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ENSEÑANZAS DEL APOCALIPSIS
Hijo, Yo, Jesús, no he
muerto, no Me he quedado inactivo en el Reino de los
Cielos, gozando de Mi Padre Dios, ni Me he olvidado de la
suerte eterna de los hombres de la tierra, ¡no!.
Mi Padre y Yo, Jesús, también nos valemos de los ángeles
para manifestar a Mis hijos lo que ha de suceder.
Es bienaventurado el hombre que escuche y medite la
Palabra de Dios, y la guarde en su corazón, porque el
momento para ti siempre está cercano, y el momento para
Mi Padre Dios está en presente eterno.
El momento, hijo está muy cerca y no hay tiempo que
perder. El momento de tu conversión es hoy o nunca.
El momento para tomarte en serio la Palabra de Dios es
sólo hoy, porque tú no tienes asegurado el día de
mañana.
En Dios, hijo, no hay pasado ni futuro; en Dios todo es
un “hoy”, en presente eterno.
Los hombres habitan en la nave de la tierra que viaja
veloz al rededor del sol; pero Dios está por encima del
sol y de la tierra.
En Dios está en presente el principio de toda la creación
y el final de su destino.
La Palabra de Dios es portadora de la eternidad de Dios,
pues en Mi Padre y Yo, Jesús, no hay un “antes” ni un
“después”.
Dios es el que Es, y participa a sus hijos de su propio
Ser, que es gracia y paz.
Los ángeles, que gozan de la gracia y paz de Dios,
transmiten a los hombres gracia y paz. Las almas en el
cielo y los hombres de la tierra, que tienen a Dios en su
corazón, transmiten gracia y paz.
Hijo: Siete espíritus están delante del trono de Mi Padre
Dios (cfr. Ap 1, 4). La Iglesia llama “arcángeles” a
estos siete espíritus.
Yo, Jesús, soy el fiel testigo de la existencia de Mi
Padre Dios; soy el primero que resucité de entre los
muertos, para nunca más morir; y soy el Rey de los reyes
de la tierra (cfr. Ap 1, 5).
Yo, Jesús, con Mi Sangre, libré al hombre del pecado. Le
di la oportunidad a los hombres de la tierra de volver a
nacer de nuevo por medio del Bautismo. Hice a los
bautizados estirpe real y sacerdotes, para que ofrezcan
el sacrificio de sus propias vidas a Mi Padre Dios, como
Yo lo hice (cfr. Ap 1, 5-6).
Yo, Jesús, soy Rey y a Mi Me pertenece el poder y la
gloria eternamente (cfr. Ap 1, 6).
FIN DEL MUNDO (Ap 1, 7)
Hijo, Yo, Jesús, le mostré a Mi discípulo amado, a Juan,
el fin del mundo, y le permití que viera el momento en el
cual Yo venía rodeado de nubes (cfr. Ap 1, 7), de la
misma forma que Mi Padre Dios también le mostró este
mismo momento a Daniel.
Esto había dicho ya Daniel de Mí, de Jesús: “Vi venir
sobre las nubes a uno muy semejante a un hijo del hombre”
(Dan 7, 13); claro, Daniel no Me conocía y por eso no
pronunció el Nombre de Jesús, sino que simplemente vio mi
figura humana, sin saber que era Yo.
Cuando Yo vuelva a la tierra, hijo, se lamentarán por Mi
llegada todas las naciones pecadoras de la tierra. Ya Mi
Padre Dios lo había dicho por medio del profeta Zacarías:
“Y mirarán al que traspasaron (en la Cruz), y se
lamentarán por Él (Jesús) como se lamenta (la muerte) al
primogénito” (Za 12, 10).
El momento de Mi venida está muy cerca: es el mismo
momento definitivo de tu llamada por parte de Mi Padre
Dios, por medio de tu muerte. “Habrá aquel día gran
llanto (para algunos)”, “Se lamentará la tierra, linaje
por linaje, y todos serán colocados aparte (unos a Mi
derecha y otros a Mi izquierda)” (Za, 12, 12-14).
Yo, cuando bajé a la tierra anuncié Mi segunda venida, y
dije: “Se lamentarán todas las tribus de la tierra, y
verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes con gran
poder y majestad” (Mt 24, 30).
Hijo, el sentido de la corta vida del hombre sobre la
tierra, es prepararse para el encuentro definitivo
conmigo: “Aquel que es, que siempre ha sido y que va a
venir” (Ap 1, 8).
Yo Soy: “el Alfa y la Omega” (el Principio y Fin) (Ap 1,
8).
Yo te llamo, hijo: al sufrimiento, a la paciencia y a Mi
Reino.
UN DÍA DE DOMINGO (Ap 1, 10)
Fue un día de Domingo cuando Juan cayó en éxtasis de
oración (cfr. Ap 1, 10). Es el Domingo, el Día del Señor,
el Día de la vida, en el cual Yo, Jesús, volví a la
vida.
El Domingo, hijo, el Día del Señor, la ocasión para
incrementar la vida de oración, y no el mundano
esparcimiento.
Hijo, a veces habla Dios con fuerte Voz y con estruendo
de trompeta, cuando quiere enviar mensajes perentorios a
los hombres (cfr. Ap 1, 10).
Hijo, Mis almas predilectas de oración son como
candelabros de oro que brillan día y noche ante Mi Padre
Celestial.
Yo, Jesús, vendré de nuevo, con figura humana, “como un
hijo de hombre”, (cfr. Dn 7, 13 y Ap 1, 13), para ejercer
Mi papel de Juez de los vivos que en ese momento
encuentre en la tierra y de los muertos que han
abandonado ya la tierra.
Yo le permití a Juan verme vestido con Mi túnica
sacerdotal (cfr. Ap 1, 13), y la función del sacerdote es
ofrecer sacrificios al Dios Padre; Yo, Jesús, le ofrecí a
Él Mi propia Vida. Yo soy el Sumo y eterno sacerdote,
porque Mi Sacrificio estará presente eternamente ante Mi
Padre Dios.
JESÚS ES REY DE REYES (Jn 18, 37).
Juan Me vio “ceñido el pecho con una banda de oro” (Ap 1,
13), porque Yo soy Rey, como lo atestigüé ante Pilatos:
“Tú lo dices, Yo soy Rey; para esto nací, y para esto
vine al mundo, para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,
37).
Yo soy Rey de la Verdad. Todo aquel que busca seriamente
la verdad se encuentra necesariamente con el Reino Mío.
También Me dejé ver de Juan con “cabeza blanca y cabellos
blancos” (Ap 1, 14), como símbolo de Mi sabiduría eterna,
y así Me vio también Daniel (cfr. Dn 7, 13).
La llama de fuego de Mis ojos, que vio Juan (cfr. Ap 1,
14), son el signo de Mi ciencia divina, y signo del fuego
de Mi amor que Yo vine a traer al mundo para que arda en
muchos corazones.
Mis, pies, hijo, son semejantes al metal precioso (cfr
Ap1, 15); son el símbolo de Mi poder.
Mi Voz es poderosa, “como estruendo de muchas aguas” (Ap
1, 15).
Llevo en Mi mano derecha siete estrellas (cfr. Ap 1, 16),
cada estrella es un ángel, un alma de oración que Dios
protege directamente con Su mano, y por Su labor
apostólica:
“brillarán por siempre, eternamente” (cfr. Dn 12, 3).
De Mi boca sale, hijo, “una espada tajante de doble filo”
(Ap 1, 16), esta espada es la Palabra de Dios y Mi
doctrina.
Mi Rostro es “como el sol cuando brilla con todo su
esplendor”(Ap 1, 16), como lo anunció Daniel: “los sabios
brillarán con el esplendor del firmamento” (Dn 12, 3).
Hijo, cuando tengas miedo, cuando sientas el temblor de
muerte, acude a Mí y Yo pondré “Mi mano derecha sobre ti
para decirte: ¡No temas!” (Ap 1, 17).
Hijo, Yo, Jesús, estoy vivo, Yo no Me quedé muerto; Yo
tengo poder sobre la muerte (cfr. Ap 1, 18).
CAPÍTULO 2
Yo, Jesús, camino por medio de los grupos de hijos Míos
que Me aman (cfr. Ap 2, 1).
Yo conozco el corazón de cada hombre y en especial vigilo
a los que tratan de seguirme.
NO QUIERO TIBIEZA
Yo conozco tus obras, tu fatiga y tu constancia (cfr. Ap
2, 2). Yo sé que no puedes soportar las injusticias de
los malvados. Yo sé que tienes capacidad de descubrir los
lobos que se disfrazan de ovejas; y sé que tienes
paciencia y has sufrido por Mi Nombre sin desfallecer
(cfr. Ap 2, 2-3), por nada de esto te reprocho. Por lo
único que te reprocharía, hijo, sería que Me llegases a
perder el fervor de tu primera, y que llegases a perder
el camino al cual Yo te he llamado (cfr. Ap 2, 4).
Lucha, cada día como si fuera el último que tienes en la
tierra, para que no vayas a caer en la tibieza de tu
entrega.
Hijo, que tu entrega a Mí, cada vez sea mayor. Como el
ciclista da lo máximo de sí en la recta final, así quiero
Yo que tú corras cada día, porque muy cerca está la meta,
la meta alta; para llegar al cielo: ¡cuan poco falta!,
Cuida cada vez tu amor para que no caigas en la rutina.
Tengo, hijo gente que está ahí pero que no Me sigue; se
siguen a ellos mismos en la rutina de su acomodamiento y
egoísmo; se engañan si creen que así van a lograr la
salvación eterna.
Recuerda de donde te he sacado para que no vuelvas a caer
más hondo.
