toda la masa”-dijo Jesús-. El Señor quiere que su Civitas sea la “Levadura del Reino de Dios”.
Maldito el hombre que en Civitas se atreva a leer libros de dudosa doctrina y a pregonar ideas propias en contra de las enseñanzas tradicionales de la Iglesia de Cristo. Estudio sí, pero consultar cada cosa que leemos y estudiamos para que no entre el demonio de la impiedad y la rebeldía iconoclasta en la Ciudad de Dios.
El Señor está urgido de cambiar el mundo y Reinar sobre los hombres: “Mira, que yo hago todo nuevo” -Ap 21,5-, “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva”-Ap 21,1-.Veremos una vida nueva y una tierra nueva cuando los que orientan la inteligencia de los hombres conozcan la única Verdad: “Yo soy el camino la verdad y la vida”-dijo Jesús-.
Primero, las ideas de parte de unos pocos y, después las revoluciones de las grandes masas. ¡Por donde se abre el surco pasa el agua!
48. VISIÓN SOBRENATURAL
Hay dos formas de ver las cosas: con los ojos de la carne o con los ojos del alma. Los ojos de la carne captan todo lo que está compuesto de materia como ellos; los ojos del alma captan todo que está por encima de lo natural, lo sobre-natural, lo que no se ve pero que existe, lo que no se toca ni se palpa pero es realidad.
Todo lo que está compuesto de materia pasa; todo lo espiritual es eterno: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”-dijo Jesús-.
Visión sobrenatural es tratar de mirar las cosas con la misma lente que las mira Dios: con visión de eternidad. “No tenemos aquí ciudad permanente”
-dice San Pablo-.
Visión sobrenatural es darle a cada cosa o suceso su peso y medida correspondiente: lo pasajero mirarlo como pasajero, lo eterno mirarlo como la única realidad permanente que en realidad tiene importancia.
Cuentan que cuando regresaban victoriosos los emperadores romanos de sus grandes conquistas, todo el pueblo se volcaba a las calles para saludarlos con gritos de júbilo. Pero los emperadores en sus carros llevaban un enano que al oído les decía: “¡Toda gloria es pasajera! ¡Toda gloria es pasajera!”. Tener visión sobrenatural es tener presente a cada instante que todo lo de aquí es pasajero; pero en cambio: “Cristo ayer, hoy y siempre”-dice Pablo-; “Sólo tú, Señor, tú solo altísimo Jesucristo, con el Espíritu Santo y la gloria de Dios Padre”-reza la Iglesia-.
La visión sobrenatural nos lleva a preguntarnos la verdadera utilidad de las cosas, dice una de nuestras Instrucciones: ¿Eso para qué sirve, para tu santidad o vanidad?.
Venimos a Civitas a ponernos otros lentes permanentes para poder mejor mirar con objetividad las cosas: los lentes de la visión sobrenatural. El Señor en su Civitas no solamente nos ha cambiado el caminado, porque ahora avanzamos con paso firme y aplastante al saber que somos hijos de nuestro Padre Dios, también en Civitas, el Señor nos cambia la forma de ver las cosas, porque ahora sabemos que todo lo que nos pueda suceder, aunque de momento se vea negativo, viene de nuestro Padre Dios y es para nuestro bien: “¡Todo es para bien!”, “Dios sabe sacar cosas buenas de lo malo”-dice Pablo-.
Se preguntaba el Apóstol Pablo en medio de sus grandes dificultades para extender el Cristianismo en un mundo hostil: “¿Qué nos puede separar del amor de Dios? ¡Ni la enfermedad, ni la cárcel, ni las persecuciones ni la muerte!”.
La visión sobrenatural nos lleva a estar siempre tranquilos, serenos, seguros; a tener paz en medio de la guerra, de esta guerra de amor por extender el Reino de Dios sobre la tierra.
La visión sobrenatural nos llevará a aceptar todo con amor, seguros que todo viene de Dios, como dice una de nuestras Instrucciones: “Vengan como vinieren las cosas vienen de Dios”. Y otra Instrucción, dice: “Dónde el que no tiene fe ve tierra, el que tiene fe ve pepas de oro”. Eso es ver las cosas con visión sobrenatural: ver las pepas de oro donde los ojos de la carne no captan sino granos de arena.
