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Hijo, Yo, Jesús, no he muerto, no Me he quedado inactivo en el Reino de los Cielos, gozando de Mi Padre Dios, ni Me he olvidado de la suerte eterna de los hombres de la tierra, ¡no!.

Mi Padre y Yo, Jesús, también nos valemos de los ángeles para manifestar a Mis hijos lo que ha de suceder.

Es bienaventurado el hombre que escuche y medite la Palabra de Dios, y la guarde en su corazón, porque el momento para ti siempre está cercano, y el momento para Mi Padre Dios está en presente eterno.

El momento, hijo está muy cerca y no hay tiempo que perder. El momento de tu conversión es hoy o nunca.

El momento para tomarte en serio la Palabra de Dios es sólo hoy, porque tú no tienes asegurado el día de mañana.

En Dios, hijo, no hay pasado ni futuro; en Dios todo es un “hoy”, en presente eterno.

Los hombres habitan en la nave de la tierra que viaja veloz al rededor del sol; pero Dios está por encima del sol y de la tierra.

En Dios está en presente el principio de toda la creación y el final de su destino.

La Palabra de Dios es portadora de la eternidad de Dios, pues en Mi Padre y Yo, Jesús, no hay un “antes” ni un “después”.

Dios es el que Es, y participa a sus hijos de su propio Ser, que es gracia y paz.

Los ángeles, que gozan de la gracia y paz de Dios, transmiten a los hombres gracia y paz. Las almas en el cielo y los hombres de la tierra, que tienen a Dios en su corazón, transmiten gracia y paz.

Hijo: Siete espíritus están delante del trono de Mi Padre Dios (cfr. Ap 1, 4). La Iglesia llama “arcángeles” a estos siete espíritus.

Yo, Jesús, soy el fiel testigo de la existencia de Mi Padre Dios; soy el primero que resucité de entre los muertos, para nunca más morir; y soy el Rey de los reyes de la tierra (cfr. Ap 1, 5).

Yo, Jesús, con Mi Sangre, libré al hombre del pecado. Le di la oportunidad a los hombres de la tierra de volver a nacer de nuevo por medio del Bautismo. Hice a los bautizados estirpe real y sacerdotes, para que ofrezcan el sacrificio de sus propias vidas a Mi Padre Dios, como Yo lo hice (cfr. Ap 1, 5-6).

Yo, Jesús, soy Rey y a Mi Me pertenece el poder y la gloria eternamente (cfr. Ap 1, 6).

FIN DEL MUNDO (Ap 1, 7)

Hijo, Yo, Jesús, le mostré a Mi discípulo amado, a Juan, el fin del mundo, y le permití que viera el momento en el cual Yo venía rodeado de nubes (cfr. Ap 1, 7), de la misma forma que Mi Padre Dios también le mostró este mismo momento a Daniel.

Esto había dicho ya Daniel de Mí, de Jesús: “Vi venir sobre las nubes a uno muy semejante a un hijo del hombre” (Dan 7, 13); claro, Daniel no Me conocía y por eso no pronunció el Nombre de Jesús, sino que simplemente vio mi figura humana, sin saber que era Yo.

Cuando Yo vuelva a la tierra, hijo, se lamentarán por Mi llegada todas las naciones pecadoras de la tierra. Ya Mi Padre Dios lo había dicho por medio del profeta Zacarías: “Y mirarán al que traspasaron (en la Cruz), y se lamentarán por Él (Jesús) como se lamenta (la muerte) al primogénito” (Za 12, 10).

El momento de Mi venida está muy cerca: es el mismo momento definitivo de tu llamada por parte de Mi Padre Dios, por medio de tu muerte. “Habrá aquel día gran llanto (para algunos)”, “Se lamentará la tierra, linaje por linaje, y todos serán colocados aparte (unos a Mi derecha y otros a Mi izquierda)” (Za, 12, 12-14).

Yo, cuando bajé a la tierra anuncié Mi segunda venida, y dije: “Se lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes con gran poder y majestad” (Mt 24, 30).

Hijo, el sentido de la corta vida del hombre sobre la tierra, es prepararse para el encuentro definitivo conmigo: “Aquel que es, que siempre ha sido y que va a venir” (Ap 1, 8).

Yo Soy: “el Alfa y la Omega” (el Principio y Fin) (Ap 1, 8).

Yo te llamo, hijo: al sufrimiento, a la paciencia y a Mi Reino.

UN DÍA DE DOMINGO (Ap 1, 10)

Fue un día de Domingo cuando Juan cayó en éxtasis de oración (cfr. Ap 1, 10). Es el Domingo, el Día del Señor, el Día de la vida, en el cual Yo, Jesús, volví a la vida.

El Domingo, hijo, el Día del Señor, la ocasión para incrementar la vida de oración, y no el mundano esparcimiento.

Hijo, a veces habla Dios con fuerte Voz y con estruendo de trompeta, cuando quiere enviar mensajes perentorios a los hombres (cfr. Ap 1, 10).

Hijo, Mis almas predilectas de oración son como candelabros de oro que brillan día y noche ante Mi Padre Celestial.

Yo, Jesús, vendré de nuevo, con figura humana, “como un hijo de hombre”, (cfr. Dn 7, 13 y Ap 1, 13), para ejercer Mi papel de Juez de los vivos que en ese momento encuentre en la tierra y de los muertos que han abandonado ya la tierra.

Yo le permití a Juan verme vestido con Mi túnica sacerdotal (cfr. Ap 1, 13), y la función del sacerdote es ofrecer sacrificios al Dios Padre; Yo, Jesús, le ofrecí a Él Mi propia Vida. Yo soy el Sumo y eterno sacerdote, porque Mi Sacrificio estará presente eternamente ante Mi Padre Dios.

JESÚS ES REY DE REYES (Jn 18, 37).

Juan Me vio “ceñido el pecho con una banda de oro” (Ap 1, 13), porque Yo soy Rey, como lo atestigüé ante Pilatos: “Tú lo dices, Yo soy Rey; para esto nací, y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn 18, 37).

Yo soy Rey de la Verdad. Todo aquel que busca seriamente la verdad se encuentra necesariamente con el Reino Mío.

También Me dejé ver de Juan con “cabeza blanca y cabellos blancos” (Ap 1, 14), como símbolo de Mi sabiduría eterna, y así Me vio también Daniel (cfr. Dn 7, 13).

La llama de fuego de Mis ojos, que vio Juan (cfr. Ap 1, 14), son el signo de Mi ciencia divina, y signo del fuego de Mi amor que Yo vine a traer al mundo para que arda en muchos corazones.

Mis, pies, hijo, son semejantes al metal precioso (cfr Ap1, 15); son el símbolo de Mi poder.

Mi Voz es poderosa, “como estruendo de muchas aguas” (Ap 1, 15).

Llevo en Mi mano derecha siete estrellas (cfr. Ap 1, 16), cada estrella es un ángel, un alma de oración que Dios protege directamente con Su mano, y por Su labor apostólica:

“brillarán por siempre, eternamente” (cfr. Dn 12, 3).

De Mi boca sale, hijo, “una espada tajante de doble filo” (Ap 1, 16), esta espada es la Palabra de Dios y Mi doctrina.

Mi Rostro es “como el sol cuando brilla con todo su esplendor”(Ap 1, 16), como lo anunció Daniel: “los sabios brillarán con el esplendor del firmamento” (Dn 12, 3).

Hijo, cuando tengas miedo, cuando sientas el temblor de muerte, acude a Mí y Yo pondré “Mi mano derecha sobre ti para decirte: ¡No temas!” (Ap 1, 17).

Hijo, Yo, Jesús, estoy vivo, Yo no Me quedé muerto; Yo tengo poder sobre la muerte (cfr. Ap 1, 18).

CAPÍTULO 2

Yo, Jesús, camino por medio de los grupos de hijos Míos que Me aman (cfr. Ap 2, 1).

Yo conozco el corazón de cada hombre y en especial vigilo a los que tratan de seguirme.

NO QUIERO TIBIEZA

Yo conozco tus obras, tu fatiga y tu constancia (cfr. Ap 2, 2). Yo sé que no puedes soportar las injusticias de los malvados. Yo sé que tienes capacidad de descubrir los lobos que se disfrazan de ovejas; y sé que tienes paciencia y has sufrido por Mi Nombre sin desfallecer (cfr. Ap 2, 2-3), por nada de esto te reprocho. Por lo único que te reprocharía, hijo, sería que Me llegases a perder el fervor de tu primera, y que llegases a perder el camino al cual Yo te he llamado (cfr. Ap 2, 4).

Lucha, cada día como si fuera el último que tienes en la tierra, para que no vayas a caer en la tibieza de tu entrega.

Hijo, que tu entrega a Mí, cada vez sea mayor. Como el ciclista da lo máximo de sí en la recta final, así quiero Yo que tú corras cada día, porque muy cerca está la meta, la meta alta; para llegar al cielo: ¡cuan poco falta!,

Cuida cada vez tu amor para que no caigas en la rutina.

Tengo, hijo gente que está ahí pero que no Me sigue; se siguen a ellos mismos en la rutina de su acomodamiento y egoísmo; se engañan si creen que así van a lograr la salvación eterna.

Recuerda de donde te he sacado para que no vuelvas a caer más hondo.

Ten compasión con los que ahora están como antes lo estuviste tú. Yo también puedo sacarlos a ellos del pecado, como te saqué a ti.

Mientras más alto Yo te eleve con las alas de Mi gracia, recuerda tú más claramente la olla del pecado donde estabas. Hijo, Yo ya he olvidado tus pecados; pero tú no los olvides para que así no vuelvas a ofenderme.

Quiero, hijo, que estés arrepentido, que te duelan tus pecados, y los pecados de todos los hombres de la tierra como si fueran tuyos. Tú serías capaz de hacer lo mismo y mucho más, si Yo te soltara de Mi mano bienhechora.

Vuelve a entregarte a Mí con más amor y decisión. Vuelve a trabajar más duro en lo que Yo quiero de ti: el trabajo de escucharme día y noche en la oración.

Quien no se entrega a Mí con más fervor, lo suelto de Mi mano.

Quien no escucha Mi llamada, Yo dejo de llamarle. Quien no escucha Mi llamada, cerraré Mi boca para él.

”El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu Santo dice” (Ap 2, 7), y lo aplique para sí.

Hijo, la vida es una lucha, y “al que venza le daré a comer del árbol de la vida que está en el paraíso de Dios” (Ap. 2, 7).

Dios es el dueño del cielo y de la tierra. No es el cielo el único lugar reservado para el Reino de Dios, ni la tierra le pertenece a Satanás.

Dios Reina en el cielo, y en la tierra por medio de los corazones que le aman, y les ofrece desde ya: “comer del árbol de la vida que está en el paraíso de Dios” (Ap 2, 7).

DIOS INVITA A VENCER

Dios invita a vencer. ¿Qué es vencer? Vencer es escuchar lo que el Espíritu de Dios dice al oído y al corazón, y ponerlo por obra saltando los obstáculos.

Vencer, hijo, es mantenerte firme en el cumplimiento de la Palabra de Dios, contra toda adversidad.

DIOS CONOCE TU DOLOR

Cuando sufres, hijo Mío, Yo Me doy cuenta de ello, y permito tu dolor para que te acerques más a Mí. “Yo conozco tu tribulación” (Ap 2, 9).

Hijo, y “conozco tu pobreza aunque eres rico” (Ap 2, 9); eres rico porque eres hijo de Mi Padre Dios que es rico, y en medio de tus carencias materiales eres rico en el amor.

Yo conozco las murmuraciones y calumnias de los que dicen ser de Dios y “no son más que una secta de Satanás” (Ap 2, 9).

¡No tengas miedo!. Nada temas a las murmuraciones, calumnias, persecuciones y desprecios; Yo pasé por todo esto, e igual deben hacerlo Mis discípulos. Hijo: “No temas por lo que vas a padecer” (Ap 2, 10).

Te lo advierto, hijo, para que no tengas temor: “el diablo encarcelará a algunos de vosotros, seréis tentados y sufriréis tribulaciones; pero esto será por corto tiempo” (Ap 2, 10), porque Mi Padre Celestial acortará la prueba.

En medio del dolor y de las dificultades normales de la vida, Yo te digo, hijo: “Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap 2, 10).

Quien luche en esta vida, y “venza, no será dañado por la segunda muerte” (Ap 2, 11). La primera muerte es la llamada de Dios para el primer examen en privado, y la segunda muerte es el repudio eterno del infierno.

CONQUISTAR EL MUNDO PARA DIOS

Te mando, hijo, a conquistar el mundo para Mi Padre Dios, en el lugar que hoy tiene su trono Satanás.

No niegues Mi Nombre, no niegues tu fe en Mí. Quiero que seas Mi testigo fiel, y si te toca dar la vida por Mi Nombre, hazlo.

Sé indulgente con el pecador, dale doctrina para que salga del pecado; pero no le admitas en las filas de Mi ejército mientras permanezca en el pecado, no sea que “seduzca a Mis hijos de Mi Ciudad con su fornicación e idolatría” (cfr. Ap 2, 14-15).

No quiero un club de pecadores que reconocen con desvergüenza sus desvaríos, pero no hacen nada para apartarse de ellos, y cada uno se apoya en los pecados de otros para seguir pecando.

Quiero, hijo, hacerme una Ciudad de hijos e hijas fieles a la Ley de Mi Padre Celestial, y que arrepentidos de sus pecados, vuelvan a Mí con corazón contrito.

¿Cómo has de combatir la desvergüenza del pecado? Con Mi Palabra y Mi doctrina, “con la espada de Mi boca” (Ap 2, 16).

Sé fiel a Mis preceptos, hijo, y entonces te daré a comer el manjar que Yo tengo reservado al vencedor, “el maná que Yo tengo escondido” (Ap 2, 17).

FIDELIDAD A TU VOCACIÓN

Sé fiel al llamado que te he hecho, en el camino y carisma que te he puesto, y entonces, como fruto de tu fidelidad “te daré una piedrecita blanca, y escrito en la piedra un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que la recibe” (Ap 2, 17).

Esa piedrecita blanca, que Yo le doy a los Me son fieles, fue la misma que Mi Padre Celestial le dio a David y con ella pudo vencer al enemigo de Dios.

CASTIGO A LOS ADIVINOS

Como Me quejé de los primeros Cristianos de Tiatira, Me quejo ahora de muchos, y les digo: “Conozco tus obras, tu caridad, tu fe, tu servicio, tu paciencia, y que tus obras actuales son mayores que las primeras” (Ap 2, 19). Pero tengo que reprochar que admiten profetizas y adivinos entre ellos, que llevan a Mis ovejas a pecar (cfr. Ap 2, 20).

Hijo, someteré a los adivinos y a quienes les consultan, a una gran tribulación, y a sus hijos los someteré a muerte violenta (cfr. Ap 2, 22-23).

Yo examino los corazones y hasta las mismas entrañas de cada uno, y doy a cada pecador según sus obras (cfr. Ap 2, 23).

Mi carga es liviana para los que son fieles a la Doctrina de Mi Iglesia, y se han apartado del pecado de Satanás; pero deben luchar con mucha firmeza para conservar la fe que les he dado hasta que Yo los llame o vuelva (cfr. Ap 2, 24-25).

PROMESA DE JESÚS (Ap 2, 26-28)

Esto es lo que prometo al que venza y al que guarde hasta el fin Mis obras: “le daré potestad sobre las naciones, y las apacentará con cetro de hierro y las romperá como vasija de barro. Yo le doy esta potestad que recibí de Mi Padre; y además le daré la estrella de la mañana” (cfr. Ap 2, 26-28).

CAPÍTULO 3: VIVOS DE NOMBRE (Ap 3, 1)

Vivos de nombre son aquellos que militan en filas, como sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos, pero han perdido el compromiso. Son como casas viejas destruidas por dentro pero por fuera conservan la fachada.

Conservan la fachada exterior de santidad de aparente piedad, pero su corazón está muerto y sus obras no son aceptas a Mi Padre Dios

(cfr. Ap 3, 1). A estos Yo les digo, hijo: “Mantente alerta y cuida lo que queda porque también está a punto de morir” (Ap 3, 2).