Ten compasión con los que ahora están como antes lo
estuviste tú. Yo también puedo sacarlos a ellos del
pecado, como te saqué a ti.
Mientras más alto Yo te eleve con las alas de Mi gracia,
recuerda tú más claramente la olla del pecado donde
estabas. Hijo, Yo ya he olvidado tus pecados; pero tú no
los olvides para que así no vuelvas a ofenderme.
Quiero, hijo, que estés arrepentido, que te duelan tus
pecados, y los pecados de todos los hombres de la tierra
como si fueran tuyos. Tú serías capaz de hacer lo mismo y
mucho más, si Yo te soltara de Mi mano bienhechora.
Vuelve a entregarte a Mí con más amor y decisión. Vuelve
a trabajar más duro en lo que Yo quiero de ti: el trabajo
de escucharme día y noche en la oración.
Quien no se entrega a Mí con más fervor, lo suelto de Mi
mano.
Quien no escucha Mi llamada, Yo dejo de llamarle. Quien
no escucha Mi llamada, cerraré Mi boca para él.
”El que tenga oídos, que oiga lo que el Espíritu Santo
dice” (Ap 2, 7), y lo aplique para sí.
Hijo, la vida es una lucha, y “al que venza le daré a
comer del árbol de la vida que está en el paraíso de
Dios” (Ap. 2, 7).
Dios es el dueño del cielo y de la tierra. No es el cielo
el único lugar reservado para el Reino de Dios, ni la
tierra le pertenece a Satanás.
Dios Reina en el cielo, y en la tierra por medio de los
corazones que le aman, y les ofrece desde ya: “comer del
árbol de la vida que está en el paraíso de Dios” (Ap 2,
7).
DIOS INVITA A VENCER
Dios invita a vencer. ¿Qué es vencer? Vencer es escuchar
lo que el Espíritu de Dios dice al oído y al corazón, y
ponerlo por obra saltando los obstáculos.
Vencer, hijo, es mantenerte firme en el cumplimiento de
la Palabra de Dios, contra toda adversidad.
DIOS CONOCE TU DOLOR
Cuando sufres, hijo Mío, Yo Me doy cuenta de ello, y
permito tu dolor para que te acerques más a Mí. “Yo
conozco tu tribulación” (Ap 2, 9).
Hijo, y “conozco tu pobreza aunque eres rico” (Ap 2, 9);
eres rico porque eres hijo de Mi Padre Dios que es rico,
y en medio de tus carencias materiales eres rico en el
amor.
Yo conozco las murmuraciones y calumnias de los que dicen
ser de Dios y “no son más que una secta de Satanás” (Ap
2, 9).
¡No tengas miedo!. Nada temas a las murmuraciones,
calumnias, persecuciones y desprecios; Yo pasé por todo
esto, e igual deben hacerlo Mis discípulos. Hijo: “No
temas por lo que vas a padecer” (Ap 2, 10).
Te lo advierto, hijo, para que no tengas temor: “el
diablo encarcelará a algunos de vosotros, seréis tentados
y sufriréis tribulaciones; pero esto será por corto
tiempo” (Ap 2, 10), porque Mi Padre Celestial acortará la
prueba.
En medio del dolor y de las dificultades normales de la
vida, Yo te digo, hijo: “Sé fiel hasta la muerte y te
daré la corona de la vida” (Ap 2, 10).
Quien luche en esta vida, y “venza, no será dañado por la
segunda muerte” (Ap 2, 11). La primera muerte es la
llamada de Dios para el primer examen en privado, y la
segunda muerte es el repudio eterno del infierno.
CONQUISTAR EL MUNDO PARA DIOS
Te mando, hijo, a conquistar el mundo para Mi Padre Dios,
en el lugar que hoy tiene su trono Satanás.
No niegues Mi Nombre, no niegues tu fe en Mí. Quiero que
seas Mi testigo fiel, y si te toca dar la vida por Mi
Nombre, hazlo.
Sé indulgente con el pecador, dale doctrina para que
salga del pecado; pero no le admitas en las filas de Mi
ejército mientras permanezca en el pecado, no sea que
“seduzca a Mis hijos de Mi Ciudad con su fornicación e
idolatría” (cfr. Ap 2, 14-15).
No quiero un club de pecadores que reconocen con
desvergüenza sus desvaríos, pero no hacen nada para
apartarse de ellos, y cada uno se apoya en los pecados de
otros para seguir pecando.
Quiero, hijo, hacerme una Ciudad de hijos e hijas fieles
a la Ley de Mi Padre Celestial, y que arrepentidos de sus
pecados, vuelvan a Mí con corazón contrito.
¿Cómo has de combatir la desvergüenza del pecado? Con Mi
Palabra y Mi doctrina, “con la espada de Mi boca” (Ap 2,
16).
Sé fiel a Mis preceptos, hijo, y entonces te daré a comer
el manjar que Yo tengo reservado al vencedor, “el maná
que Yo tengo escondido” (Ap 2, 17).
FIDELIDAD A TU VOCACIÓN
Sé fiel al llamado que te he hecho, en el camino y
carisma que te he puesto, y entonces, como fruto de tu
fidelidad “te daré una piedrecita blanca, y escrito en la
piedra un nombre nuevo, que nadie conoce sino el que la
recibe” (Ap 2, 17).
Esa piedrecita blanca, que Yo le doy a los Me son fieles,
fue la misma que Mi Padre Celestial le dio a David y con
ella pudo vencer al enemigo de Dios.
CASTIGO A LOS ADIVINOS
Como Me quejé de los primeros Cristianos de Tiatira, Me
quejo ahora de muchos, y les digo: “Conozco tus obras, tu
caridad, tu fe, tu servicio, tu paciencia, y que tus
obras actuales son mayores que las primeras” (Ap 2, 19).
Pero tengo que reprochar que admiten profetizas y
adivinos entre ellos, que llevan a Mis ovejas a pecar
(cfr. Ap 2, 20).
Hijo, someteré a los adivinos y a quienes les consultan,
a una gran tribulación, y a sus hijos los someteré a
muerte violenta (cfr. Ap 2, 22-23).
Yo examino los corazones y hasta las mismas entrañas de
cada uno, y doy a cada pecador según sus obras (cfr. Ap
2, 23).
Mi carga es liviana para los que son fieles a la Doctrina
de Mi Iglesia, y se han apartado del pecado de Satanás;
pero deben luchar con mucha firmeza para conservar la fe
que les he dado hasta que Yo los llame o vuelva (cfr. Ap
2, 24-25).
PROMESA DE JESÚS (Ap 2, 26-28)
Esto es lo que prometo al que venza y al que guarde hasta
el fin Mis obras: “le daré potestad sobre las naciones, y
las apacentará con cetro de hierro y las romperá como
vasija de barro. Yo le doy esta potestad que recibí de Mi
Padre; y además le daré la estrella de la mañana” (cfr.
Ap 2, 26-28).
CAPÍTULO 3: VIVOS DE NOMBRE (Ap 3, 1)
Vivos de nombre son aquellos que militan en filas, como
sacerdotes, religiosos y laicos comprometidos, pero han
perdido el compromiso. Son como casas viejas destruidas
por dentro pero por fuera conservan la fachada.
Conservan la fachada exterior de santidad de aparente
piedad, pero su corazón está muerto y sus obras no son
aceptas a Mi Padre Dios
(cfr. Ap 3, 1). A estos Yo les digo, hijo: “Mantente
alerta y cuida lo que queda porque también está a punto
de morir” (Ap 3, 2).
A todos les digo: “acuérdate de todo lo que has recibido
y oído de la Palabra de Dios, guárdala y arrepiéntete;
porque si no estás vigilante, vendré como un ladrón sin
que sepas a qué hora vendré a ti” (Ap 3, 3).
PREMIO AL VENCEDOR
Los que no han manchado sus vestidos con el pecado,
caminarán conmigo con vestidos blancos, porque son dignos
de Mí (cfr. Ap 3, 4).
Así trataré al vencedor: “Será revestido con vestiduras
blancas y no borraré su nombre del libro de la vida;
confesaré su nombre en la presencia de Mi Padre Celestial
y delante de los ángeles” (Ap 3, 5).
Hijo, ya he borrado tus pecados y he limpiado tu alma con
Mi Sangre; te he llamado a Mi servicio y te he inscrito
en el libro de la vida. Ahora espero de ti que seas fiel
a tu misión.
Hijo, que cuando Yo te llame a Mi presencia, te encuentre
listo y preparado, con tu misión cumplida. Y entonces a
la hora de tu muerte te llevaré de Mi Mano misericordiosa
para presentarte ante Mi Padre y a los ángeles del cielo.
QUÉ ES SANTIDAD
Me preguntas, hijo, ¿qué es santidad? Santidad es
veracidad, ajustar tu vida a Mi Verdad y Mi Camino; por
eso Yo soy “Santo y veraz” (Ap 3, 7). Yo, hijo, ya lo
dije: Yo soy la Verdad, y el camino para llegar a la
Verdad y Vida para verla en la Verdad.
El que busca la verdad se encuentra necesariamente con
Dios, porque Dios es la Verdad.
LAS PUERTAS DEL CIELO
Yo, Jesús, poseo la llave de David que abre el cielo, y
nadie puede cerrar sino solamente Yo; y poseo la llave
que cierra el cielo (es el infierno) y nadie puede jamás
volver a abrir (cfr. Ap 3, 7).
Hijo, Yo he abierto la llave del Reino de los Cielos para
todos hombres de la tierra, auque son muy pocos los que
entran. Nadie tiene posibilidad de impedirte el paso para
entrar, si tú no lo permites. Entrar al Reino de los
cielos depende de Mi gracia y de tu lucha.