Visión sobrenatural es ver todo con visión de eternidad. Lo natural es nacer, crecer y morir; nada puede estar más por encima de lo natural, de las apariencias del espacio y tiempo, que la visión de eternidad. La visión sobrenatural nos lleva a descubrir detrás de cada acontecimiento espaciotemporal su dimensión eterna.
La visón sobrenatural nos lleva con humildad a tratar de ver las cosas como las mira Dios: “El hombre ve las apariencia; Dios ve el corazón”
-le respondió el Señor a Samuel en la escogencia de David-.
La visión sobrenatural nos lleva a ser firmes y leales en nuestra entrega a Dios: “Dios no es como los hombres que cambian de parecer”-dice la Escritura-. Nosotros al mantener firmes la palabra que le dimos a Dios, nos hacemos dignos de semejante Padre.
Los pobres hombres de la tierra van de sobresalto en sobresalto, de temor en temor, de angustia en angustia, de dolor en dolor, de fracaso en fracaso: “pasan de Guatemala a guatepeor”, porque tiene la misma visión de carne de los animales de la tierra; pero los hijos de Dios, que tienen visión sobrenatural tienen la paz y la seguridad en la victoria.
“La vida es como un viaje en avión: abajo está la tierra mostrando sus encantos; arriba esta el cielo ocultando sus tesoros”-dice una de nuestras Instrucciones-. Miremos siempre para arriba con los ojos puestos en la eternidad; no nos dejemos seducir por los encantos pasajeros de la tierra.
DOS CIUDADES
Solamente es posible que existan dos ciudades: La Ciudad de Dios construida sobre las bases de la humildad y la obediencia, y la ciudad de Satanás construida sobre la soberbia y rebeldía.
En La Ciudad de Dios se dice:“Fiat”-¡tiene que hacerse!-, como lo dijo María, y en la ciudad de Satanás se dice:“non serviam”-no serviré-, como lo dijo Satanás.
En La Ciudad de Dios se dice: “no se haga mi voluntad sino la tuya”-como lo dijo Jesús-, y en la ciudad de Satanás se impone la propia voluntad a la de Dios.
En La Ciudad de Dios se pone el alma para que sea atravesada por una espada -como lo hizo María-; en la ciudad de Satanás se pone la lanza para que atraviese el costado de Jesús.
En La Ciudad de Dios hay alegría en el silencio; en la ciudad de Satanás hay tristeza en medio de la bulla.
En La Ciudad de Dios se escucha solamente a Dios; en la ciudad de Satanás se escucha al mundo y así mismo.
En La Ciudad de Dios reina la obediencia; en la ciudad de Satanás reina el propio criterio personal.
En La Ciudad de Dios se pone en práctica la Palabra de Dios; en la ciudad de Satanás se teoriza acerca de la Palabra de Dios.
En La Ciudad de Dios hay visión sobrenatural; en la ciudad de Satanás hay visión humana.
En La Ciudad de Dios hay visión de eternidad; en la ciudad de Satanás todo es efímero.
En La Ciudad de Dios se quitan las caretas; en la ciudad de Satanás todo es mentira y apariencia.
En La Ciudad de Dios cada uno da y se entrega; en la ciudad de Satanás cada uno exige y pide.
En La Ciudad de Dios se corrigen los errores; en la ciudad de Satanás se murmura, se critica y burla.
En La Ciudad de Dios hay transparencia, sinceridad y claridad; en la ciudad de Satanás todo es oscuridad y confusión.
En La Ciudad de Dios hay generosidad; en la ciudad de Satanás hay egoísmo, tacañería y calculo egoísta.
En La Ciudad de Dios hay amor; en la ciudad de Satanás hay envidia.
En La Ciudad de Dios hay paciencia y tolerancia; en la ciudad de Satanás hay intolerancia e ira.
En La Ciudad de Dios se comparte la lucha que produce triunfo; en la ciudad de Satanás se comparte el desánimo que produce la derrota.