A todos les digo: “acuérdate de todo lo que has recibido y oído de la Palabra de Dios, guárdala y arrepiéntete; porque si no estás vigilante, vendré como un ladrón sin que sepas a qué hora vendré a ti” (Ap 3, 3).

PREMIO AL VENCEDOR

Los que no han manchado sus vestidos con el pecado, caminarán conmigo con vestidos blancos, porque son dignos de Mí (cfr. Ap 3, 4).

Así trataré al vencedor: “Será revestido con vestiduras blancas y no borraré su nombre del libro de la vida; confesaré su nombre en la presencia de Mi Padre Celestial y delante de los ángeles” (Ap 3, 5).

Hijo, ya he borrado tus pecados y he limpiado tu alma con Mi Sangre; te he llamado a Mi servicio y te he inscrito en el libro de la vida. Ahora espero de ti que seas fiel a tu misión.

Hijo, que cuando Yo te llame a Mi presencia, te encuentre listo y preparado, con tu misión cumplida. Y entonces a la hora de tu muerte te llevaré de Mi Mano misericordiosa para presentarte ante Mi Padre y a los ángeles del cielo.

QUÉ ES SANTIDAD

Me preguntas, hijo, ¿qué es santidad? Santidad es veracidad, ajustar tu vida a Mi Verdad y Mi Camino; por eso Yo soy “Santo y veraz” (Ap 3, 7). Yo, hijo, ya lo dije: Yo soy la Verdad, y el camino para llegar a la Verdad y Vida para verla en la Verdad.

El que busca la verdad se encuentra necesariamente con Dios, porque Dios es la Verdad.

LAS PUERTAS DEL CIELO

Yo, Jesús, poseo la llave de David que abre el cielo, y nadie puede cerrar sino solamente Yo; y poseo la llave que cierra el cielo (es el infierno) y nadie puede jamás volver a abrir (cfr. Ap 3, 7).

Hijo, Yo he abierto la llave del Reino de los Cielos para todos hombres de la tierra, auque son muy pocos los que entran. Nadie tiene posibilidad de impedirte el paso para entrar, si tú no lo permites. Entrar al Reino de los cielos depende de Mi gracia y de tu lucha.

Yo, Jesús, cierro la llave del Reino de los Cielos para los que en la tierra no escuchan Mi llamada y no cumplen la Ley y Mis preceptos.

No son tus fuerzas las que pueden abrir las puertas de los Cielos, sino la fuerza de Mi Sangre.

Hijo, las puertas del Reino de los Cielos están abiertas para ti y esperan tu llegada. Entrarás por ellas si “guardas Mi Palabra y no niegas Mi Nombre” (Ap 3,8).

Te advierto, hijo, que ante Mis hijos fieles “se postrarán a sus pies los que dicen ser de Dios y no lo son, sino que mienten, y conocerán ellos que Yo amo a Mis hijos” (Ap 3,9).

PERSEVERAR

Los que guardan Mi mandato de perseverar firmes en el seguimiento Mío, Yo los guardaré a la hora de la tentación que va a venir sobre el mundo, para probar a todos los hombres de de la tierra (cfr. Ap 3, 10).

Te pregunto, hijo: los que no escuchan Mi llamada, ¿cómo van a soportar la prueba?.

Hijo, Mi llamada es hoy, porque Yo ya he advertido que “voy enseguida” (Ap 3, 11).

Persevera en tu llamada, hijo, “conserva lo que tienes, para que nadie arrebate tu corona” (Ap 3, 11).

Esto prometo al que muera perseverando en Mis preceptos y en Mi Amor:

-Le haré como columna firme en el Templo de Mi Padre de Dios y de allí no saldrá nunca más.

-Escribiré sobre él, el Nombre de Mi Padre Dios, lo marcaré con el distintivo del Nombre de la Ciudad de Mi Padre Celestial. Y escribiré sobre él, Mi Nombre Nuevo (cfr. Ap 3, 12).

“Yo soy el principio de la Creación de Dios” (Ap 3, 14) Hijo, Yo no tuve principio; pero Mi Padre Dios creó todas las cosas para Mí: por Mí y para Mí fueron hechas todas las cosas. Yo soy el Rey de todo lo creado.

Yo soy el principio de la Creación de Mi Padre Dios, porque la Creación entera comenzó a darle gloria a Dios por medio Mío.

Hijo, la Creación, después de Cristo, comenzó a cumplir plenamente el fin de darle gloria a Mi Padre Dios; porque antes de Cristo la creación estaba manchada de un pecado sin reparar: el de los ángeles caídos y el de Adán y Eva.

LOS TIBIOS

A los tibios Yo les repito ahora, hijo: “Conozco tus obras, que no eres ni frío ni caliente. ¡Es preferible que seas frío o caliente!.

Y como eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de Mi boca” (Ap 3, 16).

Estos son los tibios:

-Los que se sienten llenos de la Palabra de Dios; pero no la viven.

-Los que se creen santos y se limitan a ser buenos.

-Los que se creen generosos porque dan de lo que les sobra; pero no se dan ellos así mismos.

-Los que se creen felices y son unos desdichados,

-Los que se creen limpios y están llenos de miserias,

-Los que se sienten ricos ante Dios y están vacíos,

-Los que se sienten sabios y por eso no buscan consejo y dirección. (Cfr. Ap 3, 17)

El tibio cree que “no necesita nada” (Ap 3, 17), “y no sabe que es un desdichado, miserable, pobre, ciego y desnudo” (Ap 3, 17).

CÓMO SALIR DE LA TIBIEZA

Te aconsejo, hijo, que Me compres el oro que ha sido acrisolado por el fuego del dolor, para que así te enriquezcas (cfr. AP 3, 18) Ese oro acrisolado es Mi Palabra. La compras conociéndola y viviéndola de verdad, y la pagas con el sacrificio de tu vida entregada a Mí, a Jesús.

Hijo, dedícate a comprar en esta vida pasajera, túnicas blancas, que son la vivencia de tus virtudes, para que te vistas con el traje apropiado del Banquete de Mi Padre Dios, y no te presentes ante Él mostrando la vergüenza de tu desnudez. ¿Crees tú que sin méritos de virtudes te va a recibir Mi Padre Celestial en el Banquete? (cfr. Ap 3, 18).

Hijo advertí Yo, Jesús, que los puros verán a Dios (cfr. Mt 5, 8), por eso te aconsejo que dediques esta vida a adquirir colirio para echarte en los ojos y así puedas ver (cfr. Ap 3, 18). El colirio que purificará tus ojos y todo tu ser es la obediencia a las personas que Yo te he puesto, para que ellas te guíen hacia Mí.

Compra con tu arrepentimiento el colirio de la confesión sacramental que purificará tu corazón para que puedas ver a Dios.

Compra el colirio de la sinceridad y la verdad, que te ayudará a tener paz en tu corazón, porque los pacíficos serán llamados hijos de Dios (cfr. Mt 5, 9).

Hijo, Yo soy misericordioso y “a los que amo los reprendo y castigo” (Ap 3, 19). Sí, hijo, ¡Yo castigo!: a Mis hijos el castigo les sirve de corrección; pero a los que Me rechazan el castigo les sirve para su eterna perdición.

Si no quieres que sobrevenga el castigo sobre ti, “vigila y arrepiéntete” (Ap 3, 19).


EL QUE ESCUCHA MI VOZ (Ap 3, 20)

Sí, hijo, Yo, Jesús, “estoy a la puerta y llamo; el que escuche Mi Voz y abra la puerta de su corazón, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). Me convertiré en el huésped permanente de su casa; y haremos morada dentro del él: Mi Padre Dios, El Espíritu Divino y Yo. Y haremos de su vida un Reino de Dios sobre la tierra.

El que escucha Mi Voz, hijo, se dejará orientar por Mí y hará solamente lo que Yo le indique. Entonces:

Convertiré de nuevo el agua en vino, para que celebre fiesta.

Multiplicaré para él los panes y los peces.

Lo curaré de las heridas.

Aplacaré para él los mares y los vientos para que nada tema.

Haré que su corazón arda de amor cuando Yo le explique los misterios del Reino de los Cielos.

Lo llevaré al Monte Tabor para que vea Mi Rostro.

Tendrá valor, como Mi Madre, para acompañarme al pie de la Cruz.

Y le daré a Mi Madre como Madre suya.

LUCHA, HIJO, Y VENCERÁS (Ap 3, 21).

¡Lucha, hijo, que conmigo vencerás, igual que Yo he vencido!, y entonces, ya lo sabes: “al que venza le concederé sentarse conmigo en Mi Trono, igual que Yo he vencido y estoy sentado con Mi Padre en su Trono” (Ap 3, 21).

Lucha sin miedo, hijo, porque seguirme a Mí es estar en pie de guerra, ¿no ves que “Yo no vine a traer paz a la tierra sino lucha”? (Mt 10, 34).

YO VINE A TRAER ESPADA

Yo, hijo, viene a traer a la tierra espada (Mt 10, 34) y fuego que arda.

Yo vine a enfrentar:

-Al hombre contra su Padre,

-A la hija contra su madre,

-A la nuera contra su suegra.

-Al hombre contra los de su propia casa (cfr. Mt 10, 35-36).

NO ES DIGNO DE MÍ (cfr. Mt 10, 37-39)

-El que ama a su padre o a su madre más que a Mí.

-El que ama a sus hijos más que a Mí.

-El que rechaza Mi Cruz y no Me sigue.

-El que se dedica a buscar satisfacer su propia vida, porque ese la perderá.

Pero en cambio, quien entregue su vida por seguirme a Mí, la encontrará (cfr. Mt 10, 39).

CAPÍTULO 4: EL TRONO DE LA GLORIA DE DIOS

Isaías, Juan y Ezequiel vieron el Trono de Dios:

Isaías dice: “Vi al Señor sentado sobre su Trono alto y sublime, y sus tejidos recubrían el Templo” (Is 6, 1).

Juan dice: “Vi un Trono y a alguien sentado en el Trono” (Ap 4, 2).

Ezequiel nos narra: “Vi un Trono como de piedra de Zafiro y en lo alto del Trono, encontré una figura como de un hombre que estaba parado sobre el Trono” (Ez 1, 26). “Esta era la apariencia de la gloria de Yahvé” (Ez 1, 28).

“El hombre que está sentado en el Trono tiene una apariencia de jaspe y coralina” (Ap 4,3). “De su cintura hacia arriba es como el fulgor del metal resplandeciente. De su cintura hacia abajo es como el fulgor del fuego vivo y todo en derredor suyo resplandece” (Ez 1, 27).

“El Trono está rodeado de un arco iris de color verde esmeralda” (Ap 4, 3). Sí, hijo, Mi Padre Dios lo dijo: “Pongo Mi arco en las nubes como señal de Mi pacto con la tierra” (Gn 9, 13).

Mi Padre Dios ha cumplido el pacto; pero el hombre no.

“El esplendor que rodea el Templo es como el arco iris que aparece en las nubes en el día de lluvia” (Ez 1, 28).

LO QUE VIO JUAN ALREDEDOR DEL TRONO:

Juan vio alrededor del Trono otros veinticuatro tronos y en ellos vio sentados a veinticuatro ancianos, que son el signo de la sabiduría. Los ancianos “vestían túnicas blancas y tenían coronas de oro en sus cabezas” (Ap 4, 4).

Por eso prometí, Yo, hijo, para que no lo olvides:

“El vencedor será revestido con vestiduras blancas” (Ap 3, 5).

“Y le daré potestad sobre las naciones” (Ap 2, 26).

“Le concederé sentarse conmigo en Mi Trono” (Ap 3, 21).

“Al vencedor le daré la corona de la vida” (Ap 2, 10).

VOZ DE DIOS

Del Trono de Dios “salen relámpagos, voces y truenos” (Ap 4, 5).

Hijo, así hablaba Mi Padre Dios con Moisés: “Moisés preguntaba y Yahvé le respondía con un trueno” (cfr. Ex 19, 19).

Así habla Mi Padre con sus hijos: unas veces habla con una suave Voz y otras, cuando las cosas son de gran importancia para el Reino de los Cielos, habla con truenos.

No te asustes cuando en tu vida aparezcan truenos, terremotos y desastres, es la Voz de Mi Padre Celestial demostrando su fuerza omnipotente.

SIETE LÁMPARAS (Ap 4, 5).

“Siete lámparas de fuego arden ante el Trono de Dios: son los siete espíritus de Dios” (Ap 4, 5). “Los siete candelabros son las siete iglesias” (Ap 2, 29).

Mis almas de oración, hijo Mío, son como lámparas de fuego que arden noche y día ante el Trono de Mi Padre Dios.

Juan y Ezequiel vieron lo mismo; Juan dice: “Delante del Trono de Dios, vi una especie de mar transparente como de cristal” (Ap 4, 6). Ezequiel dice: “Había una semejanza de firmamento como de portentoso cristal” (Ez 1, 22).

CUATRO SERES DEL TRONO DE DIOS

“En medio del Trono y alrededor de él hay cuatro seres vivos llenos de ojos por delante y detrás. El primer ser vivo se parece a un león, el segundo a un toro, el tercero a un hombre, y el cuarto se parece a un águila volando” (Ap 4, 7).

Y mira lo que vio Ezequiel: “Los cuatro seres vivientes iban y venían como un relámpago” (Ez 1, 4-14).

Estos cuatro seres vivientes que estarán por siempre ante la presencia del Trono de Mi Padre Dios, son los cuatro Evangelistas que pregonaron Mi Palabra: “Mi Palabra es eterna”, Yo tengo Palabras de Vida Eterna –Me dijo Pedro-, “El cielo actual y la tierra actual pasarán; pero Mis Palabras no pasarán”

-Mateo narra la historia Mía, de Cristo, como hombre. El hombre es el Evangelio de Mateo.

-El león, es el signo de fortaleza-poder y gloria. Marcos dio testimonio de que Yo “estaba con los animales y los ángeles le servían” (Mc 1, 13).

-El buey es el signo de la fuerza y mansedumbre Mía. Lucas reproduce las Palabras de Mi Madre donde Ella dijo: “Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes” (Lc 1, 52).

-El águila es el signo de la velocidad y altura. Juan, Mi discípulo amado, fue el que más se elevó para tratar de comprender los misterios de Mi divinidad.

Y esos cuatro seres vivientes: “brillan como bronce en ignición” (Ez 1,7). Yo, Jesús, dije de Mí que “soy la luz del mundo”.

Los cuatro seres, “tenían el mismo semblante y las mismas alas, que se tocaban las del uno con las del otro” (Ez 1, 8-9). La Palabra de Dios, que narran los cuatro Evangelistas, tiene el mismo semblante y las mismas alas del mismo Espíritu Divino. Ninguno de ellos contradice al otro, sino que se confirman las Palabras del uno con las del otro.

“Cuando los cuatro seres se mueven, no se mueven para atrás, sino que cada uno va cara adelante” (Ez 1,9). Mi Palabra, hijo, no te lleva a decrecer sino a avanzar hacia delante.

“Todos marchaban de frente a donde les impelía el Espíritu” (Ez 1,12). Hijo, debes avanzar cada día un paso más, porque “el que después de poner los pies en el arado da pie atrás no es apto para entrar en el Reino de los Cielos” “Los seres vivientes no se volvían para atrás” (Ez 1, 12).

“Los pies de los seres vivientes eran como la planta de un toro (o un buey)” (Ez 1, 7). ¿Para qué te sirve leer y meditar la Palabra de Dios? Para que como buey manso pongas los pies en el arado Mío, de Jesús, y Me sigas por la senda estrecha que va siempre adelante.

“Había entre los seres vivientes (fuego) como brazas encendidas, como antorchas, y centelleaban y salían rayos” (Ez 1, 13). Sí, hijo, Yo he dicho que he venido a traer fuego a la tierra, el fuego de Mi palabra y de Mi Amor, y lo que quiero es que arda y todos los corazones que acogen Mi llamada.

La Palabra de Dios centellea rayos de luz a la inteligencia y voluntad.