Yo, Jesús, cierro la llave del Reino de los Cielos para
los que en la tierra no escuchan Mi llamada y no cumplen
la Ley y Mis preceptos.
No son tus fuerzas las que pueden abrir las puertas de
los Cielos, sino la fuerza de Mi Sangre.
Hijo, las puertas del Reino de los Cielos están abiertas
para ti y esperan tu llegada. Entrarás por ellas si
“guardas Mi Palabra y no niegas Mi Nombre” (Ap 3,8).
Te advierto, hijo, que ante Mis hijos fieles “se
postrarán a sus pies los que dicen ser de Dios y no lo
son, sino que mienten, y conocerán ellos que Yo amo a Mis
hijos” (Ap 3,9).
PERSEVERAR
Los que guardan Mi mandato de perseverar firmes en el
seguimiento Mío, Yo los guardaré a la hora de la
tentación que va a venir sobre el mundo, para probar a
todos los hombres de de la tierra (cfr. Ap 3, 10).
Te pregunto, hijo: los que no escuchan Mi llamada, ¿cómo
van a soportar la prueba?.
Hijo, Mi llamada es hoy, porque Yo ya he advertido que
“voy enseguida” (Ap 3, 11).
Persevera en tu llamada, hijo, “conserva lo que tienes,
para que nadie arrebate tu corona” (Ap 3, 11).
Esto prometo al que muera perseverando en Mis preceptos y
en Mi Amor:
-Le haré como columna firme en el Templo de Mi Padre de
Dios y de allí no saldrá nunca más.
-Escribiré sobre él, el Nombre de Mi Padre Dios, lo
marcaré con el distintivo del Nombre de la Ciudad de Mi
Padre Celestial. Y escribiré sobre él, Mi Nombre Nuevo
(cfr. Ap 3, 12).
“Yo soy el principio de la Creación de Dios” (Ap 3, 14)
Hijo, Yo no tuve principio; pero Mi Padre Dios creó todas
las cosas para Mí: por Mí y para Mí fueron hechas todas
las cosas. Yo soy el Rey de todo lo creado.
Yo soy el principio de la Creación de Mi Padre Dios,
porque la Creación entera comenzó a darle gloria a Dios
por medio Mío.
Hijo, la Creación, después de Cristo, comenzó a cumplir
plenamente el fin de darle gloria a Mi Padre Dios; porque
antes de Cristo la creación estaba manchada de un pecado
sin reparar: el de los ángeles caídos y el de Adán y Eva.
LOS TIBIOS
A los tibios Yo les repito ahora, hijo: “Conozco tus
obras, que no eres ni frío ni caliente. ¡Es preferible
que seas frío o caliente!.
Y como eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte
de Mi boca” (Ap 3, 16).
Estos son los tibios:
-Los que se sienten llenos de la Palabra de Dios; pero no
la viven.
-Los que se creen santos y se limitan a ser buenos.
-Los que se creen generosos porque dan de lo que les
sobra; pero no se dan ellos así mismos.
-Los que se creen felices y son unos desdichados,
-Los que se creen limpios y están llenos de miserias,
-Los que se sienten ricos ante Dios y están vacíos,
-Los que se sienten sabios y por eso no buscan consejo y
dirección. (Cfr. Ap 3, 17)
El tibio cree que “no necesita nada” (Ap 3, 17), “y no
sabe que es un desdichado, miserable, pobre, ciego y
desnudo” (Ap 3, 17).
CÓMO SALIR DE LA TIBIEZA
Te aconsejo, hijo, que Me compres el oro que ha sido
acrisolado por el fuego del dolor, para que así te
enriquezcas (cfr. AP 3, 18) Ese oro acrisolado es Mi
Palabra. La compras conociéndola y viviéndola de verdad,
y la pagas con el sacrificio de tu vida entregada a Mí, a
Jesús.
Hijo, dedícate a comprar en esta vida pasajera, túnicas
blancas, que son la vivencia de tus virtudes, para que te
vistas con el traje apropiado del Banquete de Mi Padre
Dios, y no te presentes ante Él mostrando la vergüenza de
tu desnudez. ¿Crees tú que sin méritos de virtudes te va
a recibir Mi Padre Celestial en el Banquete? (cfr. Ap 3,
18).
Hijo advertí Yo, Jesús, que los puros verán a Dios (cfr.
Mt 5, 8), por eso te aconsejo que dediques esta vida a
adquirir colirio para echarte en los ojos y así puedas
ver (cfr. Ap 3, 18). El colirio que purificará tus ojos y
todo tu ser es la obediencia a las personas que Yo te he
puesto, para que ellas te guíen hacia Mí.
Compra con tu arrepentimiento el colirio de la confesión
sacramental que purificará tu corazón para que puedas ver
a Dios.
Compra el colirio de la sinceridad y la verdad, que te
ayudará a tener paz en tu corazón, porque los pacíficos
serán llamados hijos de Dios (cfr. Mt 5, 9).
Hijo, Yo soy misericordioso y “a los que amo los reprendo
y castigo” (Ap 3, 19). Sí, hijo, ¡Yo castigo!: a Mis
hijos el castigo les sirve de corrección; pero a los que
Me rechazan el castigo les sirve para su eterna
perdición.
Si no quieres que sobrevenga el castigo sobre ti, “vigila
y arrepiéntete” (Ap 3, 19).
EL QUE ESCUCHA MI VOZ (Ap 3, 20)
Sí, hijo, Yo, Jesús, “estoy a la puerta y llamo; el que
escuche Mi Voz y abra la puerta de su corazón, entraré en
su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). Me
convertiré en el huésped permanente de su casa; y haremos
morada dentro del él: Mi Padre Dios, El Espíritu Divino y
Yo. Y haremos de su vida un Reino de Dios sobre la
tierra.
El que escucha Mi Voz, hijo, se dejará orientar por Mí y
hará solamente lo que Yo le indique. Entonces:
Convertiré de nuevo el agua en vino, para que celebre
fiesta.
Multiplicaré para él los panes y los peces.
Lo curaré de las heridas.
Aplacaré para él los mares y los vientos para que nada
tema.
Haré que su corazón arda de amor cuando Yo le explique
los misterios del Reino de los Cielos.
Lo llevaré al Monte Tabor para que vea Mi Rostro.
Tendrá valor, como Mi Madre, para acompañarme al pie de
la Cruz.
Y le daré a Mi Madre como Madre suya.
LUCHA, HIJO, Y VENCERÁS (Ap 3, 21).
¡Lucha, hijo, que conmigo vencerás, igual que Yo he
vencido!, y entonces, ya lo sabes: “al que venza le
concederé sentarse conmigo en Mi Trono, igual que Yo he
vencido y estoy sentado con Mi Padre en su Trono” (Ap 3,
21).
Lucha sin miedo, hijo, porque seguirme a Mí es estar en
pie de guerra, ¿no ves que “Yo no vine a traer paz a la
tierra sino lucha”? (Mt 10, 34).
YO VINE A TRAER ESPADA
Yo, hijo, viene a traer a la tierra espada (Mt 10, 34) y
fuego que arda.
Yo vine a enfrentar:
-Al hombre contra su Padre,
-A la hija contra su madre,
-A la nuera contra su suegra.
-Al hombre contra los de su propia casa (cfr. Mt 10,
35-36).
NO ES DIGNO DE MÍ (cfr. Mt 10, 37-39)
-El que ama a su padre o a su madre más que a Mí.
-El que ama a sus hijos más que a Mí.
-El que rechaza Mi Cruz y no Me sigue.
-El que se dedica a buscar satisfacer su propia vida,
porque ese la perderá.
Pero en cambio, quien entregue su vida por seguirme a Mí,
la encontrará (cfr. Mt 10, 39).
CAPÍTULO 4: EL TRONO DE LA GLORIA DE DIOS
Isaías, Juan y Ezequiel vieron el Trono de Dios:
Isaías dice: “Vi al Señor sentado sobre su Trono alto y
sublime, y sus tejidos recubrían el Templo” (Is 6, 1).
Juan dice: “Vi un Trono y a alguien sentado en el Trono”
(Ap 4, 2).
Ezequiel nos narra: “Vi un Trono como de piedra de Zafiro
y en lo alto del Trono, encontré una figura como de un
hombre que estaba parado sobre el Trono” (Ez 1, 26).
“Esta era la apariencia de la gloria de Yahvé” (Ez 1,
28).
“El hombre que está sentado en el Trono tiene una
apariencia de jaspe y coralina” (Ap 4,3). “De su cintura
hacia arriba es como el fulgor del metal resplandeciente.
De su cintura hacia abajo es como el fulgor del fuego
vivo y todo en derredor suyo resplandece” (Ez 1, 27).
“El Trono está rodeado de un arco iris de color verde
esmeralda” (Ap 4, 3). Sí, hijo, Mi Padre Dios lo dijo:
“Pongo Mi arco en las nubes como señal de Mi pacto con la
tierra” (Gn 9, 13).
Mi Padre Dios ha cumplido el pacto; pero el hombre no.
“El esplendor que rodea el Templo es como el arco iris
que aparece en las nubes en el día de lluvia” (Ez 1, 28).
LO QUE VIO JUAN ALREDEDOR DEL TRONO:
Juan vio alrededor del Trono otros veinticuatro tronos y
en ellos vio sentados a veinticuatro ancianos, que son el
signo de la sabiduría. Los ancianos “vestían túnicas
blancas y tenían coronas de oro en sus cabezas” (Ap 4,
4).
Por eso prometí, Yo, hijo, para que no lo olvides:
“El vencedor será revestido con vestiduras blancas” (Ap
3, 5).
“Y le daré potestad sobre las naciones” (Ap 2, 26).
“Le concederé sentarse conmigo en Mi Trono” (Ap 3, 21).
