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ENSEÑANZAS DEL EVANGELIO DE MARCOS
CAPÍTULO 1: JUAN BAUTISTA
Te quiero contar, hijo, la labor de Mi antecesor, el hijo de Isabel:
“Apareció Juan Bautista en el desierto” (Mc 1,4). No es lógico que una persona aparezca en el desierto. Lo lógico es que Juan hubiese aparecido en la ciudad.
Juan era un alma de oración contemplativa; la gente lo descubrió en el desierto, y acudían a él por multitudes.
Mi Padre Dios quería que Juan anunciase Mi venida, y lo preparó por largos años en la soledad del desierto; en oración y penitencia.
Cuando ya estaba próxima Mi hora, la hora de Yo hacerme conocer entre las gentes, como el Hijo del Hombre, el Mesías prometido; la gente acudió a Juan para escuchar acerca de Mí.
Antes de Mí vino Juan el Bautista a predicar un bautismo de penitencia y “las gentes acudían a Juan confesando sus pecados” (Mc 1,5).
Mi Padre Dios quiere Reinar en cada corazón de los hombres de la tierra y necesita profetas como Juan, que prediquen la confesión de los pecados y la penitencia del verdadero arrepentimiento. Yo, quiero de ti, hijo, que imites a Juan el Bautista.
Juan, que ciertamente Me conocía porque su madre Isabel le habló acerca de Mi y de la visita de Mi Madre a su casa, anunció que después vendría Uno más poderoso que él, ante Quien no era digno de desatarle las sandalias; con esto se refería a Mí Persona (cfr. Mc 1,7).
A eso vas al apostolado, hijo, a hablar del poder infinito de Jesús; a sembrar en las personas el deseo de conocer al verdadero Cristo, que soy Yo.
Al apostolado vas a hablar de la dignidad divina de Jesús y de la indignidad humana tuya para desatarme Mis sandalias, y para copiar lo que ahora Yo te narro.
Juan el Bautista, a quien Yo llamé “el más grande nacido de mujer”, no hablaba de sí mismo, ni de ser hijo del sacerdote Zacarías, ni hablaba de Isabel. Juan solamente hablaba de Mí.
TODOS ACUDÍAN A JUAN
Todos los de la región de Judea y todos los habitantes de Jerusalén acudían a Juan para recibir el bautismo (cfr. Mc 1,5).
Todos los habitantes de Jerusalén y la Judea fueron avisados por Juan acerca de la llegada del Mesías. Le creyeron a Juan pero no Me creyeron a Mí, al Mesías cuando Me hice presente entre ellos.
Juan aclaró acerca del bautismo que el utilizaba: “yo os bautizo con agua; pero Él os bautizará en el Espíritu Santo” (Mc 1,8). Ese Él, del cual habla Juan, por supuesto que soy Yo.
Juan bautizaba con agua como anticipo al bautismo que Yo habría de instituir; pero el mismo Juan advirtió que Yo bautizaría en el Espíritu Santo (cfr. Mc 1,8), porque al Yo estar lleno del Espíritu de Dios lo puedo dar.
BAUTISMO DE JESÚS
Yo también quise acudir a Juan para ser bautizado en el Jordán (cfr. Mc 1,9). Al recibir el bautismo de Juan, Yo instituí el Sacramento del Bautismo, para que todos renacieran al Espíritu Santo.
El Bautismo fue el primer sacramento que Yo instituí, el cual borra la mancha del pecado original y enciende luz sobre la sombra negra del pecado de origen, del origen de tus padres terrenales: Adán y Eva.
FRUTOS DEL BAUTISMO
El sacramento del Bautismo es la puerta de entrada a la vida Cristiana.
Con el Bautismo se recibe la participación en la vida divina: la gracia santificante, que habían perdido Adán y Eva.
El Bautismo te hace hijos de Mi Padre Dios y heredero del Reino de los Cielos.
El Bautismo te hace miembro de Mi Cuerpo Místico, el Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia.
El Bautismo te hace partícipe de la misión divina Mía: la Misión de Cristo.
El bautizado te convierte en templo santo de Mi Santo Espíritu, para así recibir sus Dones y sus Frutos.
Por el Bautismo inhabitamos en tu alma la Trinidad entera: Mi Padre Celestial, El Espíritu Santo y Yo.
Por el Bautismo Yo te participo de Mis poderes divinos: Sacerdote real, Profeta y Rey.
Sacerdote real, es el que ofrece el sacrificio de su propia vida; distinto del sacerdocio ministerial que ofrece el sacrificio de Cristo.
Todo bautizado participa del Sacerdocio real de Cristo, que ofrecí hacer la Voluntad de Mi Padre Dios y no la Mía. Todo bautizado que sigue la Voluntad de Mi Padre Dios y no la suya, participa del Sacerdocio real de Cristo.
