Me pediste, hijo, que Yo, Jesús, te narrara los Evangelios y te explicara las Escrituras, como lo hice con aquellos hijos Míos de Emaús, y te he aceptado.
Ya te narré los Cuatro Evangelios, en lo que tú denominaste Evangelio narrado por Jesús. Sigamos ahora con los Hechos del Espíritu Santo por medio de los Hechos de los Apóstoles.
Te voy a narrar las maravillas que el Santo Espíritu hizo en el alma de Mis Discípulos, y por medio de ellos en el alma de aquellos, que elegidos por Mi Padre Celestial, se acercaron a ellos a escucharlos.
ÚLTIMAS PALABRAS DE JESÚS
Estas fueron Mis últimas Palabras en la tierra:
“Dentro de pocos días, seréis bautizados en el Espíritu Santo” (Hch 1,5).
“Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo…y seréis Mis testigos hasta en los confines de la tierra” (Hch 1,8).
Hijo, Me fui feliz al Cielo sabiendo que habría de enviarle a Mis hijos predilectos al Espíritu Santo.
Hijo, solamente podrás ser testigo de la Vida y la Palabra de Jesús, si has recibido la Fuerza Omnipotente del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo es muralla impenetrable que resiste al enemigo y fuerza invencible que ataca al agresor.
El enemigo de la almas, ejerce su violenta acción no sólo fuera, sino principalmente dentro, socavando el interior del alma; tratando de destruirte interiormente.
El Espíritu Santo es Fortaleza, y si acudes a Él, te meterá en su Ciudad Fortificada, Ciudad Amurallada; la Fortaleza del Altísimo: su Ciudad de la Oración.
SE ELEVÓ Y LO OCULTÓ UNA NUBE (Hch 1,9).
Sí, hijo, mío, Me elevé; pero no estoy tan arriba como para que no puedas sentirme. Me ocultó una nube pero no estoy tan escondido como para que no puedas escucharme.
La altura no quita Mi Presencia, y las nubes no lograr acallar Mi Voz. Ahora, Yo, al lado de Mi Padre Dios en el Reino de los Cielos, sigo presente en el corazón de Mis hijos elegidos y ahí les hago escuchar la Voz de Dios.
¿QUÉ HACÉIS MIRANDO AL CIELO? (Hch 1,11).
Mis discípulos miraban al cielo observando Mi partida; pero no miraban con esperanza sino llenos de tristeza. Mi Padre Dios les mandó dos ángeles para alimentarles la esperanza y les dijeron: “Vendrá de igual manera que le habéis visto partir” (Hch 1, 11).
Hijo, de la misma manera que subí al Cielo de igual forma bajaré. No te toca conocer a ti ese momento fijado por Mi Padre Celestial (cfr. Hch 1,7).
Simplemente a ti te digo, hijo: “Velad y orad porque no sabéis el día ni la hora”; dichoso aquel que al Yo venir lo encuentre en oración y vela.
Hijo, vendré por ti dentro de muy poco; pero vendré como viene un ladrón sin avisar el día ni la hora.
Si supieses cuando vengo, tu vida no tendría mayor mérito, porque el último día te pondrías a preparar el examen. Pero en un día no puedes aprender la lección de santidad de toda una vida que Yo quiero para ti.
No se aprende a nadar en un naufragio, ni el pecador aprende a escuchar a Dios en el último momento, porque ha despreciado Mi Voz de misericordia con oferta de perdón.
SUBIERON AL CENÁCULO (Hch 1, 13).
Mis discípulos, después de Mi Ascensión al Cielo, subieron al cenáculo, que era la casa de Pedro y los demás apóstoles (cfr. Hch 1,13).
En el cenáculo donde vivían los apóstoles estaba Mi Madre con otras mujeres. Hijo, busca a Pedro, al Papa, y lo encontrarás al lado de la Madre de Jesús, Madre de Dios.
Mi Iglesia verdadera es apostólica y Mariana. Quien sigue al sucesor
de Pedro también ama a María.
El signo de rebeldía y de soberbia es este: desprecio al Papa y a la Madre de Dios.
PERSEVERABAN EN LA ORACIÓN (Hch 1, 14)
Todos los que estaban en la casa de Pedro con Mi Madre, perseveraban unánimes en la oración (cfr. Hch 1, 14).
Esto hicieron los discípulos después de Mi Ascensión: orar. Oraban al lado de Mi Madre para preparar la venida del Espíritu Santo.
Si tú quieres que el Espíritu Santo venga a ti, ora al lado de la Madre de Dios. El Espíritu Santo viene a las almas de oración.
El Espíritu Santo habita en la unidad perseverante de la vida de oración.