“Al vencedor le daré la corona de la vida” (Ap 2, 10).
VOZ DE DIOS
Del Trono de Dios “salen relámpagos, voces y truenos” (Ap
4, 5).
Hijo, así hablaba Mi Padre Dios con Moisés: “Moisés
preguntaba y Yahvé le respondía con un trueno” (cfr. Ex
19, 19).
Así habla Mi Padre con sus hijos: unas veces habla con
una suave Voz y otras, cuando las cosas son de gran
importancia para el Reino de los Cielos, habla con
truenos.
No te asustes cuando en tu vida aparezcan truenos,
terremotos y desastres, es la Voz de Mi Padre Celestial
demostrando su fuerza omnipotente.
SIETE LÁMPARAS (Ap 4, 5).
“Siete lámparas de fuego arden ante el Trono de Dios: son
los siete espíritus de Dios” (Ap 4, 5). “Los siete
candelabros son las siete iglesias” (Ap 2, 29).
Mis almas de oración, hijo Mío, son como lámparas de
fuego que arden noche y día ante el Trono de Mi Padre
Dios.
Juan y Ezequiel vieron lo mismo; Juan dice: “Delante del
Trono de Dios, vi una especie de mar transparente como de
cristal” (Ap 4, 6). Ezequiel dice: “Había una semejanza
de firmamento como de portentoso cristal” (Ez 1, 22).
CUATRO SERES DEL TRONO DE DIOS
“En medio del Trono y alrededor de él hay cuatro seres
vivos llenos de ojos por delante y detrás. El primer ser
vivo se parece a un león, el segundo a un toro, el
tercero a un hombre, y el cuarto se parece a un águila
volando” (Ap 4, 7).
Y mira lo que vio Ezequiel: “Los cuatro seres vivientes
iban y venían como un relámpago” (Ez 1, 4-14).
Estos cuatro seres vivientes que estarán por siempre ante
la presencia del Trono de Mi Padre Dios, son los cuatro
Evangelistas que pregonaron Mi Palabra: “Mi Palabra es
eterna”, Yo tengo Palabras de Vida Eterna –Me dijo
Pedro-, “El cielo actual y la tierra actual pasarán; pero
Mis Palabras no pasarán”
-Mateo narra la historia Mía, de Cristo, como hombre. El
hombre es el Evangelio de Mateo.
-El león, es el signo de fortaleza-poder y gloria. Marcos
dio testimonio de que Yo “estaba con los animales y los
ángeles le servían” (Mc 1, 13).
-El buey es el signo de la fuerza y mansedumbre Mía.
Lucas reproduce las Palabras de Mi Madre donde Ella dijo:
“Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los
humildes” (Lc 1, 52).
-El águila es el signo de la velocidad y altura. Juan, Mi
discípulo amado, fue el que más se elevó para tratar de
comprender los misterios de Mi divinidad.
Y esos cuatro seres vivientes: “brillan como bronce en
ignición” (Ez 1,7). Yo, Jesús, dije de Mí que “soy la luz
del mundo”.
Los cuatro seres, “tenían el mismo semblante y las
mismas alas, que se tocaban las del uno con las del otro”
(Ez 1, 8-9). La Palabra de Dios, que narran los cuatro
Evangelistas, tiene el mismo semblante y las mismas alas
del mismo Espíritu Divino. Ninguno de ellos contradice al
otro, sino que se confirman las Palabras del uno con las
del otro.
“Cuando los cuatro seres se mueven, no se mueven para
atrás, sino que cada uno va cara adelante” (Ez 1,9). Mi
Palabra, hijo, no te lleva a decrecer sino a avanzar
hacia delante.
“Todos marchaban de frente a donde les impelía el
Espíritu” (Ez 1,12). Hijo, debes avanzar cada día un paso
más, porque “el que después de poner los pies en el arado
da pie atrás no es apto para entrar en el Reino de los
Cielos” “Los seres vivientes no se volvían para atrás”
(Ez 1, 12).
“Los pies de los seres vivientes eran como la planta de
un toro (o un buey)” (Ez 1, 7). ¿Para qué te sirve leer y
meditar la Palabra de Dios? Para que como buey manso
pongas los pies en el arado Mío, de Jesús, y Me sigas por
la senda estrecha que va siempre adelante.
“Había entre los seres vivientes (fuego) como brazas
encendidas, como antorchas, y centelleaban y salían
rayos” (Ez 1, 13). Sí, hijo, Yo he dicho que he venido a
traer fuego a la tierra, el fuego de Mi palabra y de Mi
Amor, y lo que quiero es que arda y todos los
corazones que acogen Mi llamada.
La Palabra de Dios centellea rayos de luz a la
inteligencia y voluntad.
“Los vivientes iban y venían como el relámpago” (Ez 1,
14). La Palabra de Dios es un relámpago que llega a tu
mente y la hace ir y venir para dirigir tus pasos hacia
Dios. La Palabra de Dios se obedece de inmediato.
“Las alas de los cuatro seres vivientes estaban
desplegadas hacia lo alto; dos se tocaban las del uno con
las del otro, y dos de cada uno cubrían su cuerpo” (Ez 1,
11). La meditación de la Palabra de Dios, dirige tus alas
a lo alto. La Palabra de Dios te sirve para tres cosas:
para amar a Dios, para amar al prójimo y para conocerte a
ti mismo.
GRATITUD
“Los seres vivos dicen sin descanso, día y noche:
Santo, santo, santo es el Señor,
El que era, el que es, el que va a venir” (Ap 4,8).
Hijo, cada vez que tú alabas, bendices, glorificas,
adoras y das gracias, te unes a las alabanzas de los
ángeles del cielo; te unes a la eternidad del “que era,
el que es, el que va a venir” (Ap 4, 8).
Hijo, cada vez que tú das gloria a Dios y le das gracias,
baja el cielo a tu corazón para escucharte.
Hijo, los ángeles en el cielo nada piden, los ángeles en
el cielo adoran a Dios y le dan gracias.
Hijo, que tu oración no sea como la de la mayoría de los
hombres, que sólo alzan su corazón a Dios para pedirle;
que tu oración sea como la de los ángeles del cielo que
dan gracias.
El que es grato, más tarda en agradecer que en volver a
recibir.
Mi Padre Dios te hizo para darte, para participarte de
todas las riquezas de su amor omnipotente. Por eso tu
actitud debe ser dejarte amar y agradecer. Hijo, no te
canses de agradecer que Mi Padre Dios no se cansa de
dar.
Mi Padre Dios que no tiene necesidad de nada, necesita
amar y amar es dar; y Dios da como lo que es:
omnipotente, inmenso, infinito, eterno.
Hijo, el triste es un ingrato que en primer lugar no se
deja amar y por eso desprecia los favores, y en segundo
lugar el ingrato no valora ni recuerda los favores
recibidos.
Hijo, si quieres ser feliz, recuerda a cada momento todos
los favores recibidos, y tu gratitud atraerá más favores
de Mi Padre Dios y de los hombres.
“Los veinticuatro ancianos se postraron ante el Trono
diciendo: Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la
gloria, el honor y el poder, porque Tú creaste todas las
cosas y por tu Voluntad existen y fueron creadas” (Ap 4,
10-11).
Hijo, cuando los militantes de la Iglesia de la tierra
alaban al Dios vivo, se unen los triunfantes de la
Iglesia de los Cielos para proclamar las maravillas del
Señor, Tres veces Santo: Santo el Padre-Santo el Hijo,
Santo el Espíritu Santo.
CAPÍTULO 5: EL LIBRO DE LA VIDA
El hombre sentado en el Trono tenía en Su mano derecha un
libro, sellado con siete sellos (cfr. Ap 5,1-5).
Tengo, hijo, en Mi Mano derecha el libro de la vida, en
el cual están escritos los nombres de los escogidos de Mi
Padre Celestial y han aceptado con fidelidad el
llamamiento.
Pídeme, hijo, como lo hacía el rey David, que no seas
borrado de la lista de los elegidos.
Hijo, te escribí en Mi libro de la vida sin consultarte a
ti; pero si no haces méritos borraré tu nombre de Mi
libro.
SIETE SELLOS
El libro de la vida, hijo, está sellado, marcado, con
siete sellos, son los Dones del Espíritu de Dios que yo
poseo:
-Don de Sabiduría, con el cual desprecié las cosas de
este mundo y amé siempre lo de Mi Padre Dios. El don de
sabiduría te lleva a gustar las cosas de Mi Reino, y no
las de este mundo pasajero.
-Don de Ciencia, porque conozco lo creado –que fue hecho
por Mí y para Mí-, para darle gloria a Mi Padre Creador.
-Don de Entendimiento, porque Yo, Jesús, conozco a Mi
Padre Dios y lo doy a conocer. Hijo, escucha para que
puedas entender
-Don de Consejo, porque Yo supe elegir lo que a Mi Padre
Dios le agrada. Don de consejo es el que te lleva a hacer
la Voluntad de Dios y no la tuya.
-Don de Fortaleza, porque Yo soporté el dolor hasta el
dolor de muerte cruel, por darle gloria a Mi Padre
Celestial.
-Don de Piedad, porque Yo dije: “Yo vengo a cumplir la
Voluntad de Dios”. El de piedad es don de amor hasta la
total entrega en obediencia.
-Don de temor de Dios, Yo le dije a Mi Padre Celestial:
“no se haga Mi Voluntad sino la Tuya”. Te lleva a perder
la vida con tal de no perder a Dios.
Hijo, no serás borrado del libro de la vida si llevas en
tu alma siete sellos. Este libro, nadie puede abrirlo
para escribir su nombre ahí, ni nadie puede cerrarlo para
evitar que alguien entre. Solamente Yo, que vencí sobre
la muerte, tengo poder sobre ese libro (cfr. Ap 5, 5).