“Los vivientes iban y venían como el relámpago” (Ez 1, 14). La Palabra de Dios es un relámpago que llega a tu mente y la hace ir y venir para dirigir tus pasos hacia Dios. La Palabra de Dios se obedece de inmediato.

“Las alas de los cuatro seres vivientes estaban desplegadas hacia lo alto; dos se tocaban las del uno con las del otro, y dos de cada uno cubrían su cuerpo” (Ez 1, 11). La meditación de la Palabra de Dios, dirige tus alas a lo alto. La Palabra de Dios te sirve para tres cosas: para amar a Dios, para amar al prójimo y para conocerte a ti mismo.

GRATITUD

“Los seres vivos dicen sin descanso, día y noche:

Santo, santo, santo es el Señor,

El que era, el que es, el que va a venir” (Ap 4,8).

Hijo, cada vez que tú alabas, bendices, glorificas, adoras y das gracias, te unes a las alabanzas de los ángeles del cielo; te unes a la eternidad del “que era, el que es, el que va a venir” (Ap 4, 8).

Hijo, cada vez que tú das gloria a Dios y le das gracias, baja el cielo a tu corazón para escucharte.

Hijo, los ángeles en el cielo nada piden, los ángeles en el cielo adoran a Dios y le dan gracias.

Hijo, que tu oración no sea como la de la mayoría de los hombres, que sólo alzan su corazón a Dios para pedirle; que tu oración sea como la de los ángeles del cielo que dan gracias.

El que es grato, más tarda en agradecer que en volver a recibir.

Mi Padre Dios te hizo para darte, para participarte de todas las riquezas de su amor omnipotente. Por eso tu actitud debe ser dejarte amar y agradecer. Hijo, no te canses de agradecer que Mi Padre Dios no se cansa de dar.

Mi Padre Dios que no tiene necesidad de nada, necesita amar y amar es dar; y Dios da como lo que es: omnipotente, inmenso, infinito, eterno.

Hijo, el triste es un ingrato que en primer lugar no se deja amar y por eso desprecia los favores, y en segundo lugar el ingrato no valora ni recuerda los favores recibidos.

Hijo, si quieres ser feliz, recuerda a cada momento todos los favores recibidos, y tu gratitud atraerá más favores de Mi Padre Dios y de los hombres.

“Los veinticuatro ancianos se postraron ante el Trono diciendo: Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque Tú creaste todas las cosas y por tu Voluntad existen y fueron creadas” (Ap 4, 10-11).

Hijo, cuando los militantes de la Iglesia de la tierra alaban al Dios vivo, se unen los triunfantes de la Iglesia de los Cielos para proclamar las maravillas del Señor, Tres veces Santo: Santo el Padre-Santo el Hijo, Santo el Espíritu Santo.

CAPÍTULO 5: EL LIBRO DE LA VIDA

El hombre sentado en el Trono tenía en Su mano derecha un libro, sellado con siete sellos (cfr. Ap 5,1-5).

Tengo, hijo, en Mi Mano derecha el libro de la vida, en el cual están escritos los nombres de los escogidos de Mi Padre Celestial y han aceptado con fidelidad el llamamiento.

Pídeme, hijo, como lo hacía el rey David, que no seas borrado de la lista de los elegidos.

Hijo, te escribí en Mi libro de la vida sin consultarte a ti; pero si no haces méritos borraré tu nombre de Mi libro.

SIETE SELLOS

El libro de la vida, hijo, está sellado, marcado, con siete sellos, son los Dones del Espíritu de Dios que yo poseo:

-Don de Sabiduría, con el cual desprecié las cosas de este mundo y amé siempre lo de Mi Padre Dios. El don de sabiduría te lleva a gustar las cosas de Mi Reino, y no las de este mundo pasajero.

-Don de Ciencia, porque conozco lo creado –que fue hecho por Mí y para Mí-, para darle gloria a Mi Padre Creador.

-Don de Entendimiento, porque Yo, Jesús, conozco a Mi Padre Dios y lo doy a conocer. Hijo, escucha para que puedas entender

-Don de Consejo, porque Yo supe elegir lo que a Mi Padre Dios le agrada. Don de consejo es el que te lleva a hacer la Voluntad de Dios y no la tuya.

-Don de Fortaleza, porque Yo soporté el dolor hasta el dolor de muerte cruel, por darle gloria a Mi Padre Celestial.

-Don de Piedad, porque Yo dije: “Yo vengo a cumplir la Voluntad de Dios”. El de piedad es don de amor hasta la total entrega en obediencia.

-Don de temor de Dios, Yo le dije a Mi Padre Celestial: “no se haga Mi Voluntad sino la Tuya”. Te lleva a perder la vida con tal de no perder a Dios.

Hijo, no serás borrado del libro de la vida si llevas en tu alma siete sellos. Este libro, nadie puede abrirlo para escribir su nombre ahí, ni nadie puede cerrarlo para evitar que alguien entre. Solamente Yo, que vencí sobre la muerte, tengo poder sobre ese libro (cfr. Ap 5, 5).

EL CORDERO

“Vi un cordero, como sacrificado, con siete ojos, que son los espíritus de Dios enviados a la tierra” (Ap 5, 6).

Hijo, Yo, Jesús, soy el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Con el Sacrificio de Mi Sangre pagué el precio de rescate por el pecado de Adán y Eva.

Los siete sacramentos son siete cuernos que atacan el pecado, y siete ojos que captan el Espíritu de Dios y te permiten escuchar con nitidez Mi Voz.

Hijo, ante el Cordero de Dios, que soy Yo, Jesús, se postran todos los seres vivientes del Reino de los Cielos (cfr. Ap 5, 8).

La oración de las almas entregadas a Dios, es un perfume que llega ante el Cordero de Dios en copas de oro.

Hijo, los que se bañan con la Sangre del Cordero, por medio de los Siete Sacramentos que Yo instituí sobre la tierra, los hago un reino sacerdotes para Mi Padre Dios y reinarán sobre la tierra (cfr. Ap 5, 10).

Hijo, ¿sabes cuántos ángeles existen? “Su número es de cantidades incalculables e incontables” (Ap 5, 11).

Los ángeles en el Cielo se dedican a clamar con grande voz:

Digno es el Cordero inmolado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza” (Ap 5, 12).

La creación entera fue hecha para que reconozca a la Trinidad de Dios, “la alabanza, el honor, la gloria y el poder por los siglos de los siglos” (Ap 5, 13).

Hijo, ante la Presencia del Cuerpo de Cristo, del Cordero, los seres del Cielo se postran y Me adoran (cfr. Ap 5, 14). No dejes tú de ponerte de rodillas y adorar a Jesús Sacramentado.

CAPÍTULO 6: CABALLO BLANCO (Ap 6,2)

El primer sello, “es un caballo blanco, su jinete lleva una corona y un arco, y sale con el ademán victorioso de vencedor”(Ap 6,2). Así debes tú caminar por el mundo, con ademán victorioso de vencedor, porque Yo, que soy Rey, vencí al maligno, con el arco poderoso de Mi Palabra Eterna.

El caballo blanco representa la victoria de Dios sobre la tierra.

La guerra está declarada, hijo, el poder del bien contra el poder del mal; el poder de Cristo contra las potestades infernales. El caballo blanco contra el caballo rojo.

Hijo, para que Reine Mi Padre Dios sobre la tierra, es necesario derrotar al mal, y Yo lo haré; pero tú dedícate a cultivar el bien, porque esa es la mejor forma de derrotar el mal.

Hijo, tú ocúpate de sembrar el bien, que de destruir el mal Me ocupo Yo directamente.

Yo, hijo, “no he venido a traer paz a la tierra; no he venido a traer paz sino espada” (Mt 10, 34). El que quiera seguirme, que Me sirva en pie de guerra. Yo no necesito personas comodonas y cobardes, sino hombres y mujeres valientes que estén dispuestos a entregar su vida por amor a la verdad.

No hay que tener miedo, hijo: “no tengáis miedo a los que matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed al que puede hacer perder el alma y el cuerpo en el infierno” (Mt 10, 28).

Hijo, Yo viene a la tierra a traer guerra y espada; la espada de la contradicción y el dolor que atravesó primero el alma de Mi propia Madre (cfr. Lc 2, 35).

Yo, hijo, con Mi arco y con Mi espada, soy signo de contradicción, porque Yo he sido enviado “para ruina y resurrección de muchos” (Lc 2, 34).

EL CABALLO ROJO (Ap 6, 4).

Apareció “un caballo rojo. A su jinete se le concedió arrebatar la paz de la tierra, para que se maten unos a otros y se le entregó una gran espada” (Ap 6, 4).

La tierra está ahora llena de jinetes que montan en caballos rojos de odio, envidia y rencor. No hay paz en la tierra. Los hombres por el afán de riquezas y poder, se matan entre sí.

Por eso Yo advertí, hijo, que: “todos os odiarán por causa de Mi Nombre; pero quien persevere hasta el fin, ese se salvará” (Mt 10, 22).

Hijo, los caballos rojos están entre los tuyos más cercanos, eso lo advertí Yo muy claramente: “el hermano entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y se levantarán los hijos contra los padres para hacerlos morir” (Mt 10, 21).

EL CABALLO NEGRO

El caballo negro representa el castigo y la justicia de Mi Padre Dios. Por eso Yo, Jesús, aparezco montado en un caballo negro llevando en Mi mano “una balanza” (Ap 6, 5).

La balanza es el signo de Mi poder de Juez. El Juez premia o castiga. La justicia paga a cada uno según sus obras. La misericordia Mía no la puedes separar de Mi justicia.

Con Mi balanza, hijo, mediré el peso de las obras buenas y concretas de cada uno. Según el peso de las obras será el precio. Lo que pesa vale y lo que tiene poco peso tiene poco precio.

Alístate, hijo, porque te pesaré, te mediré y te contaré según tus obras. Juzgo el peso de tus obras en la balanza de Mi mano.

Hijo, les comienzo a pagar a Mis hijos en esta vida, porque los amo, con enfermedad, escasez, desempleo, destrucción y ruina; pero si obedecen Mis Mandatos, les participo de lo mejor de los tesoros del Cielo y de la tierra.

EL CABALLO FLACO

“Vi un caballo descolorido y flaco, en él iba montado el jinete de la muerte y le seguía el hades; se le dio poder sobre la cuarta parte de la tierra para matar a espada, de hambre, de peste y con fieras de la tierra” (Ap 6, 8).

El caballo descolorido por el odio y la tristeza, y flaco de la envidia y la crueldad, anda suelto por la tierra para matar violentamente a quienes están en la verdad. Como cerdo se lanza contra aquel que tiene perlas.

Dios hizo el mundo del Amor para Reinar en él; pero el hombre rebelde, aliado con Satanás, se construyó su propio mundo donde reina el egoísmo, la intolerancia y muerte.

El pecado es el caballo maliciento que monta al jinete de la muerte, y le sigue la perdición eterna.

El pecado es caballo flaco que carga es su lomo todo tipo de desgracias.

Hijo, ahora sabes cuál es la causa de la guerra, el hambre, la enfermedad y todo tipo de desgracias naturales: ¡el pecado!.

Llevar los hombres a Mi Padre Dios es alejarlos de la muerte eterna.

Se engañan, hijo, los que pretenden cambiar las estructuras sociales y sistemas de gobierno, sin reformar primero el corazón del hombre; es como tratar de construir un alto edificio sin hierro y con ladrillos sin cocer.

TÚNICAS BLANCAS

“Vi debajo del altar a las almas que fueron sacrificadas a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que dieron” (Ap 6, 9).

Las almas de los que entregaron su vida a vivir la Palabra de Dios, están debajo del altar donde está el Cordero de Cristo (cfr. Ap 6, 9).

Los testigos de la Palabra de Dios, que por amor a la verdad dieron la vida, claman en el cielo con gran voz: “¡Señor santo y veraz!” (Ap 6, 10).

Los mártires en el cielo piden a Dios con fuerte voz: “hacer justicia y vengar su sangre contra los habitantes de la tierra” (Ap 6,10).

Los mártires en el Cielo visten vestidos especiales que los diferencias de todos los demás, “túnicas blancas” e inconsútiles, como las del mismo Cristo. Túnicas de príncipes, hermanos del Rey, Cristo, e hijos del Padre Dios, Señor del universo. (cfr. Ap 6, 10).

El cielo está esperando completar el número de mártires que habrán de ser inmolados, para vengar su sangre contra los habitantes de la tierra (cfr. Ap 6, 11).

Cada vez que en la tierra se sacrifica a un hombre de Cristo, se llena más la copa de la ira de Dios (cfr. Ap 6, 11).

UN TERREMOTO (Ap 6, 12)

“Se produjo un gran terremoto” (Ap 6, 12). Sí, hijo, está previsto un gran terremoto, como nunca había ocurrido. Es la tierra que quiere sacudir sus lomos de las cargas del pecado.

Hijo, Mi Padre Dios prometió que no habrá más diluvios; pero sí prometió que habrá un gran terremoto (cfr. Ap 6, 12).

Yo, hijo, he prometido, como gran castigo:

El sol dejará de dar su luz y se volverá negro como bolsa de basura,

Dolor de sangre llorará la luna,

Las estrellas caerán sobre la tierra cuando Yo, Jesús, agite el firmamento, como se agita la higuera por el vendaval. Es Palabra de Dios y Dios la cumple (cfr. Ap 6, 12-13).

Como se enrolla el pliego de papel replegaré Yo el cielo,

Y desplazaré de su sitio a todos los montes y a las islas.

Será el día de mi ira. Los poderosos de la tierra pedirán a los montes que se precipiten sobre ellos para tratar de ocultarse de la mirada de Dios (cfr. Ap 6, 14-17).

“El ángel tomo el incensario, lo llenó con las brasas del altar y las arrojó a la tierra. Entonces se produjeron truenos, voces, relámpagos y un gran terremoto” (Ap 8,5).

Hijo, Mi Padre Dios dijo por medio de David:

El que habita en los Cielos se reirá de los poderosos de la tierra que pretenden destruir sus Leyes y su Nombre. Se burlará de ellos el Señor (cfr. Sal II).

“ A Mi tiempo, que está próximo, “Les hablaré en Mi ira y los consternaré en Mi furor” (cfr. Sal II).

Todavía, hijo, es tiempo de escuchar la llamada de Mi Padre Celestial:

“Servid a Yahvé con temor, rendidle homenaje con temblor” (Sal II).

CAPÍTULO 7: EL CASTIGO

Te pregunto, hijo: ¿Cuánto tardará en caer el castigo de Dios sobre la tierra?.

Yo, Jesús, te respondo:

El castigo tardará el mismo tiempo que empleen los ángeles del cielo en “sellar en la frente a los siervos del Señor” (Ap 7,3). Este sello, hijo, ya se viene haciendo desde antes, como te lo enseñó a ti el ángel: Mi Padre Dios anunció por medio de Ezequiel que Él mismo se encargaría de poner un signo tau a los que no aceptan el pecado y a los demás los destruirá sin ninguna compasión, sin ninguna (cfr Ez 9, 10). Que nadie se refugie impunemente en la misericordia y compasión de Mi Padre Dios para seguir pecando.

Hijo, morirán viejos, jóvenes y niños; la tierra quedará casi desierta, y el infierno se llenará de gente tibia que rechazó en la tierra la llamada, a comprometerse seriamente en la entrega a los planes que Mi Padre Dios tenía con ellos.

Hijo, quien se convierta a Mí y Me sirva con toda su capacidad de amar, recibirá en la frente “el sello del Dios vivo” (Ap 7,2); con esta señal no sufrirá daño (cfr. Ez 9, 3-6).

Hijo, estoy construyendo una Ciudad y armándome un Ejército de hombres y mujeres fieles, comandado por Mi Santa Madre. Llevarán como señal el signo invisible del Dios vivo y recibirán directamente la protección de Mi Padre Dios. Estos no sufrirán daño.