El cenáculo, semilla de la Iglesia Mía, de Jesús, giró en torno a dos hechos: la presencia de Mi Madre y la unidad en la oración.
¿Quieres sentir a la Madre de Dios al lado tuyo? ¡Persevera en oración!.
Los apóstoles dirigían su corazón a Dios, y sus ojos los dirigían a Mi Madre: eso es vida de oración. No distraía a Mi Madre la mirada de sus hijos porque Ella tenía los ojos cerrados para ver sólo a Jesús.
Es la Madre, la que llama a los hijos de Jesús a la vida de oración.
Busca esa paz maravillosa de silencio y oración que se respiraba en el cenáculo al lado de la Madre de Dios.
¡Qué veneración y que respeto inspiraba en el cenáculo, la Madre de Dios en oración!.
Y los que en el Huerto de los olivos habían dormido, ahora, con la presencia de la Madre de Dios, ya no se duermen y “todos ellos perseveraban unánimes en la oración” (Hch 1,14). Invita a María a tu oración y Ella se encargará de concretar en tu alma las ideas que recibes en tu mente de parte del Señor.
Sé de María y serás alma de oración contemplativa. Acude a María y perseverarás en la oración
Toda acción apostólica que tenga como raíces la vida de oración y la devoción a María, crecerá como árbol fuerte que echará al viento millones de semillas, y soportará los huracanes enemigos.
PEDRO SE LEVANTÓ Y DIJO (Hch 1,15)
Cuando Jesús calla, entonces habla Pedro en Nombre de Jesús. Hijo, Yo subí al Cielo pero Me quedé en la tierra: Mi Presencia real está en la Eucaristía y Mi Voz real es la de Pedro, la del Papa de turno, sucesor de Pedro, representante Mío. ¡Escúchale!.
¿Quién atrae las masas de los hombres hacia el Papa?: ¡Yo, Jesús!, que sigo llamando a todos los hombres de la tierra a Mi Única Verdad. La Verdad es sólo Una: ¡La Doctrina de Cristo!, la que enseña el Papa.
Yo, Jesús, subí a los Cielos y entonces Pedro se puso en pie en medio de sus hermanos para hablar.
¿Quién ha mantenido viva la llama de Mi Iglesia en 2000 años? ¡El Papa y mis
hombres santos!. Escúchalos, apréndeles.
El Espíritu de Dios habla por Pedro, por medio de sus sucesores.
Después de Mi ascensión al Cielo, hijo, los hombres de la tierra podrán seguir
escuchando Mi Voz de Dios directamente por medio del Papa, el Vice-Cristo, el Dulce Cristo en la tierra.
REUNIÓN DE VEINTE (cfr. Hch 1, 15).
Yo dejé en la tierra poca gente: Doce discípulos directos y unas pocas mujeres que les atendían –entre Ellas Mi Madre-. Eran cerca de veinte en total (cfr. Hch 1,15).
Los veinte perseveraban en la unidad de la oración, motivados por Mi Santa Madre.
De la gran muchedumbre que Me siguió en la tierra, en busca de señales y prodigios, ahora habían quedado firmes pocos, muy pocos, cerca de veinte (cfr. Hch 1, 15).
Mi Padre Dios no necesita de muchos para cambiar el mundo, sino de pocos que sean fieles a la Doctrina que Yo enseñé.
Los líderes influyen sobres las masas; y Dios sobre las almas fieles, pocas y selectas.
Mientras más grande es la trasformación que Mi Padre Dios quiere hacer, busca a pocos, para con pocos actuar Él directamente.
Con esos pocos que Yo dejé en la tierra, Mi Padre Dios se tomó el Imperio Romano tres siglos más tarde; y no fue por la fuerza de las armas, sino por la fuerza de Mi única Verdad.
No juzgues el éxito de las cosas de Dios por el número de personas que las siguen, sino por la entrega y conocimiento doctrinal de sus instrumentos.
A más pocas personas, más ayuda de Mi Padre Dios tendrán, y más necesaria la oración y fidelidad de parte tuya.
Cuando las empresas de Dios se masifican, corren el gran riesgo de perder el fervor inicial de la fuerza del carisma que Yo les he impreso. A eso se debe la gran crisis de muchas Instituciones de Mi Iglesia: ¡perdieron el fervor de su primera caridad!.
Pídele, tú, a Mi Padre Celestial, que cuando Él haga crecer Su Santa Ciudad de la Oración, nadie pierda la entrega y el primer fervor de los primeros pobladores. No pasará esto si tú no abandonas la unidad al Director y la oración.
Cuídame al Director que Yo te ponga y Mis ovejas estarán bien cuidadas.
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