EL CORDERO
“Vi un cordero, como sacrificado, con siete ojos, que son
los espíritus de Dios enviados a la tierra” (Ap 5, 6).
Hijo, Yo, Jesús, soy el Cordero de Dios que quita los
pecados del mundo. Con el Sacrificio de Mi Sangre pagué
el precio de rescate por el pecado de Adán y Eva.
Los siete sacramentos son siete cuernos que atacan el
pecado, y siete ojos que captan el Espíritu de Dios y te
permiten escuchar con nitidez Mi Voz.
Hijo, ante el Cordero de Dios, que soy Yo, Jesús, se
postran todos los seres vivientes del Reino de los Cielos
(cfr. Ap 5, 8).
La oración de las almas entregadas a Dios, es un perfume
que llega ante el Cordero de Dios en copas de oro.
Hijo, los que se bañan con la Sangre del Cordero, por
medio de los Siete Sacramentos que Yo instituí sobre la
tierra, los hago un reino sacerdotes para Mi Padre Dios y
reinarán sobre la tierra (cfr. Ap 5, 10).
Hijo, ¿sabes cuántos ángeles existen? “Su número es de
cantidades incalculables e incontables” (Ap 5, 11).
Los ángeles en el Cielo se dedican a clamar con grande
voz:
Digno es el Cordero inmolado de recibir el poder, la
riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y
la alabanza” (Ap 5, 12).
La creación entera fue hecha para que reconozca a la
Trinidad de Dios, “la alabanza, el honor, la gloria y el
poder por los siglos de los siglos” (Ap 5, 13).
Hijo, ante la Presencia del Cuerpo de Cristo, del
Cordero, los seres del Cielo se postran y Me adoran (cfr.
Ap 5, 14). No dejes tú de ponerte de rodillas y adorar a
Jesús Sacramentado.
CAPÍTULO 6: CABALLO BLANCO (Ap 6,2)
El primer sello, “es un caballo blanco, su jinete lleva
una corona y un arco, y sale con el ademán victorioso de
vencedor”(Ap 6,2). Así debes tú caminar por el mundo, con
ademán victorioso de vencedor, porque Yo, que soy
Rey, vencí al maligno, con el arco poderoso de Mi Palabra
Eterna.
El caballo blanco representa la victoria de Dios sobre la
tierra.
La guerra está declarada, hijo, el poder del bien contra
el poder del mal; el poder de Cristo contra las
potestades infernales. El caballo blanco contra el
caballo rojo.
Hijo, para que Reine Mi Padre Dios sobre la tierra, es
necesario derrotar al mal, y Yo lo haré; pero tú dedícate
a cultivar el bien, porque esa es la mejor forma de
derrotar el mal.
Hijo, tú ocúpate de sembrar el bien, que de destruir el
mal Me ocupo Yo directamente.
Yo, hijo, “no he venido a traer paz a la tierra; no he
venido a traer paz sino espada” (Mt 10, 34). El que
quiera seguirme, que Me sirva en pie de guerra. Yo no
necesito personas comodonas y cobardes, sino hombres y
mujeres valientes que estén dispuestos a entregar su vida
por amor a la verdad.
No hay que tener miedo, hijo: “no tengáis miedo a los que
matan el cuerpo pero no pueden matar el alma; temed al
que puede hacer perder el alma y el cuerpo en el
infierno” (Mt 10, 28).
Hijo, Yo viene a la tierra a traer guerra y espada; la
espada de la contradicción y el dolor que atravesó
primero el alma de Mi propia Madre (cfr. Lc 2, 35).
Yo, hijo, con Mi arco y con Mi espada, soy signo de
contradicción, porque Yo he sido enviado “para ruina y
resurrección de muchos” (Lc 2, 34).
EL CABALLO ROJO (Ap 6, 4).
Apareció “un caballo rojo. A su jinete se le concedió
arrebatar la paz de la tierra, para que se maten unos a
otros y se le entregó una gran espada” (Ap 6, 4).
La tierra está ahora llena de jinetes que montan en
caballos rojos de odio, envidia y rencor. No hay paz en
la tierra. Los hombres por el afán de riquezas y poder,
se matan entre sí.
Por eso Yo advertí, hijo, que: “todos os odiarán por
causa de Mi Nombre; pero quien persevere hasta el fin,
ese se salvará” (Mt 10, 22).
Hijo, los caballos rojos están entre los tuyos más
cercanos, eso lo advertí Yo muy claramente: “el hermano
entregará a la muerte al hermano, y el padre al hijo; y
se levantarán los hijos contra los padres para hacerlos
morir” (Mt 10, 21).
EL CABALLO NEGRO
El caballo negro representa el castigo y la justicia de
Mi Padre Dios. Por eso Yo, Jesús, aparezco montado en un
caballo negro llevando en Mi mano “una balanza” (Ap 6,
5).
La balanza es el signo de Mi poder de Juez. El Juez
premia o castiga. La justicia paga a cada uno según sus
obras. La misericordia Mía no la puedes separar de Mi
justicia.
Con Mi balanza, hijo, mediré el peso de las obras buenas
y concretas de cada uno. Según el peso de las obras será
el precio. Lo que pesa vale y lo que tiene poco peso
tiene poco precio.
Alístate, hijo, porque te pesaré, te mediré y te contaré
según tus obras. Juzgo el peso de tus obras en la balanza
de Mi mano.
Hijo, les comienzo a pagar a Mis hijos en esta vida,
porque los amo, con enfermedad, escasez, desempleo,
destrucción y ruina; pero si obedecen Mis Mandatos, les
participo de lo mejor de los tesoros del Cielo y de la
tierra.
EL CABALLO FLACO
“Vi un caballo descolorido y flaco, en él iba montado el
jinete de la muerte y le seguía el hades; se le dio poder
sobre la cuarta parte de la tierra para matar a espada,
de hambre, de peste y con fieras de la tierra” (Ap 6,
8).
El caballo descolorido por el odio y la tristeza, y flaco
de la envidia y la crueldad, anda suelto por la tierra
para matar violentamente a quienes están en la verdad.
Como cerdo se lanza contra aquel que tiene perlas.
Dios hizo el mundo del Amor para Reinar en él; pero el
hombre rebelde, aliado con Satanás, se construyó su
propio mundo donde reina el egoísmo, la intolerancia y
muerte.
El pecado es el caballo maliciento que monta al jinete de
la muerte, y le sigue la perdición eterna.
El pecado es caballo flaco que carga es su lomo todo tipo
de desgracias.
Hijo, ahora sabes cuál es la causa de la guerra, el
hambre, la enfermedad y todo tipo de desgracias
naturales: ¡el pecado!.
Llevar los hombres a Mi Padre Dios es alejarlos de la
muerte eterna.
Se engañan, hijo, los que pretenden cambiar las
estructuras sociales y sistemas de gobierno, sin reformar
primero el corazón del hombre; es como tratar de
construir un alto edificio sin hierro y con ladrillos sin
cocer.
TÚNICAS BLANCAS
“Vi debajo del altar a las almas que fueron sacrificadas
a causa de la Palabra de Dios y del testimonio que
dieron” (Ap 6, 9).
Las almas de los que entregaron su vida a vivir la
Palabra de Dios, están debajo del altar donde está el
Cordero de Cristo (cfr. Ap 6, 9).
Los testigos de la Palabra de Dios, que por amor a la
verdad dieron la vida, claman en el cielo con gran voz:
“¡Señor santo y veraz!” (Ap 6, 10).
Los mártires en el cielo piden a Dios con fuerte voz:
“hacer justicia y vengar su sangre contra los habitantes
de la tierra” (Ap 6,10).
Los mártires en el Cielo visten vestidos especiales que
los diferencias de todos los demás, “túnicas blancas” e
inconsútiles, como las del mismo Cristo. Túnicas de
príncipes, hermanos del Rey, Cristo, e hijos del Padre
Dios, Señor del universo. (cfr. Ap 6, 10).
El cielo está esperando completar el número de mártires
que habrán de ser inmolados, para vengar su sangre contra
los habitantes de la tierra (cfr. Ap 6, 11).
Cada vez que en la tierra se sacrifica a un hombre de
Cristo, se llena más la copa de la ira de Dios (cfr. Ap
6, 11).
UN TERREMOTO (Ap 6, 12)
“Se produjo un gran terremoto” (Ap 6, 12). Sí, hijo, está
previsto un gran terremoto, como nunca había ocurrido. Es
la tierra que quiere sacudir sus lomos de las cargas del
pecado.
Hijo, Mi Padre Dios prometió que no habrá más diluvios;
pero sí prometió que habrá un gran terremoto (cfr. Ap 6,
12).
Yo, hijo, he prometido, como gran castigo:
El sol dejará de dar su luz y se volverá negro como bolsa
de basura,
Dolor de sangre llorará la luna,
Las estrellas caerán sobre la tierra cuando Yo, Jesús,
agite el firmamento, como se agita la higuera por el
vendaval. Es Palabra de Dios y Dios la cumple (cfr. Ap 6,
12-13).
Como se enrolla el pliego de papel replegaré Yo el cielo,
Y desplazaré de su sitio a todos los montes y a las
islas.
Será el día de mi ira. Los poderosos de la tierra pedirán
a los montes que se precipiten sobre ellos para tratar de
ocultarse de la mirada de Dios (cfr. Ap 6, 14-17).
“El ángel tomo el incensario, lo llenó con las brasas del
altar y las arrojó a la tierra. Entonces se produjeron
truenos, voces, relámpagos y un gran terremoto” (Ap 8,5).