El sacerdote ministerial que ofrece en el altar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, debe ser en primer lugar Sacerdote real que ofrece a Mi Padre Dios cumplir su Santa Voluntad y no la suya.
Profeta. El Bautismo te hace Profeta, como Cristo, para que anuncies el Reino de Mi Padre Dios sobre los hombres. Todo aquel que acerca verdaderamente gente a Dios es un profeta. Todo el que hace apostolado es un profeta que ejerce su misión Bautismal.
Rey. Yo soy Rey porque soy Hijo de Mi Padre Dios y el Bautismo te hace rey, hijo adoptivo de nuestro Padre Dios. Tú, al ser hijo del Rey tiene derecho a esperar las promesas de tu Padre Celestial: la gloria eterna.
Hijo, emplea bien los poderes recibidos en el Bautismo, que Yo te dejé, y serás santo.
Santo es aquel:
Que cumple la Voluntad de Mi Padre Dios y no suya;
Que hace apostolado y,
Que espera recibir de su Padre Dios el premio eterno.
Yo soy el Hijo Amado de Mi Padre Celestial. Mi Padre Celestial en Mí se ha complacido (cfr. Mc 1,10-11).
Estos son los tesoros, hijo, de los cuales quiero Yo participarte: los tesoros de Mi Padre Dios y del Espíritu de Dios, más los tesoros Míos.
Yo quiero, hijo, que Mi Padre Celestial ponga en ti su complacencia, como la puso en Mí, al tú imitar Mi Vida.
JESÚS EN LA SINAGOGA
El día sábado, que en ese entonces era el Día del Señor, Yo lo dedicaba a hacer apostolado; iba a la sinagoga y Me ponía a enseñar (cfr. Mc 1, 21).
Cuando la gente Me escuchaba, hijo, todos se quedaban admirados de Mis enseñanzas, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas (cfr. Mc 1, 22).
Todos, hijo, se quedaban admirados cuando Yo hablaba, porque lo hacía con convicción y autoridad, y no como los escribas que hablaban sin fuerza y con poca convicción.
Los escribas hablaban de un Dios lejano y teórico; Yo vine a hablar de un Dios, que es Padre y que habita entre los hombres.
Hijo, cuando tú hables de Mi Padre Dios hazlo con la autoridad del Dios que habita en ti. Habla del Dios que tú tratas de complacer, porque te sometes con amor a los designios de su Santa Voluntad.
Hijo, cuando hables de Dios, que debes hacerlo siempre, hazlo con la autoridad que viene de Mi Padre Dios.
EL ESPÍRITU INMUNDO
Estando Yo enseñando en la sinagoga se encontraba un hombre poseído por un espíritu impuro y comenzó a gritar:
“¿Qué tenemos qué ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Haz venido a perdernos? ¡Sé quién eres: el Santo de Dios!” (Mc 1, 23-24).
Los demonios, hijo, reconocen de inmediato a Dios y a quien está con Dios, como Me reconocieron a Mí (cfr. Mc 1, 24).
Si alguien sabe de las cosas de Mi Padre Dios es Satanás, porque su escuela doctrinal fue el mismo Cielo. Pero él fue arrojado del Cielo por soberbio. El maligno se vale de las cosas de Mi Padre Dios para retorcerlas a su malvada manera.
Yo le dije al espíritu maligno, con fuerza y autoridad :
“¡Cállate y sal de él!” (Mc 1, 25).
Entonces el espíritu maligno zarandeando al hombre y dando una gran voz, salió del hombre (cfr. Mc 1, 26).
Cuando el demonio sale de una persona la zarandea y hace gran escándalo; pero ante el poder de Mi Padre Dios tiene que irse (cfr. Mc 1, 26).
Nunca temas el zarandeo del demonio. El maligno llega silenciosamente y pasa desapercibido cuando está adentro. Sólo se hace notar en el momento del salir.
Hijo, cuando veas zarandeos y escuches griteríos, no te asustes, es que Yo he sacado a Satanás de ahí (cfr. Mc 1, 26).
Esta es la táctica de Satanás para que aprendas: llega en silencio, sin hacerse notar; y se retira con estruendo cuando en Nombre de Cristo es expulsado.
No temas expulsar a Satanás por el escándalo que arma, porque luego sobreviene una gran calma.
La mejor arma para expulsar a Satanás es hacer que la persona le haga frente con valor a la verdad. Satanás no resiste la verdad. Quien anda en la mentira es esclavo de Satanás.
Ante Mí, hijo, se someten los espíritus impuros y los obligo a callar (cfr. Mc 1, 25).
No dialogues, hijo, con las tentaciones del demonio, dile: “en Nombre de Jesús: ¡cállate y véte!” (cfr. Mc 1, 25).