No solamente los marcaré con el signo de Mi Cruz, sino que los separaré de los demás; los pondré en una Ciudad nueva y allí no sufrirán peligro, ni hambre, sed, ni daño alguno. Mi Ciudad es Mi nueva Arca de Noé que a ti te toca construir y llamar para que entren.

Mi Ejército le dará gloria a Mi Padre Dios y proclamará sus maravillas, porque: “La bendición, la gloria, la sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la fortaleza, pertenecen a Dios por los siglos” (Ap 7,12).

Hijo, vendrá persecución tremenda. Esta vendrá de parte de los mismos enemigos Míos que ahora están dentro de Mi Iglesia, disfrazados con piel oveja para confundir a Mis ovejas.

Nada importa que en la guerra mueras; podrán matar tu cuerpo pero tu alma es eterna.

Hijo, si te matan en la guerra, lavarás tu alma del pecado y la harás brillar con la Sangre del Cordero, y te llevaré ante el trono de Mi Padre Dios y me seguirás escuchando día y noche; y Mí Padre Dios habitará en medio de ti (cfr. Ap 7, 15).

Hijo, esto prometo a los que escuchan Mi Voz y hacen lo que Yo, Jesús, les digo: No pasarán hambre ni sed, ni calor, ni sol, ni lágrimas ni llanto, porque el mismo Dios enjugará sus lágrimas (cfr. Ap 7, 16).

Hijo, vale la pena soportar la prueba cada día; no te dejes arrebatar el sello que te garantiza la corona de vencedor. No borres tu nombre de la lista de los elegidos, porque lo que tengo preparado no lo ha visto ningún ojo, ni lo ha oído ningún oído.

CAPÍTULO 8: SILENCIO EN EL CIELO

“Cuando se abrió el séptimo sello se hizo un silencio en el cielo como de una media hora” (Ap 8,1).

Hijo, en el Cielo de Mi Padre Dios se hace silencio para escuchar el perfume de “las oraciones de los santos” (Ap 8,3).

El silencio y soledad son indispensables para poder escuchar la Voz de Dios, que baja a tu corazón y allí te habla.

El silencio, hijo es humo que eleva al cielo la oración en incensario de oro.

El silencio y la quietud de la mente son el espacio de la oración contemplativa. Escucha en silencio, medita en la quietud.

El necio escucha el ruido exterior para no escuchar la Voz de Dios en su interior.

“El ángel tomo el incensario, lo llenó con las brasas del altar y las arrojó a la tierra. Entonces se produjeron truenos, voces, relámpagos y un gran terremoto” (Ap 8,5).

Hijo, las brasas del altar de Dios están listas para ser arrojadas a la tierra, producirán voces de llanto, truenos y relámpagos; y moverán la tierra (cfr. Ap 8, 5).

CASTIGOS (Ap 7-13).

“Los siete ángeles que tenían las siete trompetas se prepararon para tocarlas” (Ap 8,6). Las trompetas son la Voz de Dios que anuncian los castigos por los pecados de los hombres.

Estos son, hijo, los castigos que vendrán:

-“Granizo y fuego, mezclados con sangre. Abrazó la tercera parte de los árboles y también convirtió en brasas encendidas toda la tierra verde” (Ap 8, 7). La primera trompeta trae desgracias a la tierra: sequía y tala de árboles.

-El segundo castigo que se viene para todos los hombres de la tierra, es que el Señor azotará la vida en el mar, y “una tercera parte de este quedará destruido para los barcos” (cfr. Ap 8, 8-9).

-Castigos en las aguas de los ríos (cfr. Ap 8, 10), y muchos hombres morirán por causa de la contaminación de las aguas (cfr. Ap 8,11).

-Castigos en el sol y las estrellas, se acortará el día solar, y se acortará la luz que producen las estrellas (cfr. Ap 8,12).

-Una estrella caerá en la tierra. Producirá un gran abismo. Del abismo saldrá humo como de un gran horno. Se oscurecerá el sol y el aire. De la humareda saldrán langostas que picarán como escorpiones a los hombres que no tiene en su alma el sello de Dios.

“Pero estas langostas no tiene poder para matar sino para atormentar por espacio de cinco meses, para ver si los hombres se convierten; pero los hombres no se convertirán sino que desearán la muerte, pero la muerte huirá de ellos” (cfr. Ap 9, 5-6).

Los demonios andarán sueltos por las calles. Tienen rostros atractivos de hombres y mujeres; llevan pelo largo y adornos en su cabeza. Cuando abren su boca para hablar, mostrarán sus colmillos retorcidos y sus palabras son dardos que hieren el corazón (cfr. Ap 9, 7-8).

Estos demonios, encarnados en hombres y mujeres, sí tienen poder de dañar a los hombres (cfr. Ap 9,10). Atacarán a todo aquel que cojan desprevenido, “como caballos adiestrados para el combate” (Ap 9,7). Son poderosos y resisten el ataque, “tienen corazas como de hierro” (Ap 9,9). Son terroristas: hacen ruido y causan susto, su jefe es el mismo Satanás; su función es llevar al dolor, la tristeza y la desesperanza (cfr. Ap 9,9).

-Otro castigo que se vendrá es este: morirá una tercera parte de los hombres de la tierra (cfr. Ap 9,15). Habrá una gran guerra donde morirán muchos consumidos por el fuego y asfixiados por el humo y azufre.

Hijo, de un momento a otro puede desatarse la justicia de Mi Padre Dios, y en un solo día podrán morir más de dos mil millones de hombres en un holocausto nuclear. ¿Te imaginas, hijo, cuántas almas podrán precipitarse al infierno en un solo día? ¿Te das cuenta de tu papel tan importante como alma de oración y reparación, para calmar la ira de Mi Padre Dios por los pecados de los hombres de la tierra?

Lo más grave de todo esto, es que los que queden con vida continuarán en sus pecados y trabajos, como si nada hubiese pasado; no escucharán la Voz de Dios que los llama a conversión (cfr. Ap 9,20-21).

CAPÍTULO 10: COME EL LIBRO (Ap 10,8-11)

Hijo, come el libro de la Palabra de Dios que sale de Mi boca, de la boca de Jesús, como se come igual Mi Cuerpo y se bebe Mi Sangre. Hijo, cuando Me visitas en el Sagrario, ahí estoy en silencio para Yo escucharte, y cuando escuchas Mi Palabra, ahí estoy enseñándote para que tú Me escuches y sientas Mi presencia y te llenes de Ella como de un manjar.

A Juan se le dio a comer en sueños la Palabra de Dios (cfr. Ap 10, 8-11), lo mismo a Ezequiel, a quien le supo a miel el Libro de la Ley (cfr. Ez 3, 2-3). Sí, hijo, Mis Palabras son miel que devoran las entrañas y destruyen tus sueños personales, para que te metas en los sueños Míos, en los planes de Mi Padre Dios.

Yo, Jesús te digo ahora lo que le dije a Juan: Es necesario que profetices de nuevo contra muchos pueblos que se han alejado de Dios (cfr. Ap 10,11).

Hijo, la Palabra Santa que sale de Mis labios, no es para teorizarla sino para que te cambie las entrañas y vivas una nueva vida.

Los que conocen y tratan de vivir la Palabra de Dios, enseñarán como pastores a muchos pueblos, naciones, en diversidad de lenguas, y a todos los reyes de la tierra (cfr. Ap 10, 11).

Hijo, quien conoce el pasado del actuar de Dios, por medio de la Escritura Antigua, leerá el signo de los tiempos en el presente y en el futuro. Quien escucha la Voz de Dios puede ser profeta.

Hijo, los anuncios del pasado unos se han cumplido, los anuncios que hablaban de Mi venida entre los hombres; pero todos los demás anuncios se vuelven a repetir, en especial cuando se trata de castigos ante los mismos pecados de los hombres.

CAPÍTULO 11

Hijo, Mi Padre Dios protege directamente a sus hijos fieles; pero a los que no están verdaderamente comprometidos, con la entrega a las cosas de su Reino los entrega en manos de los hombres perversos y pecadores (cfr. Ap 11, 1-2).

Yo, hijo, enviaré testigos Míos que enseñen Mi verdadera doctrina (cfr. Ap11,3). Mis hijos escogidos, que han aceptado la llamada y la elección de Mi Padre Celestial, son como aceite de candelabro, que dan luz a la llama que alumbra siempre ante la presencia de Mi Padre Dios (cfr. Ap 11,4).

Si alguno quisiera hacerle daño a un hijo de Mi Padre Dios, saldrá fuego de su boca y lo devorará, de todas formas morirá (cfr. Ap 11,5). Por eso Yo te digo: ¡nada temas!.

Mis hijos escogidos podrán hacer prodigios en Mi Nombre: si quieren que no llueva, el cielo negará la lluvia; convertir el agua en sangre, y afligir la tierra con toda suerte de plagas (cfr. AP 11,6).

Pero cuando concluyan su misión serán entregados al maligno, como Yo fui entregado en manos de los hombres pecadores; y luego subirán al cielo en una nube para que sus enemigos vean (cfr. Ap 11, 12).

EL FINAL DEL TIEMPO (Ap 11, 15-19).

Dentro de poco, muy poco, el tiempo y todo lo que ves dejará de existir; pero todo lo que ahora no ves será patente para ti (Ap 10, 6). Lo visible es pasajero, pero lo invisible durará por siempre.

Al final del tiempo, hijo, serán juzgados los vivos y los muertos, y serán recompensados los siervos del Señor (cfr. Ap 11,18).

Al final del corto tiempo de la tierra, Reinará Mi Padre Dios por los siglos de los siglos (cfr. Ap 11, 15). Es corto el tiempo que le queda a satanás para reinar sobre la tierra.

Hijo, no esperes el final de tus días en la tierra para que Reine Mi Padre Dios en todos los actos de tu vida; porque entonces no vendría sobre ti la paz sino la cólera y castigo (cfr. Ap 11,18).

Al final del tiempo, hijo, se abrirá el Templo de Mi Padre Dios sobre los cielos, y aparecerá el arca de la alianza (cfr. Ap 11,19).

CAPÍTULO 12: LA MUJER CONTRA EL DRAGÓN

Mi Padre Dios reunió a todos los ángeles del Cielo y les mostró los designios eternos de su Santa voluntad, una Mujer vestida bellamente con los rayos poderosos del sol, puso la luna a sus pies para que sea Ella la que le de brillo a la luna, y en su cabeza una corona de doce estrellas.

La corona de Mi Madre, hijo, está adornada con las estrellas brillantes de la fidelidad de Mis Doce Discípulos –de Doce en doce, hasta el final del mundo-.

Esa Mujer que apareció en el Cielo, hijo, Mi Padre Dios la mostró encinta de su amado Hijo, porque Ella iba a ser Madre de Dios. Mi Madre gritaba al sufrir dolores de parto y tormentos de dar a luz, a la Luz de las naciones (cfr. Ap 12, 1-2)

Toda luz es producto del dolor de muerte del cirio que se gasta.

Todo fruto es producto de la muerte de la semilla que generosamente da su vida para que otro viva.

Mi Padre Dios que ya conocía el corazón de los ángeles traidores, sabía que ellos no iban a aceptar a la Mujer. Ante la Mujer que iba a dar a luz un Hijo, apareció un dragón furioso (Luzbel, el querubín soberbio), y con la fuerza de su envidia convenció de rebelión a una tercera parte de los ángeles del cielo, que brillaban ante Mi Padre Dios como estrellas en la noche.

Las estrellas, los ángeles caídos, fueron arrojados a la tierra. La tierra es el epicentro de la guarida de Satanás, porque así lo ha querido Mi Padre Dios, para probar a los justos en la fe.

Y el dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo al nacer (cfr. Ap 12,4).

El Hijo de la Mujer, Jesús, es “El que ha a regir todas las naciones con cetro de hierro y como vaso de cerámica los romperá” –como dice el Salmo II-.

El Hijo de la Mujer que apareció en el Cielo, es aquel de quien había dicho Mi Padre Dios: “Tú eres Mi Hijo, Yo te he engendrado hoy” (Sal II,8).

El Hijo de la Mujer nació y “fue arrebatado hasta el Trono de Dios” (Ap 12,5). “Y la Mujer huyó al desierto” (Ap 12,6), para ponerse en oración. Mi Madre es maestra de oración.

Hijo, en la soledad del desierto de tu alcoba, cuando estás en oración, no entra satanás, porque los ángeles del Cielo se encargan de expulsarlo.

GUERRA EN EL CIELO

En el mismo Cielo, en el Trono de la paz y amor, se entabló el combate más cruel que ha presenciado la creación, los ángeles obedientes contra los ángeles rebeldes. “Miguel y sus ángeles, contra el dragón y sus ángeles, y ya no hubo para ellos un lugar en el Cielo” (Ap 12,7-8).

Miguel y los ángeles fieles ganaron la victoria, y “fue arrojado el dragón, la serpiente antigua, llamado diablo y satanás, que seduce a todo el universo; fue arrojado a la tierra con sus ángeles” (Ap 12,9).

No tengas miedo de llamar al dragón rebelde por su verdadero nombre, por el nombre que le puso Mi Padre Dios: “diablo y satanás” (cfr. Ap 12,9).

Esa guerra que comenzó en el Cielo, hijo, continuará en la tierra hasta el fin del mundo. Muchos hombres seguirán a satanás para su eterna perdición; pocos, muy pocos entrarán por la puerta estrecha que conduce al Reino de los Cielos. Mi deseo es que con la ayuda de Mi Madre seas tú uno de esos pocos.

HISTORIA DEL DRAGÓN

Mi Padre Dios, hijo, creó ángeles buenos, bellos, poderosos y dotados de gran ciencia y conocimientos superiores. Pero hubo uno que se llenó de maldad (cfr. Ap 13,9) y sedujo a otros ángeles a rebelarse contra los planes eternos de Mi Padre Dios.

¿Cuál fue el primer pecado del Querubín caído que lo volvió serpiente? La envidia, el acusaba día y noche a los otros ángeles ante Mi Padre Dios (cfr. Ap 12,10). ¿Te das cuenta, hijo, del peligro de tener espíritu farisaico, y de escandalizarte con los defectos de otros?.

El primer pecado que entró en el mismo Cielo fue la envidia, que invadió a una tercera parte de los ángeles de Mi Padre Dios.

La envidia es el pecado capital que arrastra a todos los demás pecados capitales; es el pecado más antiguo que lleva a acusar a los demás porque no se les ve sino defectos.

Luzbel, por su envidia le encontró defectos a los mismos ángeles, y los acusaba día y noche ante Mi Padre Dios.

Antes de la señal de la Mujer que apareció en el Cielo, ya había allí una serpiente antigua invadida de la envidia (cfr. Ap 12, 9). Y con la envidia viene el odio y el rencor. El odio contra los hermanos engendra odio contra el Padre, contra el pastor y guía; contra Dios.

Mi Padre Dios, desde toda una eternidad, había decidido que su Hijo amado, el Verbo Eterno, Yo, Me hiciese hombre nacido de carne de Mujer y no nacido de un ángel. Esto colmó la ira del dragón y se rebeló directamente contra Mi Padre Dios, “para tratar de devorar a su Hijo cuando naciera” (Ap 12,4).

En el Cielo hubo un gran combate entre Miguel (¡Quien como Dios!), y sus ángeles buenos, contra el dragón y sus ángeles malvados. Miguel ganó la pelea y la serpiente fue arrojada del Cielo.

Miguel y sus ángeles vencieron con el arma poderosa de “la Sangre del Cordero y por la Palabra del testimonio que dieron; ellos despreciaron su vida hasta la muerte” (Ap 12, 11).

Ya sabes, hijo cual es el arma poderosa para vencer a Satanás: “La Sangre del Cordero y el ejemplo de tu vida” (cfr. Ap 12,11). Esa Sangre del Cordero se derrama cada día en la Santa Misa.

Yo, hijo, soy el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo para arrojar a Satanás de la faz de la tierra. No dejes nunca de unirte al Sacrificio del Cordero, que se inmola en la Santa Misa.

Miguel venció a Satanás porque no tuvo miedo de perder su propia vida (cfr. Ap 12,11). No tengas miedo, hijo, de perder la vida presente en manos del mismo Satanás, porque lo importante es salvar tu vida eterna.