Hijo, Mi Padre Dios dijo por medio de David:
El que habita en los Cielos se reirá de los poderosos de
la tierra que pretenden destruir sus Leyes y su Nombre.
Se burlará de ellos el Señor (cfr. Sal II).
“ A Mi tiempo, que está próximo, “Les hablaré en Mi ira y
los consternaré en Mi furor” (cfr. Sal II).
Todavía, hijo, es tiempo de escuchar la llamada de Mi
Padre Celestial:
“Servid a Yahvé con temor, rendidle homenaje con temblor”
(Sal II).
CAPÍTULO 7: EL CASTIGO
Te pregunto, hijo: ¿Cuánto tardará en caer el castigo de
Dios sobre la tierra?.
Yo, Jesús, te respondo:
El castigo tardará el mismo tiempo que empleen los
ángeles del cielo en “sellar en la frente a los siervos
del Señor” (Ap 7,3). Este sello, hijo, ya se viene
haciendo desde antes, como te lo enseñó a ti el ángel: Mi
Padre Dios anunció por medio de Ezequiel que Él mismo se
encargaría de poner un signo tau a los que no aceptan el
pecado y a los demás los destruirá sin ninguna compasión,
sin ninguna (cfr Ez 9, 10). Que nadie se refugie
impunemente en la misericordia y compasión de Mi Padre
Dios para seguir pecando.
Hijo, morirán viejos, jóvenes y niños; la tierra quedará
casi desierta, y el infierno se llenará de gente tibia
que rechazó en la tierra la llamada, a comprometerse
seriamente en la entrega a los planes que Mi Padre Dios
tenía con ellos.
Hijo, quien se convierta a Mí y Me sirva con toda su
capacidad de amar, recibirá en la frente “el sello del
Dios vivo” (Ap 7,2); con esta señal no sufrirá daño (cfr.
Ez 9, 3-6).
Hijo, estoy construyendo una Ciudad y armándome un
Ejército de hombres y mujeres fieles, comandado por Mi
Santa Madre. Llevarán como señal el signo invisible del
Dios vivo y recibirán directamente la protección de Mi
Padre Dios. Estos no sufrirán daño.
No solamente los marcaré con el signo de Mi Cruz, sino
que los separaré de los demás; los pondré en una Ciudad
nueva y allí no sufrirán peligro, ni hambre, sed, ni daño
alguno. Mi Ciudad es Mi nueva Arca de Noé que a ti te
toca construir y llamar para que entren.
Mi Ejército le dará gloria a Mi Padre Dios y proclamará
sus maravillas, porque: “La bendición, la gloria, la
sabiduría, la acción de gracias, el honor, el poder y la
fortaleza, pertenecen a Dios por los siglos” (Ap 7,12).
Hijo, vendrá persecución tremenda. Esta vendrá de parte
de los mismos enemigos Míos que ahora están dentro de Mi
Iglesia, disfrazados con piel oveja para confundir a Mis
ovejas.
Nada importa que en la guerra mueras; podrán matar tu
cuerpo pero tu alma es eterna.
Hijo, si te matan en la guerra, lavarás tu alma del
pecado y la harás brillar con la Sangre del Cordero, y te
llevaré ante el trono de Mi Padre Dios y me seguirás
escuchando día y noche; y Mí Padre Dios habitará en medio
de ti (cfr. Ap 7, 15).
Hijo, esto prometo a los que escuchan Mi Voz y hacen lo
que Yo, Jesús, les digo: No pasarán hambre ni sed, ni
calor, ni sol, ni lágrimas ni llanto, porque el mismo
Dios enjugará sus lágrimas (cfr. Ap 7, 16).
Hijo, vale la pena soportar la prueba cada día; no te
dejes arrebatar el sello que te garantiza la corona de
vencedor. No borres tu nombre de la lista de los
elegidos, porque lo que tengo preparado no lo ha visto
ningún ojo, ni lo ha oído ningún oído.
CAPÍTULO 8: SILENCIO EN EL CIELO
“Cuando se abrió el séptimo sello se hizo un silencio en
el cielo como de una media hora” (Ap 8,1).
Hijo, en el Cielo de Mi Padre Dios se hace silencio para
escuchar el perfume de “las oraciones de los santos” (Ap
8,3).
El silencio y soledad son indispensables para poder
escuchar la Voz de Dios, que baja a tu corazón y allí te
habla.
El silencio, hijo es humo que eleva al cielo la oración
en incensario de oro.
El silencio y la quietud de la mente son el espacio de la
oración contemplativa. Escucha en silencio, medita en la
quietud.
El necio escucha el ruido exterior para no escuchar la
Voz de Dios en su interior.
“El ángel tomo el incensario, lo llenó con las brasas del
altar y las arrojó a la tierra. Entonces se produjeron
truenos, voces, relámpagos y un gran terremoto” (Ap
8,5).
Hijo, las brasas del altar de Dios están listas para ser
arrojadas a la tierra, producirán voces de llanto,
truenos y relámpagos; y moverán la tierra (cfr. Ap 8,
5).
CASTIGOS (Ap 7-13).
“Los siete ángeles que tenían las siete trompetas se
prepararon para tocarlas” (Ap 8,6). Las trompetas son la
Voz de Dios que anuncian los castigos por los pecados de
los hombres.
Estos son, hijo, los castigos que vendrán:
-“Granizo y fuego, mezclados con sangre. Abrazó la
tercera parte de los árboles y también convirtió en
brasas encendidas toda la tierra verde” (Ap 8, 7). La
primera trompeta trae desgracias a la tierra: sequía y
tala de árboles.
-El segundo castigo que se viene para todos los hombres
de la tierra, es que el Señor azotará la vida en el mar,
y “una tercera parte de este quedará destruido para los
barcos” (cfr. Ap 8, 8-9).
-Castigos en las aguas de los ríos (cfr. Ap 8, 10), y
muchos hombres morirán por causa de la contaminación de
las aguas (cfr. Ap 8,11).
-Castigos en el sol y las estrellas, se acortará el día
solar, y se acortará la luz que producen las estrellas
(cfr. Ap 8,12).
-Una estrella caerá en la tierra. Producirá un gran
abismo. Del abismo saldrá humo como de un gran horno. Se
oscurecerá el sol y el aire. De la humareda saldrán
langostas que picarán como escorpiones a los hombres que
no tiene en su alma el sello de Dios.
“Pero estas langostas no tiene poder para matar sino para
atormentar por espacio de cinco meses, para ver si los
hombres se convierten; pero los hombres no se convertirán
sino que desearán la muerte, pero la muerte huirá de
ellos” (cfr. Ap 9, 5-6).
Los demonios andarán sueltos por las calles. Tienen
rostros atractivos de hombres y mujeres; llevan pelo
largo y adornos en su cabeza. Cuando abren su boca para
hablar, mostrarán sus colmillos retorcidos y sus palabras
son dardos que hieren el corazón (cfr. Ap 9, 7-8).
Estos demonios, encarnados en hombres y mujeres, sí
tienen poder de dañar a los hombres (cfr. Ap 9,10).
Atacarán a todo aquel que cojan desprevenido, “como
caballos adiestrados para el combate” (Ap 9,7). Son
poderosos y resisten el ataque, “tienen corazas como de
hierro” (Ap 9,9). Son terroristas: hacen ruido y causan
susto, su jefe es el mismo Satanás; su función es llevar
al dolor, la tristeza y la desesperanza (cfr. Ap 9,9).
-Otro castigo que se vendrá es este: morirá una tercera
parte de los hombres de la tierra (cfr. Ap 9,15). Habrá
una gran guerra donde morirán muchos consumidos por el
fuego y asfixiados por el humo y azufre.
Hijo, de un momento a otro puede desatarse la justicia de
Mi Padre Dios, y en un solo día podrán morir más de dos
mil millones de hombres en un holocausto nuclear. ¿Te
imaginas, hijo, cuántas almas podrán precipitarse al
infierno en un solo día? ¿Te das cuenta de tu papel tan
importante como alma de oración y reparación, para calmar
la ira de Mi Padre Dios por los pecados de los hombres de
la tierra?
Lo más grave de todo esto, es que los que queden con vida
continuarán en sus pecados y trabajos, como si nada
hubiese pasado; no escucharán la Voz de Dios que los
llama a conversión (cfr. Ap 9,20-21).
CAPÍTULO 10: COME EL LIBRO (Ap 10,8-11)
Hijo, come el libro de la Palabra de Dios que sale de Mi
boca, de la boca de Jesús, como se come igual Mi Cuerpo y
se bebe Mi Sangre. Hijo, cuando Me visitas en el
Sagrario, ahí estoy en silencio para Yo escucharte, y
cuando escuchas Mi Palabra, ahí estoy enseñándote para
que tú Me escuches y sientas Mi presencia y te llenes de
Ella como de un manjar.
A Juan se le dio a comer en sueños la Palabra de Dios
(cfr. Ap 10, 8-11), lo mismo a Ezequiel, a quien le supo
a miel el Libro de la Ley (cfr. Ez 3, 2-3). Sí, hijo, Mis
Palabras son miel que devoran las entrañas y destruyen
tus sueños personales, para que te metas en los sueños
Míos, en los planes de Mi Padre Dios.
Yo, Jesús te digo ahora lo que le dije a Juan: Es
necesario que profetices de nuevo contra muchos pueblos
que se han alejado de Dios (cfr. Ap 10,11).
Hijo, la Palabra Santa que sale de Mis labios, no es para
teorizarla sino para que te cambie las entrañas y vivas
una nueva vida.
Los que conocen y tratan de vivir la Palabra de Dios,
enseñarán como pastores a muchos pueblos, naciones, en
diversidad de lenguas, y a todos los reyes de la tierra
(cfr. Ap 10, 11).