SE LEVANTÓ JESÚS A ORAR
De madrugada, estando todavía muy oscuro, Me levanté. Salí y Me fui a un lugar solitario y allí hice oración (cfr. Mc 1, 35).
Esa era Mi costumbre, hijo, Me levantaba de madrugada estando todavía muy oscuro. Me dirigía a un lugar solitario y allí escuchaba la Voz de Mi Padre Celestial y la de su Santo Espíritu (cfr. Mc 1, 35).
Que el primer pensamiento de tu mente al levantarte, hijo, sea para dirigirte a Mi Padre Dios y darle gracias.
Sube con tu imaginación para postrarte de rodillas con los ángeles del cielo y con Mi Madre, para alabar a Mi Padre Dios, bendecirle, glorificarle y darles gracias. Este ejercicio que tú crees ser imaginario, para Mi Padre Dios es muy real.
Hijo, muy de madrugada Mi Padre Dios te espera para hablarte; a Mi Padre Dios le gusta bendecir de madrugada tu trabajo.
Hijo, la fuerza de tu trabajo no depende de la agilidad de tus manos, sino de la potencia de tu vida de oración.
El hombre va y viene; pero es Mi Padre Dios el que actúa. El hombre siembra, pero sólo Mi Padre Dios produce el fruto.
Estéril es la acción sin vida de oración.
Mientras más cosas tengas que hacer durante el día, más temprano levántate a tu oración.
Hijo, la oración te da fuerzas para:
Expulsar demonios,
Curar toda dolencia,
Enseñar la Palabra de Dios y,
Hacer milagros y prodigios para la gloria de Dios, como los hice Yo (cfr. Mc 1, 35).
Cuando Yo estaba en oración en un lugar solitario, allí fueron a buscarme Mis discípulos predilectos (cfr. Mc 1, 36). Igual buscaron a Juan en el desierto. Hijo, si quieres que te busquen las ovejas que Mi Padre Dios quiere mandarte, refúgiate en la vida de oración en un lugar solitario.
Si la acción cansa, la oración descansa. La oración es fortaleza para el alma y descanso para el cuerpo. Si estás cansado, hijo, y te faltan fuerzas, es porque te falta la fuerza que da la oración.
LOS ESPÍRITUS MALIGNOS SE ARROJABAN A SUS PIES
Los espíritus malignos cuando Me veían se arrojaban a Mis pies diciendo a gritos:
“¡Tú eres el Hijo de Dios!” (Mc 3, 11).
Los espíritus malignos fueron los primeros en proclamar ante la muchedumbre que Yo, Jesús, era el Hijo de Dios (cfr. Mc 3, 11); pero no lo hacían para darme gloria sino para tratar de entorpecer Mi trabajo.
Desconfía, hijo, de la alabanzas de quienes no tienen a Dios; no lo hacen para alabarte sino para enredarte.
Tan perjudicial es la crítica destructiva como la alabanza enredadora.
LOS ENEMIGOS DE LA FAMILIA
Cuando Yo llegué a Mi casa en Nazaret, después de haber hecho muchos milagros junto al mar de Galilea, la muchedumbre Me siguió y ni siquiera Me dejaba comer. Mis parientes se enteraron y Me retiraron de allí diciendo que Yo Me había vuelto loco (cfr. Mc 3, 20-21).
Hijo, tan oculto pasé ante Mis parientes por Mi condición de Hijo de Dios, que cuando comencé la vida pública se extrañaron completamente de Mí y pensaron que Yo estaba loco (cfr. Mc 3, 21).
Hijo, cuídate de la prudencia humana de los parientes que tienes a tu lado. Dirán que te volviste loco cuando escuches Mi llamada, como lo hicieron conmigo (cfr. Mc 3, 21). Por eso Yo advertí que “los enemigos del hombre serán los de su casa”.
Mis parientes, hijo, fueron los primeros en atacarme (cfr. Mc 3, 21).
Los parientes, con su prudencia humana, la misma prudencia de Satanás, piensan que te hacen un gran favor tratando de alejarte de las cosas de Mi Padre Dios, para que no te vuelvas loco (cfr. Mc 3, 21).
TODO LO HACE BIEN
Estaban tan maravillados de Mis milagros y prodigios que decían de Mí:
“¡Todo lo hace bien!” (Mc 7,37).
Hijo, reconocerás que alguien es de Dios porque “todo lo hace bien” (Mc 7, 37).
Cuando Mi Padre Dios terminó la creación se dio cuenta, al contemplarla, que todo lo hizo bien (cfr. Gn 1,31); y esto mismo decían de Mí (cfr. Mc 7,37).
El sello de “bien hecho” es la marca de todos los Productos Celestiales (cfr. Gn 1,31 y Mc 7, 37).
En hacer las cosas bien conocerá la gente que tú eres hijo de Mi Padre Dios y amigo Mío, de Jesús (cfr. Gn 1,31 y Mc 7,37).