Los ángeles del Cielo se alegraron por haber sido expulsado Satanás, porque ya no hubo espacio allí para la envidia y la maldad (Cfr. Ap 12, 12). A la tierra también le llegará el momento en el cual Satanás sea arrojado de su faz, y llegue así el Reino de Dios: “¡Ahora ha llegado el Reino de Dios!” (Ap 12,10), dijeron los ángeles buenos después de ser expulsado Satanás.

LA PELEA ES EN LA TIERRA

Los ángeles del cielo le tienen compasión a los hombres de la tierra porque en ella habita Satanás: “¡Ay de la tierra y del mar!, porque ha descendido a vosotros el diablo con gran ira, al saber que le queda poco tiempo” (Ap 12,12).

Hijo, Mi Padre Dios le ha concedido permiso a Satanás para estar corto espacio en la tierra; dentro de poco, muy poco, será arrojado con cadenas al infierno. Ahora el infierno anda suelto por la tierra. Ahora El infierno está ganando la pelea y arrojando muchas almas a la eterna perdición.

Ahora la pelea es del dragón contra la Mujer, Mi Madre, y el resto de su descendencia (cfr. Ap 12,17).

¿Qué hace Satanás en la tierra? Satanás se dedica a perseguir a la Mujer, Mi Madre, por haber dado a luz a la Luz del mundo, y a sus hijos muy amados (cfr. Ap 12,13).

Pero Satanás fue avisado por Mi Padre Dios, que nada podría contra la Mujer: “Pongo perpetua enemistad entre ti y la Mujer, y entre tu linaje y el linaje de la Mujer. El linaje de la Mujer (Jesús), te aplastará la cabeza” (Gn 3,15).

EL DRAGÓN PERSIGUE A LA MUJER

Para que la mujer se defendiera de los ataques del dragón infernal, “se le dieron dos alas de un águila grande, para que volara al desierto, a su lugar, donde allí es alimentada” (Ap12,14).

Se le ha dado a la mujer alas de águila para que con ellas busque un lugar oculto y silencioso donde no la encuentre Satanás. La mujer que se exhibe a los demás, está expuesta a caer en las garras del maligno Satanás, la atacará por la envidia, la vanidad y la soberbia.

Satanás odia a todas las mujeres porque por una Mujer fue arrojado a los infiernos. Satanás también odia a los hombres por ser hijos de mujer.

HUMILDAD (Ap 12,14)

Se le ha dado a la mujer dos alas de águila para defenderse del maligno Satanás: la humildad y la obediencia.

Mi Padre Dios vio en María la humildad y por eso hizo en Ella cosas grandes.

María, Mi Madre, dijo de sí misma: “El Dios mi Salvador ha puesto los ojos en la humildad de su esclava” (Lc 1,47), “Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso” (Lc 1,49).

Hijo, humildad para saberte débil para enfrentarte solo ante un dragón poderoso y astuto.

Humildad para apartarte del peligro y saber ocultarte de las miradas de la gente en un lugar solitario y escondido de tu propia casa; allí serás alimentado directamente por Mi Padre Dios.

El águila grande que se le dio a la Mujer, María (cfr. Ap 12,14), y a sus hijos, es la Palabra de Dios y de Ella quédate con sus dos grandes alas y su esencia: ¡humildad y obediencia!.

EL DRAGÓN CONTRA LOS HIJOS DE LA MUJER (Ap 12,17).

“El dragón trató de ahogar a la Mujer en un río de agua que salía de su boca” (Ap 12,15). La injuria, la burla y la calumnia es el río de aguas podridas que salen de la boca del dragón. Pero nada temas que el polvo del olvido se encargará de absorber el río sucio.

El dragón al darse cuenta que nada podía contra la Mujer, Mi Madre, se marchó enfurecido a hacer la guerra contra la descendencia de la Mujer. La descendencia de la Mujer, sus amados hijos predilectos, son aquellos que guardan los mandamientos de Mi Padre Dios y Me siguen a Mí, a Jesús (cfr. Ap 12,17).

Hijo, el dragón infernal nada pudo contra Miguel y los ángeles fieles que pelearon contra él y lo arrojaron de los cielos.

El dragón nada pudo contra la Mujer, Mi Madre, porque Ella tiene la protección de los cielos y de la tierra.

Ahora la pelea es en la tierra. Ahora te toca pelear a ti la última batalla para arrojar a Satanás y en la tierra Reine Mi Padre Celestial.

Hijo, la pelea que te toca a ti afrontar es contra un enemigo muy potente e invisible. Tú solo no puedes; pero tienes como armas la Sangre del Cordero y el cumplir con tu vida Mi Palabra. La ayuda de Mi Madre, de Miguel, y todos los ángeles del Cielo no te han de faltar.

La tierra no es un campo de paz sino de guerra, porque así lo quiso Mi Padre Celestial. En el Cielo se libró ya la Batalla y es necesario que los hombres de la tierra tomen partido: con Dios o con el Diablo. No hay términos medios: “El que no está conmigo está contra Mí; y el que conmigo no recoge desparrama”.

La vida no es tragedia sino lucha. El que combate al maligno triunfa; pero quien no combate, muere eternamente. ¡Ay de los indiferentes y de los hombres distraídos!; nadie puede distraerse en un campo de batalla.

Luchar para poder vivir o dejar de luchar para encontrar la muerte: ¡no tienes más alternativas!.

Lucha, hijo, y “te daré la corona de la vida” (Ap 2,10); “quien venza no será dañado con la segunda muerte” (Ap 2,11).

No lo olvides, hijo, el arma que vence a Satanás es la Sangre del Cordero que se derrama en cada Misa, y el vivir bien Mis Enseñanzas (cfr. Ap 12,11). Desprecia tu vida hasta la muerte, como lo hicieron los ángeles del Cielo y les llegó así el Reino de Mi Padre Dios (cfr. Ap 12, 10-12).

CAPÍTULO 13: EL DRAGÓN TRANSMITE SUS PODERES (Ap 13,2)

“El dragón le entregó a la bestia su fuerza, su trono y su poder” (Ap 13,2).

Satanás transmite a los blasfemos la soberbia de la vida, el deseo de poder, y el trono de la vanidad y la mentira.

De los soberbios salen palabras arrogantes y blasfemias contra Dios y los que están con Dios.

Todo poder viene de Dios, hasta el poder de los malvados viene de Dios, que lo permite por un tiempo para probar a sus hijos en la fe (cfr. Ap13,7).

Ante el deslumbrante poderío de los malvados, los tibios se doblegan; pero los hijos de Dios dan la batalla.

Los que están inscritos en el Libro de la Vida, en el momento de la persecución no claudican, sino que le hacen frente al dolor hasta la muerte.

Dios prueba la fe y la paciencia de sus hijos elegidos, sometiéndolos al dolor, cautividad y muerte.

Poco importa sufrir vergüenza y deshonor en esta vida, si luego sigue el gozar del honor, poder y gloria para siempre.

LOS FALSOS PASTORES

Los falsos pastores ponen cara de oveja degollada; pero de su boca salen palabras hirientes de dragón.

Los falsos pastores se doblegan ante el poderío de los ricos y hacen que los demás alaben e imiten a los poderosos.

Los falsos pastores son bestias apocalípticas, vendidos al poder de los blasfemos, y discriminan a los que no actúan como ellos.

Las falsas ideologías que ponen su esperanza en los bienes de la tierra, en el poder, en la prosperidad del comprar y de vender, son la segunda bestia apocalíptica que seduce con prodigios de consumo pasajero.

¿Tendrá que sufrir la humanidad 666 tiranías para llegar hasta el final?

El arma de las tiranías es privar a los hombres del derecho a comprar y a vender.

Hijo, renuncia a los bienes de la tierra, renuncia al consumismo. Abandónate en la providencia de Mi Padre Dios y no sufrirás los ataques de la bestia del placer y del consumo.

CAPÍTULO 14: LLEVARÁN EL NOMBRE DE JESÚS (Ap 14,4-5)

Hijo, estos son los que llevarán escrito en su frente el Nombre Mío, de Jesús, y el de Mi Padre Celestial:

-Los de puro y recto corazón, porque supieron cumplir en su vida la Voluntad de Mi Padre Dios y no la suya. Estos verán a Dios.

-Los que se comprometieron en la tierra a seguirme a Mí, a Jesús, donde Yo quise ir, porque supieron ofrecer como Yo, su vida a Mi Padre Dios.

-Los que en su vida no se halló mentira, porque en la tierra se supieron limpiar de toda mancha. (cfr. Ap 14,4-5).

Los que tengan en su frente el Santo Nombre, se unirán a los ángeles y a los santos del Cielo para cantar un canto nuevo, un canto que jamás oyó oído alguno en la tierra (cfr. Ap 14,3).

De momento, hijo, canta tú este canto cada día:

Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal/Ten misericordia de nosotros.

A Ti la alabanza, a Ti la gloria, a Ti hemos de dar gracias por los siglos de los siglos, ¡Oh Trinidad Beatísima!/Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos, llenos están los cielos y la tierra de tu gloria.

EL EVANGELIO (Ap 14, 6)

Hijo, lo primero que apareció en el cielo fue un ángel que llevaba el tema del examen para todos los hombres de la tierra: Mi Evangelio (cfr. Ap 14,6). Mi Evangelio es el texto del examen para todos los hombres.

Mi Evangelio no es un libro reservado a unos pocos. El Evangelio es Ley de Vida, y quienes lo conozcan y practiquen vivirán eternamente.

Yo, El Verbo Eterno, Jesús, Me tomé la molestia de bajar a la tierra a enseñar a todos los hombres Mi Evangelio, y según él voy a examinar a todos, a creyentes y no creyentes, a los que lo conocieron y no lo quisieron conocer. El examen será el mismo para todos.

TEMOR Y JUICIO (Ap 14,7)

El ángel anunció con fuerte voz la hora del Juicio, diciendo:

“Temed a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora del juicio” (Ap 14,).

El pecador no escapará en la hora del tremendo Juicio.

Hijo, con Misericordia llamo a la conversión y santidad, y con Justicia premiaré o castigaré. Es tan tremendo el juicio que no dejo de llamar mientras haya vida.

Hijo, Yo, Jesús, en la tierra llamo, y en la muerte juzgo.

El principio y fin del Evangelio es: Temer a Dios y darle gloria (cfr. Ap 14,7).

Quienes rechazan la misericordia de Dios que los llama a la conversión y penitencia, se encontrarán con un Dios terrible allá en el Cielo (cfr. Ap 14,10).

Caerán las naciones poderosas que con su mal ejemplo han llevado al pecado a otros pueblos (cfr. Ap 14,8).

Todo aquel que está en pecado recibe la marca de Satanás en la frente o en la mano.

CASTIGOS AL PECADOR (Ap 9-11)

Estos son los castigos para los que mueren en pecado:

Beberán en el cáliz de la ira de Dios el vino amargo de la ira,

Serán eternamente atormentados con fuego y azufre.

Su tormento no tendrá descanso ni de día ni de noche y durará por los siglos (cfr. Ap 14, 9-11).

¿Cómo librarte, hijo, del infierno? Guardando con constancia los Mandamientos de Mi Padre Dios y conservando con fidelidad y paciencia todas Mis enseñanzas Evangélicas (cfr.Ap14,12).

Tener fe en Jesús, hijo, es comprometerte en el seguimiento Mío, porque el que conmigo no recoge desparrama, y quien no está conmigo está contra Mí.

Hijo, quien no pelea en la guerra por arrojar a Satanás de la tierra y extender el reino de Mi Padre Dios, es un tibio y un cobarde. A los tibios lo vomito de Mi boca y a los cobardes desertores se les fusila por la espalda, por la espalda con la cual dieron pie atrás.

PREMIOS (Ap 14,13).

En el Cielo descansarán eternamente de sus trabajos, los que en la tierra supieron comprometerse y entregarse por el Nombre de Jesús (cfr. Ap 14, 13)

Las buenas obras acompañarán eternamente al que en la tierra se dedicó a seguirme a Mí, a Jesús (cfr. Ap 14,13).

Hijo, lucha cada día por extender el Reino de Mi Padre Dios sobre la tierra, para que la muerte te sorprenda en el Señor.

EL JUICIO FINAL (Ap 14, 14).

Le mostré a Juan que Yo venía sentado entre las nubes. En Mi cabeza vio Juan Mi corona de oro y en Mi mano una hoz afilada (cfr. Ap 14,14).

Un ángel de Mi Padre Dios Me dijo: “Mete la hoz y corta, que ha llegado la hora de cortar y recoger los frutos de los hombres de la tierra” (Ap14,16). Los ángeles del Cielo reclamarán justicia por los pecados de los hombres. “Y quedó cortada la tierra” (Ap 14,15).

Y el mismo ángel de Mi Padre Dios le dijo a otro ángel, que había llegado la hora de cortar los racimos de la tierra, “porque ya las uvas estaban maduras” (Ap 14,18).

Esas uvas maduras de los pecados de los hombres, fueron echadas “en la gran presa de la ira de Dios” (Ap 19,19), y de la presa salió un río de sangre de más de un metro de profundidad (Ap 14,20).

Hijo, a ti te digo: está pronta a inflamarse la ira de Mi Padre Dios. Déjate instruir en la recta doctrina. Sirve al Señor con temor y ensálzale con temblor santo todos los días de tu vida (cfr. Sal II).

Hijo, cada mes mueren millones de personas y son muchos los que son arrojados en la presa de la ira de Dios, por haber rechazado la llamada a vivir los mandamientos y a seguirme.

Hijo, cada mes viajan a la eternidad alrededor de 5 millones de personas, y la gran mayoría de ellos, con el equipaje vacío de sus obras, y no descansarán de sus dolores ni trabajos, porque no han sido encontrados dignos de Mi Padre Dios.

CAPÍTULO 15: EL CÁNTICO DE LOS SALVADOS

Este es el canto que cantan en el cielo los que en la tierra vencieron a la bestia, porque no se dejaron seducir de sus encantos:

“¡Grandes y admirables son tus obras,

Señor, Dios omnipotente!

¡Justos y verdaderos son tus caminos,

Señor, Rey de las naciones!.

Señor,

¿Quién no temerá y glorificará tu Nombre?

Señor, sólo Tú eres santo.

Todas las naciones vendrán para postrarse en Tu presencia, porque tus juicios se han manifestado” (Ap 15,3-4)

Hijo, las almas en Cielo alaban a Mi Padre Dios por ser:

Omnipotente, Justo, y Santo (cfr. Ap 15, 3-4). Dile tú lo mismo y así te unes a la liturgia celestial de los santos y los ángeles.

Hijo, alaba a Dios todos los días de tu vida en la tierra, para que puedas alabarlo eternamente en el Cielo.

Hijo, estos hacen los querubines en el Cielo: alaban, adoran, bendicen y glorifican a Mi Padre Dios. Los querubines sienten la necesidad de reparar la ingratitud y rebeldía del querubín soberbio, arrojado al infierno eternamente.

LAS SIETE COPAS DE LA IRA DE DIOS (Ap 15,5-8).

“Cada uno de los siete ángeles recibió una copa de oro llena de la ira de Dios” (Ap 5,7). Los que tienen hambre y sed de justicia, ponen ante Mi Padre Dios su copa de oro, y Él se encarga de llenarlas de su ira.

Los ángeles se encargan de azotar con plagas todos los rincones de la tierra, y en copas de oro derraman sobre los hombres, la ira de Mi Padre Dios.

Hijo, la ira de Mi Padre Dios, se derrama en copas de oro pacientemente elaboradas. La ira de Mi Padre Dios es fruto de muchos años de espera, porque Él es tardo a la ira y pronto al perdón; pero para quienes rechazan su misericordia viene la ira.

Los ángeles que se encargan de ejecutar la justicia de Dios y castigar con siete plagas, van vestidos del lino puro y brillante de la gracia de Dios, y en el pecho ciñen el cinturón de oro del poder de Dios (cfr. Ap 15,6). Lo mismo le ocurrió a David que la piedra con la cual mató a Goliat era limpia, libre de odio y de rencor.