En La Ciudad de Dios se cuenta con Dios y se pone esfuerzo personal; en la ciudad de Satanás no hay esfuerzo personal y se le deja todo a Dios.
En La Ciudad de Dios hay desprendimiento; en la ciudad de Satanás hay apegos.
En La Ciudad de Dios hay que beber el cáliz del dolor; la ciudad de Satanás es el reino de lo fácil.
En Ciudad de Dios se baja para poder subir eternamente; en la ciudad de Satanás se sube para caer por siempre.
La Ciudad de Dios la construyó el amor desinteresado y la entrega de sí mismo; la ciudad de Satanás la construyó la envidia y el apego interesado en los propios criterios personales.
La Ciudad de Dios la siguen pocos; la ciudad de Satanás la siguen masas.
La Ciudad de Dios es en subida; la ciudad de Satanás es en bajada.
En la ciudad de Satanás hay sacrificios; en La Ciudad de Dios hay obediencia.
En Ciudad de Dios hay fidelidad y lealtad; en la ciudad de Satanás hay infidelidad y traición.
En La ciudad de Dios hay libertad; en la ciudad de Satanás hay esclavitud.
La Ciudad de Dios la construyó el amor desinteresado hasta la entrega de sí mismo; la ciudad de Satanás la construyó la envidia, la soberbia y el apego.
En La Ciudad de Dios se comparte; en la ciudad de Satanás se compite.
49. RELACIONES CON LAS AUTORIDADES ECLESIÁSTICAS
Civitas nunca será una institución eclesiástica, que forme parte de la Jerarquía de la Iglesia, como lo hacen los sacerdotes y religiosos, que dependen directamente de la autoridad de los obispos.
Civitas no será una institución eclesial, que son las que no dependen directamente del obispo, pero si indirectamente.
Civitas es y será siempre una familia cristiana, que fomenta en el centro de su hogar el estudio de la doctrina cristiana, las virtudes de un hogar cristiano y procura que sus hijos vivan un intensa vida de piedad, y se apoyen en la vida de oración.
Civitas depende de los sacerdotes y de los obispos del lugar, de la misma forma que dependen las demás familias cristianas, sin que por el hecho de ser un hogar cristiano, el obispo o el párroco se sientan con derecho a intervenir en la marcha y dirección del hogar, ni a pedirle favores obligantes, ni a invitarlo a reuniones, ni a encargarle determinadas tareas eclesiásticas, ni participar en congresos ni a ninguna actividad, ni a dictar retiros o conferencias.
Civitas hace parte de la Iglesia de Cristo, la Católica, como hace parte de la Iglesia una familia cristiana, somos la Iglesia Doméstica, de la cual habló el Papa Juan Pablo II, pero no dependemos ni estamos sujetos a la autoridad directa ni indirecta de los obispos, como las instituciones eclesiásticas o eclesiales.
Acatamos las enseñanzas de la Iglesia del Papa y los obispos, como igual las acatan los demás hogares cristianos, pero ningún hogar, por el hecho de ser muy ejemplar le da derecho a las autoridades eclesiásticas a inmiscuirse en la marcha del hogar, ni a intervenir en sus asuntos familiares, ni a estar presente en sus acontecimientos o fiestas, salvo que sea la familia la que invite y autorice.
50. SACERDOTES
Aunque el objetivo fundamental que Dios le puso a Civitas es fomentar la vida de oración contemplativa en el trabajo y el hogar, en medio del mundo, como ciudadanos corrientes iguales a los demás, siendo sal y luz en medio del mundo sin ser mundanos; en Civitas, como cualquier hogar cristiano, también pueden llegar a salir vocaciones sacerdotales (sacerdotes seculares), y esos sacerdotes dependen del señor obispo, como jefe inmediato en el campo específico del ejercicio de sus funciones pastorales, pero seguirán dependiendo, como buenos hijos, de la autoridad paterna, de la madre que les dio a luz: Civitas, en todo lo referente a su vida personal y a su espíritu familiar.