Hijo, quien conoce el pasado del actuar de Dios, por
medio de la Escritura Antigua, leerá el signo de los
tiempos en el presente y en el futuro. Quien escucha la
Voz de Dios puede ser profeta.
Hijo, los anuncios del pasado unos se han cumplido, los
anuncios que hablaban de Mi venida entre los hombres;
pero todos los demás anuncios se vuelven a repetir, en
especial cuando se trata de castigos ante los mismos
pecados de los hombres.
CAPÍTULO 11
Hijo, Mi Padre Dios protege directamente a sus hijos
fieles; pero a los que no están verdaderamente
comprometidos, con la entrega a las cosas de su Reino los
entrega en manos de los hombres perversos y pecadores
(cfr. Ap 11, 1-2).
Yo, hijo, enviaré testigos Míos que enseñen Mi verdadera
doctrina (cfr. Ap11,3). Mis hijos escogidos, que han
aceptado la llamada y la elección de Mi Padre Celestial,
son como aceite de candelabro, que dan luz a la llama que
alumbra siempre ante la presencia de Mi Padre Dios (cfr.
Ap 11,4).
Si alguno quisiera hacerle daño a un hijo de Mi Padre
Dios, saldrá fuego de su boca y lo devorará, de todas
formas morirá (cfr. Ap 11,5). Por eso Yo te digo: ¡nada
temas!.
Mis hijos escogidos podrán hacer prodigios en Mi Nombre:
si quieren que no llueva, el cielo negará la lluvia;
convertir el agua en sangre, y afligir la tierra con toda
suerte de plagas (cfr. AP 11,6).
Pero cuando concluyan su misión serán entregados al
maligno, como Yo fui entregado en manos de los hombres
pecadores; y luego subirán al cielo en una nube para que
sus enemigos vean (cfr. Ap 11, 12).
EL FINAL DEL TIEMPO (Ap 11, 15-19).
Dentro de poco, muy poco, el tiempo y todo lo que ves
dejará de existir; pero todo lo que ahora no ves será
patente para ti (Ap 10, 6). Lo visible es pasajero, pero
lo invisible durará por siempre.
Al final del tiempo, hijo, serán juzgados los vivos y los
muertos, y serán recompensados los siervos del Señor
(cfr. Ap 11,18).
Al final del corto tiempo de la tierra, Reinará Mi Padre
Dios por los siglos de los siglos (cfr. Ap 11, 15). Es
corto el tiempo que le queda a satanás para reinar sobre
la tierra.
Hijo, no esperes el final de tus días en la tierra para
que Reine Mi Padre Dios en todos los actos de tu vida;
porque entonces no vendría sobre ti la paz sino la cólera
y castigo (cfr. Ap 11,18).
Al final del tiempo, hijo, se abrirá el Templo de Mi
Padre Dios sobre los cielos, y aparecerá el arca de la
alianza (cfr. Ap 11,19).
CAPÍTULO 12: LA MUJER CONTRA EL DRAGÓN
Mi Padre Dios reunió a todos los ángeles del Cielo y les
mostró los designios eternos de su Santa voluntad, una
Mujer vestida bellamente con los rayos poderosos del sol,
puso la luna a sus pies para que sea Ella la que le de
brillo a la luna, y en su cabeza una corona de doce
estrellas.
La corona de Mi Madre, hijo, está adornada con las
estrellas brillantes de la fidelidad de Mis Doce
Discípulos –de Doce en doce, hasta el final del mundo-.
Esa Mujer que apareció en el Cielo, hijo, Mi Padre Dios
la mostró encinta de su amado Hijo, porque Ella iba a ser
Madre de Dios. Mi Madre gritaba al sufrir dolores de
parto y tormentos de dar a luz, a la Luz de las naciones
(cfr. Ap 12, 1-2)
Toda luz es producto del dolor de muerte del cirio que se
gasta.
Todo fruto es producto de la muerte de la semilla que
generosamente da su vida para que otro viva.
Mi Padre Dios que ya conocía el corazón de los ángeles
traidores, sabía que ellos no iban a aceptar a la Mujer.
Ante la Mujer que iba a dar a luz un Hijo, apareció un
dragón furioso (Luzbel, el querubín soberbio), y con la
fuerza de su envidia convenció de rebelión a una tercera
parte de los ángeles del cielo, que brillaban ante Mi
Padre Dios como estrellas en la noche.
Las estrellas, los ángeles caídos, fueron arrojados a la
tierra. La tierra es el epicentro de la guarida de
Satanás, porque así lo ha querido Mi Padre Dios, para
probar a los justos en la fe.
Y el dragón se puso delante de la Mujer que iba a dar a
luz, para devorar a su Hijo al nacer (cfr. Ap 12,4).
El Hijo de la Mujer, Jesús, es “El que ha a regir todas
las naciones con cetro de hierro y como vaso de cerámica
los romperá” –como dice el Salmo II-.
El Hijo de la Mujer que apareció en el Cielo, es aquel de
quien había dicho Mi Padre Dios: “Tú eres Mi Hijo, Yo te
he engendrado hoy” (Sal II,8).
El Hijo de la Mujer nació y “fue arrebatado hasta el
Trono de Dios” (Ap 12,5). “Y la Mujer huyó al desierto”
(Ap 12,6), para ponerse en oración. Mi Madre es maestra
de oración.
Hijo, en la soledad del desierto de tu alcoba, cuando
estás en oración, no entra satanás, porque los ángeles
del Cielo se encargan de expulsarlo.
GUERRA EN EL CIELO
En el mismo Cielo, en el Trono de la paz y amor, se
entabló el combate más cruel que ha presenciado la
creación, los ángeles obedientes contra los ángeles
rebeldes. “Miguel y sus ángeles, contra el dragón y sus
ángeles, y ya no hubo para ellos un lugar en el Cielo”
(Ap 12,7-8).
Miguel y los ángeles fieles ganaron la victoria, y “fue
arrojado el dragón, la serpiente antigua, llamado diablo
y satanás, que seduce a todo el universo; fue arrojado a
la tierra con sus ángeles” (Ap 12,9).
No tengas miedo de llamar al dragón rebelde por su
verdadero nombre, por el nombre que le puso Mi Padre
Dios: “diablo y satanás” (cfr. Ap 12,9).
Esa guerra que comenzó en el Cielo, hijo, continuará en
la tierra hasta el fin del mundo. Muchos hombres seguirán
a satanás para su eterna perdición; pocos, muy pocos
entrarán por la puerta estrecha que conduce al Reino de
los Cielos. Mi deseo es que con la ayuda de Mi Madre seas
tú uno de esos pocos.
HISTORIA DEL DRAGÓN
Mi Padre Dios, hijo, creó ángeles buenos, bellos,
poderosos y dotados de gran ciencia y conocimientos
superiores. Pero hubo uno que se llenó de maldad (cfr. Ap
13,9) y sedujo a otros ángeles a rebelarse contra los
planes eternos de Mi Padre Dios.
¿Cuál fue el primer pecado del Querubín caído que lo
volvió serpiente? La envidia, el acusaba día y noche a
los otros ángeles ante Mi Padre Dios (cfr. Ap 12,10). ¿Te
das cuenta, hijo, del peligro de tener espíritu
farisaico, y de escandalizarte con los defectos de
otros?.
El primer pecado que entró en el mismo Cielo fue la
envidia, que invadió a una tercera parte de los ángeles
de Mi Padre Dios.
La envidia es el pecado capital que arrastra a todos los
demás pecados capitales; es el pecado más antiguo que
lleva a acusar a los demás porque no se les ve sino
defectos.
Luzbel, por su envidia le encontró defectos a los mismos
ángeles, y los acusaba día y noche ante Mi Padre Dios.
Antes de la señal de la Mujer que apareció en el Cielo,
ya había allí una serpiente antigua invadida de la
envidia (cfr. Ap 12, 9). Y con la envidia viene el odio y
el rencor. El odio contra los hermanos engendra odio
contra el Padre, contra el pastor y guía; contra Dios.
Mi Padre Dios, desde toda una eternidad, había decidido
que su Hijo amado, el Verbo Eterno, Yo, Me hiciese hombre
nacido de carne de Mujer y no nacido de un ángel. Esto
colmó la ira del dragón y se rebeló directamente contra
Mi Padre Dios, “para tratar de devorar a su Hijo cuando
naciera” (Ap 12,4).
En el Cielo hubo un gran combate entre Miguel (¡Quien
como Dios!), y sus ángeles buenos, contra el dragón y sus
ángeles malvados. Miguel ganó la pelea y la serpiente fue
arrojada del Cielo.
Miguel y sus ángeles vencieron con el arma poderosa de
“la Sangre del Cordero y por la Palabra del testimonio
que dieron; ellos despreciaron su vida hasta la muerte”
(Ap 12, 11).
Ya sabes, hijo cual es el arma poderosa para vencer a
Satanás: “La Sangre del Cordero y el ejemplo de tu vida”
(cfr. Ap 12,11). Esa Sangre del Cordero se derrama cada
día en la Santa Misa.
Yo, hijo, soy el Cordero de Dios que quita los pecados
del mundo para arrojar a Satanás de la faz de la tierra.
No dejes nunca de unirte al Sacrificio del Cordero, que
se inmola en la Santa Misa.
Miguel venció a Satanás porque no tuvo miedo de perder su
propia vida (cfr. Ap 12,11). No tengas miedo, hijo, de
perder la vida presente en manos del mismo Satanás,
porque lo importante es salvar tu vida eterna.
Los ángeles del Cielo se alegraron por haber sido
expulsado Satanás, porque ya no hubo espacio allí para la
envidia y la maldad (Cfr. Ap 12, 12). A la tierra también
le llegará el momento en el cual Satanás sea arrojado de
su faz, y llegue así el Reino de Dios: “¡Ahora ha llegado
el Reino de Dios!” (Ap 12,10), dijeron los ángeles buenos
después de ser expulsado Satanás.