Para corregir el mal es necesario que estés revestido de doctrina segura y del poder de Dios, para que el mal no te ataque a ti.

Ante las copas de la ira de Dios, “el templo se llenó de humo de la gloria de Dios y de su fuerza” (Ap 15,8). “Nadie podrá entrar en el Templo hasta que se ejecuten las siete plagas de los siete ángeles” (Ap 15,8).

Los cielos están llenos de la gloria de Dios y de su fuerza, y nadie podrá entrar allí si en la tierra no ha soportado con paciencia el dolor y el sufrimiento.

Las plagas, para unos, son llamadas de Dios a conversión y entrega, y para los justos son llamadas a mayor paciencia.

Hijo, nadie puede entrar al Cielo si en la tierra no sufrió con paciencia el azote de las plagas que le afligen cada día.

CAPÍTULO 16: SIETE CASTIGOS

La primera copa de la ira de Dios es “una llaga maligna y perniciosa” (Ap 16,2). Dios enviará enfermedades incurables para los que han adorado la bestia de la fornicación y el adulterio.

El segundo castigo: “El mar se convirtió en sangre como de muerto, y todos los seres vivos del mar murieron” (Ap 16,3). La tierra tiene olor de sangre de muerto y los que caminan por las calles parecen cadáveres ambulantes, muertos para el amor de Dios, porque rechazan su llamada a la conversión y penitencia.

Tercer castigo: “Los ríos y las fuentes de agua se convertirán en sangre” (Ap 16,4). Los que han derramado sangre beberán sangre, porque así se lo merecen (cfr. Ap 16,6). No quedará impune el crimen del aborto.

Hijo, cuando Dios hace justicia y castiga a los perversos, los ángeles del cielo alaban su justicia y su poder (cfr. Ap 16, 5-7).

Cuarto castigo: El sol abrasará a los hombres con su fuego (cfr. Ap 16,8).

Pero los hombres, en lugar de arrepentirse para darle gloria a Dios, y frenar sus castigos, blasfemaron contra Él (cfr. Ap 16,9).

Quinto castigo: Tinieblas y dolor (cfr. Ap 16,10-11). Se morderán sus lenguas de dolor aquellos que de su boca no ha salido la verdad ni han salido palabras de alabanza al Creador.

Sexto castigo: Quedó preparado el camino al poder nocivo de las filosofías orientales (cfr. Ap 16,12). Se arman las naciones para una gran confrontación (cfr. Ap 16,14).

A ti te digo, hijo, todos los castigos llegarán de un momento a otro, para que estés muy vigilante y nada te coja de sorpresa (cfr. Ap 16,15).

Guarda, hijo, el vestido de la gracia santificante, para que no te coja desnudo el día del castigo.

Maldito el hombre a quien la muerte lo sorprenda sin el traje adecuado para entrar al banquete eterno de Mi Padre Celestial, porque será arrojado fuera donde hay llanto y crujir de dientes (cfr. Mt 22,1-14).

El último castigo será un gran terremoto como nunca existió sobre la tierra (cfr. Ap 16,18). La gran nación se partirá en tres trozos y otras naciones se derrumbarán (cfr. Ap 16,19). Caerá granizo (cfr. Ap 16,21). Sólo quedarán en pie las ciudades y las casas que han logrado conservar la fe en Dios.

Hijo, no es el pecador el que se castiga así mismo, es Mi Padre Dios quien lo castiga.

CAPÍTULO 17: CASTIGO A LA NACIÓN PECADORA

Hijo, le fue mostrado a Juan el castigo a la nación pecadora, en forma de mujer que seduce a los reyes de la tierra (cfr. Ap 17,18).

Esa nación que será duramente castigada, ejerce ahora su influencia negativa sobre muchos otros pueblos y ostenta la soberanía de los reyes de la tierra.

Esa nación pecadora, que será duramente castigada, ha llevado a la fornicación a otros pueblos y ha embriagado a los habitantes de la tierra con el vino de su lujuria (cfr. Ap 17,2).

Esa gran nación que llama la atención a todos los hombres de la tierra, por su riqueza material y sus adelantos técnicos, está sentada sobre una bestia roja llena de blasfemos nombres (cfr. Ap 17,3).

Esa gran nación ha matado a los niños inocentes en el vientre de la madre, está “ebria de la sangre de los mártires y de los santos de Jesús” (Ap 17,6).

Todos querrán doblegarse ante la bestia roja, que sostiene a la nación fornicaria y pecadora; pero los que están inscritos en el libro de la vida desde la creación del mundo, esos no se dejarán seducir por sus encantos (cfr. Ap 17,8).

Los enemigos de la Ley de Dios “lucharán contra el Cordero; pero el Cordero, juntamente con sus llamados, elegidos y fieles seguidores, los vencerá, porque Él es Señor de señores y rey de reyes” (Ap 17,14).

Los enemigos de Dios se pelearán entre sí; pero es Voluntad de Dios que uno de estos enemigos subsista “hasta que se cumplan las Palabras de Dios” (Ap 17,17).

CAPÍTULO 18: EN UNA HORA SERÁ DESTRUIDA LA NACIÓN

El Cielo avisa a los que viven en la gran nación, que seduce a los hombres con el encanto de sus bienes materiales y lleva a los hombres a olvidar la Ley de Dios:

“Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis cómplices de sus pecados, ni participéis de sus castigos” (Ap 18,4). Mira que “en una sola hora serán arrasadas sus riquezas” (Ap 18,17).

Sí, hijo mío, todo aquel que acepta el pecado de otros, participará igual de sus castigos (cfr. Ap 18,4).Por eso Yo, Jesús, te digo: aléjate de los hombres que no quieren salir de sus pecados, no sea que termines aceptando sus pecados y te toque sufrir de sus castigos.

Hijo, el pecado de los hombres ha llegado hasta el trono de Mi Padre Dios y Mi Padre Dios castigará sus iniquidades (cfr. Ap 18,5).

Hijo, esto es lo que Yo, Jesús, digo a Mis ángeles para castigar a la gente que muere en el pecado:

Castigadle el doble de lo que el pecó, y en la copa con la cual hizo pecar a otros hombres, preparadle el doble.

Tanto como se jactó y se entregó a los placeres, dadle eso mismo en tormento y llanto (cfr. Ap 18, 6-7).

Hijo, los hombres de la tierra han empleado su vida en construir una gran nación, pero no para Dios sino para saciar su ego, y en una sola hora será totalmente destruida (cfr. Ap 18,10).

Hijo, a quien se dedique a sus planes personales, le diré:

“Todos los frutos que tu alma apetecía se apartaron de ti.

Todo lo rico y espléndido pereció para ti jamás lo volverás a ver” (Ap 18,20).

CANTO EN EL CIELO (Ap 18,20).

Hijo, cuando el pecador es castigado el Cielo entero canta:

“Alégrate, oh cielo, con todos los santos, los apóstoles y profetas, porque Dios ha hecho cumplir vuestra sentencia” (Ap 18,20).

Sí, hijo, los justos se encargan de juzgar a los hombres pecadores de la tierra, y Mi Padre Dios confirma y ejecuta su sentencia” (cfr. Ap 18,20) Por eso dije Yo que los mansos (los fieles en la lucha) juzgarán la tierra.

CAPÍTULO 19: ALABAD AL SEÑOR (Aleluya)

Una fuerte voz de una inmensa muchedumbre en el Cielo dice:

“¡Aleluya!” (Ap 19,1), que significa: alabad al Señor.

Los santos en el Cielo dicen:

“¡La salvación, el poder y la gloria son de nuestro Dios; sus juicios son verdaderos y justos!” (Ap 19,1-2).

Hijo, con Mi Padre Dios la gracia; fuera de Dios todo es desgracia.

Hijo, todo poder viene de Mi Padre Dios, hasta el poder de Satanás, es Mi Padre Dios quien lo permite para probar a los justos en la fe.

Mi Padre Dios es el único que en realidad tiene poder. Dios tiene poder de crear y destruir. El que tiene poder de sacar las cosas de la nada, tiene el poder de volverlas a la nada si quisiera.

Dios ha hecho cosas maravillosas, y apenas está empezando. En la eternidad contemplaremos las cosas nuevas que hará Dios, porque Él las creará con su poder.

Toda gloria de la tierra es pasajera; pero es eterna la gloria de Mi Padre Dios. ¡Qué ciegos y torpes los hombres que buscan gloria humana pasajera!.

Los que hoy detectan el poder y gloria, dentro poco pasarán al olvido, como están en el olvido los poderosos de pasados tiempos; pero la gloria de Mi Padre Dios siempre ha sido, es hoy y será siempre.

El brillo de los pobrecitos hombres de la tierra es como brillo de relámpago que pasa en un instante; pero la gloria de Mi Padre Dios brillará por siempre. Ocúltate en la tierra para que puedas brillar ante Mi Padre Dios.

Hijo, dentro de poco, pasará el brillo del sol y las estrellas; el día se convertirá en eterna noche, para que sólo brille el esplendor de Luz de Mi Padre Dios. Ese brillo solamente se verá en el Cielo.

JUSTICIA

Solamente puede hacer justicia Mi Padre Dios, porque Él pesa y mide con verdad.

Dios es la Verdad porque Él es el que es. Las cosas son porque Dios las hace ser, y les participa de su ser. Sólo Dios tiene Ser propio y nadie le participa de su ser.

Dios condenará a los hombres pecadores que con sus pecados corrompen a los otros, y vengará en ellos la sangre que en otros derramaron (cfr. Ap 19,2).

El humo de alabanza a Dios durará por siempre (cfr. Ap 19,3).

El primer acto de justicia, hijo, es alabar a Dios, porque justicia es dar a cada uno lo que le corresponde, y a Mi Padre Dios le corresponde la gloria y la alabanza.

El Cielo grita en alta voz: “Alabad a nuestro Dios todos sus siervos y los que le teméis, pequeños y grandes” (Ap 19,5).

Hijo, que alaben a Mi Padre Dios todos los que le sirven y le temen.

EL REINO DE DIOS

Las almas en el Cielo dicen con alegría: “¡Reinó el Señor, nuestro Dios omnipotente!” (Ap 19, 6).

Dios, desde hace poco, Reina en el Cielo, desde que se logró arrojar del Cielo a la serpiente antigua que acusaba a sus hermanos día y noche; y Dios está pronto a Reinar sobre la tierra, porque Satanás también será arrojado de los hombres.

Cuando sea arrojado Satanás entre los hombres, ya no habrá envidia, ni odio ni rebeldía alguna, porque Reinará el Amor.

Ha llegado hasta el Cielo el clamor de las almas en la tierra, que durante dos mil años le imploran al Padre Dios: “Venga a nosotros tu Reino, para que se haga Tu Santa Voluntad aquí en la tierra, como ya se hace en el Cielo”, como Yo, Jesús, os enseñé a decir.

Mi Padre Dios, hijo, no Reinará en la tierra cuando ya no haya hombres sobre ella; sino que el Reino de Mi Padre Dios será una realidad sobre esta vida mortal. Tendrá que esperar la tierra, como también esperó el Cielo, a que sea arrojada la serpiente antigua, y así llegue el Reino de Mi Padre Dios.

La tierra fue creada por Mi Padre Dios para Él Reinar en ella. Le ha dejado un corto tiempo a Satanás, pero Mi Padre Dios ya ha comenzado a reclamar lo que es suyo, y al maligno lo arrojará a los infiernos.

Hijo, la tierra ahora es una empresa que da pérdidas para el Reino de los Cielos, porque son muy pocos los que ahora entran por la puerta estrecha, y la gran mayoría de los hombres entran por la puerta amplia que lleva a la perdición eterna. Pero reza para que muchos entren por la puerta estrecha y se alejen de la puerta amplia que conduce a los infiernos.

Hijo, vale la pena entregar la vida entera por este ideal, como Yo, Jesús, lo hice: Que Reine Mi Padre Dios sobre la tierra, para que cada hombre haga Su Santa Voluntad, como se hace ya en el Cielo.

En el Cielo impera la Voluntad de Dios y quien feliz se somete a ella, comienza a saborear aquí en la tierra las delicias de que nuestro Padre Dios tiene preparadas para todos los que le aman.

Para conocer la Voluntad de Dios para tu vida, hijo, tienes que aprender a escuchar la Voz de Mi Padre Celestial. ¿Cómo vas a saber lo que Dios quiere de ti si no lo escuchas?.

En el Cielo se celebran las Bodas que Mi Padre Dios preparó para su Hijo, de las cuales disfrutan los que supieron aceptar la invitación, por eso dicen los invitados:

“Alegrémonos; saltemos de júbilo; démosle gloria, pues llegaron las Bodas del Cordero y se ha engalanado su esposa. Le han regalado un vestido de lino puro: el lino son las buenas obras de los santos” (Ap19,7-8).

Hijo, la Fiesta de Bodas es el Reino de los Cielos de Mi Padre Celestial, el Cordero soy Yo, Cristo, Mi esposa amada es Mi Iglesia, la cual se viste con las buenas obras de los santos (de las buenas obras Mías, de Jesús, y las buenas obras de Mi Madre), y también de las buenas obras de todos los santos (cfr. Ap 19,7-8).

Hijo, te invito al Banquete de Mis Bodas, y quiero que prepares tu vestido nupcial, mediante tus buenas obras.

Para llegar al cielo, donde siempre allí se está de fiesta, es necesario entrar con un vestido de lino deslumbrante y puro, el vestido de tus virtudes, pasadas por el brillo de la oración, y purificadas por la mortificación y penitencia (cfr. Ap 19, 7-8).

“Bienaventurados los llamados a la Cena del cordero” (Ap 19,9).

Hijo, estás invitado a conocer y a vivir la doctrina de la Iglesia que Yo, Jesús, fundé en la tierra, ella te vestirá de sus virtudes, para que puedas ser digno de entrar a las Bodas del Cordero.

Los ángeles son compañeros de servicio de los que guardan el testimonio de Jesús (cfr. Ap 19,10).

“El testimonio de Jesús es el espíritu de profecía, que te lleva a adorar a Dios” (Ap 19,10). Profeta, hijo, es el que enseña; lo que Yo enseñé a los hombres fue a darle verdadero culto a Dios por medio de la obediencia.

Profeta es el que enseña a obedecer la Palabra de Dios, porque la escucha y trata de vivirla. Escucha, hijo, la Voz de Dios en la oración y Él te dará el espíritu de profecía.

“Y vi el Cielo abierto: en él vi un caballo blanco, y lo que lo monta se llama FIEL Y VERAZ, y con justicia juzga y combate” (Ap 19,11).

Las armas para vencer a Satanás son la fidelidad y la verdad.

Sí, hijo, Yo, Jesús, juzgo y combato la infidelidad y la mentira (cfr. Al 19,11).

El Cielo está en pie de guerra para combatir las fuerzas del mal sobre la tierra. La guerra se inició con el pecado original y se incrementó con tus pecados personales. Esa guerra durará hasta que haya hombres en la tierra.

Hijo te tocó nacer en guerra y pelear. A tu lado combate Jesucristo, el que es Fiel y Veraz (cfr. Ap 19,11). Tus armas son la fidelidad y la verdad. Dios juzga con justicia y combate con verdad. Las armas poderosas del combate son la verdad y la justicia.

Sólo es justo el que es veraz porque está en el camino cierto de la única verdad, por la que Yo, Cristo, di Mi Vida.

El Príncipe de la paz, monta en un caballo blanco, “lleva un manto teñido de sangre, y su Nombre es: El Verbo de Dios” (Ap 19,13).

Para alcanzar la paz es necesario pasar por el dolor de sangre de la Pasión de Cristo.

Yo, Jesús, soy el Verbo de Dios que Me hice carne.

A Jesús le siguen en la pelea, “los ejércitos celestiales, vestidos de lino blanco y puro” (Ap 19,14).

Hijo, no estás solo en la pelea; tienes a Mi Padre Celestial al lado tuyo, al Espíritu de Dios; Me tienes a Mí que soy tu hermano y a los ángeles que son compañeros de servicio tuyo.