Pero los sacerdotes nunca harán parte de la Junta Directiva de Civitas, serán uno más entre sus hermanos de Civitas, sujetos en su vida personal a la asesoría con el Director (a) de Civitas, o con la persona que el director le asigne de asesor. Los sacerdotes deberán comportarse en la familia de Civitas, no solamente como uno más, sino como se comporta el hermano menor ante sus padres (los Directores), y ante sus hermanos mayores (todos los demás miembros de Civitas).
Los sacerdotes harán apostolado personal, como igual lo hacen los demás de Civitas, tratando de acercar vocaciones de laicos para Civitas, y harán apostolado también con sus colegas sacerdotes para llevarles a la vida de oración contemplativa; pero estos sacerdotes que no han nacido en el hogar, no son hijos del hogar, sino amigos del hogar (pueden ser cooperadores de Civitas), pero nunca participarán de las reuniones con los laicos de Civitas, porque nuestro espíritu es laical y secular, y no podemos permitir que por ningún motivo Civitas pierda ese carisma y se clericalice la Ciudad. Los sacerdotes nacidos en Civitas, si pueden participar de las clases y actividades de Civitas, pero como un hijo más.
Amamos y rezamos por los sacerdotes del mundo entero, pero debemos de tener nosotros muy presente que el ministerio sacerdotal no le agrega nada a nuestra entrega a Dios para cumplir a cada instante su Santa Voluntad.
Los sacerdotes amigos y los sacerdotes de Civitas podrán celebrar la Santa Misa en la sede de Civitas, y para ello tendremos un oratorio digno y magnífico como Dios se lo merece; pero no dejarán permanentemente a Jesús sacramentado en la sede de Civitas, porque esto es propio de las comunidades eclesiásticas o eclesiales, y lo nuestro es tirar a los miembros de la Familia de Civitas a que acudan a sus respectivas parroquias en lo referente al Culto y a la recepción de los sacramentos.
En Civitas no habrá religiosos o religiosas, porque ese ya es otro carisma distinto (apartamiento del mundo), que implica abandonar a Civitas e irse por otro camino diferente. Lo nuestro es ser contemplativos en medio del hogar y el trabajo laboral.
51. IDENTIDAD JURÍDICA DE CIVITAS
Civitas será algo así como una ONG una Organización sin ánimo de lucro, regida por sus estatutos, o incluso puede llegar a tener una Identidad jurídica de Corporación o Asociación contempladas en el derecho civil; pero nunca nos basaremos en las contempladas por el Código de Derecho Canónico, sino por el civil, por el cual se rigen las familias cuando desean establecer una sociedad.
52. DIRECTOR O DIRECTORAS DE CIVITAS
El Director o Directora de Civitas dejará su sucesor, de acuerdo con la Junta Directiva, le impondrá su bendición y le pedirá al Señor que lo asista con sus dones y le dé sabiduría.
El nuevo director comenzará a ejercer sus funciones cuando haya muerto el Director, o en enfermedad o su ausencia. El Director será la cabeza de la Junta Directiva, pero sobre quien recae la autoridad total es sobre la Junta, porque el gobierno de Civitas es colegiado y no dictatorial, ni monárquico.
FUNDAMENTOS DE NUESTRA ESPIRITUALIDAD
(Sólo para los que llevan asesorías, para meditarlas con frecuencia al recibir asesorías)
COMO LLEVAR ASESORÍAS
El Señor esté contigo. Te estoy entrenando para que puedas llevar el encargo de recibir asesorías, que siempre se hacen en nombre del Director, y poniéndonos en los zapatos del Director, pensando: ¿Qué le diría el director a esta persona?
El papel de quien lleva la asesoría no es “amortiguar” las enseñanzas del Director a quien le parezcan exageradas, sino por el contrario: ¡confirmarlas!. Eso es ser buen asesor, eso es ser leal con el Director que ha confiado en nosotros para ese encargo.
Recordar a la persona que Dios se vale de los hombres para orientar A los hombres y que lo que nos diga el director directamente o en la Asesoría es el mismo Cristo quien las dice. Que a cada uno nos manda El Director que necesitamos.
Después de la asesoría avisarle brevemente, y de inmediato, al Director acerca de la persona. Si te hacen una pregunta que no sabes responder, no la respondas, y di mejor: déjame yo pienso sobre eso y luego te lo digo; entonces llamas al Director y consultas y luego das la respuesta.
