HISTORIA DE ABRAHAM
Leo J. Mart.
ADVERTENCIA:
Es una historia comentada según hechos de la Escritura y según aspectos que el autor vio en la oración.
Vamos al Antiguo Testamento para conocer las raíces más remotas de la vida de Jesús y el sentido de sus enseñanzas en el Nuevo Testamento, como dice San Agustín: “Novum in Verteré late et in Novo Vetus patet” (“El Nuevo está escondido en el Antiguo, y el Antiguo se manifiesta en el Nuevo”) San Agustín, Quaestiones in Heptateuchum, 2, 73 (PL 34, 623).
Se ha tratado hacer de lado los “elementos imperfectos y pasajeros” para sólo quedarnos con las enseñanzas de la pedagogía divina del amor salvífico de Dios, como lo recomienda el Concilio Vaticano II, Dei Verbum, n. 15
Pero los detalles iluminados con la luz de la oración no cambian la esencia del mensaje, sino lo que lo hacen más vivo y enriquecedor, precisamente para una mayor amenidad y comprensión de la Palabra de Dios. -
Se narran los acontecimientos del actuar de Dios y la respuesta de los hombres, no como una historia que se pierde en el pasado, sino como hechos prácticos para vivir en el presente, para sacar de ellos conclusiones válidas para el día de hoy.
Vamos a la Escritura para conocer la vida nuestra y la de Dios, que es lo que en realidad nos interesa.
LA COSA COMENZÓ ASÍ
Cómodamente había pasado Abraham sus primeros setenta y cinco años en la casa de Teraj, su padre.
Solamente hubo un traslado: de Ur, ciudad natal de Abraham, su padre se dirigió al norte del Río Éufrates para establecerse en la ciudad de Jarán. No fue para Abraham un desacomodo sino una mayor comodidad.
Abraham era un hombre ganadero muy normal y muy corriente, dedicado al cuidado de sus vacas, ovejas, bueyes y camellos. Del manejo de animales sabía mucho Abraham.
Dios no escoge superhombres para llevar a cabo sus extraordinarios planes sino gente sencilla; en el caso de Abraham, un rudo ganadero que más sabía de animales que de Dios; pero llevaba graba en su corazón la Ley divina, con la cual nace cada hombre, y a la cual había sido fiel.
Abraham tenía dos hermanos: Najor y Aram. Gn 11, 27
A su avanzada edad, 75 años, ya pensaba Abraham que sus días en la tierra venían tocando fin.
Abraham había hecho hasta el momento lo que debía: Evitar el mal y hacer el bien; lo cual lo constituía apenas en un simple: “Siervo inútil”, porque hacía lo que todo hombre debe hacer.
Una tristeza escondida guardaba el corazón de Abraham: ¡no tener un hijo a quien dejarle sus riquezas! El fruto de su trabajo tenía que dejarlo al mayordomo Eleazar. ¡Tanto esfuerzo para nada! -pensaba el corazón de Abraham.
Pero setenta y cinco años fueron sólo para Abraham el comienzo de su larga vida.
Le faltaban a Abraham cien años más para llevar a cabo la misión que Dios le había encomendado desde toda una eternidad: “Abram vivió ciento setenta y cinco años” Gn 25,7. Y en ese entonces los años no eran más cortos que los años nuestros, porque ya se media el año por la vuelta de la tierra alrededor del sol.
Setenta y cinco años no son nada cuando aún faltan cien, se puede decir en el caso de Abraham. Corta es la vida presente cuando aún falta por vivir la eternidad, podemos decir en nuestro caso, que es lo que en realidad nos interesa.
Abraham, pensaba que su existencia en el futuro no tendría cambio alguno. Su esposa era estéril, ya él se había resignado a no tener hijos y a dejarle su herencia al mayordomo.
Dios que conoce los corazones, vio el corazón de Abraham lleno de fe. Dios primero probó la fe y la paciencia de Abraham, por espacio de setenta y cinco años y Abraham siempre confió en Dios.
Pero después de esto seguirá Dios con duras pruebas para confirmar la fe de Abraham; y Abraham pasó todas las pruebas. Esto es lo que a Abraham lo hace un hombre distinto de muchos otros y ejemplo para todos: el pasar todas las pruebas. Pero no importa que tú hasta el momento no hubieses pasado todas las pruebas; lo importante es prepararte desde hoy para pasar la última.
Dios cambió radicalmente el rumbo de la vida de Abraham y le prometió llenarlo de hijos. Pero Dios, en la vida terrena de Abraham, sólo le permitió que sus ojos vieran dos hijos: Ismael, el hijo de la esclava Agar, e Isaac, de Sarai; desde la eternidad Abraham después miró los otros: “numerosos como las arenas del mar”.
Abraham creyó que su existencia no terminaría con la muerte y que después de ella vería realizado lo que Dios le había prometido.
DEJA TODO
Abraham, recibió de Dios el mandato de dejar la tierra de sus padres y de seguir las indicaciones del Señor, que tenía otros planes para él: “Sal de la tierra de tu padre para la tierra que yo te indicaré” Gn 12,1 Segunda desacomodación.
Sal para la tierra que Yo te indicaré, dijo Yahvé. La tierra escogida por Yahvé para Abraham era la región de Canaán, muy lejos de la casa paterna.
El viaje era una aventura larga y peligrosa en la que Dios metió a Abraham, como largos y peligrosos son los planes del Señor; pero con Dios lo largo se soporta con paciencia y el peligro se enfrenta con la seguridad de la victoria.
No escogió Yahvé la tierra de Canaán para evadir la cercanía de la corrupción de Nínive, porque en la tierra de Canaán estaban las ciudades malditas de Sodoma y Gomorra, las cuales destruyó la ira de Dios.