Tranquilo, hijo, que los que están contigo son más que los que están en contra tuya.

Los ángeles del Cielo ya pasaron la dura prueba del combate. Ellos han vestido el traje de sus virtudes representado con lino blanco puro.

LA ESPADA DE DIOS

De la boca del Verbo de Dios, “sale una espada afilada para herir con ella a las naciones; Él las apacentará con cetro de hierro” (Ap 19,15).

De la boca Mía, de Jesús, sale la espada afilada de la Palabra de Dios, para herir a todos los hombres de la tierra.

Hiere, hijo, como debes herir: con la Palabra de Dios; ella es omnipotente para luchar contra las fuerzas del mal.

Hijo, que la Palabra de Dios hiera tu corazón de Amor, y esté pronta en tu boca para herir también de Amor a los corazones de los hombres.

Yo, Jesús, rijo las naciones con la vara de hierro de Mi Palabra inquebrantable, y ante ella se quebrarán, como vaso de cristal, los duros corazones (cfr. Sal II,9).

Yo, Jesús, piso el lagar del vino que contiene el furor de la ira de Dios omnipotente” (Ap 19,15).

Sí, hijo, cuando se desate la ira de Mi Padre Dios, Yo Me encargaré de ejecutar el castigo de sus justicia.

Hijo, Yo en Mi muslo llevo escrito lo que soy: “Rey de reyes y Señor de señores” (Ap 19,16).

Hijo, no te doblegues ante los reyes de la tierra, ni creas en su riqueza y su poder; doblégate ante Mí que soy el Verdadero Rey. No entregues tu vida en servicio a los señores de la tierra, sólo a Mí, a Jesús, que soy el Señor de los señores.

Hijo, sólo Dios es tu Señor, sólo Dios es tu Rey.

La dignidad del siervo se mide por la grandeza de su Señor; infinita es tu dignidad porque infinita es la grandeza de tu Señor, El Rey de reyes y el Señor de los señores de la tierra.

Cuando se desate la ira de Dios los gusanos asistirán a “la gran cena del castigo de Dios” (Ap 19,17).

Los reyes de la tierra se unirán a la bestia maligna de Satanás para hacer la guerra a la doctrina de Jesús, y rechazar la verdad y la justicia (cfr. Ap 19,19).

Pero Dios triunfará sobre la bestia y contra los falsos profetas y serán “arrojados vivos al estanque de fuego que arde con azufre” (Ap 19,20). Al estanque de fuego será arrojado todo aquel que la muerte lo sorprenda en el pecado.

CAPÍTULO 20: EL REINO DE CRISTO

Satanás será arrojado a los infiernos y “encadenado por el ángel del abismo por mil años” (Ap20,1); pero “Después será soltado nuevamente por un corto tiempo” (Ap20,3).

Estamos en la época en la cual Satanás anda suelto por la tierra con todas las milicias infernales, buscando a quien devorar. Es necesario pedirle al Padre Dios que envíe a San Miguel para que sepulte al infierno a Satanás y a los espíritus malignos que merodean por el mundo para perder las almas.

Dile al Padre Dios: ¡Ven, Señor, no tardes; envía a tus ángeles para apresar a Satanás, para que seduzca más a los hombres de la tierra!.

ESTA PRÓXIMA LA FECHA

“Vi unos tronos; a los que se sentaron en ellos se les dio el poder de juzgar” (Ap 20,4)

Hijo, está próxima la fecha, después de un gran combate y muchas muertes, en la cual será encadenado Satanás, y Mi Padre Dios Reinará sobre la tierra. El combate será cruento.

La gran cadena para apresar a Satanás es la oración de las almas de oración. No eres tú quien tiene poder para vencer a Satanás sino solamente Dios; pero tú tienes poder de influencia sobre Dios por medio de tu oración. Mi Padre Dios se deja convencer muy fácilmente por la oración de sus almas de oración.

Mi Padre Dios permitió cambiar los tiempos de su Hijo, forzado por la petición de un alma entregada a su servicio, Mi Santa Madre, en las bodas de Caná; y las almas de oración, unidas a la oración poderosa de Mi Madre, acelerarán la llegada del tiempo del Reino de Dios sobre la tierra.

Hijo, cuando escuches rumores de guerras y catástrofes, no temas; alégrate porque es el tiempo señalado por Mi Padre Dios para arrojar a Satanás y Reinar Él sobre la tierra.

Hijo, está próximo el tiempo en el cual los mansos dominarán la tierra y juzgarán a las naciones.

Está próximo el tiempo en el cual se hará justicia y brillará la luz de la verdad.

Está próxima la fecha en la cual se hará la Voluntad de Mi Padre Celestial aquí en la tierra, como se hace en el Cielo.

Revivirá el espíritu de santidad sobre la tierra y no habrá mal.

Reinarán con Cristo los que no se han dejado seducir por el pecado, ni se doblegaron a los atractivos de la tierra, ni escucharon las voces de la prudencia humana dirigida por la lógica maligna de Satanás.

LOS COMPROMETIDOS CON JESÚS

“Bienaventurado el santo, el que tiene parte en la resurrección primera” (Ap 20,6). Para los que se han comprometido seriamente en seguirme a Mí, a Jesús, en esta vida y pegar el fuego a otros, la segunda muerte no tendrá poder, sino que serán tratados con la dignidad de sacerdotes de Mi Padre Dios y sacerdotes del mismo Cristo, y reinarán conmigo eternamente.(cfr. AP 20,6).

SATANÁS SERÁ SOLTADO

Antes del final total de la historia de los hombres en la tierra,“Satanás será soltado de su prisión” (Ap 20,7). “Y saldrá a seducir a las naciones” (Ap 20,8). Satanás llenará de odio las naciones y las reunirá para la guerra (cfr. Ap 20,8).

Hijo, Satanás actúa porque Mi Padre Dios lo suelta. Mi Padre Dios se vale de Satanás para probar la fe del justo y para llevar a perdición a los de duro corazón (cfr. Ap 20,7). Satanás nada puede por sí mismo; cuando actúa entre los hombres, lo hace con el poder prestado de Mi Padre Dios.

Mi Padre Dios no quiere el mal pero lo permite para sacar de él cosas buenas. El mal afianza la fe del justo y prueba su confianza en Dios. Mi Padre Dios saca del mal cosas muy buenas para aquellos que Él ama.

El mal destruye al soberbio; pero al justo lo purifica, edifica y lo hace más humilde y fuerte.

Guiados por el mal consejo del maligno Satanás, los poderosos de la tierra intentarán romper todo vínculo con Mi Padre Dios y destruir la doctrina de Mi Santa Iglesia, “pusieron cerco al campamento de los santos y a la ciudad amada; pero bajó fuego del cielo y los devoró” (Ap 20,9).

Nada temas, hijo, ante los rumores de guerras y catástrofes, porque Mi Padre Dios te protegerá.

Bajará fuego del cielo nuevamente para devorar a los enemigos de Mi Padre Dios y de Mi Iglesia, como ya ocurrió en Sodoma y en Gomorra (cfr. Gn 19,24).

LA DERROTA DE SATANÁS

Antes del fin del mundo y del Juicio Final sobre todos los hombres de la tierra, “el Diablo fue arrojado al estanque de fuego y azufre, donde también están la bestia y el falso profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos” (Ap 20,10).

EL JUICIO FINAL (Ap 20, 11-15)

Yo, Jesús, apareceré sentado en Mi Trono con gran poder y majestad para juzgar a los vivos y a los muertos. Entonces, hijo, “el Tribunal tomará asiento y serán abiertos los libros” (Dn 7,10).

“Los muertos aparecerán ante el Trono y serán abiertos los libros” (Ap 20,12).

En el Día del Juicio aparecerán dos libros, el uno contiene las acciones de los hombres, y en el otro están “los escritos en el libro y se salvarán” (Dn 12,1).

Hijo, “y verán al Hijo del Hombre que viene con gran poder y gloria” (Mt 24,30). Enviaré a Mis ángeles para que con trompetas clamorosas reúnan a Mis hijos elegidos desde los cuatro vientos, de un extremo a otro de los cielos (cfr. Mt,24,31).

Pero nadie, hijo, sabe de este día y de esta hora, ni los ángeles del Cielo, sino sólo Mi Padre (cfr. Mt 24,36). Por eso Yo, Jesús, he dicho: “Velad, porque no sabéis en que día vendrá vuestro Señor” (Mt 24,42).

En el último día de la permanencia de los hombres en la tierra, pondré las ovejas a Mi derecha, y a los cabritos a la izquierda.

Llamaré “benditos de Mi Padre” a las ovejas de Mi derecha, y las invitaré a tomar posesión del reino preparado para ellas desde la creación del mundo (cfr. Mt 25,33-34).

Y les pediré a los malditos que estén a Mi izquierda que se aparten de Mí, y los mandaré al fuego eterno preparado para El diablo y sus ángeles (cfr. Mt 25,41).

Por eso te repito, hijo, que no son muchos los que se salvan; porque muchos intentarán y no podrán (cfr. Lc 13,23-24).

Amplia es la puerta que lleva a la perdición eterna del infierno; y muy angosta es la puerta para entrar al Reino de los Cielos.

Precisamente como la puerta del Reino de los Cielos es estrecha, muy pocos logran entrar por ella. La puerta estrecha del Reino de los Cielos es del tamaño del hueco de una aguja, y solamente entrarán los que en la tierra se han dejado convertir en hilo muy delgado, porque se han sabido despojar de sus apegos, y han logrado cambiar sus planes personales por los planes de Mi Padre Dios.

Los réprobos de la izquierda Me dirán que en Mi Nombre hicieron prodigios y milagros; pero Yo los llamaré siervos inicuos. Para ellos habrá llanto y rechinar de dientes (cfr. Lc 13, 26-28).

Por eso, hijo, te repito nuevamente que estés listo en todo momento, para evitar el mal sin remedio ni sin fin de las penas eternas del infierno, y que después de tu muerte puedas presentarte con la frente en alto delante de Mí, de Jesús (cfr. Lc 21,36).

Hijo, Yo les dije a los que estaban junto a Mí, que no se quedarán tranquilos por haber visto prodigios y milagros, sino que su gozo debe ser el permanecer firmes en la lucha para no ser borrados del libro del Reino de los Cielos.

Mi Padre Dios escuchó la petición del rey David, que no fuera borrado, por su pecados, del libro de los elegidos. Pídelo tú también a cada instante: “Señor, no me borres de la lista de tus elegidos.”

A CADA UNO SEGÚN SUS OBRAS (Ap 20,15).

“Y fue juzgado cada uno según sus obras” (Ap 20,13).

Hijo, todo aquel que por su estado de pecado, se haya hecho borrar del libro de la vida, y así lo sorprende la muerte, “será arrojado a un estanque de fuego” (Ap 20,15).

Hijo, el destino final de todos los hombres es solamente dos: unos para la vida eterna y otros para la eterna vergüenza y confusión (cfr. Dn 12,2).

Pero los que han sabido buscar a Dios en la tierra, “los sabios brillarán con el esplendor del firmamento, y los que enseñaron la justicia a otros resplandecerán por siempre, eternamente como las estrellas” (Dn 12,3).

CUANDO SERÁ EL FIN (Dn 12,6).

El fin, hijo, será después de pasar por un tiempo de dolor, como no se ha conocido desde que han existido hombres sobre la tierra (cfr. Dn12,1). Será necesario que antes que llegue el fin, “muchos sean purificados, emblanquecidos y depurados” (Dn12,10).

Pero no te importe, hijo, cuando habrá de suceder el fin de todos los hombres sobre la tierra, lo que sí te digo es que el fin de tu vida está cercano. Camina con fidelidad y constancia hacia la vida eterna, que allí es tu descanso, allí te espera el tesoro de la herencia que Mi Padre Dios tiene para sus hijos escogidos.

Te repito, hijo, “sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida” (Ap 2,10).

CAPÍTULO 21: UN CIELO NUEVO

Hijo, le mostré a Juan un Cielo nuevo y una tierra nueva y le dije que mirara para comprobar que Yo hago todo nuevo (cfr. Ap21,5).

Hijo, Dios a las cosas y a los hombres les da el ser y cuando los quiere cambiar les da un nuevo ser; a los hombres le da el ser semejante a Dios según su propia imagen.

Déjate cambiar de Mí para Yo hacer de ti un hombre nuevo. Deja que Yo cambie tu mundo por el mundo Mío; deja que Yo haga de nuevo un mundo diferente para ti.

Deja que Yo te lleve al mundo Mío, que aunque es el mismo, siempre es nuevo para ti.

Cuando Yo, Jesús, actúo, parece que nada cambia ante tus ojos, como cuando ves el vino; pero eso que parece vino lo he transformado en Mi Sangre, y eso que a tus ojos parece pan, con Mis palabras lo he transformado en Cuerpo Mío. Así actuó Yo en ti, aunque tus ojos de carne no vean el cambio esencial que Yo he hecho.

Reza, hijo, la oración que te he enseñado:

Ven, Padre Creador, y haz un mundo nuevo para todos los hombres de la tierra, empezando en nuestros pobres corazones.

Ven, Hijo Redentor, báñanos con tu Sangre, líbranos en tu Nombre del poder de las tinieblas, de la astucia y maldad de Satanás.

Ven, Espíritu Divino, entra en nuestros corazones, llénanos de tu Amor, para que del Amor que Tú nos das te podamos dar amor.

Ven, Trinidad Santa, Un solo Dios, a Reinar ya sobre la tierra, para que los hombres escuchando tu Divina Voz, alcancemos el fin feliz para el cual fuimos creados.

Voz Divina, que estás en nuestros corazones y a cada instante nos llamas y nos hablas, ayúdanos a quitar todos los obstáculos que nos impiden escuchar con nitidez tu Voz.

Danos concentración para por oírte, memoria para recordar tus Instrucciones y obediencia para cumplir de inmediato la Santa Voluntad de nuestro Padre Celestial y permitirle así que Reine Él sobre la tierra.

Hijo, algún día, nada importa que esté próximo o lejano, todo lo que ahora ves ha de pasar: “Vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque la primera tierra y el primer cielo ya han pasado” (Ap 21,1).

¿Sabes, hijo, qué hago Yo en el Cielo? Desear para Mis hijos la Ciudad Nueva, la Ciudad de Dios, la Nueva Jerusalén: “ataviada como novia para presentarse ante su esposo” (Ap 21,2).

“Esta es la morada de Dios con los hombres. Dios habitará con ellos y ellos serán su pueblo. Dios, habitando en medio de ellos será su Dios” (Ap 21,3).

El Cielo, hijo, es vivir con Dios; dejar que Dios viva contigo, tan de cerca, que viva dentro de ti como en su propia casa; y Dios habitando dentro de ti, dirigirá tu vida para que le des gloria y seas feliz.

Los padres de la tierra tienen hijos, pero luego abandonan la casa de sus padres para formar su propio hogar; Mi Padre Dios envía sus hijos a la tierra, y luego espera que regresen a la Casa Celestial, para vivir con Él eternamente.

Cuando tú dejes que Dios habite en ti, te darás cuenta que vives en una Ciudad Nueva:

Lo que antes te hacía llorar ahora te hace reír,

La muerte que temías ahora la deseas,

El llanto se convierte en paz,

El lamento en alabanza,

El dolor ya no destruye sino que purifica,

Y comprobarás que tu pasado ya no existe, porque Dios ha hecho de ti un hombre nuevo.

Hijo, en Mi Ciudad Amada, en Mi Nueva Jerusalén, Mi Padre “Dios enjugará las lágrimas, y no habrá ya muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor, porque el mundo viejo ya ha pasado” (Ap21,4).

En Mi Ciudad, hijo, no hay nada que falte ni nada que añorar, porque el que tenga sed de amor, Yo le daré a beber gratis de la Fuente de Amor del agua viva del Espíritu de Dios (cfr. Ap 21,6).

Hijo, ven a vivir a Mi Ciudad, allí Yo seré para ti Dios, y tú serás para Mí un hijo (cfr. Ap 21,7). Tiene razón en estar tristes lo que no aceptan el llamado a vivir en Mi Ciudad.