LA PELEA ES EN LA TIERRA
Los ángeles del cielo le tienen compasión a los hombres
de la tierra porque en ella habita Satanás: “¡Ay de la
tierra y del mar!, porque ha descendido a vosotros el
diablo con gran ira, al saber que le queda poco tiempo”
(Ap 12,12).
Hijo, Mi Padre Dios le ha concedido permiso a Satanás
para estar corto espacio en la tierra; dentro de poco,
muy poco, será arrojado con cadenas al infierno. Ahora el
infierno anda suelto por la tierra. Ahora El infierno
está ganando la pelea y arrojando muchas almas a la
eterna perdición.
Ahora la pelea es del dragón contra la Mujer, Mi Madre, y
el resto de su descendencia (cfr. Ap 12,17).
¿Qué hace Satanás en la tierra? Satanás se dedica a
perseguir a la Mujer, Mi Madre, por haber dado a luz a la
Luz del mundo, y a sus hijos muy amados (cfr. Ap 12,13).
Pero Satanás fue avisado por Mi Padre Dios, que nada
podría contra la Mujer: “Pongo perpetua enemistad entre
ti y la Mujer, y entre tu linaje y el linaje de la Mujer.
El linaje de la Mujer (Jesús), te aplastará la cabeza”
(Gn 3,15).
EL DRAGÓN PERSIGUE A LA MUJER
Para que la mujer se defendiera de los ataques del dragón
infernal, “se le dieron dos alas de un águila grande,
para que volara al desierto, a su lugar, donde allí es
alimentada” (Ap12,14).
Se le ha dado a la mujer alas de águila para que con
ellas busque un lugar oculto y silencioso donde no la
encuentre Satanás. La mujer que se exhibe a los
demás, está expuesta a caer en las garras del maligno
Satanás, la atacará por la envidia, la vanidad y la
soberbia.
Satanás odia a todas las mujeres porque por una Mujer fue
arrojado a los infiernos. Satanás también odia a los
hombres por ser hijos de mujer.
HUMILDAD (Ap 12,14)
Se le ha dado a la mujer dos alas de águila para
defenderse del maligno Satanás: la humildad y la
obediencia.
Mi Padre Dios vio en María la humildad y por eso hizo en
Ella cosas grandes.
María, Mi Madre, dijo de sí misma: “El Dios mi Salvador
ha puesto los ojos en la humildad de su esclava” (Lc
1,47), “Ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso” (Lc
1,49).
Hijo, humildad para saberte débil para enfrentarte solo
ante un dragón poderoso y astuto.
Humildad para apartarte del peligro y saber ocultarte de
las miradas de la gente en un lugar solitario y escondido
de tu propia casa; allí serás alimentado directamente por
Mi Padre Dios.
El águila grande que se le dio a la Mujer, María (cfr. Ap
12,14), y a sus hijos, es la Palabra de Dios y de Ella
quédate con sus dos grandes alas y su esencia: ¡humildad
y obediencia!.
EL DRAGÓN CONTRA LOS HIJOS DE LA MUJER (Ap 12,17).
“El dragón trató de ahogar a la Mujer en un río de agua
que salía de su boca” (Ap 12,15). La injuria, la burla y
la calumnia es el río de aguas podridas que salen de la
boca del dragón. Pero nada temas que el polvo del olvido
se encargará de absorber el río sucio.
El dragón al darse cuenta que nada podía contra la Mujer,
Mi Madre, se marchó enfurecido a hacer la guerra contra
la descendencia de la Mujer. La descendencia de la Mujer,
sus amados hijos predilectos, son aquellos que guardan
los mandamientos de Mi Padre Dios y Me siguen a Mí, a
Jesús (cfr. Ap 12,17).
Hijo, el dragón infernal nada pudo contra Miguel y los
ángeles fieles que pelearon contra él y lo arrojaron de
los cielos.
El dragón nada pudo contra la Mujer, Mi Madre, porque
Ella tiene la protección de los cielos y de la tierra.
Ahora la pelea es en la tierra. Ahora te toca pelear a ti
la última batalla para arrojar a Satanás y en la tierra
Reine Mi Padre Celestial.
Hijo, la pelea que te toca a ti afrontar es contra un
enemigo muy potente e invisible. Tú solo no puedes; pero
tienes como armas la Sangre del Cordero y el cumplir con
tu vida Mi Palabra. La ayuda de Mi Madre, de Miguel, y
todos los ángeles del Cielo no te han de faltar.
La tierra no es un campo de paz sino de guerra, porque
así lo quiso Mi Padre Celestial. En el Cielo se libró ya
la Batalla y es necesario que los hombres de la tierra
tomen partido: con Dios o con el Diablo. No hay términos
medios: “El que no está conmigo está contra Mí; y el que
conmigo no recoge desparrama”.
La vida no es tragedia sino lucha. El que combate al
maligno triunfa; pero quien no combate, muere
eternamente. ¡Ay de los indiferentes y de los hombres
distraídos!; nadie puede distraerse en un campo de
batalla.
Luchar para poder vivir o dejar de luchar para encontrar
la muerte: ¡no tienes más alternativas!.
Lucha, hijo, y “te daré la corona de la vida” (Ap 2,10);
“quien venza no será dañado con la segunda muerte” (Ap
2,11).
No lo olvides, hijo, el arma que vence a Satanás es la
Sangre del Cordero que se derrama en cada Misa, y el
vivir bien Mis Enseñanzas (cfr. Ap 12,11). Desprecia tu
vida hasta la muerte, como lo hicieron los ángeles del
Cielo y les llegó así el Reino de Mi Padre Dios (cfr. Ap
12, 10-12).
CAPÍTULO 13: EL DRAGÓN TRANSMITE SUS PODERES (Ap 13,2)
“El dragón le entregó a la bestia su fuerza, su trono y
su poder” (Ap 13,2).
Satanás transmite a los blasfemos la soberbia de la vida,
el deseo de poder, y el trono de la vanidad y la
mentira.
De los soberbios salen palabras arrogantes y blasfemias
contra Dios y los que están con Dios.
Todo poder viene de Dios, hasta el poder de los malvados
viene de Dios, que lo permite por un tiempo para probar a
sus hijos en la fe (cfr. Ap13,7).
Ante el deslumbrante poderío de los malvados, los tibios
se doblegan; pero los hijos de Dios dan la batalla.
Los que están inscritos en el Libro de la Vida, en el
momento de la persecución no claudican, sino que le hacen
frente al dolor hasta la muerte.
Dios prueba la fe y la paciencia de sus hijos elegidos,
sometiéndolos al dolor, cautividad y muerte.
Poco importa sufrir vergüenza y deshonor en esta vida, si
luego sigue el gozar del honor, poder y gloria para
siempre.
LOS FALSOS PASTORES
Los falsos pastores ponen cara de oveja degollada; pero
de su boca salen palabras hirientes de dragón.
Los falsos pastores se doblegan ante el poderío de los
ricos y hacen que los demás alaben e imiten a los
poderosos.
Los falsos pastores son bestias apocalípticas, vendidos
al poder de los blasfemos, y discriminan a los que no
actúan como ellos.
Las falsas ideologías que ponen su esperanza en los
bienes de la tierra, en el poder, en la prosperidad del
comprar y de vender, son la segunda bestia apocalíptica
que seduce con prodigios de consumo pasajero.
¿Tendrá que sufrir la humanidad 666 tiranías para llegar
hasta el final?
El arma de las tiranías es privar a los hombres del
derecho a comprar y a vender.
Hijo, renuncia a los bienes de la tierra, renuncia al
consumismo. Abandónate en la providencia de Mi Padre Dios
y no sufrirás los ataques de la bestia del placer y del
consumo.
CAPÍTULO 14: LLEVARÁN EL NOMBRE DE JESÚS (Ap 14,4-5)
Hijo, estos son los que llevarán escrito en su frente el
Nombre Mío, de Jesús, y el de Mi Padre Celestial:
-Los de puro y recto corazón, porque supieron cumplir en
su vida la Voluntad de Mi Padre Dios y no la suya. Estos
verán a Dios.
-Los que se comprometieron en la tierra a seguirme a Mí,
a Jesús, donde Yo quise ir, porque supieron ofrecer como
Yo, su vida a Mi Padre Dios.
-Los que en su vida no se halló mentira, porque en la
tierra se supieron limpiar de toda mancha. (cfr. Ap
14,4-5).
Los que tengan en su frente el Santo Nombre, se unirán a
los ángeles y a los santos del Cielo para cantar un canto
nuevo, un canto que jamás oyó oído alguno en la tierra
(cfr. Ap 14,3).
De momento, hijo, canta tú este canto cada día:
Santo Dios, Santo fuerte, Santo inmortal/Ten
misericordia de nosotros.
A Ti la alabanza, a Ti la gloria, a Ti hemos de dar
gracias por los siglos de los siglos, ¡Oh Trinidad
Beatísima!/Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los
ejércitos, llenos están los cielos y la tierra de tu
gloria.
EL EVANGELIO (Ap 14, 6)
Hijo, lo primero que apareció en el cielo fue un ángel
que llevaba el tema del examen para todos los hombres de
la tierra: Mi Evangelio (cfr. Ap 14,6). Mi Evangelio es
el texto del examen para todos los hombres.
Mi Evangelio no es un libro reservado a unos pocos. El
Evangelio es Ley de Vida, y quienes lo conozcan y
practiquen vivirán eternamente.
Yo, El Verbo Eterno, Jesús, Me tomé la molestia de bajar
a la |