Hijo, la mediocridad no es de Dios sino de Satanás.
Las cosas mediocres no le dan gloria a Mi Padre Dios, porque Mi Padre Celestial todo lo hace bien (cfr. Gn 1, 31 y Mc 7,37).
Hijo, no Me importa que hagas mucho, sino que todo lo hagas bien.
Hijo, si te entregas al servicio de Mi Padre Dios, es para hacer las cosas bien. Solamente así te entregarás de verdad a Dios y no a lo tuyo, para satisfacer tu vanidad. Recuerda que Yo he dicho: “los tibios serán arrojados de mi boca” (Ap 3,15).
Hijo, el amor no es cantidad sino calidad.
Hijo, si trabajas para darle gloria a Mi Padre Dios, hazlo con gusto y con amor, porque si no te reprocharé por haber perdido el primer impulso de tu primer amor (cfr. Ap 2,4).
Hijo, Yo no quiero que Me ames a Mí, a Jesús, con el amor de viejos novios: ¡por rutina!.
EL CIEGO VIO CON CLARIDAD
Le puse las manos al ciego sobre los ojos “”y comenzó a ver y quedó curado” (Mc 8, 25).
Todo ciego que se acerque a Mí, a Jesús, no seguirá a oscuras.
La gente no ve porque no conoce a Jesús. Yo digo de Mí mismo: “Yo soy la luz del mundo”. Sin Mi Luz no pueden ver y sin Mí nada pueden hacer.
Hijo, te he puesto en el mundo donde habitan: endemoniados, ciegos, sordos, mudos y gente que no tiene qué comer. Tu misión es traerme esta gente a Mí, a Jesús. Yo, hijo, los curaré a todos y les daré de comer en abundancia si con fe acuden a Mi poder divino.
Conmigo, con Jesús, se ve con claridad todas las cosas: Yo soy, hijo, la Luz que aclara todo.
Los hombres andan en las tinieblas de la noche cuando no ven a Jesús.
La oscuridad es producida por la ignorancia de la cosas de Mi Padre Dios y esta oscuridad causa angustia y desespero.
Yo vine, hijo, a sacar a los hombres de la noche oscura del pecado y de las sombras de la muerte.
El que quiera ver más allá de sus narices, que conozca la vida Mía, la de Jesús, del que vino a anunciar el Reino de Mi Padre Dios; y advertí que “Mi reino no es de este mundo”-como recuerdas tú que le contesté a Pilatos-.
ENTREGA
Me encontraba Yo en el Templo, hijo, cerca al lugar donde la gente depositaba la limosna. Observé que muchos ricos echaban muchas monedas. Pero luego llegó una pobre viuda que sólo echó dos pequeñas monedas. La viuda echó todo su capital y toda su fortuna (cfr. Mc 12, 41-42).
Llamé a Mis discípulos y les hice notar que la viuda pobre había dado más que todos. Los demás habían dado de los que les sobraba; pero ella ella en cambio, de su necesidad lo había dado todo (cfr. Mc 12, 43-44).
Hijo, la generosidad no depende de la cantidad sino del dolor que implica dar lo que se entrega.
La generosidad es la máxima expresión del amor, porque el amor es dar y darse. Quien no es generoso no sabe amar.
A Mi Padre Dios no le importa la cantidad sino la totalidad.
Mi Padre Dios no se queda satisfecho con una parte de tu entrega sino con el todo. Dame, hijo, todo tu corazón toda tu mente y toda tu alma, y así vivirás en primer precepto de la Ley.
La parte más sensible del hombre, no es el corazón sino el bolsillo. Lo primero que Yo pido para poder seguirme a Mí, a Jesús. Eso fue lo que Yo le pedí al joven rico, y rechazó Mi llamada. A Mateo le pedí que dejara su negocio lucrativo, de recaudar impuestos para seguirme a Mí; y lo hizo.
Quien entrega el bolsillo, entrega el corazón. “Donde está tu tesoro, está tu corazón” –dice la Escritura-.
Dame, hijo, tus bolsillos, aunque estén llenos de arena para Yo, Jesús, llenarlos de oro puro.
En las empresas de Mi Padre Dios no se admiten los tibios que se dan a medias, porque Mi Padre Dios es celoso y absorbente.
Hijo, te pregunto: ¿todavía tienes tesoros escondidos qué aún no Me has entregado?.
Hijo, revisa todas tus cosas, conserva lo que uses y entrega lo demás. Conténtate con poco y no guardes nada que no uses, porque Mi Padre Celestial te pedirá cuenta de todo.
Quien guarda, almacena para su tristeza. Quien da con generosidad se llena de alegría, y su corazón abre la puertas para dejarse amar de Dios.
No temas entregarlo todo. No te olvides a quien das: al que es dueño de todo, a Mi Padre Dios.
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