A la asesoría no vamos a ganar simpatías personales sino a ganar la gente para Dios, buscando que se den más, se entreguen más, maten su rebeldía, y venzan los defectos que tengan. Que den frutos concretos de oración y Apostolado.
Quien no está entregado habla de los defectos del Director –eso pasa-, y quien está entregado habla de los defectos propios y de sus frutos apostólicos.
No hay que preguntarle a la gente ¿cómo se siente? Porque el soberbio y Egoísta y rebelde, siempre se siente mal. Ciertamente si la persona nos dice que se siente mal, es la forma como sabemos de antemano que no está viviendo bien su vocación; porque quien vive bien su entrega está feliz. Hay que preguntarle a la gente: ¿cómo vas tú?, ¿qué frutos has dado?, ¿qué luces de oración?, ¿qué frutos de apostolado?, ¿qué propósitos de entregarte más tienes?. ¿vas descubriendo la grandeza de tu vocación y la grandeza de Civitas?, ¿cómo estás aprovechando las clases?.
Peligros a evitar:
No conmovernos con las lágrimas de la persona; si las lágrimas son de amor, arrepentimiento, entrega, si se aceptan; pero cuando son lágrimas de autocompasión, rebeldía, flojera; de sentirse incomprendidas y exigidas, no podemos aceptarlas, ni mucho menos conmovernos.
Cuando la persona dice ser muy sincera y te suelta una crítica o falta de unidad al Director, tú debes responderle: yo también te voy a ser muy Sincero y te digo que tu actitud no es la correcta.
Evitar que la persona centre la asesoría en un solo tema y evita profundizar en los otros temas que se deben tocar en la asesoría.
LA ASESORÍA LLEVA
El primer lugar a una gran unidad con la cabeza, con el director; un buen asesor es un punto de enlace con el director, y no un cómplice en la rebeldía y soberbia de quien no quiere entregarse. También lleva a la unidad con los hermanos.
La asesoría lleva a que descubran la grandeza de la llamada que han recibido de Dios, y la valoren y la cuiden. A que vivan concretamente su vocación contemplativa y mediten las Instrucciones y por medio de ellas escuchen la Voz de Dios.
La asesoría lleva a ser muy apostólicos y a producir frutos de verdadera penitencia: Obediencia-apostolado-generosidad-entrega-docilidad.
La asesoría lleva a que la persona sea generosa haciendo actos concretos de Generosidad en primer lugar para ayudar a sostener a Civitas, pagando así un poco de lo mucho que del Señor por medio de Civitas ha recibido. La generosidad, virtud que hace parte de la justicia, no se queda en las buenas intenciones, sino en actos concretos de heroísmo: a Dios no se le da de lo que sobra.
Sabemos cuando estamos asesorando bien a las personas, porque vemos los frutos de generosidad, apostolado y entrega de ellas; porque las vemos que han cambiado y están encendidas en su entrega. Cuando la persona que asesoramos sigue patinando en las mismas cosas, es porque le ha faltado al asesor hablar más Claro, y le ha faltado oración y mortificación por esa persona.
Una persona que asesoramos es un alma que nos entrega Dios, por medio del Director, para que como un diamante la pulamos y formemos; y no para que nos quedemos limpiándola con un algodón por temor a herir. Cuando hay que decir las cosas se dicen con amor y dulzura, pero sin temor a que se espanten y se vayan.
TIEMPO DE LA ASESORÍA
Una buena asesoría, que sea clara-concreta-breve-sincera-completa, es suficiente media hora; al principio puede ser un poco más; pero siempre tratar que la gente no se quede dando vueltas alrededor de un solo tema, y que vayan al grano de la piedra que tengan el zapato.
Pedirles que apuntes las indicaciones concretas que se les da y que informen sobre ellas en la próxima asesoría.
Nunca admitiremos que una persona nos diga: estas cosas no se las digas al Director, porque sería algo diabólico y de falta de sentido sobrenatural. Al Director hay que enterarlo absolutamente de todo sin guardar complicidad con el demonio mudo de mismo Satanás.
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