Yahvé escogió para su pueblo la tierra de Canaán “porque le dio la gana”, que es la razón más sobrenatural que podemos encontrar. Pero Canaán es una región costea del Mar Mediterráneo, y a través del mar, miles de años después se extenderá la Palabra de Dios, por medio de los discípulos de Cristo, por todo el mundo conocido. Por este mar viajará Pablo prisionero a Roma para predicar el Cristianismo, y luego lo hará Pedro, para ambos dejar allí su sangre.
Abraham, creyó en Dios, al creer confió y al confiar obedeció; por eso él es llamado el padre de la fe, porque Abraham siempre obedeció al Señor.
Fe no es creer en Dios, porque en Dios también creen los demonios. Fe es creerle a Dios, dejarlo todo y seguir tras de sus pasos. Eso fue lo que Abraham hizo; esto es lo que Dios quiere de ti, y de todos los hombres de la tierra; esto en realidad no es nada raro, no es más que vivir el primer mandamiento de la ley de Dios: amar a Dios por encima de todos y de todo.
Pero como son tan pocos quienes viven de verdad el primer mandamiento de la ley de Dios, la historia de Abraham aparece ante los ojos de los hombres cosa extraña, la vida de un ser que hoy parece extra terrestre.
Quizás tú y yo no nos creamos capaz de matar al hijo, como en realidad en su corazón lo hizo Abraham, pero eso es lo que Dios sigue pidiendo a todos los hombres de la tierra: desprendernos de lo que más amamos para entregárselo al Señor. “Donde está tu tesoro está tu corazón” y Dios quiere ser el único tesoro de nuestro corazón.
Desempolvamos las páginas del Libro de los libros, la Escritura, no para conocer cosas teóricas, sino para aprender a vivir, como se debe vivir. “Yo he venido para que tengáis vida y vida en abundancia”, dijo Jesús.
Cuando Dios llama, lo primero que pide es dejar la casa paterna y desprendernos de lo que más amamos, para ir en pos de la misión que Él nos ha puesto. Miles de años más tarde de Abraham, lo confirmó Jesús: “El que ama a sus padres o a sus hijos más que a Mí, no es digno de Mí”. Mt 10,37
Quien quiere hacerse digno de Dios tiene que estar dispuesto a hacerse indigno de los hombres. Jesús dirá: “Nadie puede servir a dos señores”. “Quien no está conmigo está contra mí”. “El que conmigo no recoge desparrama”.
Yahvé le prometió a Abraham, si obedecía, hacerle un gran pueblo, llenarlo de bendiciones, engrandecer su nombre y protegerlo:
“Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan”, dijo Dios, y además agregó, que por Abraham serían bendecidas todas las familias de la tierra. (Cfr. Gn 12, 2-3)
Por un hombre de fe Dios bendijo a todas las familias de la tierra: Por Jesucristo, el Padre Dios ofreció el perdón a todos los hombres de la tierra.
Quien bendice a un instrumento de Dios y le hace el bien, recibe de Dios la bendición y con ella todo bien; pero quien osare maldecir a un instrumento del Señor y hacerle el mal, la maldición de Dios y todo mal recaerá sobre él.
Dios escogió un matrimonio de ancianos estériles: Abraham y Sarai, que no puede tener hijos, para sacar de él millones de hijos.
Así actúa Dios, para demostrar su omnipotencia: Dios escoge un árbol estéril para sacar de él millones de semillas que han de fecundar con su Palabra al mundo entero.
A Dios le gusta hacer prodigios con las piedras desechadas por los hombres, y con bolsas de basura, para que se note que el que actúa es Él.
La promesa, que Dios le hizo a Abraham, no es algo que ocurrió en un pretérito remoto y que no volverá a suceder, sino que sigue vigente hoy; y Dios la hace presente para todo aquel que recibe una misión de Él y la obedece: ¡Dios hace fecundo el vientre estéril de aquellos que Él ama!
Dios está dispuesto a depositar de nuevo sus tesoros en las bolsas de aquellos que se dejen.
EN TIERRA DE CANÁN
Abraham llegó a la tierra de Canán con su esposa, con su sobrino Lot, y todos sus siervos que cuidaban sus ganados. Lot era hijo de Aram, hermano de Abraham. Gn 11,27
Lot quiso acompañar a Abraham en la misión que Dios le había puesto. Lot no quiso dejar partir solo a su anciano tío hacia una región desconocida.
Dios llenará de bendiciones a Lot por haber acompañado a un instrumento suyo.
LA TIERRA CANANEA
Dios le prometió a Abraham: “A tu descendencia daré yo esta tierra” Gn 12,7 Pero “esta tierra estaba habitada por los cananeos y fereceos” Gn 13,7
Unos seiscientos años después, cuando los hombres de Moisés vieron esta tierra prometida por Yahvé para su pueblo, se llenaron de temor porque los habitantes de allí eran gigantes. Pero Abraham había creído, que con el poder de Dios se podía conquistar.
Varios siglos más tarde de Abraham, Jesús llamó a los de la tierra cananea: “perros”, a los cuales no era debido darles el pan de la mesa de los hijos; pero Jesús encontró una fe grande en la mujer cananea, e hizo el milagro que ella le pidió: curar su hija.
En Caná de Galilea, Jesús elevó el contrato matrimonial que contraían los judíos a la dignidad de sacramento. “Sacramento grande en Cristo”; lo llamará más tarde Pablo.
En Caná de Galilea a petición de su Madre, Jesús convirtió el agua en vino.
En Caná de Galilea, María, la Madre de Dios, nos dejó a todos los hombres de la tierra su único consejo:
“Haced lo que Él os diga”
En Caná, en la tierra que Yahvé prometió darle a Abraham, Jesús se lanzó a su vida pública y anticipó su hora a petición de su Madre.
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