El que venza en la dura batalla de la vida, y pase las duras pruebas de dolor como Yo hice, heredará la felicidad eterna.

Todo hombre desea ser feliz. Todo lo que el hombre hace lo hace para tratar de ser feliz y no lo logra; sígueme, hijo, y Yo te haré feliz, según Mi modo; muy distinto al modo tuyo.

Hijo, ¿qué prometo al que Me sigue? Hacerle feliz por siempre y para siempre. ¿Te parece poca cosa?.

NO ENTRARÁN AL CIELO:

Los cobardes, que huyeron del compromiso del seguimiento Mío, de Jesús, no entrarán a gozar de Mi Ciudad Eterna (cfr. Ap 21,8).

Los que en la tierra rechazaron el dolor, no entrarán a Mi Ciudad eterna (cfr. Ap 21,8).

No entrarán a Mi Ciudad Eterna los que en la tierra rechazaron la oportunidad que les brindé de rechazar el pecado y creer en Mi perdón, porque se hicieron abominables ante Mí (cfr Ap 21,8).

No entrarán en Mi Ciudad los incrédulos que no pusieron su confianza en Mí (cfr. Ap 21,4).

No entrarán a gozar de Mi Ciudad los homicidas, porque la sangre que derramaron clama al cielo su venganza (cfr. Ap 21,8).

No entrarán a gozar de Mi Ciudad los fornicarios porque han profanado el templo de su cuerpo donde habita el Espíritu de Dios (cfr. Ap 21,8).

No entrarán a gozar de Mi Ciudad los hechiceros, porque estos llevan el signo de la bestia, y con mentiras engañan a la gente (cfr. Ap 21,8).

No entrarán a gozar de Mi Ciudad los idólatras blasfemos, porque estos han cambiado la entrega al verdadero Dios, por la entrega a las cosas, a personas y a ellos mismos (cfr. Ap 21,8).

Todos estos embusteros, que no entrarán a gozar de Mi Ciudad, “tendrán su sitio en el estanque que arde con fuego y con azufre” (Ap 21,8).

A Mi Ciudad “no entrará nada profano, ni el que comete abominación ni falsedad, sino los que están escritos en el libro de la vida del Cordero” (cfr. Ap 21,27).

“A Mi Ciudad no entrará nada maldito” (Ap 21,3).

LA CIUDAD SANTA (Ap 21, 9-11).

Mi Ciudad baja del Cielo, reflejando la gloria de Mi Padre Dios; su brillo es parecido a una chispa de diamante (cfr. Ap 21, 9-11).

Mi Ciudad amurallada tiene doce pilares; en cada pilar hay un nombre de cada uno de los doce Apóstoles de Cristo (cfr. Ap 21,14).

Mi Ciudad no está construida con ladrillos de barro ni cemento, sino con piedras finas y oro puro (cfr. Ap 21,14).

Los doce pilares de las murallas de Mi Ciudad están adornados con toda clase de piedras preciosas (cfr. Ap 21,19), quiero, hijo, que tú seas una piedra preciosa de un pilar de Mi Ciudad.

Mi Ciudad tiene doce puertas para entrar. Cada puerta está hecha de una perla preciosa (cfr. Ap 21, 21), solamente entrarán por ellas los que en la tierra lo dejaron todo para adquirir la perla preciosa de mayor precio, como Yo enseñé.

Las puertas de Mi Ciudad no se cierran en la noche, porque allí la Luz del día alumbra igual de noche (cfr. Ap 21,25). Ábreme las puertas de tu corazón para Yo entrar de día y no las cierres en la noche.

Hijo, la noche se hace día y el día eterna Luz, cuando en tu corazón habita Dios. No es el sol el que ilumina tus pasos en la tierra sino la Voz de Dios.

La plaza de Mi Ciudad es de oro puro que brilla como cristal transparente (cfr. Ap 21, 21).

Mi Ciudad no tiene templo, porque toda la Ciudad es el mismo Templo de Mi Padre Dios y Yo, el Cordero (cfr. Ap 21, 22). Mi Padre Reina en plenitud, igual que Yo, que soy su Hijo, y de nuestra plenitud se llenan los que están allí.

Mi Ciudad no tiene luz de sol ni rayos de luna, porque la ilumina la Gloria de Mi Padre Dios y la lámpara soy Yo, el Cordero (cfr. Ap 21,21).

Mi Ciudad no tiene necesidad de los luceros de la noche, porque “los sabios brillan con el esplendor del firmamento, y como las estrellas resplandecen los que enseñaron la justicia a otros” (Dn 12,3).

Hijo, la naciones poderosas de la tierra caminarán a la luz de Mi Ciudad, y los reyes de la tierra le rendirán su gloria (cfr. Ap 21,24).

Sí, hijo, la luz de Mi Ciudad iluminará las naciones de la tierra, y se postrarán ante ella los reyes de la tierra para rendirle admiración.

Hijo, Yo haré llevar a Mi Ciudad la gloria y las riquezas de todas las naciones (cfr. Ap21,26). Tú eres pobre por un tiempo, porque dentro de poco lo poseerás todo. Lo que te maravilla de la tierra es poco, comparado con las riquezas de Mi Padre Dios.

CAPITULO 22: EL ESPÍRITU SANTO (Ap 22, 1-2)

El Espíritu Santo es un río de agua pura, clara como un cristal, que procede del Trono de Mi Padre Dios y del Cordero, que soy Yo. (cfr. Ap 22,1).

Acércate, hijo, a Mí, para Yo darte un agua pura que salta hasta la vida eterna, esa agua que anuncié a la mujer samaritana, es el Espíritu de Mi Padre y Yo (cfr. Jn4,14).

Esa agua del Espíritu de Dios es Señor de Vida, y la única agua que puede darte Vida Eterna.

Hijo, todo lo que viene de Dios es claro y sencillo; lo que viene del padre de la mentira es confuso y complicado.

La verdad es clara como fuente cristalina.

Hijo ese Río de Agua Viva es el que he prometido darle al que tenga sed de Mí. Al que acuda a Mí para saciar su sed, “Yo le daré un agua que salta hasta la Vida Eterna” (Jn 4,14).

Hijo, bienaventurado el que tiene sed de Mí, porque beberá agua pura hasta saciarse. Bienaventurado el que tiene hambre y viene a Mí porque Yo le daré a comer el Pan de Vida Eterna.

EL ÁRBOL DE LA CRUZ (Ap 22,2)

Hijo, en medio de la plaza de la Ciudad Celestial, en una y otra orilla del Río de Agua Viva, está el Árbol de la Vida. Este Árbol produce frutos cada mes. Sus solas hojas sirven para sanar a todas las naciones (cfr. Ap 22,2).

Hijo, en el Reino de los Cielos se adora el Árbol de la Cruz. Una sola astilla del Árbol de la Cruz sirve para curar a todas las naciones.

Por el fruto del árbol prohibido, la desobediencia, vino la expulsión del paraíso; por el fruto del Árbol de la Cruz, la obediencia, llegó la Vida.

La desobediencia volvió la tierra seca; la obediencia nos devolvió el Agua Viva. Los hombres tienen sed porque no se someten a la Ley de Dios que les trae un Río del Agua Viva.

Hijo, el Árbol de Mi Cruz será adorada eternamente en el Reino de los Cielos, por ella los ángeles pudieron arrojar de los Cielos a la serpiente antigua.

Mi Cruz está alimentada por el Agua de Mi Santo Espíritu.

El Árbol de la Vida, el Árbol de la Cruz, lo logran escalar los que se han dejado bañar por el Agua de Mi Santo Espíritu.

En el Árbol de la Cruz fue levantado el Cordero para ser sacrificado.

Hijo, Mi Cruz es Árbol que extiende sus brazos a los que están inscritos en el libro de la Vida.

Mi Cruz es el único Árbol que produce frutos siempre.

Del árbol de Mi Cruz no se desperdician ni siquiera sus más pequeñas astillas: los pequeños sacrificios hechos con amor. Y solamente estos bastarían para sanar de sus pecados a todas las naciones.

No temas al dolor ni a las dificultades, hijo, porque donde más seguro estarás es en el Árbol de Mi Cruz.

A Mi Ciudad Amada se sube por el árbol de Mi Cruz.

En Mi Ciudad Amada está el Trono de Mi Padre Dios y el Mío; allí Reina Mi Padre al lado su Hijo, del Cordero (cfr. Ap 22, 3-4). Los ángeles y las almas “le darán culto, verán su Rostro y llevarán su Nombre grabado en la frente” (Ap 22, 3-4).

Hijo, llegará el tiempo en el cual se acabará la oscuridad y la noche será un eterno día. El día se convertirá en maravilloso sueño. El sol habrá agotado sus últimos suspiros luminosos, no hacen falta, “porque el Señor Dios alumbrará sobre ellos y reinarán por los siglos de los siglos” (Ap 22,5).

¡Hijo vale la pena perder esta corta vida combatiendo en Mi batalla, porque luego te espera un Reino que nunca has imaginado!.

LOS PROFETAS

Lo que dicen los profetas “son palabras fidedignas y veraces” (Ap 22,6).

Cree, hijo, Dios no engaña, y todo lo descrito y anunciado aquí habrá de suceder. La Palabra de Dios es veraz y fidedigna.

¿Quién anima a los profetas a decir lo que ha de pasar?: “El Señor, Dios de los espíritus de los profetas” (Ap 22,6).

Los profetas hablan movidos por el Espíritu Santo, porque sólo Dios conoce lo que habrá de suceder.

“Dios ha enviado a su ángel para anunciar a sus siervos las cosas que han de suceder pronto” (Ap 22,6).

Dios se vale de sus ángeles para anunciar a sus hijos escogidos el mensaje de sus cuidados y su Amor.

Los ángeles se limitan a transmitir veraz y fidedignamente, el mensaje de Dios.

Hijo: “¡Estas cosas van a suceder pronto!” (Ap 22,6). Aunque la prontitud de Dios, que vive en la eternidad, no es la medida de prontitud de los hombres de la tierra. Dos mil años, dos mil vueltas de la tierra alrededor del sol, comparados con la eternidad de Dios, ¡son poca cosa!.

Después de la venida de Cristo, la tierra ha entrado en su etapa final: los últimos tiempos del hombre sobre la tierra. La tierra está cansada de girar alrededor del sol, y el sol se va cansando de brindar su luz a los corazones apagados de la tierra.

Cree, hijo, y grita al oído de las gentes: “¡Estas cosas van a suceder pronto!” (Ap 22,6).

“¡Mira, vendré enseguida!” (Ap 22,7).

¡Mira, estoy pronto a venir!

¡Mira, prepárate para Mi venida, no sea que te coja de sorpresa!.

¡Mira, arrepiente, no hay tiempo que perder!.

“Bienaventurado el que guarde las Palabras de la profecía de este libro” (Ap 22,7).

El tiempo, hijo, está muy cerca (Ap 22,10). El momento del final del tiempo, para muchos hombres de la tierra está muy cerca. Cuando se acaba el tiempo se acaba el movimiento y con él la posibilidad de hacer obras meritorias ante Dios.

En la eternidad no hay movimiento, ni trabajo, ni actuación; solamente hay contemplación, quietud y gozo, para los que se tomaron en serio las Palabras del Señor. La contemplación aquí en la tierra es el comienzo de la inmensa eternidad de Dios para gozar de su bondad.

Hijo, “vendré pronto con Mi recompensa, para dar a cada uno según su conducta” (Ap 22,12). A los de buena conducta los premio; a los de mala conducta los castigo.

A LOS TIBIOS

Como el tibio, que no está comprometido en Mi batalla, corre la misma suerte que el malvado, a uno y otro Yo les digo: “El injusto que cometa más injusticias, y el sucio que se manche más” (Ap 22,11).

Pero al bueno le pido que sea santo; al santo le pido que se santifique más, y al justo que no se canse de practicar la justicia y cumplir todo precepto (cfr. Ap 22,11).

El que se propone ser santo en su vida, no hace más que aceptar el mandato imperativo Mío: “Sed perfectos como Mi Padre Celestial es perfecto”; y el justo no hace más que tratar de pagar la enorme deuda con la cual nació: apenas es “un siervo inútil”.

Hijo, una sola injusticia te hace injusto y por ella te condenas; una sola mancha te hace sucio y por ella te habrás de condenar sino te limpias.

Hijo, aprovecha tu vida para reparar toda injusticia y para limpiar las manchas de tu alma, porque son “Bienaventurados los que lavan sus vestiduras para tener derecho al árbol de la vida y entrar por las puertas de la Ciudad” (Ap 22,14).

Nada manchado podrá entrar a Mi Ciudad Eterna.

Los que en la tierra se han limpiado de sus manchas, entrarán por la puerta grande de Mi Ciudad y comerán del árbol de la vida.

Hijo, Yo, Jesús, soy el Primero, y antes de Mí no hay nadie ni lo habrá; Yo soy el fin último de todo: “Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 22,13).

Hijo, Yo, Jesús, Me valgo de Mis ángeles para anunciar a los hombres de la tierra muchas cosas: “Yo, Jesús, he enviado a Mi ángel para daros testimonio de todas estas cosas” (Ap 22,16).

Yo Me valgo de los ángeles para anunciar a Mis hijos elegidos, las cosas que han de suceder. Me valgo de Mis ángeles para llamar a los hombres a la conversión y santidad.

Hijo, Yo soy Jesús, el que te ha narrado todas estas explicaciones de las cosas que enseñé en la tierra hace ya cerca de 2.000 años,

“Yo soy la raíz y el linaje de David” (Ap 22,16). Yo soy la raíz del espíritu guerrero y señorial del rey David y Yo soy la continuación viva y permanente de ese espíritu. David murió, pero Yo, Jesús, estoy aquí vivo a tu lado.

Yo soy Jesús que vivo entre los vivos y tengo poder de devolver la vida a los que estaban muertos, como tú.

Yo soy Jesús, que vivo en el alma de todo hijo Mío que Me abre sus puertas, Me deja entrar, Me escucha y hace lo que Yo le digo: eso es amor.

Yo soy Jesús, que rijo el destino de los hombres y gobierno la creación entera de Mi Padre Celestial, porque a Mí se Me ha dado todo poder en el Cielo, en la tierra, y también en los infiernos (Satanás no puede hacer nada sin contar con Mi permiso).

Yo soy Jesús que habla llama a los hombres a la Eterna Salvación.

Yo, hijo, soy el que le da brillo a tu alma, Yo soy la Luz, “la estrella radiante de la mañana” (Ap 22,16).

ORACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO (Ap 22,17-21).

El Espíritu Santo ansía la venida de Jesús y dice: ¡”Ven!” (Ap 22,17).

La Iglesia, Esposa de Cristo, ardientemente ansía la venida de Jesús y dice: “¡Ven!” (Ap 22,17).

¡Ven, Señor, Jesús, para calmar la sed del alma!

¡Ven, Señor, Jesús, para que nos des gratis el agua de tu Vida.

Jesús, respóndenos: “Sí, voy enseguida!” (Ap22,20), como igual nosotros hemos procurado responderte a Ti.

Hijo, lo que Yo, Jesús, he anunciado por medio de Mis profetas y Mis ángeles, de todas formas se cumplirá. Que nadie quite nada a Mis enseñanzas, ni tampoco añada algo distinto de ellas.

Esto es lo que ardiente desea Mi Santo Espíritu, que “la gracia del Señor Jesús esté con todos” (Ap 22,21).

Ten Mi gracia, hijo, y Mi gracia te tendrá a ti.

Yo, Jesús, hablo para que todo aquel que escucha Mis Palabras se acerque a las fuentes de Mi gracia, que dije en los siete Sacramentos de Mi Santa Iglesia. La gracia es el vestido nupcial para poder entrar al Banquete de Mis Bodas.

(Se terminó de pasar a máquina el 24-IX-05 Día de la Virgen de la Merced, patrona de los cautivos, y de los guerreros que pretenden rescatarlos.)

 

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© 2009, Corporación Terranova. Febrero 18, 2009